Esta semana escuché un poco de la historia de Airbnb, y como mencionaban a la economía colaborativa como parte de su fundamento. Este tipo de economía se basa en el uso de las tecnologías para prestar, comprar, vender, compartir o rentar bienes y servicios. Otros ejemplos del modelo colaborativo moderno podrían ser las plataformas de compra-venta como eBay; o en el contexto del conocimiento y la información, páginas como Wikipedia.
Ahora bien, se entiende que este modelo económico no es particularmente nuevo; y que no depende de las tecnologías de la información para poder existir. Desde hace años han existido asociaciones, ya sea de vecindarios o de sindicatos laborales, que emplean este modelo al compartir bienes de uso infrecuente entre sus miembros. Así mismo, siempre ha habido una colaboración informal entre las personas; como cuando alguien le da un “aventón” en coche a otra, y está última coopera para el combustible y el peaje.
La diferencia ahora estriba en que, gracias a estas nuevas tecnologías, el alcance de estas iniciativas puede ser mayo. Pero, ¿es esto necesariamente algo bueno?
Por un lado, se podría pensar que sí, pues por ejemplo se brinda a los usuarios un mayor nivel de seguridad. Quiero decir, si yo fuera a rentar una habitación en Marruecos; me daría un poco más de seguridad hacerlo a través de una plataforma conocida como Airbnb, que en teoría tiene mejores controles y que se rige por reglas internacionales, que a través de una plataforma local que no estoy muy segura de cómo se maneja.
Sin embargo, si hay algo que nos ha enseñado la geopolítica; es que entre más grande sea un ente, más complicado será de administrar. Así pasa también con las plataformas que hemos mencionado, que además del tema del tamaño, tienen el detalle de operar en diversas regiones, con reglas y limitantes propias.
Por esto mismo es que, si bien estas iniciativas han surgido de una buena idea y en un inicio fueron un parteaguas en sus respectivas industrias; más temprano que tarde terminan desvirtuándose y dejan de ser verdaderamente colaborativas. Siguiendo con el caso de Airbnb, la cual justo ahora enfrenta varios intentos de regulación; derivado principalmente del hecho de que su uso ha contribuido a la gentrificación y al aumento desmedido de las rentas en diversas ciudades. Además, cada vez son más los casos en que los usuarios rentan una propiedad en particular, para que al momento de arribar se topen con que la realidad tiene poco o nada que ver con lo que se les ofertó en línea.
Cierto, ambas circunstancias surgen de la codicia de algunas personas que hacen mal uso de estas plataformas, y no tanto de la mala intención de la compañía como tal. Pero al final del día, es la prestadora del servicio quien debe dirigir a sus miembros para asegurarse que la comunidad prospere; tal como anteriormente hacían los líderes de los mercados.
Esto último señala un aspecto de la economía colaborativa que siempre ha estado presente, pero que se vuelve más evidente con la incorporación de las plataformas tecnológicas y su posibilidad de volverse globales. Esto es, el tema de los intermediarios. Como cualquier esfuerzo grupal, se requiere una persona o ente que de alguna manera regenté las actividades y pueda poner un cierto orden a las operaciones. Esta persona o personas reciben una compensación por ese trabajo, pues dirigir un proyecto no es nada sencillo. El tema está en cuánto debe ser esa compensación, y si la misma es justa.
Por ejemplo, en el caso de Uber; la compañía cobra tanto a usuarios como a conductores por usar su plataforma de servicios. Por supuesto, esto es algo justo, pues el diseño y mantenimiento de dicha plataforma no es tarea fácil; pero dependiendo de diversos factores dicha comisión puede ser de hasta 50% del valor del viaje. Situaciones como esta nos hacen pensar si no estaremos ante una nueva situación de intermediarios ricos y trabajadores pobres, como ha pasado en infinidad de ocasiones en el negocio de la agricultura. Y nuevamente nos hace preguntarnos si esto es verdaderamente colaborativo.
Sea como fuere, las iniciativas modernas de economía colaborativa han llegado para quedarse, y seguirán irrumpiendo en cada vez más aspectos de nuestra vida diaria. Esto por supuesto plantea y planteará muchos retos en materia regulatoria a nivel micro y macro; y para los que lamentablemente muchos gobiernos no están preparados.
Sin embargo, creo que una medida para garantizar (hasta cierto punto) que estas iniciativas realmente signifiquen un beneficio, es recordar que una verdadera colaboración nace de una comunidad. Me refiero a que, si yo veo a plataformas como Airbnb o Blablacar como una oportunidad para que todos en mi grupo puedan tener un ingreso extra, y a la vez permita a las personas de fuera disfrutar de mi localidad; en lugar de verlas solo como una opción más para volverme rico yo, para beneficiar solamente yo, entonces es menos probable que abuse de ellas, tanto como usuario prestador de servicio como intermediario. De esta forma, será más probable que se cobren comisiones justas por el uso de las plataformas y servicios, y que esas comisiones se usen para el mejoramiento de las mismas en pro de la comunidad.
Si logramos esto, entonces sí que podremos hablar de economías colaborativas y comunitarias.
¿Tú cómo quieres colaborar?

