Días de Muertos.

Tengo una confesión que hacer: jamás he puesto un altar de Día de Muertos por mi propia iniciativa. De hecho, esta no es una tradición que celebremos en mi familia.


[Pausa dramática]


Antes de que se alarmen, les explico. Como tantas otras cosas, la celebración del Día de Muertos se ha popularizado como algo típico de la cultura mexicana, pero realmente es una tradición del centro y sur del país. Es por eso que, en lugares como Ciudad de México, Pátzcuaro y otros, existen tradiciones y festividades muy vistosas en relación a este día; con celebraciones que pueden durar varios días. En contraste, en el norte del país (o al menos en mi ciudad), es hace apenas unos años que se han realizado celebraciones o eventos más en forma; motivados en parte por generar una derrama económica para las ciudades, y en parte para brindar espacios de convivencia a la ciudadanía. En el ámbito privado, si bien algunas familias han adoptado la tradición de poner un altar en la casa (que según creo se dio en parte gracias a la película de Coco), no es algo generalizado.


¿Eso quiere decir que las culturas del norte de México, no celebran a sus difuntos? ¿No tienen, entonces, esa actitud un tanto festiva hacia la muerte que tanto se ha asociado con el imaginario mexicano? La respuesta es no en ambos casos. Pero lo que sí es cierto es que, más allá de los elementos de la tradición católica que se entreveraron con las culturas nativas a partir de la Conquista; cada cultura tiene aspectos relacionados a la muerte muy propios de su cosmovisión.


Por ejemplo, en la cultura raramuri, no se cuenta con un día específico para celebrar a los difuntos, pero eso no significa que no se celebre la transición del alma hacia la siguiente etapa. Pues justamente, la cosmovisión raramuri entiende la muerte como una parte de la vida misma, una transición natural a la que todos llegaremos en algún punto. La diferencia estriba en que está sociedad no celebra “el regreso” de las almas en un día específico; sino que la fiesta comunitaria se hace al momento en que fallece la persona, pues es cuando su alma se reúne con sus antepasados y con su creador. Para que esta reunión se pueda dar, el alma debe correr hacia el cielo; pero este es un viaje largo y complicado, y si el espíritu del difunto no puede completarlo, entonces se quedará en la tierra causando un desequilibrio en el orden natural. Es por ello que, como parte de la celebración, la comunidad corre junto con el alma, para acompañarle y apoyarle en este último viaje.


Si bien esta tradición es bastante diferente a la que se ha popularizado, existen varios elementos comunes. Uno de ellos claro es lo que se comentaba al principio de ver a la muerte con cara alegre, que en general es algo muy propio de la mexicanidad. Pero creo que el más importante es el sentido de comunidad que se asocia hacia la transición hacia la siguiente etapa de la vida.


Ya sea que la comunidad participe en el montado del altar, o que la comunidad corra al lado del difunto en su última carrera; en ambos casos se habla de que es un momento para compartirse. Es un momento para estrechar lazos, para celebrar la vida de la persona fallecida, para preservar las tradiciones, para brindar apoyo, y para crear nuevos recuerdos que sigan sosteniendo el tejido de la comunidad.


Porque al final del día, el objetivo el Día de Muertos, o mejor dicho, de los Días de Muertos; es justamente ese. Recordar a quienes amamos y que nos amaron, y que esos recuerdos nos acompañen hasta el momento de volvernos a encontrar.


¿Tú cómo celebras los Días de Muertos?

En el parque.

En el parque, alguien está corriendo.


En el parque, alguien está dibujando.


En el parque, alguien se está columpiando.


En el parque, alguien está regando.


En el parque, alguien está paseando.


En el parque, alguien está sembrando.


En el parque, alguien está platicando.


En el parque, alguien está trotando.


En el parque, alguien está jugando.


En el parque, alguien está leyendo.


En el parque, alguien está comiendo.


En el parque, alguien está soñando.


En el parque, todos estamos viviendo.


¿Tú cuándo vas a ir al parque?

Cosas de juventud.

Constelación dedicada a mi mamá, quien me dio el regalo de conocer el Desiderata.

El poema Desiderata, escrito por Max Ehrmann, es un poema poco convencional. Más allá de alabar una a una persona, este poema nos da una serie de sugerencias para vivir la vida de manera plena. Tiene varias versiones musicalizadas (de las cuales yo prefiero la interpretada por Jorge Lavat), que pueden perfectamente usarse como afirmaciones diarias, y así iniciar el día con la actitud decidida de esforzarnos por ser felices.


Hay una parte de este poema que dice,


Acata dócilmente el consejo de los años
Abandonando con donaire las cosas de la juventu
d


Imagino que el poeta pretendía decirnos que, conforme nos hiciéramos mayores, dejáramos de lado la arriesgada osadía y la despreocupación de los años de juventud, y en su lugar nos enfoquemos en construir una vida más estable, que no es lo mismo que aburrida. Esto es consistente con otras estrofas del poema, en las que se nos invita a ser cautas en los negocios, a no fingir los afectos, a mantener el interés en nuestras carreras; entre otras cosas. Todas estas, sugerencias atinadas.


Sin embargo, luego de leer o escuchar el poema tantas veces, y en diferentes etapas de mi vida, creo que esta frase también puede aplicarse de otra forma. Cuando somos jóvenes, quizás incluso más marcado durante la adolescencia, buscamos (no sin cierta desesperación), la aprobación de nuestros pares, o de aquellas personas que admiramos. Buscamos encajar dentro de lo que en ese momento se considera como correcto, o cool, o aceptable.


Por eso terminamos oyendo la misma música que escuchan todos, viendo las mismas películas, vistiéndonos de la misma forma (¿alguien recuerda esos años en que el uniforme no oficial eran las playeras de Hollister o de American Eagle?), y sintiendo lo que suponemos es lo que todas debemos sentir a esa edad, aunque en lo particular nos sea indiferente o incluso ajeno. Esta necesidad de aprobación es también una necesidad de pertenencia, de formar parte de un grupo y así poder disfrutar de lo que nos han dicho es la mejor etapa de la vida.


Pero muchas veces esta búsqueda de pertenencia nos hace negarnos a nosotras mismas, y terminar haciendo cosas con las que no nos sentimos cómodas; mientras dejamos de lado actividades o incluso personas que nos causan felicidad. Esto claro con las consecuencias personales esperadas de aflicción o alineamiento; y a mayor escala a permitir acontecimientos que pueden dañar a sectores completos de la comunidad.


Así pues, volviendo al Desiderata, creo que podemos obtener un nuevo consejo de la frase que comporto más arriba. Conforme nos hagamos mayores, debemos dejar de lado esa necesidad juvenil de encajar; y en su lugar declarar abiertamente quiénes somos y lo que queremos, lo que nos gusta, lo que nos hace felices. Puede ser que al final del día sí nos terminen gustando las mismas cosas que cuando éramos más jóvenes, o podemos dar un giro de 180º y vivir una vida que no se parezca a la habíamos concebido (o que habían concebido para nosotras); o más seguramente que terminemos en algún punto medio entre ambas opciones.


Sin importar cuál sea el caso, al final debemos de llevar una vida con la que nos sintamos satisfechas y orgullosas. Que sea una vida que estemos viviendo para nosotras mismas. Si lo logramos, estoy segura de que a lo largo del camino iremos conociendo a otras personas que sientan igual que nosotras y con las que podamos formar comunidad; logrando así nuestro anhelo juvenil de pertenencia, que es uno de los anhelos más humanos que existen.

Y así, como bien decía Ehrmann, el universo seguirá marchando como debiera.


¿Tú quién decides ser?

Constelación dedicada a mi mamá, quien fue la primera en recitarme el Desiderata.

Comunidad y colaboración.

Esta semana escuché un poco de la historia de Airbnb, y como mencionaban a la economía colaborativa como parte de su fundamento. Este tipo de economía se basa en el uso de las tecnologías para prestar, comprar, vender, compartir o rentar bienes y servicios. Otros ejemplos del modelo colaborativo moderno podrían ser las plataformas de compra-venta como eBay; o en el contexto del conocimiento y la información, páginas como Wikipedia.

Ahora bien, se entiende que este modelo económico no es particularmente nuevo; y que no depende de las tecnologías de la información para poder existir. Desde hace años han existido asociaciones, ya sea de vecindarios o de sindicatos laborales, que emplean este modelo al compartir bienes de uso infrecuente entre sus miembros. Así mismo, siempre ha habido una colaboración informal entre las personas; como cuando alguien le da un “aventón” en coche a otra, y está última coopera para el combustible y el peaje.

La diferencia ahora estriba en que, gracias a estas nuevas tecnologías, el alcance de estas iniciativas puede ser mayo. Pero, ¿es esto necesariamente algo bueno?

Por un lado, se podría pensar que sí, pues por ejemplo se brinda a los usuarios un mayor nivel de seguridad. Quiero decir, si yo fuera a rentar una habitación en Marruecos; me daría un poco más de seguridad hacerlo a través de una plataforma conocida como Airbnb, que en teoría tiene mejores controles y que se rige por reglas internacionales, que a través de una plataforma local que no estoy muy segura de cómo se maneja.

Sin embargo, si hay algo que nos ha enseñado la geopolítica; es que entre más grande sea un ente, más complicado será de administrar. Así pasa también con las plataformas que hemos mencionado, que además del tema del tamaño, tienen el detalle de operar en diversas regiones, con reglas y limitantes propias.

Por esto mismo es que, si bien estas iniciativas han surgido de una buena idea y en un inicio fueron un parteaguas en sus respectivas industrias; más temprano que tarde terminan desvirtuándose y dejan de ser verdaderamente colaborativas. Siguiendo con el caso de Airbnb, la cual justo ahora enfrenta varios intentos de regulación; derivado principalmente del hecho de que su uso ha contribuido a la gentrificación y al aumento desmedido de las rentas en diversas ciudades. Además, cada vez son más los casos en que los usuarios rentan una propiedad en particular, para que al momento de arribar se topen con que la realidad tiene poco o nada que ver con lo que se les ofertó en línea.

Cierto, ambas circunstancias surgen de la codicia de algunas personas que hacen mal uso de estas plataformas, y no tanto de la mala intención de la compañía como tal. Pero al final del día, es la prestadora del servicio quien debe dirigir a sus miembros para asegurarse que la comunidad prospere; tal como anteriormente hacían los líderes de los mercados.

Esto último señala un aspecto de la economía colaborativa que siempre ha estado presente, pero que se vuelve más evidente con la incorporación de las plataformas tecnológicas y su posibilidad de volverse globales. Esto es, el tema de los intermediarios. Como cualquier esfuerzo grupal, se requiere una persona o ente que de alguna manera regenté las actividades y pueda poner un cierto orden a las operaciones. Esta persona o personas reciben una compensación por ese trabajo, pues dirigir un proyecto no es nada sencillo. El tema está en cuánto debe ser esa compensación, y si la misma es justa.

Por ejemplo, en el caso de Uber; la compañía cobra tanto a usuarios como a conductores por usar su plataforma de servicios. Por supuesto, esto es algo justo, pues el diseño y mantenimiento de dicha plataforma no es tarea fácil; pero dependiendo de diversos factores dicha comisión puede ser de hasta 50% del valor del viaje. Situaciones como esta nos hacen pensar si no estaremos ante una nueva situación de intermediarios ricos y trabajadores pobres, como ha pasado en infinidad de ocasiones en el negocio de la agricultura. Y nuevamente nos hace preguntarnos si esto es verdaderamente colaborativo.

Sea como fuere, las iniciativas modernas de economía colaborativa han llegado para quedarse, y seguirán irrumpiendo en cada vez más aspectos de nuestra vida diaria. Esto por supuesto plantea y planteará muchos retos en materia regulatoria a nivel micro y macro; y para los que lamentablemente muchos gobiernos no están preparados.

Sin embargo, creo que una medida para garantizar (hasta cierto punto) que estas iniciativas realmente signifiquen un beneficio, es recordar que una verdadera colaboración nace de una comunidad. Me refiero a que, si yo veo a plataformas como Airbnb o Blablacar como una oportunidad para que todos en mi grupo puedan tener un ingreso extra, y a la vez permita a las personas de fuera disfrutar de mi localidad; en lugar de verlas solo como una opción más para volverme rico yo, para beneficiar solamente yo, entonces es menos probable que abuse de ellas, tanto como usuario prestador de servicio como intermediario. De esta forma, será más probable que se cobren comisiones justas por el uso de las plataformas y servicios, y que esas comisiones se usen para el mejoramiento de las mismas en pro de la comunidad.

Si logramos esto, entonces sí que podremos hablar de economías colaborativas y comunitarias.

¿Tú cómo quieres colaborar?

Con la puerta abierta.

Recién me enteré que, de acuerdo al Antiguo Testamento, las personas que padecían lepra en aquellos tiempos; no sólo eran consideradas enfermas físicamente, sino que también se les consideraba inmorales o impuras en sentido religioso. Según entiendo, esto se debía a que al ser la lepra una enfermedad tan terrible, se consideraba que la persona afecta o su familia debían haber cometido una acción atroz para recibir tal castigo. Así pues, a las leprosas se les excluía de la vida de la comunidad en todos los sentidos.

Considero que este es un caso en que se usó apropiadamente a la religión como método de control, pues aún sin ser un castigo divino, la lepra es una enfermedad bastante agresiva, que aún en nuestros días provoca daños graves a quienes la padecen sin tratamiento; por lo que suena razonable que los líderes de aquél entonces quisieran evitar su propagación mediante el aislamiento de los afectados. Sin embargo, dejando un poco de lado el contexto histórico, me parece que esta situación sirve como ejemplo de una triste realidad. Muchas veces, por atenernos a preceptos o dogmas, alejamos de la comunidad a las personas que más necesitan de ella.

Por ejemplo, en el camino hacia el “burn out”, las personas que terminan colapsando tienden a retirarse progresivamente de sus grupos de amistades o familiares, pues consideran que son una pérdida de tiempo. En respuesta, muchas veces la familia y amistades también dejan de invitar o incluir a esa persona en sus planes; pues siempre reciben una negativa de su parte. Y entones, cuando el colapso ocurre, es aún más difícil para ambas partes encontrarse para dar/recibir apoyo, pues de alguna forma cada una mostró que la otra no valía el esfuerzo.

Otro caso similar es el de las personas que salen de la cárcel luego de haber cumplido su sentencia, y buscan reintegrarse a la sociedad. Si bien no digo que no haya que tomar precauciones, la mayoría de las veces estas personas se encuentran con un ambiente completamente hostil; en el que se les niega cualquier oportunidad de recuperarse. Ante un panorama de tal naturaleza, las personas vuelven a delinquir, lo que de alguna manera refuerza nuestro paradigma contra los ex convictos; sin darnos cuenta que nuestra falta de compasión como sociedad es la causa de esta situación. Lo que es más, fue esta misma ausencia de solidaridad lo que empujó a estas personas a corromperse; pues en una sociedad en la que las personas se preocupan unas por otras, no llegaríamos a instancias donde la gente tiene que robar para subsistir.

En los ejemplos mencionados, se da una situación de exclusión hacia una persona o hacia un grupo de personas que comparten ciertas características. Pero existen también casos en que la exclusión la cometemos contra nosotras mismas. Por ejemplo, una persona que considere que ha cometido una falta contra las costumbres o valores de su grupo social; se podría considerar ahora indigna del mismo, por lo que se aleja para “purgar” su condena; a veces con consecuencias fatales.

¿Qué hubiera sucedido si, en lugar de esperar ser recibida con juicios y reclamos, a la persona se hubiera ensañado que sería recibida con amor y compresión? Lo más seguro es que, en caso de haber cometido una falta, se hubiera acercado con su grupo, sí para pedir perdón y reparar la falla; pero además para buscar la causa de ese comportamiento y corregirlo. O bien, si no se hubiera cometido una falta, pero factores externos hubieran hecho sentir a la persona como no valiosa; habría encontrado en su grupo el apoyo que requería para volver a encontrarse y amarse.

En mi entrada pasada comenté lo importante que es formar y cuidar nuestras redes de apoyo, tanto para momentos difíciles como prósperos. En esta ocasión, me gustaría recordarnos que todas somos parte de la red de apoyo de alguien, seamos o no consciente de ello. Por tanto, procuremos siempre que nuestra compasión y empatía sean mucho más grandes que nuestros prejuicios y dogmas; y busquemos que nuestras opiniones pasen siempre por esos dos primeros filtros. Nunca sabemos cómo lo que digamos o hagamos pueda afectar a otras personas, así que procuremos que nuestras palabras y acciones siempre inciten a las personas a acercase, sabiendo que nuestra puerta estará abierta para ellas.

¿Tú tienes tu puerta abierta?

Estoy en tu esquina.

Tengo la fortuna de contar con familia y amigas que tiene talentos y habilidades que son completamente ajenas para mí. Por ejemplo, una amiga arquitecta diseña planos para diversos tipos de construcciones, y yo la sufro para dibujar un círculo medio decente. De igual forma, mi mamá es doctora; y yo no soporto ver sangre. Por estos motivos y otros más, tengo un gran respeto por el trabajo que hacen; y me maravilla sobremanera la forma en que trabajan sus mentes.

Sin embargo, como a todas las personas, hay ocasiones en que las cosas no les salen como esperaban, y tienen pequeñas o grandes crisis a resolver. Y en todos esos casos, siempre les pregunto si puedo ayudarles. Estoy consciente de que, de manera objetiva, no tengo los conocimientos o habilidades para luchar por ellas, o incluso a su lado. Quiero decir, cuando el sistema se traba, yo soy la que le habla a mi amiga de TI para que me termine la sesión; así que, si de repente el sistema se cae por completo, no hay mucho que pueda hacer para ayudarla.

¿Pero sabes que sí puedo hacer? Puedo ir y comprarle un refresco y un chocolate para que tenga energía mientras descubre cuál es la causa del problema. O puedo darle mi opinión a mi hermano sobre un anuncio que va a poner en redes sociales. También puedo estar atenta a ejemplos de campañas de mercadotecnia que le servirían a mi amiga que da clases en la universidad, para que pueda agregarlas a los ejemplos que usa con sus alumnos.

 O como último, pero quizás más importante, puedo escucharles. Después de que resuelven su problema, o mientras lo hacen si es algo que va a tomar tiempo, puedo dejar que se desahoguen conmigo sobre lo frustrante que fue/es la situación, de lo cansadas que están, ofrecerles alguna idea para que su salud mental no se vea tan afectada; en fin, ofrecerles mi apoyo y consideración.

Volviendo al punto anterior, entiendo que esto no soluciona los problemas, pero saber que tienes a alguien en tu esquina, hace que las cosas se vean menos negras y que puedas levantarte para seguir intentándolo. Lo sé, porque todas estas personas que son importantes en mi vida, me han ofrecido ese mismo apoyo en momentos difíciles, y es gracias a ellas que no he colapsado. Por eso mismo, aquí y en otras instancias, abogo tanto por la necesidad e importancia de las redes de apoyo, del sentido de comunidad que hemos ido perdiendo en la vorágine de la modernidad. Es gracias a estas redes de apoyo que podemos no solo sobrevivir, sino también disfrutar de nuestra vida.

Por esto, te convido a que cuides a tu red. No tiene que ser muy grande, y puede ser tan variada como tú quieras. De igual forma, esa red puede incluir a personas como tu psicóloga o terapeuta, porque en ocasiones necesitamos también a alguien que nos birnde un apoyo digamos técnico.

Pero lo más importante es que, una vez que tienes a tu red, la tengas como una prioridad en tu vida. La dinámica de la misma irá cambiando de acuerdo a las circunstancias, pero tener un lugar seguro al cual acudir, para poder reír y llorar sin preocupaciones, es un regalo que todas debemos darnos.

¿Cómo puedo ayudarte?

Vivir más.

En días recientes comencé a ver una serie que habla sobre las así llamadas zonas azules. Dichas zonas, nombradas así por Gianni Pes and Michel Poulain; son zonas geográficas en donde sus habitantes tienden a vivir más que el promedio, contando con varias personas que sobrepasan los 100 años de edad. De las cinco zonas azules, hasta ahora el presentador del documental ha visitado tres; y en cada una de ellas ha identificado factores que podrían contribuir a la longevidad de su población.

Algunos factores son, se podría decir, evidentes; como son el tener una dieta balanceada y variada, así como realizar actividad física de manera rutinaria. Punto importante: dicha actividad física no debe confundirse con tener una membresía en un gimnasio y hacer una rutina extenuante, sino más bien en cosas rutinarias como tomar un paseo, atender un jardín, quizás algunos ejercicios de baja intensidad, entre otros. Sin embargo, otros factores de tipo social han surgido también, siendo los principales el tener un sentido de valía personal (tanto para mí como para la comunidad), y además contar con una red social de apoyo. Este último punto no se refiere sólo a dar apoyo a las personas mayores con actividades que por su propia edad ya no les son fáciles de realizar; sino también redes en las que puedan seguir realizando actividades recreativas y estimulantes. Además, dichas redes también se perciben como una forma de promover que las personas sigan teniendo hábitos saludables; pues estas son parte esencial de la identidad del grupo.

Mientras veía la serie, y reflexionando sobre los factores que contribuyen a la longevidad, llegué a la siguiente conclusión. La gente que vive más, es la que tiene tiempo para vivir. Una persona trabajadora promedio, que está apresurada desde temprano para poder llevar a los niños a la escuela, llegar al trabajo, cumplir con su jornada laboral, tener una casa limpia y cumplir con otras variadas obligaciones; difícilmente podrá encontrar el tiempo para tomar un paseo por el parque, o aprender/practicar alguna actividad recreativa. De igual forma, será muy poco probable que esa persona pueda dedicar tiempo a preparar una comida sustanciosa y nutritiva; y por supuesto sería impensable considerar que tendrá el tiempo necesario para cultivar un pequeño jardín.

Malamente pensamos que esas son actividades propias de las personas “retiradas”; y por tanto pensamos que podremos realizarlas cuando lleguemos a cierta edad. Pero cuando finalmente tenemos esa edad, como no cuidamos nuestra salud, nos encontramos sin fuerzas para poder dedicarnos a esas tan anheladas actividades. Si a esto sumamos la precaria situación de los sistemas de pensiones y salud de varios países, la cosa se vuelve aún más compleja: las personas simplemente no pueden retirarse, y por tanto debe encontrar algún trabajo que les permita sobrevivir.

Ante un panorama tal, imagino que nuestros cuerpos y nuestras mentes han de decir “¿de verdad queremos más años de esto?” Dudo que la respuesta sea afirmativa. Pero entonces, dirán ustedes, ¿cómo es que la esperanza de vida es más alta que hace algunos años? La respuesta en parte es porque ahora tenemos la capacidad de curar varias enfermedades que anteriormente acababan con la vida de las personas a una temprana edad. No hace mucho en México aún había campañas intensas para prevenir la deshidratación en niños con enfermedades diarreicas.

 Además, considero que es importante diferenciar la posibilidad de vivir más años, y el realmente querer hacerlo. Ciertamente la mayoría de las personas tenemos miedo a la muerte, pero al menos en mi caso eso no implica que quiera vivir hasta una edad muy avanzada. Por otro lado, muchas veces a lo que realmente le teme la gente es a envejecer y la notable caída en la salud física, mental y emocional de las personas mayores; por los factores que ya he comentado. Por eso es que también existen mil y un productos para “frenar el envejecimiento”, lo cual por supuesto es imposible.

Por lo que he podido ver hasta ahora de las personas que viven en las zonas azules, ninguna de estas situaciones es cierta. No digo que esas personas no tengan miedo al futuro y a la incertidumbre, ni tampoco que no tengan problemas, pero su vida no se centra en ello. De la misma manera, no se levantan pensando si irán a llegar o no a los 100 años de edad. Ellas simplemente siguen viviendo su vida, y lo que es más disfrutándola. Viven en el presente, una idea acuñada por culturas milenarias y que ahora está de vuelta con prácticas como el mindfulness.

Quizás ese sea el meollo del asunto. La sociedad actual está tan obsesionada con vivir más años porque se ha creado una realidad en la que no puede disfrutar del presente y de las cosas importantes de la vida; y piensa erróneamente que podría hacerlo si tuviera más tiempo. Lo que hemos olvidado es que el tiempo está ahí, y seguirá estando ahí; ya sea que lo apreciemos o no.

¿Tu vives lo suficiente?

Personas reales.

Ayer tuve la oportunidad de asistir a un conversatorio con 3 autoras y 1 autor jóvenes de mi ciudad: Alex F. Wong, Marisa Pacheco, Joaquín Hermosillo, y Rebeca Lee. Si bien cada una de sus historias (tanto personales como literarias) tienen su propio estilo y esencia, también había varios puntos comunes entre ellas; como puede ser que ninguno estudió letras como profesión, o que tuvieron que pasar una serie de situaciones para poder convertirse en autoras y autor publicados.

Para mí, sin embargo, la coincidencia más importante es la similitud que tienen con la gente común: tienen trabajos similares al mío y al de una buena parte de la comunidad local, podemos hablar de ciertos acontecimientos de la región sin tener que dar un contexto previo, en fin, creo que son autoras y autor a quienes realmente podemos llamar contemporáneos. Me parece que esto ayuda a desmitificar la concepción que muchas veces tenemos de las profesiones artísticas, puse usualmente tendemos a verlas como algo alejado de nuestra realidad y que por tanto no podemos llevar a cabo. Quiero decir, por mucho que sepamos que J. K. Rowling escribió Harry Potter en un café mientras sufría de depresión; el hecho de que todo eso haya sucedido en Reino Unido pone una barrera entre su realidad y la nuestra, pues tendemos a pensar que bueno ella estaba en una nación “de primer mundo” (lo que sea que eso signifique), y por tanto sus oportunidades de éxito eran mayores. O incluso de manera nacional, cuando hablamos de escritoras como Elena Garro y Elena Poniatowska, no podemos dejar de ver como las circunstancias de vida privilegiada de ambas les permitieron las experiencias, el tiempo y los medios para realizar su obra; esto claro sin demeritar la calidad de la obra de ambas, pero que finalmente también es un hecho innegable.

Por eso considero que el escuchar y convivir con artistas, de cualquier disciplina, que comparten el mismo espacio-tiempo que nosotras, es una fuente invaluable de inspiración. Pero más importante que eso, si cabe, es la oportunidad que este tipo de situaciones nos ofrecen para poder generar un sentimiento de orgullo y de comunidad hacia estos artistas locales; buscando apoyarles en sus diferentes proyectos y a la vez demandando y construyendo mejores condiciones para que puedan difundir su obra. Como ya he dicho, tendemos a pensar que las historias de éxito se dan sólo en lugares con una tradición artística importante, o en donde los apoyos a la cultura son una realidad constatable; pero se nos olvida que todos esos lugares también empezaron de cero, y que la constancia y esfuerzo compartido les ha llevado a donde hoy se encuentran. Quizás este sea un buen momento para dejar de romantizar y añorar realidades externas, y empezar a disfrutar y cuidar las que tenemos, literalmente, en nuestras casas.

¿Tu cómo apoyas a tu comunidad artística?

PD. Los títulos de cada autora y autor que menciono son (en el mismo orden que aparecen citados): Saga El Blasón del Círculo; Punto de Quiebre; El Invierno; Arthemisa.

Casa propia, comunidad compartida.

Últimamente he pensado mucho en casas, en varios sentidos. Uno de ellos se derivó de una publicación de Pictoline, denominada “Una casa propia”, que según entiendo está relacionada al libro “Una casa en la calle Mango”, de Sandra Cisneros; un libro que tengo pendiente de leer. Pero volviendo a las casas, en esa publicación se habla de la necesidad de tener una casa propia, pero no desde el punto de vista práctico; sino más bien como una necesidad para ser libre, para sentirse segura y a la vez poder ser una misma y expresarlo.

Creo que esto tiene un poco que ver con la necesidad de tener esa transición a la adultez, que en varias culturas implicaba que la persona se separara de su familia y viviera un período de tiempo por su cuenta, pero siempre apoyado por su comunidad. Por ejemplo, un niño que pasaba a la edad adulta se iba con el grupo de guerreros de su tribu; o bien los y las adolescentes judíos que luego de su bar/ bat mitzvá pasan a ser miembros activos y responsables en la comunidad, haciendo actividades “alejados” de lo que en su momento hacían con su familia inmediata. En la actualidad, cuando varios de esos rituales han desaparecido o bien han perdido algo de su trascendencia; se ha mantenido la idea de dejar el hogar familiar y vivir por cuenta propia. Lo malo es que en la ecuación se nos ha olvidado la parte del apoyo de la comunidad para estos nuevos adultos.

En un esquema macro, el acceso a la vivienda cada vez es más precario, pues el costo de las mismas es muy superior a lo que una persona joven, que recién empieza en el mundo laboral, puede pagar. Por ello muchos jóvenes viven en espacios sumamente pequeños que deben compartir con varias personas, y además enfrentan varias carencias o dificultades dentro de dichos espacios. De seguro hay que gente que dirá, “bueno, pero eso forja el carácter”; pero sinceramente creo que más que crearlo lo destruye. Después de todo, ha de ser excesivamente frustrante ver que aún y con todo el esfuerzo que se hace, no se puede vivir en un lugar confortable; y en casos extremos ni siquiera digno. Además, el vivir con la incertidumbre de si se seguirá teniendo la solvencia para costear una vivienda, genera un nivel de estrés que tiene afectaciones graves en la saluda física y mental de las personas; que incluso deja secuelas de por vida.

Pasando a un esquema más cercano, si bien usualmente la familia y algunas amistades de la persona que recién inicia su vida independiente buscan ayudarle de alguna forma, la realidad es que estás personas deben enfrentar solas lo que hasta hace poco tiempo se hacía con apoyo. Yo he vivido sola, y puedo dar testimonio de que atender un empleo o una educación de tiempo completo (jamás entenderé como sobreviven las personas que conjuga las 2 al mismo tiempo), más aparte ocuparte de preparar tu comida, limpiar tu casa y mantenerla en buen estado, es una tarea que demanda demasiada energía. Muchas veces ni siquiera los fines de semana alcanzan para ponerte al día; por lo que se vive con una sensación de no terminar nunca, más el cansancio físico y mental que esto conlleva.

Volviendo a mis ejemplos iniciales, aquél niño que pasaba a formar parte de los guerreros sabía que mientras él estaba aprendiendo a cazar, otros de sus compañeros y compañeras estaban aprendiendo a sembrar, a cocinar, a tejer, a curar enfermedades y otras tantas cosas que en su momento harían los unos por los otros. Es decir, se sabía que su comunidad les proporcionaba una zona segura, en la que cada quien hacía su parte para el bien común. Con esto no quiero caer en el cliché de que todo tiempo pasado fue mejor, estoy consciente de que en el pasado la vida también tenía sus dificultades y que muchas veces se sacrificaban al individuo por la comunidad; pero yo hubiera pensado que al avanzar como sociedad hubiéramos buscado un punto medio en lugar de dar un giro de 180º y ahora estar en un punto donde una sola persona tiene que hacer lo que antes se hacía en grupo.

En fin, creo que como en tantas de mis publicaciones, estoy abogando por la creación de comunidad, de que entendamos que el pedir apoyo es no solo necesario sino también bueno, para la persona individual y para esa comunidad que pretendemos crear.  Si sabemos que tenemos una red de apoyo a la que podemos acudir cuando tenemos dudas o dificultades, entonces será que podamos disfrutar realmente esa transición a la vida adulta, el disfrutar de un espacio propio y poder encontrarnos y crecer como personas. Después de todo, según Maslow, para poder justamente satisfacer nuestras necesidades de crecimiento, primero tenemos que cubrir las que se relacionan a con la seguridad.

¿Tú tienes un espacio propio?

Creando comunidad.

Ahora estoy leyendo “Wolfy, una historia de amor poco convencional”, título en español de la novela escrita por Kate Spicer; en la narra como consiguió a su perro Wolfy, y cómo este le cambió la vida para mejor. Varias de las anécdotas de la historia tienen que ver en cómo Wolfy le permitió a la autora conectar con diferentes personas; desde su novio hasta personas con las que va entablando una relación derivada de pasear a sus perros por los mismos rumbos.

En una sociedad en la que es difícil generar relaciones personales distintas a las utilitarias, y en las que muchas veces se fomenta de forma desmedida el individualismo; me entusiasma saber de historias en las que personas de diferentes realidades encuentran temas en común. En este caso se trata de animales de compañía, pero igualmente importantes son los clubes de lectura, o los espacios para los amantes de las plantas, o cursos de cocina, o un largo etcétera. El punto es justamente fomentar espacios donde las personas puedan crear comunidad, espacios que no estén delimitados por estratos sociales o afiliaciones particulares; pero sobre todo que sirvan para construir más que para criticar.

Además, me parece que estos espacios (tanto formales como informales), son también un buen remedio contra la obsesión con la productividad que nos aqueja a tantas personas. El tener un lugar en el que puedas hablar de temas o realizar actividades que te gustan, sin que éstos se liguen ni remotamente con “avanzar profesionalmente”, sino que tengan que ver con un disfrute personal; es verdaderamente invaluable. Por supuesto, estas oportunidades de convivencia permiten que suban nuestros niveles de paz y energía, lo que conlleva un mejor desempeño en nuestras actividades diarias; pero ese no debería ser el fin de dichas oportunidades. El mero hecho de pasar un rato agradable con otras personas es más que suficiente.

Cómo he dicho ya, estas válvulas de escape y a la vez generadoras de energía, pueden surgir de muy diversas formas, y de muy diversas actividades. Lo importante es darnos la oportunidad de encontrarlas; superando nuestra fijación con la soledad y la productividad. Y también superando esa molesta noción del “qué dirán”. Al fin y al cabo, es mucho mejor dedicar nuestra tarde del domingo a pasear nuestro perro o asistir a una reunión local sobre poesía, que quedarnos en nuestra casa a rumiar la terrible situación del mundo. Todo tiene un momento y un lugar, y definitivamente debe haber lugares para conectar con personas que, como nosotras, solo buscan crear momentos de felicidad.

¿Tú a qué comunidades perteneces?