Acabo de ver una nota sobre una empresa social en Kenia, conformada por mujeres locales, que se dedica a la elaboración de pañales reutilizables de algodón. Los mismos están diseñados para que puedan lavarse en casa; pero la empresa ofrece también un servicio de lavado. Con esta iniciativa, además de mejorar las condiciones de vida de las mujeres de la zona, se busca reducir la contaminación ambiental generada por los pañales desechables, pues los mismos tardan años en degradarse.
Si bien esta iniciativa me parece encomiable, mientras veía la nota no pude evitar pensar que para que la misma tuviera éxito; requería que las mamás que usaban sus productos estuvieran dispuestas también a invertir mayor tiempo en labores relacionadas a la limpieza y cuidado de sus bebés. O mejor dicho, implica que dichas mujeres tengan la posibilidad de elegir dedicar más tiempo a dichas actividades; situación poco probable si se considera lo demandante que es cuidar a un bebé, más aparte ocuparse de otras labores domésticas y profesionales. Como dije, la compañía en mención ofrece también un servicio de lavandería; pero el mismo seguramente no es accesible a todas las personas que quieren tener los beneficios, ambientales y personales, de usar pañales de algodón.
He notado que esa es una constante en varias de las iniciativas ambientales dirigidas a usuarios finales: las personas deben tener la posibilidad de destinar una parte de su tiempo a las mismas. Esto puede implicar desde actividades de limpieza como en el caso de los pañales; o algo tan “simple” como ir a dejar las latas de aluminio al centro de reciclado. Cierto es que varias organizaciones se han percatado de esto y han ofrecido alternativas en consecuencia; por ejemplo, en mi ciudad existe una empresa que te deja los contenedores para que tu separes tu basura, ellos se los llevan y preparan composta, y posteriormente te la devuelven para que tu puedas usarla en tu jardín; todo esto con un costo por supuesto. Y aquí es a donde volvemos a lo que comentaba en el párrafo anterior, que es que entonces dichas iniciativas se vuelven prohibitivas para un sector importante de la población; e incluso a como están las cosas, algunos hogares con la capacidad económica para adquirirlas prefieren usar su dinero en otras necesidades.
Así pues, seguimos en ese estira y afloja interminable entre hacer las cosas nosotras mismas, lo cual implica invertir tiempo la más de la veces escaso, o pagar por una alternativa más fácil pero de nuevo usando un recurso escaso; y que muchas veces es más caro que la opción digamos tradicional pero menos amigable con el ambiente y con la salud. ¿Cómo superar esta disyuntiva? Abordando la causa raíz de esta y otras muchas complicaciones de la vida actual: permitiendo que las personas tengan más tiempo libre. Ray Bradbury nos advirtió lo peligroso que era que las personas no tuvieran tiempo de sentarse en sus porches a conversar y pensar, y si bien las consecuencias no han sido tan dramáticas como en su famosa novela; no por eso son menos importantes.
Actualmente, y aceleradas un poco como resultado de la pandemia, se han desarrollado diferentes iniciativas que promueven justamente un mayor número de horas para el esparcimiento o actividades alternas. Pero es necesario también trabajar en cambios de paradigmas para que estas cumplan con sus objetivos. Por ejemplo, de nada servirá que una persona tenga 20 días de vacaciones al año, si cuando se toma uno igual que estar atendiendo llamadas relacionadas con su trabajo. O bien, si la iniciativa de 4 días laborales prospera en las diferentes naciones donde se está considerando; ¿cómo va a manejarse el tema de los sueldos? Si dicha iniciativa implica una menor percepción económica, muchas personas preferirán no tomarla; o si se vuelve obligatoria entonces considerarán hacer turnos dobles o triples, o incluso tomar un segundo trabajo, para que su capacidad adquisitiva no se vea mermada. Todo esto de nuevo en detrimento del objetivo inicial, que era dar oportunidad a las personas para que puedan participar en actividades verdes, o de mejora en su salud mental y física.
Mientras no trabajemos en cambiar la forma en que percibimos y valoramos nuestro tiempo, seguiremos siendo una sociedad que opte por la opción fácil, sin importarnos las consecuencias que la misma tenga para nuestro bienestar, el de la comunidad y la naturaleza. Se puede argumentar que, si van aprobando iniciativas como las que ya se han comentado, la mentalidad irá cambiando también en el mediano y largo plazo. Lo cual es cierto, pero recordemos también un principio de inversión: el valor de los recursos, cualquiera, es mayor hoy que en el futuro; por el simple hecho de que no sabemos si alcancemos ese futuro.
¿Tú qué tanto valoras tu tiempo?