No quiero.

No, realmente no quiero.
No quiero dedicar una hora a explicarle a un compañero de trabajo porqué el término que está usando es misógino. Pero tengo que hacerlo.
No quiero ver los monumentos de mi ciudad con consignas de grupos feministas, porque la autoridad no les ha dejado más alternativas para hacerse escuchar. Pero tengo que hacerlo.
No quiero revisar las cifras de feminicidios del año pasado. Pero tengo que hacerlo.
No quiero desconfiar del chico que me compra una bebida en un bar. Pero tengo que hacerlo.
No quiero tener que tolerar a otro hombre siendo “abogado del diablo” cuando hablamos de feminismo, porque es la única manera en que acepta hablar de tema. Pero tengo que hacerlo.
No quiero tener que rebatir otra noticia en la que se re victimiza a una mujer que fue violada. Pero tengo que hacerlo.
No quiero tener que explicar porque los actos de desobediencia civil son necesarios. Pero tengo que hacerlo.
No quiero tener que explicar que un “piropo” es en realidad un acoso. Pero tengo que hacerlo.
No quiero que tengamos que seguir luchando por derechos y oportunidades que jamás debieron estar vedados. Pero tengo que hacerlo.
No quiero decepcionarme este 8 de marzo, al ver que seguimos prácticamente en el mismo lugar que el año pasado, y que en algunos casos estamos peor. Pero parece que tendré que hacerlo.


¿Tú qué ya no quieres hacer?