Diferentes colores, diferentes tonos.

De seguro alguna vez has escuchado la expresión “verde de envidia”, que por supuesto se usa para describir a una persona que siente celos de los logros o capacidades de otra persona. Existen varios posibles orígenes para esta expresión, la más común se refiere a que las personas envidiosas generan más bilis; y el color de esta secreción se nota en la piel.

También hay un posible origen que se basa en un juego de palabras y en la siempre conflictiva vida de las cortes de antaño. Al parecer, Isabel de Farnesio, quien fuera reina de España; usó un vestido color verde endivia (una verdura) durante la ceremonia de sucesión al trono de su hijastro, en la que estaba también presente su nuera Bárbara de Braganza. Esta última no era del agrado de Isabel pues perdería su corona una vez Bárbara ascendiera como reina. Del detalle del color de su vestido, más el juego de palabras de endivia y envidia, surgió la expresión que hoy día nos parece tan normal.

Pero, ¿sabes que otra expresión también es muy usual? “Color verde esperanza”; la cual al parecer surge por el simbolismo de renacimiento que se da en la primavera, que es predominantemente verde. ¿No te parece curioso, que un mismo color pueda asociarse a dos emociones tan distintas, e incluso contrarias? Quiero decir, el arcoíris tiene al menos 7 colores; más aparte la amplia gama de tonalidades que se desprenden de cada uno de ellos.

Para mí, esto es una muestra de lo importante que es el contexto cuando estamos interactuando con otras personas. Y que además, es algo que debe funcionar en doble vía. De la misma manera en que cuando nosotros emitimos un mensaje, tenemos que estar seguros de que la persona receptora entiende el contexto en el cuál lo estamos emitiendo; como receptores nos toca asegurarnos de que comprendemos lo que hay alrededor de dicho mensaje, para poder entenderlo en su totalidad y a partir del mismo emitir una respuesta. Si esto fuera una práctica común, estoy segura de que se podrían evitar muchos malentendidos innecesarios.

El problema radica en que, las más de las veces, no estamos dispuestos a entender que pese a que una situación sea la misma, mi contexto y el contexto de la otra persona puede ser diferente. Por ejemplo, cuando estamos organizando un evento con un grupo, y de repente se nos informa que la comida llegará media hora más tarde de lo acordado; una persona puede tomarlo con calma mientras que otra puede tomarlo como un gran inconveniente. A simple vista, el contexto es el mismo y procedemos a juzgar a ambas personas bajo esa óptica; pero quizás no sabemos que la persona que está más afectada por el suceso es quién se encargó de pedir la comida, por lo que siente mayor responsabilidad respecto al retraso mencionado, sobre todo si la personalidad de esa persona tiende a ser perfeccionista. Con esa nueva información, esperaría que nuestro juicio fuera diferente.

¿Esto implica que tenemos que dar/recibir información adicional en todas las interacciones que tenemos? No realmente, pues por un lado no tenemos que compartir toda nuestra información con todas las personas; además de que por cuestión de tiempos sería casi imposible. Lo que si es que podemos ser más conscientes de que como los contextos, tanto evidentes como no evidentes, pueden ser percibidos diferentes por diferentes personas, y buscar que nuestras interacciones sean más gentiles teniendo eso en cuenta.

Así, cuando una persona te mande un mensaje con la imagen de un corazón verde, no pensarás que te está diciendo que eres una persona con un corazón envidioso; sino que de todo corazón te manda esperanza. Y claro, si tu de vuelta contestas con un corazón blanco, que para muchos es el símbolo de la paz; la otra persona debería recibirlo con igual empatía.

¿Tu con qué asocias los colores?