Empecemos por el principio.

Estos últimos días han sido de retomar. Desde ver un episodio de un programa de YouTube que hacía tiempo no veía, escuchar el episodio de un podcast que me gusta bastante (se llama Buscando Calcuta, ampliamente recomendado), y en temas menos divertidos; acomodar algunas cosas que sea habían quedado pendientes del último reacomodo de mi closet, librero y escritorio.

Esto último es algo que había estado posponiendo por algún tiempo, pues lo que quedaba por acomodar eran cosas que no estaba muy segura de qué hacer con ellas. Ya sabes, blocks de notas que has ido acumulando, pero que están en buen estado; un libro que ya no tengo interés en guardar pero tampoco quiero solo desechar, ciertas fotos y recuerdos que tengo que decidir cómo atesorar; y otras por el estilo. Debido a esto, la tarea de ponerme a revisar, decidir y ejecutar; se me antojaba como gigantesca.

Pero como no hay plazo que no se llegue, hoy me armé de unos aceites esenciales y el podcast que les decía; y comencé. Sorprendentemente, fue más sencillo y rápido de lo que pensaba. He de admitir que algunas cosas aún quedan a la mitad, como el par de relojes que tengo que llevar a arreglar, y el ya mencionado libro que decidí dejar en mi escritorio y liberarlo el próximo 7 de noviembre, como parte de una iniciativa para fomentar la lectura. Pero en general, me siento muy satisfecha no solo con el resultado de un espacio más organizado, sino también por haber dado ese primer paso y haber concluido la tarea en cuestión.

Esto es aplicable a muchas otras actividades, tanto personales como profesionales. En ocasiones las tareas se ven como algo inmenso, que tomará mucho tiempo y esfuerzo completar; lo cual de cierta forma nos intimida y nos hace postergarlas. Sin embargo, entre más las dejamos para después, más grandes se vuelven, pues ahora no solo hay que revisar el archivo de un mes sino el de dos meses; y además nos quitan paz pues ocupan espacio en nuestra mente como algo pendiente por hacer. Ya sea que esta postergación la hagamos por un tema de procastinación o por un tema de disfunción ejecutiva, la realidad es que es un tema que nos resta en todos los sentidos.

Es por ello que ese primer paso, esa determinación de poner manos a la obra, es tan fundamental. Así sea solo identificar las partes de la situación, limpiar la mesa donde hemos de trabajar, o abrir el primero de mil correos electrónicos; la confianza que nos da el completar esa primera tarea es invaluable. En cierta forma, nos permite ver la situación en su justa proporción: como algo alcanzable y realizable, que quizás implique 10 o 100 pasos realizarla; pero que podemos lograrlo puesto que ya completamos el primero de ellos.

Por supuesto, habrá veces en que claudicaremos, y habrán de pasar unos días entre completar el paso 6 e iniciar el 7; pues aunque la tarea sea realizable, también es cierto que requerimos descansar. Lo importante es no dejar que durante ese lapso se pierda la confianza y el entusiasmo que nos provoca ir avanzando y completando tareas, para así usarlos como nuestro impulso para seguir adelante. Como luego dicen, el truco de andar en bicicleta es no dejar de pedalear; para lo cual también es necesario encontrar nuestro propio ritmo.

¿Tú tienes algún primer paso que dar?

Contacto de confianza.

Cuando mi abuelo murió, hace casi más de 6 años, no supe que pasó con su celular. Él tenía un celular análogoo, por lo que no tenía guardadas fotos que pudiéramos querer recuperar; y la mayoría de los contactos que tenía guardados estaban almacenados en algún otro lugar. Así pues, de todas las pertenencias que reunimos y clasificamos durante el período del duelo, el celular no fue algo que echáramos en falta.

Pero, la cosa es que en mi celular todavía tengo guardado su contacto. De hecho, es de los primeros que veo cuando quiero hacer una llamada, pues lo tengo marcado como favorito. En ocasiones he estado tentada a marcar el número, pero no estoy segura de saber qué voy a hacer si alguien llegara a contestarme. Quiero decir, si es una persona conocida no sabría cómo preguntarle porqué se quedó con ese celular; y si es alguien desconocido, ¿qué le voy a decir?, ¿qué me equivoqué de número?

Lo único cierto es que, independientemente de cómo resuelva esa disyuntiva; ya he decidido que no voy a borrar ese contacto. Incluso cuando cambié de celular, lo importaré junto con todos los demás contactos. Quizás no tenga mucho sentido, pero tener el número guardado me hace sentir bien. Tengo muchas otras cosas para recordar a mi abuelo, y también muchos recuerdos entrañables; pero tener su celular “a la mano”, se siente como más inmediato, más del diario. Me refiero a que, cuando él vivía, yo sabía que podía marcarle si necesitaba ayuda; y él haría lo que estuviera en sus manos para apoyarme. Creo que tener su número me da una sensación similar de seguridad.

Esto me hizo recordar cómo, durante la infancia, solemos tener algún objeto (lo más estereotípico serían una cobijita o un oso de peluche) que nos hace sentir bien, y al que buscamos aferrarnos en situaciones complicadas. Conforme crecemos, los adultos nos dicen que debemos “madurar” y dejar esos objetos atrás, y en su lugar aprender a afrontar esta difícil vida solos; como si eso fuera un consejo razonable. Sin embargo, la realidad es que incluso en la edad adulta seguimos teniendo objetos materiales, o incluso intangibles, que nos ayudan en diversas situaciones. Una analista que tenga que dar una presentación ante sus jefes, seguramente escuche una canción especial camino de su trabajo ese día; para sentirse relajada y animada al momento de compartir sus ideas. Un chico que va a mudarse a otra ciudad echa sus pertenencias en su mochila de siempre, porque ya está acostumbrado a sus espacios y bolsillos; así que será una cosa menos por la que tenga que preocuparse mientras se adapta a su nueva vida.

Quizás entonces el consejo que debamos dar a las niñas y los niños de nuestro entorno no es que se deshagan de las cosas que les dan confianza; sino apoyarles a que esa confianza nazca de sí mismas, de sus habilidades y   esfuerzos, y que los objetos materiales sean solo representaciones palpables que podamos sentir cuando necesitamos ese pequeño apoyo extra. Incluso si el objeto ya no está con nosotros, o la causa de que sea especial ya no está presente en nuestras vidas, como en mi caso del contacto del celular de mi abuelo; su sola evocación será suficiente para ayudarnos a caminar durante un día difícil.

¿Qué tienes en tu vida que te proporcione una sensación de bienestar?