Mercado de la nostalgia.

El término del mercado de la nostalgia se refiere a cuando una empresa o emprendedor aprovecha (en el buen y mal sentido de la palabra), la necesidad de un grupo específico de personas de sentirse conectado a una etapa de su vida a la que ya no pueden regresar; y que recordarla les provoca sentimientos de felicidad y confort.


Uno de los ejemplos más usados sobre este término es el de las comunidades latinas que viven en Estados Unidos (se estima que ese país viven 60 millones de hispanohablantes), cuyos integrantes muchas veces no pueden regresar a sus países de origen por temas legales o de seguridad. Naturalmente, esas comunidades quieren seguir conectadas con sus raíces y con la familia que dejaron atrás; y una manera de hacerlo es mediante la comida. Porque sí, quizás este año no pudiste ir a celebrar el cumpleaños de la abuela (y a lo mejor el próximo tampoco), pero sí puedes prepararte unas enchiladas para comer lo mismo que el resto de la familia cuando se conecten por video llamada para cantar las mañanitas.


Pero para que lo anterior sea posible, tienes que tener la posibilidad de comprar las tortillas, el queso y el chile. Es ahí donde entra el espíritu emprendedor y la visión de negocio de algunas personas y empresas nacionales, que logran un beneficio económico al exportar sus productos hacia los Estados Unidos. O bien, personas latinas que viven allá deciden iniciar un negocio de venta de estos artículos; ya sea que ellos los importen o que bien los preparen por sí mismos. Que aquí entra entonces el eslabón anterior de la cadena de suministro, y así progresivamente.


Como este hay otros varios ejemplos, dependiendo del segmento de mercado o producto que quiera analizarse. Sin embargo, uno de esos segmentos que creo que no sea ha discutido como debería es el mercado de la nostalgia de lo que no fue. En la mayoría de los casos, este tema se ha abordado desde el concepto de los adultos solteros y sin hijos que gastan su dinero en comprar juguetes (ya sea de colección o no), como una manera de reconectar y sanar a su niño interior.


Pero poco se habla (y cuando se hace, usualmente es en tono de burla) de aquellas mujeres adultas independientes (con o sin hijos, solteras o casadas), que ahora pueden permitirse experiencias que no pudieron vivir en su juventud o adolescencia, pero que las películas o series de aquel tiempo nos hicieron creer que eran hitos de la llamada “mejor etapa de la vida”.


Por ejemplo, el tema central de muchas películas era de aquel maravilloso verano en que el grupo o cantante favorito de la protagonista se presentaba en su ciudad, o en alguna más o menos cercana; y como la chica vivía una aventura increíble que culminaba con ella cantando en el escenario con el galán, beso obligado al final de la canción. Dejando de lado esa última escena fantasiosa; la verdad es que incluso la parte de asistir al concierto era una idea muy alejada de la realidad para muchas de nosotras.


Para algunas como yo, la distancia física era un impedimento importante; pues el gasto y tiempo de trasladarse a la capital del país o la ciudad “grande” más cercana era considerable, con el agregado de que requerías que un adulto te acompañará por lo mismo de ser menor de edad, lo que se traducía en que esos inconvenientes se multiplicaban por dos. Así pues, si terminabas yendo a un concierto, lo más seguro es que fueras solo tu con tu mamá, o a lo mejor alguna prima; pero no con tu grupo de amigas como en las películas.


Otro buen ejemplo es el viaje por carretera solo con amigas que se suponía hacías durante la preparatoria, usualmente durante el último año o en el verano antes de entrar a la universidad; y que las más de las veces se usaba como un símbolo del fin de la adolescencia y tu primer paso hacia convertirte en la persona que debías ser. No sé ustedes, pero para mí el verano antes de la universidad fue tomar una materia de verano para adelantar la carga del primer semestre, ir a una serie de cursos de inducción y similares, y despedirme de aquellas amistades que se iban a estudiar a otra ciudad o incluso a otro país. Y eso de convertirme en la persona que debía ser, la verdad es que incluso ahora no estoy completamente segura de cuál es mi “llamado”, o si tengo uno definido.


¿O qué me dices de series como Friends o Sex in the City? Vaya que nos vendieron la idea de que, durante tus primeros años de profesionista, saldrías de tu trabajo derecho a algún bar o cafetería para divertirte con tus amigas; y por qué no, buscar algún galán. Caray, ahora que recuerdo, revistas como Vogue o similares siempre tenían un artículo sobre como adaptar tu maquillaje de oficina a un maquillaje de noche; porque claro lo lógico es que te fueras derecho de la oficina a la fiesta.


Sin temor a equivocarme, puedo decir que jamás he usado uno de los consejos que venían en esos artículos; en parte porque la etiqueta para salir se ha relajado (¡vivan los tenis!), pero mayormente porque eso de salir cada noche luego de la oficina es una gran falacia. Lo he comprobado con varias personas: no importa cuántas extra curriculares o cuántas materias hayas tomado durante la carrera, pasar a un trabajo de 8am a 5pm (si bien te va) es mucho mucho más cansado. Si a eso le sumas el tráfico, la verdad es que lo que más quieres es irte a tu casa a medio descansar y prepararte para el día siguiente. A ver si el viernes da oportunidad de salir; o la quincena que entra porque el sueldo de esta habrá que usarlo en víveres y renta.


Pero es ahora, con más estabilidad luego de más de 10 años en el mercado laboral; cuando yo me organizo para salir luego del trabajo con mis amigas. No todos los días, vaya a veces ni siquiera una vez por semana; pero que increíble es durar las horas en un Denny’s comiendo nachos y hablando de cómo están sus hijos y cosas de la vida, aunque al día siguiente haya que ir a trabajar. Será porque ya nos sabemos organizar mejor, o porque encontramos una fórmula que se adapta a nosotras, no lo sé, pero la realidad es que ahora sí podemos lograrlo.


Y también es ahora recientemente, en nuestros treintas, que una amiga y yo hemos tenido la oportunidad de viajar solas a la capital a ver nuestros artistas favoritos; porque eso de que sigan sin venir a nuestra ciudad creo que es una realidad que no se alterará nunca. Ha sido de las mejores experiencias que hemos vivido juntas, en parte creo porque vamos con la firme intención de divertirnos, sin importarnos el qué dirían; y en parte por el gusto de saber que lo estamos logrando con nuestro esfuerzo.


¿Y el viaje en carretera? No con todas ha sido necesariamente por ese medio, pero sí hemos hecho un viaje especial que nos ha dejado maravillosos recuerdos. ¿Lo gracioso? Todos esos viajes han sucedido luego de graduarnos de la universidad, en algunos casos varios años luego de eso. Además, no creo que ninguno de ellos pueda considerarse como “el viaje” que nos ha permitido descubrir nuestro destino en la vida, pero sí que ha agregado sentido a la misma.


Estoy segura que habrá más experiencias como estas en mi futuro, en el de mis amigas, y en el de quienes estén leyendo este texto. Así mismo, estoy segura de que hay otros ejemplos de experiencias similares que estamos viviendo apenas ahora como adultas, aunque en su momento se identificaron como experiencias para jovencitas. Y también sé que habrá personas que nos hagan burla por ello, y que nos digan “adolescentes treintañeras” en tono despectivo.


Pero la ventaja de poder vivir todo esto como adulta, es que ya también tenemos la madurez emocional para que esos comentarios se nos “resbalen”. Porque las experiencias de la vida no tienen fecha de caducidad, y disfrutar de aquello que nos hace felices es igual de válido a los 15 que a los 45; y que es mucho peor pasar la vida añorando algo que nunca fue, que hacerlo, aunque no sea como lo habías imaginado en un inicio.


Pero como aún así habrá personas que te quieran hacer sentir culpable por comprar ese disco de k-pop, o por ir a un antro que toque canciones de tu juventud; solo diles que estás contribuyendo a ampliar las oportunidades de negocio para las empresas y emprendimientos de tu ciudad o país mediante una estrategia de comercialización bien establecida. A ver qué argumento te dan contra eso.


¿Tú tienes nostalgia de algo que nunca fue?

Casa propia, comunidad compartida.

Últimamente he pensado mucho en casas, en varios sentidos. Uno de ellos se derivó de una publicación de Pictoline, denominada “Una casa propia”, que según entiendo está relacionada al libro “Una casa en la calle Mango”, de Sandra Cisneros; un libro que tengo pendiente de leer. Pero volviendo a las casas, en esa publicación se habla de la necesidad de tener una casa propia, pero no desde el punto de vista práctico; sino más bien como una necesidad para ser libre, para sentirse segura y a la vez poder ser una misma y expresarlo.

Creo que esto tiene un poco que ver con la necesidad de tener esa transición a la adultez, que en varias culturas implicaba que la persona se separara de su familia y viviera un período de tiempo por su cuenta, pero siempre apoyado por su comunidad. Por ejemplo, un niño que pasaba a la edad adulta se iba con el grupo de guerreros de su tribu; o bien los y las adolescentes judíos que luego de su bar/ bat mitzvá pasan a ser miembros activos y responsables en la comunidad, haciendo actividades “alejados” de lo que en su momento hacían con su familia inmediata. En la actualidad, cuando varios de esos rituales han desaparecido o bien han perdido algo de su trascendencia; se ha mantenido la idea de dejar el hogar familiar y vivir por cuenta propia. Lo malo es que en la ecuación se nos ha olvidado la parte del apoyo de la comunidad para estos nuevos adultos.

En un esquema macro, el acceso a la vivienda cada vez es más precario, pues el costo de las mismas es muy superior a lo que una persona joven, que recién empieza en el mundo laboral, puede pagar. Por ello muchos jóvenes viven en espacios sumamente pequeños que deben compartir con varias personas, y además enfrentan varias carencias o dificultades dentro de dichos espacios. De seguro hay que gente que dirá, “bueno, pero eso forja el carácter”; pero sinceramente creo que más que crearlo lo destruye. Después de todo, ha de ser excesivamente frustrante ver que aún y con todo el esfuerzo que se hace, no se puede vivir en un lugar confortable; y en casos extremos ni siquiera digno. Además, el vivir con la incertidumbre de si se seguirá teniendo la solvencia para costear una vivienda, genera un nivel de estrés que tiene afectaciones graves en la saluda física y mental de las personas; que incluso deja secuelas de por vida.

Pasando a un esquema más cercano, si bien usualmente la familia y algunas amistades de la persona que recién inicia su vida independiente buscan ayudarle de alguna forma, la realidad es que estás personas deben enfrentar solas lo que hasta hace poco tiempo se hacía con apoyo. Yo he vivido sola, y puedo dar testimonio de que atender un empleo o una educación de tiempo completo (jamás entenderé como sobreviven las personas que conjuga las 2 al mismo tiempo), más aparte ocuparte de preparar tu comida, limpiar tu casa y mantenerla en buen estado, es una tarea que demanda demasiada energía. Muchas veces ni siquiera los fines de semana alcanzan para ponerte al día; por lo que se vive con una sensación de no terminar nunca, más el cansancio físico y mental que esto conlleva.

Volviendo a mis ejemplos iniciales, aquél niño que pasaba a formar parte de los guerreros sabía que mientras él estaba aprendiendo a cazar, otros de sus compañeros y compañeras estaban aprendiendo a sembrar, a cocinar, a tejer, a curar enfermedades y otras tantas cosas que en su momento harían los unos por los otros. Es decir, se sabía que su comunidad les proporcionaba una zona segura, en la que cada quien hacía su parte para el bien común. Con esto no quiero caer en el cliché de que todo tiempo pasado fue mejor, estoy consciente de que en el pasado la vida también tenía sus dificultades y que muchas veces se sacrificaban al individuo por la comunidad; pero yo hubiera pensado que al avanzar como sociedad hubiéramos buscado un punto medio en lugar de dar un giro de 180º y ahora estar en un punto donde una sola persona tiene que hacer lo que antes se hacía en grupo.

En fin, creo que como en tantas de mis publicaciones, estoy abogando por la creación de comunidad, de que entendamos que el pedir apoyo es no solo necesario sino también bueno, para la persona individual y para esa comunidad que pretendemos crear.  Si sabemos que tenemos una red de apoyo a la que podemos acudir cuando tenemos dudas o dificultades, entonces será que podamos disfrutar realmente esa transición a la vida adulta, el disfrutar de un espacio propio y poder encontrarnos y crecer como personas. Después de todo, según Maslow, para poder justamente satisfacer nuestras necesidades de crecimiento, primero tenemos que cubrir las que se relacionan a con la seguridad.

¿Tú tienes un espacio propio?