¿Alguna vez se han cambiado de casa? ¿O hecho alguna remodelación en su hogar que ha implicado mover muebles y otras cosas? Yo he hecho ambas cosas; justo ahora me encuentro en medio de una remodelación, y estoy a punto de volverme loca. Además de las incomodidades propias de la situación (¡odio el polvo!), estamos en un punto en el que todo está a la mitad. Una parte de mis cosas está en el cuarto de mi hermano, otras están por lo pronto semi-acomodadas en mi clóset en lo que terminan de pintar una pared para poder ponerlas en su sitio, y otras tantas están en la pila de decisión sobre si las donamos o qué hacemos con ellas. Un pequeño caos sin duda.

A lo largo de estos días, los mantras que hemos adoptado son “Ya casi lo logramos” y “El resultado valdrá la pena”; y de alguna manera nos ha ayudado a sobrellevar la situación. Al decirlas tantas veces, no puede evitar reflexionar sobre ellas, y como se aplican a más de un tipo de mudanza.

Por ejemplo, las primeras semanas en un trabajo son caóticas; pues es absorber demasiada información en un muy poco tiempo, más la presión de querer demostrar que puedes con el puesto. Pero de alguna manera continúas, quizás tengas una o dos situaciones de frustración en las que quieras aventar la computadora por la ventana; pero en el fondo sabes que llegará el día que te sentirás cómoda en tu trabajo y podrás ver el resultado de los proyectos en los que estás trabajando. Y entonces vendrá un nuevo reto y habrá que iniciar una nueva mudanza; porque al final del día la vida es cíclica.

De esta forma seguimos avanzando, con buenas y malas mudanzas, aprendiendo un poco de cada una.  Algunas mudanzas serán más largas o nos costarán más trabajo de lo que habíamos planeado, e incluso talvez a la mitad del proceso nos demos cuenta que no fue la mejor decisión y haya que revirar en ciertas cosas. Lo que necesitamos es entender lo que comenté en el párrafo anterior, respecto a que esos cambios (en cualquier ámbito) son necesarios para poder acceder a nuevas experiencias y conocimientos, para poder adaptar nuestros espacios a las personas en las que nos vamos convirtiendo. Dejar algunas cosas para poder tomar otras, darle un nuevo propósito a las que ya tenemos, compartir otras tantas, y algunas simplemente ponerlas de nuevo en una caja y lidiar con ellas cuando tengamos la capacidad de hacerlo. Al fin y al cabo, no tenemos que mudar todo de golpe.

Pero lo más importante de cualquier mudanza es que, cuando ya por fin hayamos puesto todo en su sitio y limpiado el polvo que invariablemente llega al mover cosas; nos demos el tiempo de servirnos un vaso de té, sentarnos en nuestra silla favorita, y observar el resultado de nuestro trabajo. Si, mañana habrá que pensar en la mudanza que sigue, pero al menos hoy, ya lo logramos.

¿Tu tienes alguna mudanza en puerta?

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