Hace poco tuve la oportunidad de ir al parque eco-turístico de Tulimán, en Puebla. Entre las muchas maravillas que ofrece este parque, existe un lugar llamado el árbol hueco; que es justamente eso, un árbol con un hueco considerable en su tronco. Lo interesante del mismo son las leyendas que existen sobre su origen.
Una de ellas dice que ahí vivían unos duendes, a los que en cierto momento les cayó un rayo y de ahí el hueco en el tronco del árbol. Otra nos dice que los antiguos pobladores del lugar querían quitar el árbol de su lugar, por motivos no especificados, así que decidieron quemarlo. Pero el resultado no fue el esperado, ya que sólo se quemó la parte interior del árbol, y hasta nuestros días el mismo sigue fuerte y verde. La leyenda continúa diciendo que los pobladores, al darse cuenta de la situación, dijeron que sólo se había quemado el corazón del árbol; y de ahí nació su nombre de árbol hueco.
Está historia nos la fue contando nuestro guía antes de llegar al sitio, a manera de que al llegar pudiéramos admirar el árbol con las leyendas en mente. Cuando estábamos ya a pocos metros del lugar, y pudimos observarlo desde lejos, mi primer pensamiento fue: ese árbol sí tiene corazón. Y no lo digo solo porque el árbol se ve fuerte y sano, sino porque la formación de su tronco, en cierta forma, parece ser un corazón que sobresale del mismo. La foto que tomé no creo que le haga justicia, pero la agrego con la intención de tratar de explicarme.
Luego del paseo, me quedé pensando porque la gente del lugar habría decidido decir que el árbol hueco se había quedado sin corazón, lo que usualmente se asocia a ser “malo”. Yo hubiera pensado en mejor hacer referencia a su fortaleza, porque después de todo, había sobrevivido a su intento de quemarlo. Y en eso se me ocurrió que eso mismo pasa con las personas, sobre todo con las mujeres y otras minorías, cuando sobreviven a los ataques de la gente: muy rara vez nos fijamos en la fortaleza que tuvieron o tienen que demostrar en esas circunstancias adversas; y en su lugar resaltamos los aspectos que consideramos negativos que se han desarrollado a partir de ello.
Una mujer que tuvo que sobrevivir al maltrato de su pareja, y que ahora prefiere mantener una distancia con los hombres, es usualmente catalogada como fría o desconfiada; en lugar de comprender que se está recuperando de un trauma. O quizás pensamos que una persona perteneciente a una minoría que está siempre a la defensiva es porque es ruda o tiene un problema de actitud; cuando en realidad tuvo que aprender a ser así para que la gente no la humillara o tomará ventaja de ella. O bien, si una mujer rechaza las insistentes proposiciones románticas de un hombre, entonces automáticamente se vuelve en la mala de la historia, en la que lo mandó a la friend zone, en la que no tiene corazón.
Y así vamos por la vida, creyendo que cuando las personas no nos dan lo que creemos merecer, automáticamente se vuelven antagonistas; porque al final y al cabo yo soy la protagonista de mi historia y por tanto soy la que tiene la razón. Que diferentes y más saludables serían nuestras relaciones si entendiéramos que no podemos tratar mal o irrespetuosamente a una persona sin que en algún momento esta decida irse o respondernos. Así mismo, debemos comprender que las acciones de una persona no siempre son una respuesta a nosotras en particular, si no que es el mecanismo de respuesta que han tenido que adoptar por como las han tratado en el pasado.
Si fuéramos un poco más comprensivas y dejáramos de creernos el centro de todo, entonces quizás podríamos entender que, al igual que el árbol, las personas no están huecas; simplemente han tenido que guardar más celosamente su corazón para que no se los destruyeran. Si miramos con una mirada más amable y abierta, y si la persona así lo decide; podremos ver ese corazón y compartir la fortaleza y belleza que hay en él.
¿Alguna vez te han dicho que estás hueca?
