Sobre la felicidad, tanto como concepto como sentimiento; se han desarrollado un sinfín de documentos, doctrinas y estudios. Desde Aristóteles, quien veía a la felicidad como el fin último que debían perseguir las personas; hasta Maslow que jerarquizó los tipos de felicidades que podía sentir y necesitar el ser humano. En tiempos más recientes se ha hablado sobre la adición a la dopamina, la molécula de la felicidad, en el sentido de que se ha llegado a un punto en que lo que se busca es la “felicidad inmediata”, en lugar de procurarla a largo plazo.
En este último punto, y siguiendo con una discusión que llevaba ya algo de tiempo; se puede argumentar que realmente lo que se tiene es una adicción al placer, pues en general la felicidad es un estado de ánimo más sosegado y duradero. Pero en un mundo en el que la mayoría de las personas pasan días grises y estresantes, sumado a los años de publicidad que nos han vendido la felicidad como tener en lugar de ser, es comprensible que se busque un detonante placentero que nos permita “sentir” algo.
Con lo anterior, podemos llegar ya a algunas conclusiones. La primera sería que la felicidad es algo que todas las personas buscamos. Así mismo, existen diversos tipos de felicidad; y una clasificación posible es de acuerdo a su duración e intensidad. Por ejemplo, una felicidad momentánea e intensa puede ser cuando nos reunimos con una amiga que hacía tiempo no veíamos, o cuando terminamos un proyecto, o incluso cuando nos compramos un automóvil nuevo. Importante aquí señalar que este tipo de felicidad no debe confundirse con el placer, y en el caso del último ejemplo; tampoco debe entenderse solo como una cuestión de poseer bienes materiales. Por otro lado, una felicidad quizás menos eufórica pero más estable es la que experimentan las personas que tienen una relación de pareja satisfactoria, o la que se encuentra en actividades cotidianas como la jardinería.
Ahora bien, ya que tenemos un poco más de definición, vienen la pregunta importante: ¿cómo hacemos esa búsqueda? Como en tantas cosas de la vida, no existe una respuesta concreta a esta pregunta, pues dicha búsqueda no es un procedimiento sino más bien un proceso que puede ir cambiando conforme a la persona y sus experiencias de vida. Claro, volviendo con Maslow, existen ciertas cosas básicas que una persona debe tener (seguridad, vivienda, alimento, etc) para poder entonces concentrarse en la búsqueda de una felicidad más completa y digamos, humana.
Así mismo, y esto me parece crucial, debemos comprender que está búsqueda no es un proceso individualista. Con esto me refiero a que la felicidad que experimentamos no tiene que surgir solo de nuestras acciones. Nuestras familias, amistades e incluso desconocidos pueden darnos muchos motivos de felicidad, siempre y cuando estemos dispuestas a recibirla.
Este es el otro punto que considero esencial en esta búsqueda-proceso: tenemos que aceptar la felicidad o felicidades que se nos vayan presentando. Si quizás nuestra felicidad máxima va a ser cuando terminemos de escribir un libro, pero mientras gocemos el terminar un capítulo. Detengámonos a escuchar la risa de un niño, a ver el cielo, a escuchar el agua, a disfrutar una comida. Incluso, y quizás más importante, disfrutemos haber llegado en segundo lugar; aunque anheláramos el primero. Dejemos de lado el vivir de acuerdo a expectativas ajenas, y hagámoslo mejo en nuestros propios términos.
Entonces, sin importar cuál sea el origen de nuestra felicidad, nosotras debemos estar abiertas a recibirla y experimentarla en toda su brevedad y en toda su extensión; compartiéndola siempre que sea posible, pero también aprendiendo a disfrutarla por nosotras y con nosotras mismas.
¿Tú recibirás a la felicidad?
