Si lo ves de esa manera.

Estoy tomando un curso que requiere que cada semana lea al menos 2 casos de estudio, relacionados a diferentes temas. Usualmente esos casos los imprimo en formato doble cara; pero esta semana la impresora se reveló contra mí y solo pude imprimir uno de los documentos de esa forma, y el otro tuve que imprimirlo a una sola cara. Eso sí, en hojas recicladas para no sentirme tan mal.

En esta ocasión los casos eran similares en cuanto el número de páginas a leer, de hecho, la diferencia era de sólo 4 páginas entre uno y otro. Sin embargo, por obvias razones, el que se había impreso a una cara se veía más voluminoso que el otro. Lo interesante fue que, pese a que yo estaba consciente de que la diferencia era mínima, al ver el bulto más voluminoso, mi primer pensamiento fue “voy a durar mucho en leerlo”.

Por supuesto, al final me tomó casi el mismo tiempo leer ambos documentos; pero debo admitir que internamente sentí que duré más leyendo el que se había impreso a una sola cara. Es curioso como algo tan simple puede distorsionarse solo por nuestra perspectiva.

No menos curioso, pero sí más “preocupante”, es como esto mismo puede suceder con otros aspectos de nuestra vida. Quizás si un camino estamos acostumbrados a transitarlo en horas no pico, podemos calcular erróneamente el tiempo que nos llevará recorrerlo durante las horas de mayor circulación; lo que puede llevarnos a perder una cita o incluso a tener un accidente. O bien, si tenemos una perspectiva optimista sobre un proyecto, esto nos llevará a enfrentar con mejor cara los obstáculos que vayamos encontrado durante su realización. Ahora, también se puede dar el caso de que consideremos una situación con un optimismo exagerado, lo que nos impida ver la dimensión exacta de los retos a los que habremos de enfrentarnos; o bien que pensemos obtener un beneficio demasiado alto en relación con las posibilidades reales del proyecto.

En cualquier caso, todos los ejemplos señalados parten de las suposiciones que vamos creando con base a nuestras experiencias de situaciones similares. Por eso se dice que la perspectiva es el par de lentes que usamos para ver la realidad; y como todos los lentes, cada cierto tiempo se requiere que ajustemos su graduación. Y también es necesario que periódicamente nos hagamos un examen de la vista más profundo, para adaptar nuestros lentes a nuevas necesidades.

De ahí la importancia de no sólo analizar la información a la que estamos expuestos, sino también buscar diferentes fuentes de información. Entre esas fuentes, no debemos dejar de lado el escuchar la voz de las personas que pasaron o están pasando por alguna situación en particular. Por más versado que esté en el tema, ningún investigador podrá transmitirnos la calamidad que fue el genocidio en Ruanda, como lo haría un sobreviviente de la tragedia.

Pero quizás lo más importante sea que estemos dispuestos a efectivamente cambiar nuestros lentes, con base en los resultados que nos vayan dando los exámenes. Así pues, aunque tengamos todas las oportunidades posibles para vivir diferentes situaciones, hablar con diferentes personas, e informarnos de diferentes maneras; si no estamos dispuestas a aceptar que nuestra perspectiva puede ser errónea, entones de nada servirán.

Al final, la vida nos irá pasando factura de lo que decidamos hacer; perdiendo oportunidades o aprovechándolas. Lo único malo es que, en ese proceso, podemos causar el sufrimiento de otras personas, todo por nuestra capacidad o incapacidad de ver el mundo con otros ojos. Procuremos entonces estar dispuestas a cambiar cuando sea necesario; y a mantenernos firmes cuando haga falta.

¿Tú qué lentes estás usando hoy?

Entiende mi sufrimieto.

Aviso: Esta entrada tiene un pequeño spoiler de la serie “Una dosis diaria de sol”.

Ahora estoy viendo la serie “Una dosis diaria de sol”, la cual aborda el problema de enfermedades mentales como el trastorno bipolar, la disociación, la depresión, y algunos más. En uno de los capítulos, vemos a una chica con depresión no diagnosticada, pero que está sufriendo. No tiene energía para levantarse de la cama ni para comer; lo que causa angustia en su mamá. Luego de varios intentos, le pide al mejor amigo de su hija que la ayude.

El amigo llega de inmediato, y le propone a la joven ir de paseo para que se anime. Ella le dice que no, que solo quiere dormir. Desesperado, el muchacho la carga y la lleva a la calle; donde nuevamente discuten y él le dice que si no se da cuenta que está haciendo sufrir a las personas que la aman. Como no llegan a nada, él le dice que ya no le importa y  termina yéndose. Sin embargo, como sigue preocupado por ella; decide ir a ver a otro amigo que es doctor especialista en enfermedades mentales, para pedirle que le ayude. En el departamento de este amigo, hay un tercer amigo en común que también es médico, pero de otra especialidad. Luego de oír los síntomas de la chica, el especialista piensa que puede ser depresión (no considera adecuado dar un diagnóstico sin ver a la paciente primero); y que en ese momento lo peor que pueden hacer es “obligar” a la chica a “ponerse bien”, como por ejemplo querer que salga de la casa cuando no tiene energía ni para ponerse los zapatos. Por supuesto, al oír esto, el mejor amigo se siente muy mal pues piensa que sus acciones han empeorado la situación.

Entre tanto, el tercer amigo decide también ir a hablar con la chica en cuestión. Como ya sabe el posible diagnóstico, no le dice que debe levantarse y hacer esto o aquello; solo le pide que por favor vaya al doctor para que puedan ayudarla como ella ayuda a los demás. Y ya, hasta aquí dejaré la sinopsis; puedes encontrar la serie en Netflix si te picó la curiosidad.

Pero bueno, mi intención con esta entrada, además de recomendar la serie, es más bien analizar la manera en que ambos chicos hablaron con su amiga deprimida. Si solo vemos la escena como tal, podemos decir que el mejor amigo actuó mal, que no fue empático con los sentimientos de ella. Por otro lado, podríamos elogiar al tercer amigo, quien usó frases más adecuadas para la situación; incluso podríamos ponernos de su lado como el bueno de la historia. Sin embargo, si vemos todo en conjunto, nos daremos cuenta que, si nos enfrentáramos a una situación similar, lo más probable es que hubiéramos actuado como el primer chico.

En primer lugar, pese a que sea de otra especialidad; el tercer amigo es un profesional de la salud, que de una u otra forma está capacitado para hablar con pacientes sobre temas delicados que afectan su calidad de vida. Además, al momento de hablar con ella; él ya tenía un pre-diagnóstico de su condición, por lo que pudo adecuar su conversación en consecuencia.  El mejor amigo, por otro lado, es justamente eso: un amigo que fue a hablar con una amiga, y que puede tener errores de comunicación incluso en una conversación “sin trascendencia”.

En segundo lugar, si hemos estado viendo la serie desde el principio; sabemos que la chica tiene mal no solo esa semana crítica que ya no puede levantarse de la cama, sino que tiene bastante tiempo sufriendo en silencio. Su mejor amigo ha sido testigo de esto, la ha consolado como ha podido; y ahora ve como ella se está apagando cada vez más. Cuando recibe la llamada desesperada de la mamá de su amiga, y al verla en ese estado; él también entra en un estado de desesperación y por eso la saca de la cama, en un intento de sacarla también de su aletargamiento. Obviamente esto no funciona puesto que el problema es mucho más profundo, pero en ese momento, es lo único que se le ocurre.

Caso contrario del tercer amigo, quien por razones ajenas no ha visto a la chica en aproximadamente un mes. La última vez que la vio, pese a que ella estaba un poco afectada por un suceso reciente; ella se veía bien.  Así pues, él no tenía idea de que ella llevaba tanto tiempo mal, ni de que había tenido que tomar unos días de permiso puesto que ya no podía seguir fingiendo que todo estaba bien. En otras palabras, él no la había visto sufrir, ni había sentido la desesperanza de no poder ayudarla. Por tanto, fue capaz de manejar la situación de manera más racional.

Después de leer esto, ¿aún sigues juzgando negativamente al mejor amigo?, o por el contrario, ¿te identificas con él? Como en tantos casos, es muy sencillo emitir una opinión viciada sin darnos cuenta; simplemente porque no consideramos el contexto de la situación, o porque nos enfocamos en los sentimientos de una sola persona sin considerar lo que están sufriendo las personas a su alrededor. En realidad, muchas veces quienes cuidan de la persona afectada (sea por una enfermedad u otra situación), terminan desgastándose casi tanto como ellas, ya que tienen una carga emocional y física que sufren en silencio, pues entienden que el enfoque debe estar en la persona enferma o vulnerable.

Pero al final del día, el sufrimiento no es una competencia; y toda persona herida debe ser apoyada. Por eso existen grupos de apoyo para las familias de personas alcohólicas o drogadictas, o para las familias y amistades de quienes sufren enfermedades degenerativas; o para quienes deben enfrentarse al suicidio de una persona amada. Sé que este es un tema recurrente en mis entradas, pero espero que a fuerza de repetirlo podamos interiorizarlo. Si hay algo que podemos hacer para que este mundo sea mejor, es formar comunidad y tomar acciones para que las personas a nuestro alrededor se sientan respaldadas. Quizás a veces no sepamos exactamente como apoyarles, pero si seguimos intentando, seremos mejores cada vez. Como sugiere la serie que sirvió de base para esta entrada, intentemos ser el rayo de sol que alguien necesita con desesperación.

¿Tu te has enfrentado a una situación de desesperanza?

Con la puerta abierta.

Recién me enteré que, de acuerdo al Antiguo Testamento, las personas que padecían lepra en aquellos tiempos; no sólo eran consideradas enfermas físicamente, sino que también se les consideraba inmorales o impuras en sentido religioso. Según entiendo, esto se debía a que al ser la lepra una enfermedad tan terrible, se consideraba que la persona afecta o su familia debían haber cometido una acción atroz para recibir tal castigo. Así pues, a las leprosas se les excluía de la vida de la comunidad en todos los sentidos.

Considero que este es un caso en que se usó apropiadamente a la religión como método de control, pues aún sin ser un castigo divino, la lepra es una enfermedad bastante agresiva, que aún en nuestros días provoca daños graves a quienes la padecen sin tratamiento; por lo que suena razonable que los líderes de aquél entonces quisieran evitar su propagación mediante el aislamiento de los afectados. Sin embargo, dejando un poco de lado el contexto histórico, me parece que esta situación sirve como ejemplo de una triste realidad. Muchas veces, por atenernos a preceptos o dogmas, alejamos de la comunidad a las personas que más necesitan de ella.

Por ejemplo, en el camino hacia el “burn out”, las personas que terminan colapsando tienden a retirarse progresivamente de sus grupos de amistades o familiares, pues consideran que son una pérdida de tiempo. En respuesta, muchas veces la familia y amistades también dejan de invitar o incluir a esa persona en sus planes; pues siempre reciben una negativa de su parte. Y entones, cuando el colapso ocurre, es aún más difícil para ambas partes encontrarse para dar/recibir apoyo, pues de alguna forma cada una mostró que la otra no valía el esfuerzo.

Otro caso similar es el de las personas que salen de la cárcel luego de haber cumplido su sentencia, y buscan reintegrarse a la sociedad. Si bien no digo que no haya que tomar precauciones, la mayoría de las veces estas personas se encuentran con un ambiente completamente hostil; en el que se les niega cualquier oportunidad de recuperarse. Ante un panorama de tal naturaleza, las personas vuelven a delinquir, lo que de alguna manera refuerza nuestro paradigma contra los ex convictos; sin darnos cuenta que nuestra falta de compasión como sociedad es la causa de esta situación. Lo que es más, fue esta misma ausencia de solidaridad lo que empujó a estas personas a corromperse; pues en una sociedad en la que las personas se preocupan unas por otras, no llegaríamos a instancias donde la gente tiene que robar para subsistir.

En los ejemplos mencionados, se da una situación de exclusión hacia una persona o hacia un grupo de personas que comparten ciertas características. Pero existen también casos en que la exclusión la cometemos contra nosotras mismas. Por ejemplo, una persona que considere que ha cometido una falta contra las costumbres o valores de su grupo social; se podría considerar ahora indigna del mismo, por lo que se aleja para “purgar” su condena; a veces con consecuencias fatales.

¿Qué hubiera sucedido si, en lugar de esperar ser recibida con juicios y reclamos, a la persona se hubiera ensañado que sería recibida con amor y compresión? Lo más seguro es que, en caso de haber cometido una falta, se hubiera acercado con su grupo, sí para pedir perdón y reparar la falla; pero además para buscar la causa de ese comportamiento y corregirlo. O bien, si no se hubiera cometido una falta, pero factores externos hubieran hecho sentir a la persona como no valiosa; habría encontrado en su grupo el apoyo que requería para volver a encontrarse y amarse.

En mi entrada pasada comenté lo importante que es formar y cuidar nuestras redes de apoyo, tanto para momentos difíciles como prósperos. En esta ocasión, me gustaría recordarnos que todas somos parte de la red de apoyo de alguien, seamos o no consciente de ello. Por tanto, procuremos siempre que nuestra compasión y empatía sean mucho más grandes que nuestros prejuicios y dogmas; y busquemos que nuestras opiniones pasen siempre por esos dos primeros filtros. Nunca sabemos cómo lo que digamos o hagamos pueda afectar a otras personas, así que procuremos que nuestras palabras y acciones siempre inciten a las personas a acercase, sabiendo que nuestra puerta estará abierta para ellas.

¿Tú tienes tu puerta abierta?

Entregando empatía.

Hace poco hice una compra personal en línea, con un emprendimiento nacional. Todo iba muy bien, me embarcaron el pedido en los días acordados, y era solo cuestión de esperar a que la paquetería me lo trajera a mi casa. Lamentablemente, aquí fue donde hubo contratiempos.

Durante varios días la paquetería no mostraba avances con mi pedido. Como es una mensajería con poca presencia en mi ciudad, supuse se debía a eso; además de que la temporada alta se adelantó bastante este año y por ende había retrasos de todo tipo. Cuando vi que la cosa iba más allá de un retraso normal, me contacté con la tienda donde hice mi pedido. Desde el primer momento me atendieron muy bien, levantado los reportes necesarios e incluso mandando un segundo paquete en lo que se resolvía la situación con la paquetería.

Finalmente, todo llegó a buen término, pues yo recibí mi paquete y pudimos resolver el problema con el primer envío. Durante todo ese proceso, la chica que me atendió fue muy amable y eficiente; y varias veces me agradeció por mi paciencia en lo que resolvían la situación. Yo le dije lo que siempre comento: que yo sé lo complicado que llega a ser trabajar con empresas transportistas (de cualquier clase y tamaño), y que muchas veces lo más que puedes hacer es revisar constantemente tus reportes y solicitar apoyo de todas las maneras que puedes.

Pero como dije, yo sé eso porque es parte de mi trabajo; sin embargo, existen muchas personas que ignoran esta situación y piensan que todo puede resolverse con una llamada, y que si las cosas tardan en resolverse, entonces es porque la otra persona no está haciendo su trabajo, o no se está esforzando lo suficiente. Por eso es que luego leemos o escuchamos historias realmente desagradables de gente que maltrata a las personas prestadoras de servicios, y todavía se ufanan de ello. También por eso mismo nos toca enterarnos de lo mal que la pasan las que prestan un servicio, ya sean en negocios propios o como empleadas de terceros; contando como la gente les agrade y menosprecia. Y luego nos sorprendemos de que las personas siempre estén a la defensiva y que no encuentren satisfacción en su trabajo.

Como dije, en este caso particular yo conozco el problema por el que atraviesan las paqueterías en esta temporada; pero el no haber experimentado de primera mano una situación no es impedimento para comprender a la otra persona y ser empática. Además, si lo pensamos detenidamente, las más de las veces existen puntos en común con las personas con quienes estamos interactuando. Todos hemos tenido un primer día en un trabajo nuevo, todos hemos tenido un mal día en el trabajo, en todos los trabajos se han experimentado problemas técnicos más allá de nuestro control, a la mayoría nos han hecho sentir que nuestro esfuerzo es insuficiente, y así un largo etcétera. ¿Verdad que hay muchas más coincidencias de las que pensaste en primera instancia?

Entonces, en esta temporada en que todo el mundo anda más acelerado, y también durante el resto del año; procuremos tener empatía con las personas que nos están atendiendo. Salvo contadas excepciones, todas esas personas están haciendo su mejor esfuerzo por prestar un servicio de calidad; y más en el caso de los emprendimientos en que su subsistencia depende literalmente de que sus clientes queden satisfechos con sus productos y servicios. No nos cuesta nada ser amables, y para la otra persona puede significar una gran diferencia. Además, yo prefiero quedar en la memoria de alguien como una cliente paciente (que no es lo mismo que complaciente), que como una clienta latosa y enojona.

¿A ti cómo te gustaría que te recordarán como cliente?

Diferentes colores, diferentes tonos.

De seguro alguna vez has escuchado la expresión “verde de envidia”, que por supuesto se usa para describir a una persona que siente celos de los logros o capacidades de otra persona. Existen varios posibles orígenes para esta expresión, la más común se refiere a que las personas envidiosas generan más bilis; y el color de esta secreción se nota en la piel.

También hay un posible origen que se basa en un juego de palabras y en la siempre conflictiva vida de las cortes de antaño. Al parecer, Isabel de Farnesio, quien fuera reina de España; usó un vestido color verde endivia (una verdura) durante la ceremonia de sucesión al trono de su hijastro, en la que estaba también presente su nuera Bárbara de Braganza. Esta última no era del agrado de Isabel pues perdería su corona una vez Bárbara ascendiera como reina. Del detalle del color de su vestido, más el juego de palabras de endivia y envidia, surgió la expresión que hoy día nos parece tan normal.

Pero, ¿sabes que otra expresión también es muy usual? “Color verde esperanza”; la cual al parecer surge por el simbolismo de renacimiento que se da en la primavera, que es predominantemente verde. ¿No te parece curioso, que un mismo color pueda asociarse a dos emociones tan distintas, e incluso contrarias? Quiero decir, el arcoíris tiene al menos 7 colores; más aparte la amplia gama de tonalidades que se desprenden de cada uno de ellos.

Para mí, esto es una muestra de lo importante que es el contexto cuando estamos interactuando con otras personas. Y que además, es algo que debe funcionar en doble vía. De la misma manera en que cuando nosotros emitimos un mensaje, tenemos que estar seguros de que la persona receptora entiende el contexto en el cuál lo estamos emitiendo; como receptores nos toca asegurarnos de que comprendemos lo que hay alrededor de dicho mensaje, para poder entenderlo en su totalidad y a partir del mismo emitir una respuesta. Si esto fuera una práctica común, estoy segura de que se podrían evitar muchos malentendidos innecesarios.

El problema radica en que, las más de las veces, no estamos dispuestos a entender que pese a que una situación sea la misma, mi contexto y el contexto de la otra persona puede ser diferente. Por ejemplo, cuando estamos organizando un evento con un grupo, y de repente se nos informa que la comida llegará media hora más tarde de lo acordado; una persona puede tomarlo con calma mientras que otra puede tomarlo como un gran inconveniente. A simple vista, el contexto es el mismo y procedemos a juzgar a ambas personas bajo esa óptica; pero quizás no sabemos que la persona que está más afectada por el suceso es quién se encargó de pedir la comida, por lo que siente mayor responsabilidad respecto al retraso mencionado, sobre todo si la personalidad de esa persona tiende a ser perfeccionista. Con esa nueva información, esperaría que nuestro juicio fuera diferente.

¿Esto implica que tenemos que dar/recibir información adicional en todas las interacciones que tenemos? No realmente, pues por un lado no tenemos que compartir toda nuestra información con todas las personas; además de que por cuestión de tiempos sería casi imposible. Lo que si es que podemos ser más conscientes de que como los contextos, tanto evidentes como no evidentes, pueden ser percibidos diferentes por diferentes personas, y buscar que nuestras interacciones sean más gentiles teniendo eso en cuenta.

Así, cuando una persona te mande un mensaje con la imagen de un corazón verde, no pensarás que te está diciendo que eres una persona con un corazón envidioso; sino que de todo corazón te manda esperanza. Y claro, si tu de vuelta contestas con un corazón blanco, que para muchos es el símbolo de la paz; la otra persona debería recibirlo con igual empatía.

¿Tu con qué asocias los colores?

Empatía ordenada.

Entre los diferentes hechizos que los jugadores de Calabozos y Dragones pueden usar, se encuentra el conocido como “comando”. Este es un hechizo en el que, con una sola palabra, puedes obligar a otra persona a hacer lo que tú quieras, como huir, detenerse o atacar. En general el “comando” se usa para acciones físicas como las que ya he mencionado, pero en el capítulo final de la segunda campaña de Critical Role, el clérigo Caduceus lo utiliza de una manera bastante peculiar, pues su orden va orientada a las emociones de la otra persona. Dicha persona es un mago que le ha causado un gran dolor al clérigo, pero por la misma naturaleza de su adversario, Caduceus no está seguro de que pueda siquiera comprender su dolor; así que le ordena que empatice con él.

Dentro del juego esta estrategia resultó bastante interesante, pero a su vez nos permite examinar este sentimiento desde otra perspectiva. En general, cuando hablamos de la empatía lo hacemos en un enfoque positivo, como cuando pedimos al público que empatice con los sobrevivientes de un accidente y busque apoyarles. En otras palabras, le pedimos a las personas que comprendan como deben sentirse dichas víctimas, evocando emociones como desesperanza y miedo; para luego internalizarlas y actuar de una manera que consideramos nos ayudaría a aliviarlas. De la misma manera, cuando una persona le hace daño a otra, le pedimos que tenga empatía hacia como las propias acciones repercuten en el ánimo del otro; esperando que con esto recapacite, pida disculpas, y finalmente cambie su comportamiento.

Todo lo anterior está muy bien, pero, si como en el juego pudiéramos emplear la empatía como una forma de reprimenda, ¿lo haríamos? Pongamos por caso a un asesino serial, quien no solo causa la muerte de sus víctimas, pero además lo hace de manera tal que las despoja de su dignidad. Según la información disponible, es verdaderamente raro que este tipo de asesinos sienta remordimiento por lo que han hecho; y aunque se les impongan condenas como cadena perpetua o la pena de muerte, la mayoría de las veces sentimos que eso es muy poco castigo comparado con todo el mal y dolor que han causado. Por tanto, ¿qué pasaría si pudiéramos ordenarle que empatizara con sus víctimas?, ¿que por un par de minutos sintiera el dolor y el miedo que causó a sus víctimas? Estoy segura de que eso les afectaría más que los 30 años que pasarán en prisión, viendo como hacen series televisivas sobre su vida; y a la vez esto proporcionaría algún tipo de cierre a las víctimas y/o a sus familias.

Pero, ¿no estaríamos entonces fomentando la venganza? Considero que no, pues usualmente se pide a las víctimas que sean las “personas maduras” de la situación, y otorguen el perdón y suelten sin más. Si bien este es un sentimiento noble que debe ser fomentado por el bienestar de las personas afectadas; también es cierto que este tipo de casos y otros similares se convierten en juegos de poder en el que las víctimas la llevan de perder. Quizás el ver que su perpetrador sintió brevemente lo que ellas tendrán que soportar por el resto de sus vidas, les ayude para quitarle un poco de poder, y usarlo para rehacer sus vidas. Además, según la evidencia, este tipo de agresores son capaces de comentar tales atrocidades precisamente porque carecen de la capacidad para reconocer a las demás personas como similares. El obligarlos a tener esa habilidad y por tanto dimensionar sus acciones desde una perspectiva más humana, podría ayudarles a tratar de reformarse.

En fin, afortunadamente este es solo un caso hipotético; pero creo que es interesante el analizar conceptos tradicionalmente positivos desde una perspectiva diferente, y cuestionarnos de qué seríamos capaces si las condiciones fueran distintas Por lo pronto, sigamos fomentando la empatía como una habilidad humana para crear comunidad, no por el miedo de que algún día puedan usarla en nuestra contra; sino como un deseo genuino de conectar con las demás personas.

¿Qué otras emociones positivas crees que sería interesante analizar desde una perspectiva diferente?