Comunidad en tiempos de extinción.

Aviso: Esta entrada contiene detalles sobre la serie Carol y el fin del mundo. Por favor considéralo si es una serie que estás viendo, o que planeas ver.

Luego de algún tiempo, puede ver una serie completa en Netflix. Bueno es miniserie, pero para el caso es lo mismo. La elegida fue una animación de 2023, titulada Carol y el fin del mundo.

El desencadenante de la historia es que la Tierra se encuentra en curso de colisión con el ficticio planeta Keppler. Contrario a lo que nos han hecho crear las películas de Hollywood, no hay nada que la humanidad pueda hacer para evitar el choque, y por lo tanto la extinción de la vida en el planeta es inminente. Tan así que, al momento de iniciar la serie, quedan aproximadamente 7 meses antes del impacto final.

Ante esta inevitable tragedia, la mayoría de las personas han decidido que vivirán sus vidas al límite en el poco tiempo que les queda. Así que ahora hay aún más personas tratando de escalar el Everest (jamás entenderé la fascinación por esa montaña, extinción inminente o no), personas viajando a todas partes del mundo para tener experiencias “trascendentales”, y fiestas tipo rave todas las noches en todas partes. El mundo se divierte.

O bueno, casi todo el mundo. Nuestra protagonista, Carol, no participa de la aparente efervescencia por la vida. Su familia teme que sufra una depresión pre extinción; pero en realidad ella sólo quiere calma. Una rutina sencilla de lavar su ropa, visitar a sus padres, tener un lugar al que ir cada día. Algo aparentemente imposible en el estado actual de las cosas.

En un día particularmente malo para ella, al tomar el transporte público, ve en otro vagón a una mujer vestida “de oficinista”, y con la clara imagen de alguien que sabe a dónde se dirige. Carol decide seguirla, y termina en lo que fuera un moderno edificio de oficinas. En uno de sus pisos, ajenos a la locura del exterior, se encuentra un grupo de personas que pretende ser un departamento de contabilidad; y que se encuentran en medio de una auditoría. Digo pretender en el sentido de que todas menos una persona llegaron ahí por casualidad, y el pasado profesional de cada una no es necesariamente administrativo; pero de que se toman en serio las sumas y las restas que hacen, se las toman.

Carol queda fascinada de que algo así exista, y es entonces cuando una persona de RRHH la toma de la mano y le dice que están listos para su proceso de iniciación. Así, un gafete y un tour por la oficina después, Carol se ha hecho inesperadamente con el puesto de Asistente Administrativa del departamento. Ahora forma parte de la Distracción.

Si nos quedáramos hasta aquí, nuestra primera reacción podría ser de lástima hacia Carol y sus compañeros de oficina. Y no necesariamente porque pensemos que deberían estar viajando por el mundo o practicando deportes extremos. En lo personal, yo en esa situación estaría leyendo todos los libros que tengo pendientes, o quizás escribiendo el mío propio.

No, la sensación de tristeza que nos produce es porque vemos como el mundo que vivimos nos ha hecho igualar nuestra valía como personas a qué tan productivos somos, o con el puesto que desempeñamos. Y este grupo de personas han sido tan marcadas por esta idea, que incluso ante una situación de muerte inminente, no pueden encontrarle sentido a sus vidas más allá de llenar reportes y alcanzar KPIs; aunque no sepan bien a bien qué están logrando con esos reportes y métricos.

Si somos sinceras, una parte de este sentimiento es también de tristeza por nosotras mismas. A lo mejor no estamos en una situación tan extrema como la presentada en la serie, pero no podemos negar que nuestros trabajos nos sirven también de distracción ante los inquietantes acontecimientos que están sucediendo en el mundo a cada momento. Nuestros propios reportes y KPIs nos distraen de pensar que tan trascendente puede ser el trabajo que hacemos, considerando que nuestro mundo lo volvemos menos habitable cada vez.

Pero aquí es donde la serie se vuelve, en mi opinión, memorable. Aunque Carol se siente bien de tener una nueva rutina, esto no es suficiente para ella. No lo expresa con todas sus letras, pero lo que le hace falta es conexión. Es entonces que empieza, lentamente y sin aspavientos, un proceso de formar comunidad. Preguntas sencillas como si a alguien se le ofrece algo cuando va a salir a comprar insumos para la oficina, un panqué de plátano compartido con un par de compañeros un día que tienen que quedarse hasta tarde para terminar un reporte (¡ah, la cultura corporativa!), aprenderse los nombres de cada persona y usarlos cuando se dirige a ellos. En fin, pequeños detalles que permiten que un simple compañero de trabajo pase a ser una persona con la que convives.

La cosa avanza tan bien, que para el final de la serie ya tienen organizadas horas felices luego de la oficina en un abandonado Applebees que ellos mismos regentean. Al final de un episodio, sus dos primeros amigos, al verla tan apacible, la molestan preguntándole que si dirá su típica frase de que esto es agradable. Carol sólo sonríe, y dice que esto es verdaderamente agradable.

Ese es el mensaje que yo me llevo de la serie, y que he expresado ya en otras entradas. Una de las principales causas de la desazón que sentimos en nuestra vida diaria, y de que nuestras sociedades estén colapsando, es que hemos creído que podemos avanzar por la vida solos.

Ya no conocemos el nombre de nuestros vecinos, así que no podemos organizarnos para cuidar el parque de la colonia o para tener una comida comunitaria. Nuestros compañeros de trabajo son solo personas que pasan 9 horas en el cubículo de enfrente, así que se vuelven reemplazables más fácilmente. Una persona cualquiera que vive en mi misma ciudad es solo un extraño, así que no me preocupa si la nueva vía rápida afecta su calidad de vida; yo solo quiero llegar más rápido a mi trabajo, a mi distracción.

Estamos en un punto en el que creemos que para sentirnos vivos necesitamos vivir cosas emocionantes. Y no digo que no, el contemplar la Sagrada Familia en Barcelona, o admirar las Barrancas del Cobre en Chihuahua, son experiencias asombrosas que todas las personas deberían tener la posibilidad de vivir. Pero, tu corazón puede sentirse igualmente pleno cuando tomas un helado con tus amigas, o cuando organizan el día del hotcake en tu trabajo.

Porque la vida no se trata solo de llenarte, sino de cómo te llenas. Y se ha demostrado más de una vez que los seres humanos somos seres sociables, comunitarios. Así que, para llenarnos bien, necesitamos poder convivir realmente con las personas que nos acompañan en el día a día.

Por eso es que debemos esforzarnos por formar comunidad donde sea que nos encontremos. En lo personal creo que esto nos permitiría arreglar lo que está descompuesto en nuestras sociedades, y crear un mundo mucho más agradable para vivir. Pero, aunque las probabilidades estén en nuestra contra, y ya no podamos cambiar el curso de las cosas; por lo menos podremos enfrentar el fin del mundo sosteniendo la mano de alguien que nos importa.

¿Tú cómo haces comunidad?

Cuestión de fondo.

Desde hace algún tiempo, se ha puesto de moda entre los creadores de Hollywood el contar las historias sobre el origen de los villanos de las películas que se han convertido en clásicos.


La primera que viene a mi mente es la película sobre el origen de Maléfica, mezclada con una reinterpretación del cuento mismo de Aurora; y que creo fue una adaptación bien llevada. Otras que han seguido son la historia de la malvada Cruella de Vil, y a últimas fechas la historia de Scar; está última medio opacada por la historia de Mufasa. De manera tangencial, pero no por ello menos interesante, la serie de Andor también nos muestra como la personalidad de la madre del subinspector Syril Karn contribuyó a convertirlo en el desagradable personaje que todos conocemos.


Alejándonos un poco del conglomerado de Disney; también se ha dado mucha promoción a historias sobre las vidas de varios de los asesinos seriales más famosos de los últimos tiempos. Una de ellas es la perturbadora historia de Jeffrey Dahmer, la cual presenta a su familia disfuncional como una de las posibles causas de sus posteriores crímenes. Por otra parte, la mini serie sobre Ted Bundy termina con un experto psicólogo concluyendo que el asesino de más de 30 mujeres padecía un trastorno maniaco-depresivo.


Imagino que la intención de presentar estas historias, sobre todo en el caso de los personajes de historias que nacieron como películas animadas; es mostrarnos que los villanos no son series unidimensionales que desayunan un plato de maldad con leche todos los días. El propósito de estas historias es generar una comprensión en la audiencia, de ver más allá de la etiqueta original que se ha dado a estos personajes.


Lo cual está muy bien cómo idea, pero creo que la ejecución de la misma ha tenido un efecto adverso. El punto de encuentro que se pretendía crear se dio, pero evolucionó a uno de lástima y justificación. “No hay que ser tan duros con Dahmer, ¿sabes? El pobre tuvo una madre alcohólica”. “Bueno pero es que también con un trauma como ese, el saber que tu madre no te amaba, era de esperarse que Cruella quisiera vengarse de ella”.


Estos son ejemplos de cómo la audiencia ha tomado las circunstancias difíciles de la vida de estos personajes como atenuantes para sus crímenes y acciones; o incluso como evidencia concluyente de que no tenían como escapar de ese destino de maldad. Como si no hubiera miles de historias de personas que sufrieron/sufren situaciones incluso más complejas y desgarradoras que las de ellos, y no por eso andan por el mundo repartiendo perversidad.

Al contrario, varias de ellas incluso se han elevado de sus circunstancias y han creado iniciativas, organizaciones y movimientos que protejan y ayuden a personas que se encuentran en la misma situación que pasaron (¿alguien recuerda la ley Olimpia?); y que buscan impedir que otras personas pasen por lo mismo (la Fundación Flor del Desierto de Waris Dirie es un excelente ejemplo).


¿Cuál debería ser entonces el aprendizaje que tomemos de las historias del origen de los villanos, tanto ficticios como reales? La primera sería la de identificar patrones recurrentes en las historias. Padres ausentes o emocionalmente distantes/abusivos, situaciones socioeconómicas adversas, crecer en medio de conflictos armados, algunos trastornos psicológicos; entre otros factores, son recurrentes en estas historias.


Ahora que ya los identificamos, ¿cómo podemos solucionarlos? Quiero decir, si sabemos que día a día miles de jóvenes se unen a las filas del narcotráfico porque lo ven como una forma de subsistencia, ¿no deberíamos fomentar estructuras macroeconómicas que les permitan tener empleos dignos al crecer? O bien, si sabemos que los traumas de la infancia son un factor decisivo no sólo en que una persona pueda volverse criminal, sino que también son la causa de que no puedan llevar una vida plena, ¿no deberíamos exigir que el acompañamiento psicológico gratuito y de calidad estuviera al alcance de todas las personas?


¿No deberíamos estar construyendo una mejor comunidad?


Dos de los refranes más ciertos que existen son que quienes no conocen la historia, están condenados a repetirla; así como que es de necios el esperar resultados diferentes, haciendo siempre lo mismo. Nosotras ya conocemos la historia, y hemos visto los resultados de la misma una y otra vez. La cuestión ahora es cambiarla.


¿Tú cómo estás ayudando a cambiar la historia?

Días de Muertos.

Tengo una confesión que hacer: jamás he puesto un altar de Día de Muertos por mi propia iniciativa. De hecho, esta no es una tradición que celebremos en mi familia.


[Pausa dramática]


Antes de que se alarmen, les explico. Como tantas otras cosas, la celebración del Día de Muertos se ha popularizado como algo típico de la cultura mexicana, pero realmente es una tradición del centro y sur del país. Es por eso que, en lugares como Ciudad de México, Pátzcuaro y otros, existen tradiciones y festividades muy vistosas en relación a este día; con celebraciones que pueden durar varios días. En contraste, en el norte del país (o al menos en mi ciudad), es hace apenas unos años que se han realizado celebraciones o eventos más en forma; motivados en parte por generar una derrama económica para las ciudades, y en parte para brindar espacios de convivencia a la ciudadanía. En el ámbito privado, si bien algunas familias han adoptado la tradición de poner un altar en la casa (que según creo se dio en parte gracias a la película de Coco), no es algo generalizado.


¿Eso quiere decir que las culturas del norte de México, no celebran a sus difuntos? ¿No tienen, entonces, esa actitud un tanto festiva hacia la muerte que tanto se ha asociado con el imaginario mexicano? La respuesta es no en ambos casos. Pero lo que sí es cierto es que, más allá de los elementos de la tradición católica que se entreveraron con las culturas nativas a partir de la Conquista; cada cultura tiene aspectos relacionados a la muerte muy propios de su cosmovisión.


Por ejemplo, en la cultura raramuri, no se cuenta con un día específico para celebrar a los difuntos, pero eso no significa que no se celebre la transición del alma hacia la siguiente etapa. Pues justamente, la cosmovisión raramuri entiende la muerte como una parte de la vida misma, una transición natural a la que todos llegaremos en algún punto. La diferencia estriba en que está sociedad no celebra “el regreso” de las almas en un día específico; sino que la fiesta comunitaria se hace al momento en que fallece la persona, pues es cuando su alma se reúne con sus antepasados y con su creador. Para que esta reunión se pueda dar, el alma debe correr hacia el cielo; pero este es un viaje largo y complicado, y si el espíritu del difunto no puede completarlo, entonces se quedará en la tierra causando un desequilibrio en el orden natural. Es por ello que, como parte de la celebración, la comunidad corre junto con el alma, para acompañarle y apoyarle en este último viaje.


Si bien esta tradición es bastante diferente a la que se ha popularizado, existen varios elementos comunes. Uno de ellos claro es lo que se comentaba al principio de ver a la muerte con cara alegre, que en general es algo muy propio de la mexicanidad. Pero creo que el más importante es el sentido de comunidad que se asocia hacia la transición hacia la siguiente etapa de la vida.


Ya sea que la comunidad participe en el montado del altar, o que la comunidad corra al lado del difunto en su última carrera; en ambos casos se habla de que es un momento para compartirse. Es un momento para estrechar lazos, para celebrar la vida de la persona fallecida, para preservar las tradiciones, para brindar apoyo, y para crear nuevos recuerdos que sigan sosteniendo el tejido de la comunidad.


Porque al final del día, el objetivo el Día de Muertos, o mejor dicho, de los Días de Muertos; es justamente ese. Recordar a quienes amamos y que nos amaron, y que esos recuerdos nos acompañen hasta el momento de volvernos a encontrar.


¿Tú cómo celebras los Días de Muertos?

En el parque.

En el parque, alguien está corriendo.


En el parque, alguien está dibujando.


En el parque, alguien se está columpiando.


En el parque, alguien está regando.


En el parque, alguien está paseando.


En el parque, alguien está sembrando.


En el parque, alguien está platicando.


En el parque, alguien está trotando.


En el parque, alguien está jugando.


En el parque, alguien está leyendo.


En el parque, alguien está comiendo.


En el parque, alguien está soñando.


En el parque, todos estamos viviendo.


¿Tú cuándo vas a ir al parque?

Cosas de juventud.

Constelación dedicada a mi mamá, quien me dio el regalo de conocer el Desiderata.

El poema Desiderata, escrito por Max Ehrmann, es un poema poco convencional. Más allá de alabar una a una persona, este poema nos da una serie de sugerencias para vivir la vida de manera plena. Tiene varias versiones musicalizadas (de las cuales yo prefiero la interpretada por Jorge Lavat), que pueden perfectamente usarse como afirmaciones diarias, y así iniciar el día con la actitud decidida de esforzarnos por ser felices.


Hay una parte de este poema que dice,


Acata dócilmente el consejo de los años
Abandonando con donaire las cosas de la juventu
d


Imagino que el poeta pretendía decirnos que, conforme nos hiciéramos mayores, dejáramos de lado la arriesgada osadía y la despreocupación de los años de juventud, y en su lugar nos enfoquemos en construir una vida más estable, que no es lo mismo que aburrida. Esto es consistente con otras estrofas del poema, en las que se nos invita a ser cautas en los negocios, a no fingir los afectos, a mantener el interés en nuestras carreras; entre otras cosas. Todas estas, sugerencias atinadas.


Sin embargo, luego de leer o escuchar el poema tantas veces, y en diferentes etapas de mi vida, creo que esta frase también puede aplicarse de otra forma. Cuando somos jóvenes, quizás incluso más marcado durante la adolescencia, buscamos (no sin cierta desesperación), la aprobación de nuestros pares, o de aquellas personas que admiramos. Buscamos encajar dentro de lo que en ese momento se considera como correcto, o cool, o aceptable.


Por eso terminamos oyendo la misma música que escuchan todos, viendo las mismas películas, vistiéndonos de la misma forma (¿alguien recuerda esos años en que el uniforme no oficial eran las playeras de Hollister o de American Eagle?), y sintiendo lo que suponemos es lo que todas debemos sentir a esa edad, aunque en lo particular nos sea indiferente o incluso ajeno. Esta necesidad de aprobación es también una necesidad de pertenencia, de formar parte de un grupo y así poder disfrutar de lo que nos han dicho es la mejor etapa de la vida.


Pero muchas veces esta búsqueda de pertenencia nos hace negarnos a nosotras mismas, y terminar haciendo cosas con las que no nos sentimos cómodas; mientras dejamos de lado actividades o incluso personas que nos causan felicidad. Esto claro con las consecuencias personales esperadas de aflicción o alineamiento; y a mayor escala a permitir acontecimientos que pueden dañar a sectores completos de la comunidad.


Así pues, volviendo al Desiderata, creo que podemos obtener un nuevo consejo de la frase que comporto más arriba. Conforme nos hagamos mayores, debemos dejar de lado esa necesidad juvenil de encajar; y en su lugar declarar abiertamente quiénes somos y lo que queremos, lo que nos gusta, lo que nos hace felices. Puede ser que al final del día sí nos terminen gustando las mismas cosas que cuando éramos más jóvenes, o podemos dar un giro de 180º y vivir una vida que no se parezca a la habíamos concebido (o que habían concebido para nosotras); o más seguramente que terminemos en algún punto medio entre ambas opciones.


Sin importar cuál sea el caso, al final debemos de llevar una vida con la que nos sintamos satisfechas y orgullosas. Que sea una vida que estemos viviendo para nosotras mismas. Si lo logramos, estoy segura de que a lo largo del camino iremos conociendo a otras personas que sientan igual que nosotras y con las que podamos formar comunidad; logrando así nuestro anhelo juvenil de pertenencia, que es uno de los anhelos más humanos que existen.

Y así, como bien decía Ehrmann, el universo seguirá marchando como debiera.


¿Tú quién decides ser?

Constelación dedicada a mi mamá, quien fue la primera en recitarme el Desiderata.

Comunidad y colaboración.

Esta semana escuché un poco de la historia de Airbnb, y como mencionaban a la economía colaborativa como parte de su fundamento. Este tipo de economía se basa en el uso de las tecnologías para prestar, comprar, vender, compartir o rentar bienes y servicios. Otros ejemplos del modelo colaborativo moderno podrían ser las plataformas de compra-venta como eBay; o en el contexto del conocimiento y la información, páginas como Wikipedia.

Ahora bien, se entiende que este modelo económico no es particularmente nuevo; y que no depende de las tecnologías de la información para poder existir. Desde hace años han existido asociaciones, ya sea de vecindarios o de sindicatos laborales, que emplean este modelo al compartir bienes de uso infrecuente entre sus miembros. Así mismo, siempre ha habido una colaboración informal entre las personas; como cuando alguien le da un “aventón” en coche a otra, y está última coopera para el combustible y el peaje.

La diferencia ahora estriba en que, gracias a estas nuevas tecnologías, el alcance de estas iniciativas puede ser mayo. Pero, ¿es esto necesariamente algo bueno?

Por un lado, se podría pensar que sí, pues por ejemplo se brinda a los usuarios un mayor nivel de seguridad. Quiero decir, si yo fuera a rentar una habitación en Marruecos; me daría un poco más de seguridad hacerlo a través de una plataforma conocida como Airbnb, que en teoría tiene mejores controles y que se rige por reglas internacionales, que a través de una plataforma local que no estoy muy segura de cómo se maneja.

Sin embargo, si hay algo que nos ha enseñado la geopolítica; es que entre más grande sea un ente, más complicado será de administrar. Así pasa también con las plataformas que hemos mencionado, que además del tema del tamaño, tienen el detalle de operar en diversas regiones, con reglas y limitantes propias.

Por esto mismo es que, si bien estas iniciativas han surgido de una buena idea y en un inicio fueron un parteaguas en sus respectivas industrias; más temprano que tarde terminan desvirtuándose y dejan de ser verdaderamente colaborativas. Siguiendo con el caso de Airbnb, la cual justo ahora enfrenta varios intentos de regulación; derivado principalmente del hecho de que su uso ha contribuido a la gentrificación y al aumento desmedido de las rentas en diversas ciudades. Además, cada vez son más los casos en que los usuarios rentan una propiedad en particular, para que al momento de arribar se topen con que la realidad tiene poco o nada que ver con lo que se les ofertó en línea.

Cierto, ambas circunstancias surgen de la codicia de algunas personas que hacen mal uso de estas plataformas, y no tanto de la mala intención de la compañía como tal. Pero al final del día, es la prestadora del servicio quien debe dirigir a sus miembros para asegurarse que la comunidad prospere; tal como anteriormente hacían los líderes de los mercados.

Esto último señala un aspecto de la economía colaborativa que siempre ha estado presente, pero que se vuelve más evidente con la incorporación de las plataformas tecnológicas y su posibilidad de volverse globales. Esto es, el tema de los intermediarios. Como cualquier esfuerzo grupal, se requiere una persona o ente que de alguna manera regenté las actividades y pueda poner un cierto orden a las operaciones. Esta persona o personas reciben una compensación por ese trabajo, pues dirigir un proyecto no es nada sencillo. El tema está en cuánto debe ser esa compensación, y si la misma es justa.

Por ejemplo, en el caso de Uber; la compañía cobra tanto a usuarios como a conductores por usar su plataforma de servicios. Por supuesto, esto es algo justo, pues el diseño y mantenimiento de dicha plataforma no es tarea fácil; pero dependiendo de diversos factores dicha comisión puede ser de hasta 50% del valor del viaje. Situaciones como esta nos hacen pensar si no estaremos ante una nueva situación de intermediarios ricos y trabajadores pobres, como ha pasado en infinidad de ocasiones en el negocio de la agricultura. Y nuevamente nos hace preguntarnos si esto es verdaderamente colaborativo.

Sea como fuere, las iniciativas modernas de economía colaborativa han llegado para quedarse, y seguirán irrumpiendo en cada vez más aspectos de nuestra vida diaria. Esto por supuesto plantea y planteará muchos retos en materia regulatoria a nivel micro y macro; y para los que lamentablemente muchos gobiernos no están preparados.

Sin embargo, creo que una medida para garantizar (hasta cierto punto) que estas iniciativas realmente signifiquen un beneficio, es recordar que una verdadera colaboración nace de una comunidad. Me refiero a que, si yo veo a plataformas como Airbnb o Blablacar como una oportunidad para que todos en mi grupo puedan tener un ingreso extra, y a la vez permita a las personas de fuera disfrutar de mi localidad; en lugar de verlas solo como una opción más para volverme rico yo, para beneficiar solamente yo, entonces es menos probable que abuse de ellas, tanto como usuario prestador de servicio como intermediario. De esta forma, será más probable que se cobren comisiones justas por el uso de las plataformas y servicios, y que esas comisiones se usen para el mejoramiento de las mismas en pro de la comunidad.

Si logramos esto, entonces sí que podremos hablar de economías colaborativas y comunitarias.

¿Tú cómo quieres colaborar?

Con la puerta abierta.

Recién me enteré que, de acuerdo al Antiguo Testamento, las personas que padecían lepra en aquellos tiempos; no sólo eran consideradas enfermas físicamente, sino que también se les consideraba inmorales o impuras en sentido religioso. Según entiendo, esto se debía a que al ser la lepra una enfermedad tan terrible, se consideraba que la persona afecta o su familia debían haber cometido una acción atroz para recibir tal castigo. Así pues, a las leprosas se les excluía de la vida de la comunidad en todos los sentidos.

Considero que este es un caso en que se usó apropiadamente a la religión como método de control, pues aún sin ser un castigo divino, la lepra es una enfermedad bastante agresiva, que aún en nuestros días provoca daños graves a quienes la padecen sin tratamiento; por lo que suena razonable que los líderes de aquél entonces quisieran evitar su propagación mediante el aislamiento de los afectados. Sin embargo, dejando un poco de lado el contexto histórico, me parece que esta situación sirve como ejemplo de una triste realidad. Muchas veces, por atenernos a preceptos o dogmas, alejamos de la comunidad a las personas que más necesitan de ella.

Por ejemplo, en el camino hacia el “burn out”, las personas que terminan colapsando tienden a retirarse progresivamente de sus grupos de amistades o familiares, pues consideran que son una pérdida de tiempo. En respuesta, muchas veces la familia y amistades también dejan de invitar o incluir a esa persona en sus planes; pues siempre reciben una negativa de su parte. Y entones, cuando el colapso ocurre, es aún más difícil para ambas partes encontrarse para dar/recibir apoyo, pues de alguna forma cada una mostró que la otra no valía el esfuerzo.

Otro caso similar es el de las personas que salen de la cárcel luego de haber cumplido su sentencia, y buscan reintegrarse a la sociedad. Si bien no digo que no haya que tomar precauciones, la mayoría de las veces estas personas se encuentran con un ambiente completamente hostil; en el que se les niega cualquier oportunidad de recuperarse. Ante un panorama de tal naturaleza, las personas vuelven a delinquir, lo que de alguna manera refuerza nuestro paradigma contra los ex convictos; sin darnos cuenta que nuestra falta de compasión como sociedad es la causa de esta situación. Lo que es más, fue esta misma ausencia de solidaridad lo que empujó a estas personas a corromperse; pues en una sociedad en la que las personas se preocupan unas por otras, no llegaríamos a instancias donde la gente tiene que robar para subsistir.

En los ejemplos mencionados, se da una situación de exclusión hacia una persona o hacia un grupo de personas que comparten ciertas características. Pero existen también casos en que la exclusión la cometemos contra nosotras mismas. Por ejemplo, una persona que considere que ha cometido una falta contra las costumbres o valores de su grupo social; se podría considerar ahora indigna del mismo, por lo que se aleja para “purgar” su condena; a veces con consecuencias fatales.

¿Qué hubiera sucedido si, en lugar de esperar ser recibida con juicios y reclamos, a la persona se hubiera ensañado que sería recibida con amor y compresión? Lo más seguro es que, en caso de haber cometido una falta, se hubiera acercado con su grupo, sí para pedir perdón y reparar la falla; pero además para buscar la causa de ese comportamiento y corregirlo. O bien, si no se hubiera cometido una falta, pero factores externos hubieran hecho sentir a la persona como no valiosa; habría encontrado en su grupo el apoyo que requería para volver a encontrarse y amarse.

En mi entrada pasada comenté lo importante que es formar y cuidar nuestras redes de apoyo, tanto para momentos difíciles como prósperos. En esta ocasión, me gustaría recordarnos que todas somos parte de la red de apoyo de alguien, seamos o no consciente de ello. Por tanto, procuremos siempre que nuestra compasión y empatía sean mucho más grandes que nuestros prejuicios y dogmas; y busquemos que nuestras opiniones pasen siempre por esos dos primeros filtros. Nunca sabemos cómo lo que digamos o hagamos pueda afectar a otras personas, así que procuremos que nuestras palabras y acciones siempre inciten a las personas a acercase, sabiendo que nuestra puerta estará abierta para ellas.

¿Tú tienes tu puerta abierta?

Estoy en tu esquina.

Tengo la fortuna de contar con familia y amigas que tiene talentos y habilidades que son completamente ajenas para mí. Por ejemplo, una amiga arquitecta diseña planos para diversos tipos de construcciones, y yo la sufro para dibujar un círculo medio decente. De igual forma, mi mamá es doctora; y yo no soporto ver sangre. Por estos motivos y otros más, tengo un gran respeto por el trabajo que hacen; y me maravilla sobremanera la forma en que trabajan sus mentes.

Sin embargo, como a todas las personas, hay ocasiones en que las cosas no les salen como esperaban, y tienen pequeñas o grandes crisis a resolver. Y en todos esos casos, siempre les pregunto si puedo ayudarles. Estoy consciente de que, de manera objetiva, no tengo los conocimientos o habilidades para luchar por ellas, o incluso a su lado. Quiero decir, cuando el sistema se traba, yo soy la que le habla a mi amiga de TI para que me termine la sesión; así que, si de repente el sistema se cae por completo, no hay mucho que pueda hacer para ayudarla.

¿Pero sabes que sí puedo hacer? Puedo ir y comprarle un refresco y un chocolate para que tenga energía mientras descubre cuál es la causa del problema. O puedo darle mi opinión a mi hermano sobre un anuncio que va a poner en redes sociales. También puedo estar atenta a ejemplos de campañas de mercadotecnia que le servirían a mi amiga que da clases en la universidad, para que pueda agregarlas a los ejemplos que usa con sus alumnos.

 O como último, pero quizás más importante, puedo escucharles. Después de que resuelven su problema, o mientras lo hacen si es algo que va a tomar tiempo, puedo dejar que se desahoguen conmigo sobre lo frustrante que fue/es la situación, de lo cansadas que están, ofrecerles alguna idea para que su salud mental no se vea tan afectada; en fin, ofrecerles mi apoyo y consideración.

Volviendo al punto anterior, entiendo que esto no soluciona los problemas, pero saber que tienes a alguien en tu esquina, hace que las cosas se vean menos negras y que puedas levantarte para seguir intentándolo. Lo sé, porque todas estas personas que son importantes en mi vida, me han ofrecido ese mismo apoyo en momentos difíciles, y es gracias a ellas que no he colapsado. Por eso mismo, aquí y en otras instancias, abogo tanto por la necesidad e importancia de las redes de apoyo, del sentido de comunidad que hemos ido perdiendo en la vorágine de la modernidad. Es gracias a estas redes de apoyo que podemos no solo sobrevivir, sino también disfrutar de nuestra vida.

Por esto, te convido a que cuides a tu red. No tiene que ser muy grande, y puede ser tan variada como tú quieras. De igual forma, esa red puede incluir a personas como tu psicóloga o terapeuta, porque en ocasiones necesitamos también a alguien que nos birnde un apoyo digamos técnico.

Pero lo más importante es que, una vez que tienes a tu red, la tengas como una prioridad en tu vida. La dinámica de la misma irá cambiando de acuerdo a las circunstancias, pero tener un lugar seguro al cual acudir, para poder reír y llorar sin preocupaciones, es un regalo que todas debemos darnos.

¿Cómo puedo ayudarte?

Vivir más.

En días recientes comencé a ver una serie que habla sobre las así llamadas zonas azules. Dichas zonas, nombradas así por Gianni Pes and Michel Poulain; son zonas geográficas en donde sus habitantes tienden a vivir más que el promedio, contando con varias personas que sobrepasan los 100 años de edad. De las cinco zonas azules, hasta ahora el presentador del documental ha visitado tres; y en cada una de ellas ha identificado factores que podrían contribuir a la longevidad de su población.

Algunos factores son, se podría decir, evidentes; como son el tener una dieta balanceada y variada, así como realizar actividad física de manera rutinaria. Punto importante: dicha actividad física no debe confundirse con tener una membresía en un gimnasio y hacer una rutina extenuante, sino más bien en cosas rutinarias como tomar un paseo, atender un jardín, quizás algunos ejercicios de baja intensidad, entre otros. Sin embargo, otros factores de tipo social han surgido también, siendo los principales el tener un sentido de valía personal (tanto para mí como para la comunidad), y además contar con una red social de apoyo. Este último punto no se refiere sólo a dar apoyo a las personas mayores con actividades que por su propia edad ya no les son fáciles de realizar; sino también redes en las que puedan seguir realizando actividades recreativas y estimulantes. Además, dichas redes también se perciben como una forma de promover que las personas sigan teniendo hábitos saludables; pues estas son parte esencial de la identidad del grupo.

Mientras veía la serie, y reflexionando sobre los factores que contribuyen a la longevidad, llegué a la siguiente conclusión. La gente que vive más, es la que tiene tiempo para vivir. Una persona trabajadora promedio, que está apresurada desde temprano para poder llevar a los niños a la escuela, llegar al trabajo, cumplir con su jornada laboral, tener una casa limpia y cumplir con otras variadas obligaciones; difícilmente podrá encontrar el tiempo para tomar un paseo por el parque, o aprender/practicar alguna actividad recreativa. De igual forma, será muy poco probable que esa persona pueda dedicar tiempo a preparar una comida sustanciosa y nutritiva; y por supuesto sería impensable considerar que tendrá el tiempo necesario para cultivar un pequeño jardín.

Malamente pensamos que esas son actividades propias de las personas “retiradas”; y por tanto pensamos que podremos realizarlas cuando lleguemos a cierta edad. Pero cuando finalmente tenemos esa edad, como no cuidamos nuestra salud, nos encontramos sin fuerzas para poder dedicarnos a esas tan anheladas actividades. Si a esto sumamos la precaria situación de los sistemas de pensiones y salud de varios países, la cosa se vuelve aún más compleja: las personas simplemente no pueden retirarse, y por tanto debe encontrar algún trabajo que les permita sobrevivir.

Ante un panorama tal, imagino que nuestros cuerpos y nuestras mentes han de decir “¿de verdad queremos más años de esto?” Dudo que la respuesta sea afirmativa. Pero entonces, dirán ustedes, ¿cómo es que la esperanza de vida es más alta que hace algunos años? La respuesta en parte es porque ahora tenemos la capacidad de curar varias enfermedades que anteriormente acababan con la vida de las personas a una temprana edad. No hace mucho en México aún había campañas intensas para prevenir la deshidratación en niños con enfermedades diarreicas.

 Además, considero que es importante diferenciar la posibilidad de vivir más años, y el realmente querer hacerlo. Ciertamente la mayoría de las personas tenemos miedo a la muerte, pero al menos en mi caso eso no implica que quiera vivir hasta una edad muy avanzada. Por otro lado, muchas veces a lo que realmente le teme la gente es a envejecer y la notable caída en la salud física, mental y emocional de las personas mayores; por los factores que ya he comentado. Por eso es que también existen mil y un productos para “frenar el envejecimiento”, lo cual por supuesto es imposible.

Por lo que he podido ver hasta ahora de las personas que viven en las zonas azules, ninguna de estas situaciones es cierta. No digo que esas personas no tengan miedo al futuro y a la incertidumbre, ni tampoco que no tengan problemas, pero su vida no se centra en ello. De la misma manera, no se levantan pensando si irán a llegar o no a los 100 años de edad. Ellas simplemente siguen viviendo su vida, y lo que es más disfrutándola. Viven en el presente, una idea acuñada por culturas milenarias y que ahora está de vuelta con prácticas como el mindfulness.

Quizás ese sea el meollo del asunto. La sociedad actual está tan obsesionada con vivir más años porque se ha creado una realidad en la que no puede disfrutar del presente y de las cosas importantes de la vida; y piensa erróneamente que podría hacerlo si tuviera más tiempo. Lo que hemos olvidado es que el tiempo está ahí, y seguirá estando ahí; ya sea que lo apreciemos o no.

¿Tu vives lo suficiente?

Personas reales.

Ayer tuve la oportunidad de asistir a un conversatorio con 3 autoras y 1 autor jóvenes de mi ciudad: Alex F. Wong, Marisa Pacheco, Joaquín Hermosillo, y Rebeca Lee. Si bien cada una de sus historias (tanto personales como literarias) tienen su propio estilo y esencia, también había varios puntos comunes entre ellas; como puede ser que ninguno estudió letras como profesión, o que tuvieron que pasar una serie de situaciones para poder convertirse en autoras y autor publicados.

Para mí, sin embargo, la coincidencia más importante es la similitud que tienen con la gente común: tienen trabajos similares al mío y al de una buena parte de la comunidad local, podemos hablar de ciertos acontecimientos de la región sin tener que dar un contexto previo, en fin, creo que son autoras y autor a quienes realmente podemos llamar contemporáneos. Me parece que esto ayuda a desmitificar la concepción que muchas veces tenemos de las profesiones artísticas, puse usualmente tendemos a verlas como algo alejado de nuestra realidad y que por tanto no podemos llevar a cabo. Quiero decir, por mucho que sepamos que J. K. Rowling escribió Harry Potter en un café mientras sufría de depresión; el hecho de que todo eso haya sucedido en Reino Unido pone una barrera entre su realidad y la nuestra, pues tendemos a pensar que bueno ella estaba en una nación “de primer mundo” (lo que sea que eso signifique), y por tanto sus oportunidades de éxito eran mayores. O incluso de manera nacional, cuando hablamos de escritoras como Elena Garro y Elena Poniatowska, no podemos dejar de ver como las circunstancias de vida privilegiada de ambas les permitieron las experiencias, el tiempo y los medios para realizar su obra; esto claro sin demeritar la calidad de la obra de ambas, pero que finalmente también es un hecho innegable.

Por eso considero que el escuchar y convivir con artistas, de cualquier disciplina, que comparten el mismo espacio-tiempo que nosotras, es una fuente invaluable de inspiración. Pero más importante que eso, si cabe, es la oportunidad que este tipo de situaciones nos ofrecen para poder generar un sentimiento de orgullo y de comunidad hacia estos artistas locales; buscando apoyarles en sus diferentes proyectos y a la vez demandando y construyendo mejores condiciones para que puedan difundir su obra. Como ya he dicho, tendemos a pensar que las historias de éxito se dan sólo en lugares con una tradición artística importante, o en donde los apoyos a la cultura son una realidad constatable; pero se nos olvida que todos esos lugares también empezaron de cero, y que la constancia y esfuerzo compartido les ha llevado a donde hoy se encuentran. Quizás este sea un buen momento para dejar de romantizar y añorar realidades externas, y empezar a disfrutar y cuidar las que tenemos, literalmente, en nuestras casas.

¿Tu cómo apoyas a tu comunidad artística?

PD. Los títulos de cada autora y autor que menciono son (en el mismo orden que aparecen citados): Saga El Blasón del Círculo; Punto de Quiebre; El Invierno; Arthemisa.