Estoy en tu esquina.

Tengo la fortuna de contar con familia y amigas que tiene talentos y habilidades que son completamente ajenas para mí. Por ejemplo, una amiga arquitecta diseña planos para diversos tipos de construcciones, y yo la sufro para dibujar un círculo medio decente. De igual forma, mi mamá es doctora; y yo no soporto ver sangre. Por estos motivos y otros más, tengo un gran respeto por el trabajo que hacen; y me maravilla sobremanera la forma en que trabajan sus mentes.

Sin embargo, como a todas las personas, hay ocasiones en que las cosas no les salen como esperaban, y tienen pequeñas o grandes crisis a resolver. Y en todos esos casos, siempre les pregunto si puedo ayudarles. Estoy consciente de que, de manera objetiva, no tengo los conocimientos o habilidades para luchar por ellas, o incluso a su lado. Quiero decir, cuando el sistema se traba, yo soy la que le habla a mi amiga de TI para que me termine la sesión; así que, si de repente el sistema se cae por completo, no hay mucho que pueda hacer para ayudarla.

¿Pero sabes que sí puedo hacer? Puedo ir y comprarle un refresco y un chocolate para que tenga energía mientras descubre cuál es la causa del problema. O puedo darle mi opinión a mi hermano sobre un anuncio que va a poner en redes sociales. También puedo estar atenta a ejemplos de campañas de mercadotecnia que le servirían a mi amiga que da clases en la universidad, para que pueda agregarlas a los ejemplos que usa con sus alumnos.

 O como último, pero quizás más importante, puedo escucharles. Después de que resuelven su problema, o mientras lo hacen si es algo que va a tomar tiempo, puedo dejar que se desahoguen conmigo sobre lo frustrante que fue/es la situación, de lo cansadas que están, ofrecerles alguna idea para que su salud mental no se vea tan afectada; en fin, ofrecerles mi apoyo y consideración.

Volviendo al punto anterior, entiendo que esto no soluciona los problemas, pero saber que tienes a alguien en tu esquina, hace que las cosas se vean menos negras y que puedas levantarte para seguir intentándolo. Lo sé, porque todas estas personas que son importantes en mi vida, me han ofrecido ese mismo apoyo en momentos difíciles, y es gracias a ellas que no he colapsado. Por eso mismo, aquí y en otras instancias, abogo tanto por la necesidad e importancia de las redes de apoyo, del sentido de comunidad que hemos ido perdiendo en la vorágine de la modernidad. Es gracias a estas redes de apoyo que podemos no solo sobrevivir, sino también disfrutar de nuestra vida.

Por esto, te convido a que cuides a tu red. No tiene que ser muy grande, y puede ser tan variada como tú quieras. De igual forma, esa red puede incluir a personas como tu psicóloga o terapeuta, porque en ocasiones necesitamos también a alguien que nos birnde un apoyo digamos técnico.

Pero lo más importante es que, una vez que tienes a tu red, la tengas como una prioridad en tu vida. La dinámica de la misma irá cambiando de acuerdo a las circunstancias, pero tener un lugar seguro al cual acudir, para poder reír y llorar sin preocupaciones, es un regalo que todas debemos darnos.

¿Cómo puedo ayudarte?

Expandiendo el confort.

Una zona de confort puede ser descrita como aquella situación en la que una persona se siente cómoda; en la que ha comprobado que un nivel determinado de esfuerzo le dará el resultado justo para mantener dicha comodidad. Por tanto, su nivel de estrés y/o ansiedad, podría considerarse como neutro. Sin embargo, esta misma comodidad puede llevar a la persona a evitar cualquier tipo de riesgo que altere dicho equilibrio, por lo que prefiere quedarse dentro de sus límites conocidos.

Es por esto último que la gente considera como conformistas a las personas que se encuentran en dicha zona, y por lo que es muy común que se aliente a salir de la zona de confort, ya sea personal o profesional. Si bien es cierto que no es prudente ni sostenible el querer mantenernos siempre dentro de la misma caja; creo que la forma en que se ha abordado este tema no es la ideal. Pareciera ser como si debieramos evitar ese tipo de zonas a toda costa, que no podemos descansar ni un momento y debemos estar siempre retándonos a hacer cosas diferentes en todos los ámbitos al mismo tiempo.

Y, sinceramente, eso es muy agotador.

¿Qué hacer, entonces? Quizás serviría apreciar esta situación no como una dualidad de confort vs retos; sino más bien una visión integral de remodelación. Imaginamos que la zona de confort es nuestra casa; misma que funciona bien y sirve a nuestras necesidades actuales. Sabemos que si le damos un mantenimiento mínimo y constante, la casa seguirá funcionando y podremos vivir como hasta ahora. Sin embargo, llegará un punto en el que, por más mantenimiento que hagamos; se tendrán que hacer remodelaciones. Después de todo, los electrodomésticos y muebles tienen una vida útil, o nuestros gustos pueden cambiar; o incluso puede ser que veamos que, aunque las cosas funcionan bien ahora, hacer algunos cambios permitirían que nuestro día a día y vida en general fueran mejor.

Digamos entonces, por ejemplo, que nuestra cocina ya no encaja con nuestras necesidades actuales; pero el resto de la casa está bien. ¿Vamos a mudarnos entonces? No, claro que no; pero si tendremos que pasar por un proceso de reestructuración en la cocina. No será algo que quede listo de un día para otro, e implicará ciertos sacrificios como aguantar el polvo y tener que cocinar en una parrilla un tiempo; pero sabemos que todo es para mejor, y entre tanto podemos seguir disfrutando de otras zonas de la casa. E incluso cuando quede terminada la remodelación, nos tomará algo de tiempo adaptarnos a los nuevos espacios, y tendremos que modificar la forma en que hacíamos ciertas cosas (tanto de la cocina como de otras áreas relacionadas, como el comedor). Pero al final del día, todo habrá valido la pena y podremos disfrutar de un espacio que se adapta mejor a nuestras necesidades, y que además nos produce bienestar.

De esta forma, comenzamos con una casa que era confortable y que disfrutábamos, hicimos algunos cambios, y ahora tenemos una casa más confortable que podemos seguir disfrutando. Lo mismo pasa en otras áreas de nuestra vida, como nuestra profesión o el cuidado de nuestra salud. De momento estamos bien, las cosas funcionan, pero podemos hacer cosas distintas que nos permitirán obtener mejores resultados; sin tener que dejar de disfrutar los buenos resultados que ya teníamos.

Lo anterior es mucho mejor a seguir eternamente en una situación que solo está bien, en lugar de estar fantástica. O peor aún, el seguir en una misma situación solo por no querer afrontar los restos iniciales que significarían mejorar; para al final llegar a un punto insostenible en el que ya ni siquiera tenemos los beneficios del principio, y que para poder recuperarnos tendremos que hacer un esfuerzo doble o triple.

Así pues, no debemos ver a nuestra zona de confort como algo inherentemente malo y que debemos evitar. Es necesario que tengamos un espacio/situación al que podamos ir para descansar y recargar energías; lo importante es trabajar constantemente no solo en mantenerla, sino también en expandirla. Después de todo, yo prefiero sentirme cómoda en varios lugares, así tengo más opciones para disfrutar.

¿Tú qué remodelaciones estás haciendo?

¿Sabes qué es realmente diveritdo?

Jugar un juego de mesa con tu familia.

Arreglarse para una fiesta.

Ver un episodio de 3 horas de un juego de Calabozos y Dragones.

Pintarte las uñas con diseños y/o colores nuevos.

Leer un libro.

Tomar unos tragos con tus amigas.

Arreglar fotos que tenías sin guardar.

Sentarte en la plaza a platicar con tu amiga, mientras comen un helado.

Escuchar música mientras haces tus actividades diarias.

Jugar con tu gatita.

Ver una serie sola.

Ver una serie acompañada.

Colorear.

Ir a un parque de diversiones.

Regar tus plantas.

Salir de viaje.

Quedarse en casa.

La diversión puede darse de muchas maneras para cada persona; y por supuesto también depende de las circunstancias. Lo importante es recordar que la diversión es vital para las personas, en lo individual y en lo colectivo; así como en el área física, mental y espiritual. Por eso debemos procurar encontrar maneras de divertirnos en medio, o más bien durante, nuestras rutinas diarias; y respetar la forma en que cada quién encuentra esos momentos de risa y satisfacciones sin los que la vida, simplemente no sería la misma.

¿Tú cómo te diviertes?

Productividad, un poco a la izquierda.

La productividad se define como la cantidad de bienes y servicios que han sido producidos en un determinado período de tiempo, utilizando una cantidad de recursos igualmente determinada. Por supuesto, el objetivo es obtener el mayor beneficio usando el menor número de recursos posible; o bien usando dichos recursos de una forma eficiente. Es por ello que las organizaciones, y las personas, desarrollan diferentes indicadores para asegurarse de que están siendo lo más productivas posibles, analizando y midiendo los resultados obtenidos y buscando maneras de mejorarlos.

Ahora bien, para que dichos indicadores sean útiles, una de las primeras cosas a definir sería cuál es, en efecto, el resultado que se busca. Por ejemplo, si el objetivo de una línea de producción es que por cada turno se produzcan 100 artículos A y 100 artículos B; entonces un día en que no se produjo nada de A pero 150 piezas de B podría no considerarse como productivo, aún y cuando se han producido más artículos B. Si esto ha sucedido, entonces habrá que identificar la causa de que no se esté alcanzando el objetivo del producto A, y tomar acciones para corregirlo; o en su defecto plantearse si el objetivo requiere ajustarse.

Considero que esta falta de una definición clara es lo que provoca que muchas personas, en lo individual, sientan que sus días no son productivos. Tendemos a pensar que, si un domingo no lavamos, no planchamos, o no practicamos el francés en nuestra aplicación de idiomas, entonces ese fue un día perdido. Sin embargo, antes de emitir este tipo de juicios, habría que preguntarnos: ¿Qué es un domingo productivo para nosotras? Por ejemplo, en mi caso el domingo es el día en que procuro hacer alguna actividad con mi mamá, escribir este blog, y relajarme para estar lista para la siguiente semana laboral; lo cual logro de muy diversas maneras, que van desde leer un libro hasta tomar una siesta. En otras palabras, mi objetivo del domingo es elevar mis niveles de bienestar; si consigo eso entonces puedo decir que tuve un domingo productivo, puesto que utilicé eficientemente mis recursos para lograr mi meta.

Por supuesto no todos los domingos son iguales, en ocasiones debo hacer ajustes dependiendo tanto de factores internos como externos. Por ejemplo, usualmente los sábados lavo la ropa de cama, pero si ese sábado en particular está lloviendo; muevo la actividad para el domingo y quizás mueva escribir el blog al sábado. ¿Voy a lograr mi objetivo para ambos días? Sí, solo un poco diferente a cómo se había planeado inicialmente. Lo malo hubiera sido simplemente lamentarme de la lluvia del sábado y no haber buscado una solución, pues eso hubiera afectado no solo a mi objetivo de ese día sino los subsecuentes.

Es por ello que la capacidad de adaptación es tan importante, tanto en nuestra vida profesional como personal. En primera instancia es necesario que entendamos que no podemos medirnos usando los parámetros de otros; podemos usarlos como puntos de referencia, pero teniendo muy en claro que debemos adaptarlos a nuestra realidad. Es por eso que no comparto ideas como “el club de las 5am”, porque las más de las veces no están pensadas para el común de la gente, y tienden a ser demasiado puristas en lo que predican.

En segundo lugar, pero no menos importante, nos hará mucho bien entender que no todos los días alcanzaremos la productividad esperada; y esto no por una falta de voluntad o de disciplina, sino porque simplemente así sucede en ocasiones. Incluso las compañías más grandes del mundo, que invierten una buena parte de su presupuesto en tener sus recursos en óptimas condiciones, se encontrarán ante situaciones de baja productividad. Lo esencial aquí es identificar qué fue lo que causó tales circunstancias, y buscar corregirlas y adaptarlas. Por ejemplo, quizás nuestro objetivo de caminar dos horas diarias no será posible por un tiempo puesto que nos han asignado un proyecto importante en nuestro trabajo, y obstinarnos en cumplir ambos objetivos solo nos desgastará. Entonces, quizás lo que haya que hacer sea aceptar que le tendremos que dedicar una hora más a nuestro trabajo, y tener caminatas de solo una hora; y cumplir con esa planeación.

Este último punto me parece también que es primordial que internalicemos. Tal como en el ejemplo que puse al principio, tener 150 de B y cero de A no es la mejor situación posible. Por tanto, aunque cumplamos con todos nuestros objetivos laborales y tengamos una casa impecable; si eso implica que estamos dañando nuestra salud emocional y física, entonces definitivamente algo está mal en el sistema y hay que cambiarlo. Pero de nuevo, esto no será posible hasta que hayamos definido que es lo mejor, o lo más productivo para nosotras, considerando no sólo nuestra realidad actual, sino aquella a la que aspiramos.

¿Para ti qué significa la productividad?

Experiencias especiales.

¿Nunca les ha pasado que están haciendo algo, y ni así se creen que lo están haciendo? Quizás sea algo que nunca estuvo en tus planes, o quizás es algo que llevas planeando o deseando durante mucho tiempo; pero te parecía inconcebible que algún día podrías llevarlo a cabo. Y de repente, ahí estás, logrando algo que tu yo de tiempo atrás hubiera creído imposible.

Creo sinceramente que ese es uno de los mejores sentimientos del mundo, cuando ves como todas tus decisiones (buenas y malas), todo tu esfuerzo, se conjugan para que puedas vivir una experiencia increíble. En estos últimos días he tenido varias de esas experiencias, tanto grandes como pequeñas, algunas planeadas y otras digamos “espontaneas”; pero todas me han dado felicidad y alegría, así como revitalizar mi entusiasmo por ver qué otras experiencias asombrosas me esperan más adelante. Me parece que esto es de lo más importante, pues muchas veces sentimos que nuestras acciones diarias no tienen un impacto o trascendencia, sino que simplemente pasamos de un día a otro. Sin embargo, lo que hacemos a diario es justamente lo que nos llevará a lograr lo que deseamos, o bien a tener oportunidades que no habíamos considerado pero que igualmente nos darán bienestar.

Con esto no quiero caer en el trillado e irreal concepto de que basta con “echarle ganas” para lograr lo que queremos; pues ciertamente existen situaciones de tipo macro que necesitan darse para que se obtengan ciertos beneficios, como un trabajo o vivienda dignos. Pero, al mismo tiempo, considero que si día a día ponemos empeño en ser un poco mejores cada vez, y a la vez procuramos crear/escoger un ambiente en el que esa mejora sea reconocida, entonces podremos disfrutar de las experiencias que menciono. Claro, no siempre tendremos el resultado esperado, pues la vida tiene esa cualidad de entrometerse en nuestros planes; pero como ya dije también eso da pie a que vivamos situaciones increíbles que no habíamos considerado. Además, el solo hecho de saber que lo que estamos haciendo sí sirve de algo, es invaluable.

Más de una vez se ha dicho que padecimientos como el burnout y la depresión se pueden combatir mejor si se tiene una expectativa del futuro. Ni siquiera tiene que ser algo grande, simplemente una curiosidad de ver qué nos espera a la vuelta de la esquina, en el siguiente capítulo. Así que sigamos trabajando por esas experiencias especiales, planeadas o no.

 ¿Cuáles experiencias increíbles has vivido?

Intentando con intención.

Muchas veces hemos escuchado el dicho, “la intención es lo que cuenta”, dando a entender que, aunque no hayamos realizado la acción como tal, o esta no haya tenido el resultado esperado; lo importante es que se tuvo el propósito de hacerla. Un poco como decir, bueno, al menos lo intentaste. Sin embargo, y esta es la pregunta interesante, ¿realmente lo intentamos?

Esta pregunta no va encaminada al resultado concreto de la acción, pues como dije, este puede o no darse; sino más bien pretende analizar nuestra voluntad para lograrlo. Por ejemplo, si a una persona no se le dan las matemáticas, pero estudia con ahínco antes de un examen para poderlo pasar, aún y cuando su calificación final sea de 6; podemos decir que realmente lo intentó. Por otra parte, si a una persona le mandan una dieta blanda para aliviar su gastritis, pero se la pasa poniendo excusas como “es en que en el trabajo iban a pedir hamburguesas y por educación acepté”, o “es que llegué muy tarde del trabajo y lo más sencillo era comprarme una pizza”; podemos ver claramente que su intención nunca fue seguir las indicaciones que tenía.

En los ejemplos anteriores resulta sencillo ver quién tuvo la razón; pues el resultado en un caso fue bueno (o tan bueno como pudo ser), y en el otro fue desfavorable. El problema estriba en los casos en que las cosas salen bien pese a la falta de intención de las personas. Por ejemplo, digamos que en un trabajo se está haciendo una colecta para apoyar a una compañera que tuvo algún percance, y una persona dice “contribuí solo para no quedar mal, pero realmente no me interesa su causa”. En esta situación, pese a que la persona contribuyó sólo por obligación, la compañera recibirá la aportación que haya hecho; y de una manera u otra le servirá para solventar sus problemas. Lo cual está muy bien claro, y es preferible a que no hubiera recibido tal contribución; pero, ¿qué pasa con la persona que contribuyó sin intención? Esa persona se privó de sentir la satisfacción de haber hecho algo bueno por una compañera; y en su momento, cuando la misma compañera cuente que pudo superar sus dificultades y agradezca por el apoyo, esta persona no podrá experimentar la alegría de otras que sí contribuyeron con entusiasmo y desde la intención genuina de ayudar.

De esta forma, podemos ver que, efectivamente, la intención es lo que cuenta. Más allá de un resultado visible, lo importante es que nos enfoquemos en hacer las cosas conscientemente, para poder sentirnos bien con nosotras mismas. Hago énfasis en la parte de la consciencia, pues se puede caer también en una falsa intención de decir “ok voy a hacerlo, aunque no estoy convencida, pero quiero sentir que hice lo correcto”. Esta idea no difiere del hacer las cosas solo por obligación o para no quedar mal; a la vez que tampoco se aleja mucho de hacer las cosas “a medias”. Por tanto, el sentimiento de bienestar que podamos obtener, también será solo pasajero y en mucha menor medida que el sentimiento genuino.

Lo ideal es poder decir “tengo la intención de hacer esto, daré el mejor esfuerzo en ello, y esperaré que el resultado sea positivo tanto para mí como para los demás”. Si aplicásemos esta idea en las diferentes esferas de nuestra vida, que diferencia veríamos no solo en nuestro nivel de bienestar por haber hecho el intento con propósito; sino que también con el tiempo veríamos como los resultados tangibles serían cada vez mejores para nosotras mismas y las personas que nos rodean. Así pues, les invito a que vayamos más allá de la intención o el intento, y en su lugar podamos conjugarlos para, efectivamente, lograr.

¿Cuáles son tus intenciones?

A mi ritmo.

Nunca he sido buena para los deportes; en parte porque soy mala para calcular distancias, y en parte porque no tengo muy buena coordinación que digamos. Por ende, siempre era de las últimas en ser elegida para los equipos en la clase de deportes. No creo que eso me haya afectado más allá de un que otro balonazo, pero sí me hizo excluir el deporte de aquellas actividades que practicaba. En parte era por saber que no era buena, pero creo que era más el hecho de no querer “estorbar” a las demás personas; pues sabía que, si me unía a un equipo o incluso en un juego con amistadas, mi falta de habilidad perjudicaría a las personas con las que jugaba.

Algo similar sentía con el baile, por lo mismo de mi falta de coordinación. Afortunadamente en mis épocas de juventud se acostumbraba más bailar en grupo, pues definitivamente habría sido un caso perdido si todavía se hubiera usado solo el baile en pareja. En este caso he de decir que mi animosidad a bailar si provenía (aún ahora) del temor a hacer algún ridículo. Así pues, fue otra de las actividades que dejé de lado.

El tiempo pasó, y un buen día en el gimnasio al que asistía iniciaron con clases de zumba. Por todo lo antes mencionado, tenía bastantes reservas respecto a entrar; pero finalmente lo hice. Fue una excelente decisión. Pronto esas clases se volvieron de mis favoritas; pues me daban una agradable sensación de libertad y bienestar. Antes las clases de deportes o danza, así como actividades sociales que los incluyeran, me hacían sentir ansiedad por el temor de no hacer las cosas bien. Ahora podía realizar las rutinas con entusiasmo, sabiendo que si me equivocaba lo podía corregir en la siguiente repetición; pero lo más importante era que no había juicios por cometer errores. Incluso el ambiente era tal que nos podíamos reír de nuestras propias fallas. En pocas palabras, disfrutaba lo que estaba haciendo.

Con el tiempo he ido a otros gimnasios, pero siempre procuro que ofrezcan clases de zumba. En todos ellos he encontrado el mismo ambiente relajado y de integración, en donde sin importar tus habilidades natas, puedes divertirte con las rutinas. Todo esto me ha ayudado a ir mejorando poco a poco, pero sobre todo me ha permitido encontrar confianza en mí misma para realizar actividades que alguna vez pensé no eran para mí.

Que diferente sería la vida de muchas personas, y de la sociedad en general, si este fuera el enfoque que le diéramos a otras actividades, como el canto, el dibujo o las matemáticas. Si fomentáramos que estas actividades se realizarán no con la intención de tener que ser el mejor, en un ambiente siempre competitivo; sino que se formara un ambiente de cooperación en el que las personas pudieran disfrutar el aprender y practicar dichas actividades, entendiendo que el error es parte natural del proceso de aprendizaje. No sólo habría menos personas frustradas, sino que también se crearían vínculos entre personas que usualmente no tendrían nada en común. En otras palabras, se lograría lo que se pretende con todas las actividades humanas; crear comunidad.

¿A ti cual actividad te proporciona bienestar?