Muchas veces hemos escuchado el dicho, “la intención es lo que cuenta”, dando a entender que, aunque no hayamos realizado la acción como tal, o esta no haya tenido el resultado esperado; lo importante es que se tuvo el propósito de hacerla. Un poco como decir, bueno, al menos lo intentaste. Sin embargo, y esta es la pregunta interesante, ¿realmente lo intentamos?
Esta pregunta no va encaminada al resultado concreto de la acción, pues como dije, este puede o no darse; sino más bien pretende analizar nuestra voluntad para lograrlo. Por ejemplo, si a una persona no se le dan las matemáticas, pero estudia con ahínco antes de un examen para poderlo pasar, aún y cuando su calificación final sea de 6; podemos decir que realmente lo intentó. Por otra parte, si a una persona le mandan una dieta blanda para aliviar su gastritis, pero se la pasa poniendo excusas como “es en que en el trabajo iban a pedir hamburguesas y por educación acepté”, o “es que llegué muy tarde del trabajo y lo más sencillo era comprarme una pizza”; podemos ver claramente que su intención nunca fue seguir las indicaciones que tenía.
En los ejemplos anteriores resulta sencillo ver quién tuvo la razón; pues el resultado en un caso fue bueno (o tan bueno como pudo ser), y en el otro fue desfavorable. El problema estriba en los casos en que las cosas salen bien pese a la falta de intención de las personas. Por ejemplo, digamos que en un trabajo se está haciendo una colecta para apoyar a una compañera que tuvo algún percance, y una persona dice “contribuí solo para no quedar mal, pero realmente no me interesa su causa”. En esta situación, pese a que la persona contribuyó sólo por obligación, la compañera recibirá la aportación que haya hecho; y de una manera u otra le servirá para solventar sus problemas. Lo cual está muy bien claro, y es preferible a que no hubiera recibido tal contribución; pero, ¿qué pasa con la persona que contribuyó sin intención? Esa persona se privó de sentir la satisfacción de haber hecho algo bueno por una compañera; y en su momento, cuando la misma compañera cuente que pudo superar sus dificultades y agradezca por el apoyo, esta persona no podrá experimentar la alegría de otras que sí contribuyeron con entusiasmo y desde la intención genuina de ayudar.
De esta forma, podemos ver que, efectivamente, la intención es lo que cuenta. Más allá de un resultado visible, lo importante es que nos enfoquemos en hacer las cosas conscientemente, para poder sentirnos bien con nosotras mismas. Hago énfasis en la parte de la consciencia, pues se puede caer también en una falsa intención de decir “ok voy a hacerlo, aunque no estoy convencida, pero quiero sentir que hice lo correcto”. Esta idea no difiere del hacer las cosas solo por obligación o para no quedar mal; a la vez que tampoco se aleja mucho de hacer las cosas “a medias”. Por tanto, el sentimiento de bienestar que podamos obtener, también será solo pasajero y en mucha menor medida que el sentimiento genuino.
Lo ideal es poder decir “tengo la intención de hacer esto, daré el mejor esfuerzo en ello, y esperaré que el resultado sea positivo tanto para mí como para los demás”. Si aplicásemos esta idea en las diferentes esferas de nuestra vida, que diferencia veríamos no solo en nuestro nivel de bienestar por haber hecho el intento con propósito; sino que también con el tiempo veríamos como los resultados tangibles serían cada vez mejores para nosotras mismas y las personas que nos rodean. Así pues, les invito a que vayamos más allá de la intención o el intento, y en su lugar podamos conjugarlos para, efectivamente, lograr.
¿Cuáles son tus intenciones?