Cuando mi abuelo murió, hace casi más de 6 años, no supe que pasó con su celular. Él tenía un celular análogoo, por lo que no tenía guardadas fotos que pudiéramos querer recuperar; y la mayoría de los contactos que tenía guardados estaban almacenados en algún otro lugar. Así pues, de todas las pertenencias que reunimos y clasificamos durante el período del duelo, el celular no fue algo que echáramos en falta.

Pero, la cosa es que en mi celular todavía tengo guardado su contacto. De hecho, es de los primeros que veo cuando quiero hacer una llamada, pues lo tengo marcado como favorito. En ocasiones he estado tentada a marcar el número, pero no estoy segura de saber qué voy a hacer si alguien llegara a contestarme. Quiero decir, si es una persona conocida no sabría cómo preguntarle porqué se quedó con ese celular; y si es alguien desconocido, ¿qué le voy a decir?, ¿qué me equivoqué de número?

Lo único cierto es que, independientemente de cómo resuelva esa disyuntiva; ya he decidido que no voy a borrar ese contacto. Incluso cuando cambié de celular, lo importaré junto con todos los demás contactos. Quizás no tenga mucho sentido, pero tener el número guardado me hace sentir bien. Tengo muchas otras cosas para recordar a mi abuelo, y también muchos recuerdos entrañables; pero tener su celular “a la mano”, se siente como más inmediato, más del diario. Me refiero a que, cuando él vivía, yo sabía que podía marcarle si necesitaba ayuda; y él haría lo que estuviera en sus manos para apoyarme. Creo que tener su número me da una sensación similar de seguridad.

Esto me hizo recordar cómo, durante la infancia, solemos tener algún objeto (lo más estereotípico serían una cobijita o un oso de peluche) que nos hace sentir bien, y al que buscamos aferrarnos en situaciones complicadas. Conforme crecemos, los adultos nos dicen que debemos “madurar” y dejar esos objetos atrás, y en su lugar aprender a afrontar esta difícil vida solos; como si eso fuera un consejo razonable. Sin embargo, la realidad es que incluso en la edad adulta seguimos teniendo objetos materiales, o incluso intangibles, que nos ayudan en diversas situaciones. Una analista que tenga que dar una presentación ante sus jefes, seguramente escuche una canción especial camino de su trabajo ese día; para sentirse relajada y animada al momento de compartir sus ideas. Un chico que va a mudarse a otra ciudad echa sus pertenencias en su mochila de siempre, porque ya está acostumbrado a sus espacios y bolsillos; así que será una cosa menos por la que tenga que preocuparse mientras se adapta a su nueva vida.

Quizás entonces el consejo que debamos dar a las niñas y los niños de nuestro entorno no es que se deshagan de las cosas que les dan confianza; sino apoyarles a que esa confianza nazca de sí mismas, de sus habilidades y   esfuerzos, y que los objetos materiales sean solo representaciones palpables que podamos sentir cuando necesitamos ese pequeño apoyo extra. Incluso si el objeto ya no está con nosotros, o la causa de que sea especial ya no está presente en nuestras vidas, como en mi caso del contacto del celular de mi abuelo; su sola evocación será suficiente para ayudarnos a caminar durante un día difícil.

¿Qué tienes en tu vida que te proporcione una sensación de bienestar?

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