¡Bienvenida!… ¿o mejor no?

Ten cuidado de a quién invitas a tu hogar, pues puede que des la bienvenida…

A alguien que piensa que el mundo es blanco y negro,

O a alguien que piense que el mundo es un caos de grises,

O a alguien que piense que “el pobre es pobre porque quiere”,

O a alguien que piense que “Rebelión en la granja” es una crítica al capitalismo,

O a alguien que piense que “Rebelión en la granja” es una crítica al comunismo,

O a alguien que piense que el arte de la de animación es sólo para niños,

O a alguien que piense que los juegos de mesa se acaban con el Monopoly y el Scrabble,

O a alguien que te apure en una librería,

O a alguien que te apure en un museo,

O a alguien que sólo lea libros “clásicos”,

O a alguien que nunca lea libros “clásicos”

O a alguien a quien viajar le parezca una pérdida de tiempo,

O a alguien que sólo hable sobre las personas y no sobre ideas,

O a alguien que sólo hable de ideas pero que jamás las ejecute,

En pocas palabras, cuídate de dar la bienvenida en tu casa a alguien que sólo te quite, pero nunca te aporte. Y también recuerda, tu hogar no es solo el edificio que habitas.

¿Tú a quién vas a invitar hoy?

 

 

 

Días de Muertos.

Tengo una confesión que hacer: jamás he puesto un altar de Día de Muertos por mi propia iniciativa. De hecho, esta no es una tradición que celebremos en mi familia.


[Pausa dramática]


Antes de que se alarmen, les explico. Como tantas otras cosas, la celebración del Día de Muertos se ha popularizado como algo típico de la cultura mexicana, pero realmente es una tradición del centro y sur del país. Es por eso que, en lugares como Ciudad de México, Pátzcuaro y otros, existen tradiciones y festividades muy vistosas en relación a este día; con celebraciones que pueden durar varios días. En contraste, en el norte del país (o al menos en mi ciudad), es hace apenas unos años que se han realizado celebraciones o eventos más en forma; motivados en parte por generar una derrama económica para las ciudades, y en parte para brindar espacios de convivencia a la ciudadanía. En el ámbito privado, si bien algunas familias han adoptado la tradición de poner un altar en la casa (que según creo se dio en parte gracias a la película de Coco), no es algo generalizado.


¿Eso quiere decir que las culturas del norte de México, no celebran a sus difuntos? ¿No tienen, entonces, esa actitud un tanto festiva hacia la muerte que tanto se ha asociado con el imaginario mexicano? La respuesta es no en ambos casos. Pero lo que sí es cierto es que, más allá de los elementos de la tradición católica que se entreveraron con las culturas nativas a partir de la Conquista; cada cultura tiene aspectos relacionados a la muerte muy propios de su cosmovisión.


Por ejemplo, en la cultura raramuri, no se cuenta con un día específico para celebrar a los difuntos, pero eso no significa que no se celebre la transición del alma hacia la siguiente etapa. Pues justamente, la cosmovisión raramuri entiende la muerte como una parte de la vida misma, una transición natural a la que todos llegaremos en algún punto. La diferencia estriba en que está sociedad no celebra “el regreso” de las almas en un día específico; sino que la fiesta comunitaria se hace al momento en que fallece la persona, pues es cuando su alma se reúne con sus antepasados y con su creador. Para que esta reunión se pueda dar, el alma debe correr hacia el cielo; pero este es un viaje largo y complicado, y si el espíritu del difunto no puede completarlo, entonces se quedará en la tierra causando un desequilibrio en el orden natural. Es por ello que, como parte de la celebración, la comunidad corre junto con el alma, para acompañarle y apoyarle en este último viaje.


Si bien esta tradición es bastante diferente a la que se ha popularizado, existen varios elementos comunes. Uno de ellos claro es lo que se comentaba al principio de ver a la muerte con cara alegre, que en general es algo muy propio de la mexicanidad. Pero creo que el más importante es el sentido de comunidad que se asocia hacia la transición hacia la siguiente etapa de la vida.


Ya sea que la comunidad participe en el montado del altar, o que la comunidad corra al lado del difunto en su última carrera; en ambos casos se habla de que es un momento para compartirse. Es un momento para estrechar lazos, para celebrar la vida de la persona fallecida, para preservar las tradiciones, para brindar apoyo, y para crear nuevos recuerdos que sigan sosteniendo el tejido de la comunidad.


Porque al final del día, el objetivo el Día de Muertos, o mejor dicho, de los Días de Muertos; es justamente ese. Recordar a quienes amamos y que nos amaron, y que esos recuerdos nos acompañen hasta el momento de volvernos a encontrar.


¿Tú cómo celebras los Días de Muertos?

Préstame tus sentimientos.

En días pasados, sin una razón aparente, empecé a ver videos de personas reaccionando a canciones del inigualable Juan Gabriel. Las personas que hacían las reacciones eran bastante variadas, pues ví desde un chico argentino con ciertos conocimientos de música, hasta un hombre de nacionalidad árabe que me parece solo le gusta disfrutar de la buena música.


La primera canción de la que busqué reacción fue la de Amor Eterno, y después pasé a la de Abrázame muy fuerte; esta última interpretada en vivo en el Palacio de Bellas Artes, durante un concierto que se ha calificado como icónico. Aún y cuando no todas las personas que reaccionaron entendían español, y en general en algunos casos no conocían el contexto de la canción; todos tuvieron una reacción emocional muy bonita a las letras e interpretaciones de ambas canciones.


En mi caso, he escuchado ambas canciones en incontables ocasiones, interpretadas tanto por Juan Gabriel como por otros artistas; en parte un poco por instancia de mi abuelita. Sin embargo, no sé si porque ambas canciones las conocí cuando era muy pequeña, con el paso de los años se volvieron canciones que sólo “oía” en lugar de “escucharlas”. Entonces, ahora que las escuché en los videos, no solo presté más atención a las letras, sino que también pude interiorizarlas y empatizar con ellas; pues en estos años ya me ha tocado vivir experiencias como las que ambas describen. Pero más allá de eso; el escuchar los comentarios tan sinceros y llenos de admiración que todas las personas emitieron, me hizo darme cuenta del excelente intérprete que fue Juan Gabriel; alguien que, si bien en mi mente yo sabía que era “bueno”, nunca había dimensionado hasta qué grado.


Creo que esto ejemplifica perfectamente como muchas veces no sabemos apreciar y valorar a personas, experiencias, tradiciones, lugares; por el simple hecho de que son parte de nuestra cotidianidad. Y como en ocasiones se requiere que venga alguien externo a apreciarlas con ojos nuevos, y nos contagie su emoción por descubrirlas para poder apreciarlas verdaderamente.


De ahí entonces la importancia de dos cosas. La primera, el entender que estar abierta a nuevas experiencias no se trata solo de aquellas que vivimos nosotras, sino también a compartir las primeras experiencias de otras personas; y gracias a ellas recordar el entusiasmo que nosotras sentimos la primera vez, o incluso que recién estamos experimentando. Y la segunda, quizás más importante en estos tiempos, es el hecho de nosotras estar dispuestas a facilitar esas primeras experiencias a las personas. Esto implica no sólo “permitir” la entrada de nuevas personas a aquello que nos gusta, sino también el hacerlas sentir cómodas una vez que ya están ahí. Compartir nuestro conocimiento, despejar dudas, ser pacientes mientras aprenden sobre la situación, ayudarlas a evitar errores que nosotras cometimos; y tantas otras acciones que les permitan disfrutar de esas experiencias.


Al menos en mi caso, he descubierto que el ayudar a una persona a disfrutar algo que ya es conocido por mí, me da una sensación en ocasiones más agradable que la que sentí al descubrir esa experiencia. Quizás por eso se dice que las alegrías se multiplican al compartirse.


¿Tú qué quieres compartir hoy?

Libérate.

Libérate.


Acalla a ese asistente que quiere “ayudarte” a pensar, pero que terminará haciéndolo por ti.


Silencia a ese teléfono que dice mantenerte conectada, pero que no te deja estar contigo misma.


Encierra a esa computadora que te seduce para que sigas produciendo, aunque no sepas bien qué o para qué.


Finaliza con las plataformas que ofrecen contarte millones de historias, pero que obstaculizan que escribas la tuya propia.


Termina con las aplicaciones que te muestran vidas a través de cristales rosas, y que te hacen creer que la tuya es gris.


Arráncate ese reloj que no para de decirte que comiste mal, que respiraste mal, que dormiste mal, que viviste mal.


Libérate de estas y otras tantas cosas que en un inicio creamos para hacernos la vida más fácil, más disfrutable, más sencilla; y que ahora nos atosigan con su constante exigencia de atención y actualización.


Quizás esa liberación no sea posible en el largo plazo, ni de todo a la vez. Pero si puedes lograrlo por un día, o incluso por una hora, habrás recobrado algo, para ti y los demás, de un valor incalculable.


¿Tu cómo quieres liberarte hoy?

Pre-ocupaciones.

El futuro me preocupaba, así que decidí mejor ocuparme al respecto.


Trabajé duro y conseguí un buen puesto en mi empresa, con buenas prestaciones. Ahora me preocupo por KPIs, ETAs, EBITA, y otras muchas siglas.


Invertí en un plan para el retiro, e hice algunas otras inversiones prudentes. Ahora me preocupo por las tasas de rendimiento, el precio del petróleo, y el Twitter del presidente de los Estados Unidos.


Compré un seguro de gastos médicos, agendé mis chequeos anuales y comencé a ir al gimnasio. Ahora me preocupo de si estaré tomando el calcio suficiente, o sobre cómo irán a salir mis triglicéridos, y si será conveniente cambiarme de compañía de seguros.


Me suscribí a varias páginas que velan por el futuro comunitario. Ahora me preocupo por las políticas ambientales de Brasil, por el avance de la extrema derecha, y por la situación en Gaza.


Compré una casa como inversión a futuro. Ahora me preocupo por agendar impermeabilizaciones, revisiones a la calefacción, y las decisiones del comité de vecinos.


Empecé a tomar terapia para atender aquello que no me dejaban descansar. Y ahora me preocupo de que, en realidad, tengo muchas más cosas en las que trabajar.


En ocasiones, sobre todo cuando veo historias de gente de mi edad que viaja por el mundo con toda tranquilidad; me pregunto si realmente solo cambié unas preocupaciones por otras. ¿Será que la vida es sólo una cadena de inquietudes que van evolucionando conforme vamos creciendo?


Quizás sí lo sea, pero creo que lo importante es justamente eso. Conforme crecemos y aprendemos, debemos identificar cuáles preocupaciones son importantes en cada momento; y ocupar nuestro tiempo y energía en resolverlas, o por lo menos atenuarlas.

Como en mi caso, puede que eso nos traiga otra serie de cosas por las cuales preocuparnos, pero al menos tendremos la tranquilidad de que nos estamos preocupando consciente y selectivamente, en lugar de solo dejar que el mundo se convierta en una preocupación amorfa e imposible de enfrentar.


¿A ti qué te preocupa? ¿Ya te ocupas de ello?

Artículos de colección.

Tengo un libro pequeñito, cuyo tiraje también fue pequeñito; y que se imprimió en mi ciudad hace 4 años.


Tengo el segundo libro que publicó una de mis mejores amigas; y tengo una mención en su dedicatoria.


Tengo las 2 primeras entregas de la saga El Blasón del Círculo, firmados por su autora; y también tengo el libro de su primera historia de terror, igualmente autografiado.


Tengo una pulsera blanca con morado, que me regaló mi sobrina en su última visita.


Tengo una de las 6 copias de un dibujo que hizo una de mis mejores amigas cuando estábamos en la preparatoria.


Tengo guardado el primer artículo publicado en el que mi hermana fue colaboradora.


Tengo dos cuadros que pintó mi hermano en la secundaria, colgados en la casa para que la demás gente pueda apreciarlos.


Tengo enmarcados los cuadros que colore hace ya algunos años, y que me recuerdan lo feliz que fui en aquella época.


Tengo, junto con mi familia, un cuaderno en el que mi abuelita escribió algunos de sus recuerdos y pensamientos, para que pudiéramos leerlos después.


Tengo muchas, muchas, fotos de momentos irrepetibles que he compartido con la personas que amo.


Que no te engañen, el valor de un artículo de colección no se basa sólo en el dinero que costó.


¿Tú qué coleccionables tienes?

Mercado de la nostalgia.

El término del mercado de la nostalgia se refiere a cuando una empresa o emprendedor aprovecha (en el buen y mal sentido de la palabra), la necesidad de un grupo específico de personas de sentirse conectado a una etapa de su vida a la que ya no pueden regresar; y que recordarla les provoca sentimientos de felicidad y confort.


Uno de los ejemplos más usados sobre este término es el de las comunidades latinas que viven en Estados Unidos (se estima que ese país viven 60 millones de hispanohablantes), cuyos integrantes muchas veces no pueden regresar a sus países de origen por temas legales o de seguridad. Naturalmente, esas comunidades quieren seguir conectadas con sus raíces y con la familia que dejaron atrás; y una manera de hacerlo es mediante la comida. Porque sí, quizás este año no pudiste ir a celebrar el cumpleaños de la abuela (y a lo mejor el próximo tampoco), pero sí puedes prepararte unas enchiladas para comer lo mismo que el resto de la familia cuando se conecten por video llamada para cantar las mañanitas.


Pero para que lo anterior sea posible, tienes que tener la posibilidad de comprar las tortillas, el queso y el chile. Es ahí donde entra el espíritu emprendedor y la visión de negocio de algunas personas y empresas nacionales, que logran un beneficio económico al exportar sus productos hacia los Estados Unidos. O bien, personas latinas que viven allá deciden iniciar un negocio de venta de estos artículos; ya sea que ellos los importen o que bien los preparen por sí mismos. Que aquí entra entonces el eslabón anterior de la cadena de suministro, y así progresivamente.


Como este hay otros varios ejemplos, dependiendo del segmento de mercado o producto que quiera analizarse. Sin embargo, uno de esos segmentos que creo que no sea ha discutido como debería es el mercado de la nostalgia de lo que no fue. En la mayoría de los casos, este tema se ha abordado desde el concepto de los adultos solteros y sin hijos que gastan su dinero en comprar juguetes (ya sea de colección o no), como una manera de reconectar y sanar a su niño interior.


Pero poco se habla (y cuando se hace, usualmente es en tono de burla) de aquellas mujeres adultas independientes (con o sin hijos, solteras o casadas), que ahora pueden permitirse experiencias que no pudieron vivir en su juventud o adolescencia, pero que las películas o series de aquel tiempo nos hicieron creer que eran hitos de la llamada “mejor etapa de la vida”.


Por ejemplo, el tema central de muchas películas era de aquel maravilloso verano en que el grupo o cantante favorito de la protagonista se presentaba en su ciudad, o en alguna más o menos cercana; y como la chica vivía una aventura increíble que culminaba con ella cantando en el escenario con el galán, beso obligado al final de la canción. Dejando de lado esa última escena fantasiosa; la verdad es que incluso la parte de asistir al concierto era una idea muy alejada de la realidad para muchas de nosotras.


Para algunas como yo, la distancia física era un impedimento importante; pues el gasto y tiempo de trasladarse a la capital del país o la ciudad “grande” más cercana era considerable, con el agregado de que requerías que un adulto te acompañará por lo mismo de ser menor de edad, lo que se traducía en que esos inconvenientes se multiplicaban por dos. Así pues, si terminabas yendo a un concierto, lo más seguro es que fueras solo tu con tu mamá, o a lo mejor alguna prima; pero no con tu grupo de amigas como en las películas.


Otro buen ejemplo es el viaje por carretera solo con amigas que se suponía hacías durante la preparatoria, usualmente durante el último año o en el verano antes de entrar a la universidad; y que las más de las veces se usaba como un símbolo del fin de la adolescencia y tu primer paso hacia convertirte en la persona que debías ser. No sé ustedes, pero para mí el verano antes de la universidad fue tomar una materia de verano para adelantar la carga del primer semestre, ir a una serie de cursos de inducción y similares, y despedirme de aquellas amistades que se iban a estudiar a otra ciudad o incluso a otro país. Y eso de convertirme en la persona que debía ser, la verdad es que incluso ahora no estoy completamente segura de cuál es mi “llamado”, o si tengo uno definido.


¿O qué me dices de series como Friends o Sex in the City? Vaya que nos vendieron la idea de que, durante tus primeros años de profesionista, saldrías de tu trabajo derecho a algún bar o cafetería para divertirte con tus amigas; y por qué no, buscar algún galán. Caray, ahora que recuerdo, revistas como Vogue o similares siempre tenían un artículo sobre como adaptar tu maquillaje de oficina a un maquillaje de noche; porque claro lo lógico es que te fueras derecho de la oficina a la fiesta.


Sin temor a equivocarme, puedo decir que jamás he usado uno de los consejos que venían en esos artículos; en parte porque la etiqueta para salir se ha relajado (¡vivan los tenis!), pero mayormente porque eso de salir cada noche luego de la oficina es una gran falacia. Lo he comprobado con varias personas: no importa cuántas extra curriculares o cuántas materias hayas tomado durante la carrera, pasar a un trabajo de 8am a 5pm (si bien te va) es mucho mucho más cansado. Si a eso le sumas el tráfico, la verdad es que lo que más quieres es irte a tu casa a medio descansar y prepararte para el día siguiente. A ver si el viernes da oportunidad de salir; o la quincena que entra porque el sueldo de esta habrá que usarlo en víveres y renta.


Pero es ahora, con más estabilidad luego de más de 10 años en el mercado laboral; cuando yo me organizo para salir luego del trabajo con mis amigas. No todos los días, vaya a veces ni siquiera una vez por semana; pero que increíble es durar las horas en un Denny’s comiendo nachos y hablando de cómo están sus hijos y cosas de la vida, aunque al día siguiente haya que ir a trabajar. Será porque ya nos sabemos organizar mejor, o porque encontramos una fórmula que se adapta a nosotras, no lo sé, pero la realidad es que ahora sí podemos lograrlo.


Y también es ahora recientemente, en nuestros treintas, que una amiga y yo hemos tenido la oportunidad de viajar solas a la capital a ver nuestros artistas favoritos; porque eso de que sigan sin venir a nuestra ciudad creo que es una realidad que no se alterará nunca. Ha sido de las mejores experiencias que hemos vivido juntas, en parte creo porque vamos con la firme intención de divertirnos, sin importarnos el qué dirían; y en parte por el gusto de saber que lo estamos logrando con nuestro esfuerzo.


¿Y el viaje en carretera? No con todas ha sido necesariamente por ese medio, pero sí hemos hecho un viaje especial que nos ha dejado maravillosos recuerdos. ¿Lo gracioso? Todos esos viajes han sucedido luego de graduarnos de la universidad, en algunos casos varios años luego de eso. Además, no creo que ninguno de ellos pueda considerarse como “el viaje” que nos ha permitido descubrir nuestro destino en la vida, pero sí que ha agregado sentido a la misma.


Estoy segura que habrá más experiencias como estas en mi futuro, en el de mis amigas, y en el de quienes estén leyendo este texto. Así mismo, estoy segura de que hay otros ejemplos de experiencias similares que estamos viviendo apenas ahora como adultas, aunque en su momento se identificaron como experiencias para jovencitas. Y también sé que habrá personas que nos hagan burla por ello, y que nos digan “adolescentes treintañeras” en tono despectivo.


Pero la ventaja de poder vivir todo esto como adulta, es que ya también tenemos la madurez emocional para que esos comentarios se nos “resbalen”. Porque las experiencias de la vida no tienen fecha de caducidad, y disfrutar de aquello que nos hace felices es igual de válido a los 15 que a los 45; y que es mucho peor pasar la vida añorando algo que nunca fue, que hacerlo, aunque no sea como lo habías imaginado en un inicio.


Pero como aún así habrá personas que te quieran hacer sentir culpable por comprar ese disco de k-pop, o por ir a un antro que toque canciones de tu juventud; solo diles que estás contribuyendo a ampliar las oportunidades de negocio para las empresas y emprendimientos de tu ciudad o país mediante una estrategia de comercialización bien establecida. A ver qué argumento te dan contra eso.


¿Tú tienes nostalgia de algo que nunca fue?

Al otro día.

Un día dediqué una hora a diseñar una estrategia para reducir los costos de un proceso. Al otro día dediqué una hora a encontrarle forma a las nubes (vi un gato y una bruja).


Un día dediqué una tarde a aprender sobre estados y razones financieras. Al otro día dediqué una tarde a estar tirada en el pasto con mi gatita.


Un día dediqué una cena a hablar sobre precios y condiciones de pago con un proveedor. Al otro día dediqué una cena a reírme con mi amiga sobre lo que nos había pasado en la semana.


Un día dediqué un momento para revisar mis estados financieros personales. Al otro día dediqué un momento a comprarme unos aretes.


Un día me quedé toda la noche terminando una tarea. Al otro día me quedé toda la noche leyendo una novela.


Un día tomé un curso sobre administración de proyectos. Al otro día reflexioné sobre lo que cambiaría si no me preocupara por el futuro.


Un día dediqué un par de horas a desarrollar un caso de negocios. Al otro día dediqué un par de horas a escribir mi blog.


Un día tomé un curso sobre la administración del tiempo. Al otro día me pasé la tarde conversando con mi mamá mientras comíamos chocolates.


Un día pensé y pensé sobre cómo me gustaría vivir mi vida. Al otro día solo la viví.


Si me lo preguntaran, la verdad es que diría que el otro día fue el mejor empleado de los dos.


¿Tú qué quieres hacer con tu día?

Hola,

Quiero aprender francés para pedir mis waffles sin problemas en un restaurante en Bruselas.

Quiero aprender italiano para reírme de lo que se gritan entre sí los gondoleros en Venecia.

Quiero aprender coreano para apreciar los juegos de palabras en las canciones que me gustan.

Quiero aprender japonés para disfrutar de la contemplación de los cerezo en flor.


Quiero aprender alemán para entender a la primera los anuncios de las estaciones de trenes.

Quiero aprender portugués para cantar «La chica de Ipanema» por las calles de Río de Janeiro.

Quiero aprender árabe y hebreo para entender dónde se perdió la paz.

Quiero aprender raramuri para entender los nombres de los cerros y poblaciones de mi estado.

Quiero aprender estos y muchos otros idiomas para poder conectar con la cultura y la gente de los países que visito.

Quiero aprender estos y muchos otros idiomas para poder conectar con la gente de otros países que visita el mío.

Yo quiero aprender varios idiomas para disfrutar más de la vida.

¿Tú qué idioma quieres aprender?

Prioridades

Me puse como prioridad, y mi cuenta bancaria bajó 30 mil pesos.


Pero, ¿cómo es que pasó?


Fui a mi visita semestral con la dentista. Ahí fueron $800.


Fui a hacerme el examen de la vista y cambiar mis lentes. Ahí fueron $5,000.


Me hice mi examen médico anual, incluido el examen de senos y el cervicouterino. Ahí fueron $3,000.


Renové mis plantillas, para corregir mi pisada. Ahí fueron $2,000.


Abrí una cuenta de inversión para mi retiro. Ahí fueron $10,000.


Cambié el filtro del  agua en mi casa. Ahí fueron $700.


Me inscribí a un curso de administración de proyectos. Ahí fueron $1,500.


Renové mi colchón, pues ya tenía varios años encima y ya no me permitía descansar bien. Ahí fueron $6,500.


Y fui a cortarme el cabello. Ahí fueron los últimos $500.


¡Ah! ¿cómo? ¿Tú pensabas que me había gastado ese dinero en lattes, tintes y mascarillas coreanas?


Cariño, te dije que me había puesto como prioridad, y eso significa que invertí en mí misma, que tomé la responsabilidad de mi bienestar presente y futuro. ¿Por qué sería eso algo malo?


¿Tú eres tu propia prioridad?