El día de ayer me preguntaron, ya con la perspectiva del tiempo, cuál consideraba que era la mejor caricatura de mi infancia. Una pregunta algo difícil, puesto que en mi opinión crecí en el periodo con mejores opciones para el público infantil; donde las caricaturas y programas eran graciosas sin caer en lo grosero y absurdo, y que tocaban temas importantes sin por ello volverse aburridas. Creo que recién hace quizás unos 10 años volvieron a realizarse series que lograban lo anterior, y que pueden disfrutarse sin un límite de edad.

Pero volviendo a la pregunta, si bien había de donde escoger, mis recuerdos se fueron a aquellas caricaturas que ya pude compartir con mi hermano y mi hermana; así como aquellas que pasaron a ser parte de la cultura de mi familia. Aún hoy en día cuando alguien de la familia no ve un letrero bastante obvio decimos “¿un letrero como ese?”, recordando un capítulo de Las Aventuras de Timón y Pumba. O bien, si por cualquier causa acabamos en un lugar no particularmente agradable, nos referimos al mismo como “una ruina de torre”, como diría el búho Arquímedes de La espada en la piedra.

Quizás al leer esto pienses que estoy cayendo en una contradicción con mi respuesta, pues a lo mejor las caricaturas que menciono y otras tantas no son realmente buenas, sino que están “maquilladas” por la carga emocional que me provocan. Puedo decir que en este caso no es así, pues la mayoría de ellas las he vuelto a ver ya de adulta, y me siguen divirtiendo igual; a diferencia de otras series o películas más modernas que la verdad con una vez fue suficiente (estoy hablando de ti, Grinch versión 2018). Lo que no puedo negar es que, si lo hubiera pensado más detenidamente, podría haber nombrado algunas caricaturas con más contenido o quizás menos comerciales (Kathy la oruga es un excelente ejemplo); pero las que tengo más presentes son justamente las que, como ya dije, tienen un elemento emocional importante.

Así pues, como tantas otras cosas, lo que convierte a una experiencia o cosa en algo especial, es la oportunidad de compartirlo con las personas que amas. Una simple comida en la cafetería de la escuela la recuerdas con cariño por la conversación que tuviste con tu hermano. Y tu segunda visita al Museo Metropolitano de Nueva York se vuelve aún mejor que la primera al ver la expresión de sorpresa de tu hermana en la sala egipcia.

Como dije, con los años he visto excelentes ejemplos de animación dirigidos al público infantil; varios de ellos han influido incluso en las historias que cuento. Pero la verdad es que ninguno de ellos podrá superar aquellas que vi en la casa de mi infancia, y que de un modo u otro forman parte de mis relaciones intrafamiliares.

¿Cuál es tu caricatura favorita de la infancia?

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