Quizás les ha pasado que, al estar haciendo fila para un trámite como el pasaporte o la licencia, mentalmente cuentas a la gente que está delante de ti; y calculas en cuál ventanilla te va a tocar. Claro, esto es solo una aproximación, una especie de juego para pasar el rato. Lo curioso es que, en más de una ocasión en que me he encontrado en una situación similar, siempre hay alguien que dice “mientras no me toque con la mujer, todo está bien”.
Esta frase la he escuchado decir tanto a hombres como a mujeres, de todos los estratos y niveles de educación. ¿Porqué esa aversión a que sea una mujer la que nos asista con un trámite? La opinión general es que en ese tipo de casos las mujeres son más “duras”, en el sentido de que te revisan todo con detalle, te pregunta más cosas, y tienden a rechazar tu solicitud por las cosas más simples. Incluso hay personas que llegan más allá y dicen incluso que estas mujeres tienen cara de enojo/presunción permanente.
No cuento con ningún tipo de dato duro para comprobar o refutar que las mujeres rechazan más trámites que los hombres; pero si creo poder decir que el motivo por el que como mujeres tendemos a ser más estrictas con nuestro trabajo es simplemente porque tenemos que demostrar que somos capaces de hacerlo bien. Es esa famosa doble moral con la que se mide a las mujeres, y que mucha gente se resiste a admitir que existe. Volviendo al ejemplo de los trámites, si un hombre te deja continuar con el mismo pese a que te falte un documento, se considera que es una persona amable y comprensiva; pero si es una mujer, decimos que es blanda, e incluso sus superiores podrían decir que no conoce el proceso o que no le importa su trabajo.
Es por eso que también tendemos a quedarnos más horas en el trabajo, o a contestar llamadas y mensajes en nuestro tiempo libre; porque de no hacerlo se nos tacha de poco comprometidas. Y así vamos por nuestra vida laboral, haciendo más de lo que nos corresponde, como preparando no solo nuestros reportes para las reuniones; sino también el café para las mismas. Sé lo que estás pensando, porque yo pienso lo mismo: que el hacer más de lo que te corresponde es de hecho una cualidad y una forma de impulsar el crecimiento personal y organizacional. Lo cual está muy bien, siempre y cuando ese esfuerzo sea reconocido; situación que no pasa para muchas mujeres. Al contrario, tiende a ser una fuente de exigencia tanto interna como externa.
Lo que es más lamentable, es que esto se extiende más allá de las esferas laborales. La mayoría de las mujeres no sólo se esfuerzan sobre manera en su trabajo, sino que al llegar a sus casas se ocupan también de tenerlas limpias, de que sus hijos e hijas (si los tienen) estén bien atendidos, y en general de ofrecer cuidados y atenciones a la familia. Y más le vale hacerlo de la manera “correcta”, ser excelente en esta otra esfera de su vida. Da igual que sea la mejor vendedora de su zona; si compra comida hecha a diario se considera que no está haciendo lo suficiente o que no le importa su familia. O bien, si decide no formar una familia tradicional (marido, hijos e hijas), a partir de cierta edad la sociedad empieza a tenerle lástima, pues sin importar todos sus demás logros; no está cumpliendo con uno de los papeles que la misma sociedad nos ha impuesto. El lado contrario de la moneda es igualmente injusto para nosotras.
Así, sin importar lo que hagamos, parece ser que siempre la llevamos de perder. Pero no por ello dejamos de seguir intentando, porque quizás el próximo esfuerzo sea el que nos lleve al siguiente nivel, o nos permita tener un momento de relajación. Entre tanto, seguiremos siendo exigentes con nosotras mismas y con nuestro trabajo, lo que nos lleva a aparecer como duras e intransigentes. ¿No será que, en realidad, el sistema es el que es demasiado severo con nosotras?