Préstame tus sentimientos.

En días pasados, sin una razón aparente, empecé a ver videos de personas reaccionando a canciones del inigualable Juan Gabriel. Las personas que hacían las reacciones eran bastante variadas, pues ví desde un chico argentino con ciertos conocimientos de música, hasta un hombre de nacionalidad árabe que me parece solo le gusta disfrutar de la buena música.


La primera canción de la que busqué reacción fue la de Amor Eterno, y después pasé a la de Abrázame muy fuerte; esta última interpretada en vivo en el Palacio de Bellas Artes, durante un concierto que se ha calificado como icónico. Aún y cuando no todas las personas que reaccionaron entendían español, y en general en algunos casos no conocían el contexto de la canción; todos tuvieron una reacción emocional muy bonita a las letras e interpretaciones de ambas canciones.


En mi caso, he escuchado ambas canciones en incontables ocasiones, interpretadas tanto por Juan Gabriel como por otros artistas; en parte un poco por instancia de mi abuelita. Sin embargo, no sé si porque ambas canciones las conocí cuando era muy pequeña, con el paso de los años se volvieron canciones que sólo “oía” en lugar de “escucharlas”. Entonces, ahora que las escuché en los videos, no solo presté más atención a las letras, sino que también pude interiorizarlas y empatizar con ellas; pues en estos años ya me ha tocado vivir experiencias como las que ambas describen. Pero más allá de eso; el escuchar los comentarios tan sinceros y llenos de admiración que todas las personas emitieron, me hizo darme cuenta del excelente intérprete que fue Juan Gabriel; alguien que, si bien en mi mente yo sabía que era “bueno”, nunca había dimensionado hasta qué grado.


Creo que esto ejemplifica perfectamente como muchas veces no sabemos apreciar y valorar a personas, experiencias, tradiciones, lugares; por el simple hecho de que son parte de nuestra cotidianidad. Y como en ocasiones se requiere que venga alguien externo a apreciarlas con ojos nuevos, y nos contagie su emoción por descubrirlas para poder apreciarlas verdaderamente.


De ahí entonces la importancia de dos cosas. La primera, el entender que estar abierta a nuevas experiencias no se trata solo de aquellas que vivimos nosotras, sino también a compartir las primeras experiencias de otras personas; y gracias a ellas recordar el entusiasmo que nosotras sentimos la primera vez, o incluso que recién estamos experimentando. Y la segunda, quizás más importante en estos tiempos, es el hecho de nosotras estar dispuestas a facilitar esas primeras experiencias a las personas. Esto implica no sólo “permitir” la entrada de nuevas personas a aquello que nos gusta, sino también el hacerlas sentir cómodas una vez que ya están ahí. Compartir nuestro conocimiento, despejar dudas, ser pacientes mientras aprenden sobre la situación, ayudarlas a evitar errores que nosotras cometimos; y tantas otras acciones que les permitan disfrutar de esas experiencias.


Al menos en mi caso, he descubierto que el ayudar a una persona a disfrutar algo que ya es conocido por mí, me da una sensación en ocasiones más agradable que la que sentí al descubrir esa experiencia. Quizás por eso se dice que las alegrías se multiplican al compartirse.


¿Tú qué quieres compartir hoy?

La misma historia, ¿o no?

Creo que fue en secundaria cuando me tocó leer “Romeo y Julieta” para la clase de Español, y posteriormente hacer un trabajo sobre la obra. A diferencia de otras historias, esa en particular la leí de un tomo de una Enciclopedia que había en mi casa, el cual al principio tenía un prefacio con comentarios sobre dicha obra y otras escritas por Shakespeare. En ese prefacio, se comentaba (palabras más, palabras menos) que todas las heroínas románticas posteriores, se habían basado de una u otra forma en Julieta.

Sinceramente no recuerdo que más comentaba sobre ese respecto, pero en cierta forma era como decir que todas las historias eran variaciones de una misma. Si bien este comentario tiene razón hasta un determinado punto, creo que entonces también debe hacerse la anotación de que una misma historia o tema puede volverse más o menos relevante o interesante, dependiendo de la forma en la que sea contada. Aquí cabría decir que, a diferencia de otras situaciones, la forma tiene más importancia que el fondo.

Por ejemplo, “Fahrenheit 451” y “Un mundo feliz” tratan ambas sobre una realidad distópica en la que las personas han perdido contacto con el arte y consigo mismas, viviendo vidas aceleradas y sin sentido. Podría argumentarse que la obra de Aldous Huxley es más irónica y oscura si cabe, pues en ese mundo ficticio los seres humanos son divididos en clases desde antes de su nacimiento, esto por medio de la manipulación genética; y la segmentación y acondicionamiento sigue durante toda su vida por medio de técnicas bastante cuestionables. El manejo de estos temas hace que sea una novela de reconocerse, tanto así que ocupa el 5º lugar en la lista de Modern Library de las 100 mejores novelas del siglo XX.

Pese a todo lo anterior, he de confesar que cuando estaba tratando de recordar detalles de la trama de esa obra, me quedé en blanco. Tuve que volver a leer las primeras páginas del libro y posteriormente un resumen para recordar más o menos de que iba la historia. Todo lo contrario a “Fahrenheit 451”, pues es un libro del que tengo la historia fresca, aunque lo leí hace aproximadamente 18 años (el de Huxley lo leí hace quizás 10). Puedo decir incluso que las ideas presentadas por Ray Bradbury han hecho eco en varios de mis escritos a lo largo de los años, incluidas entradas de este blog. Además, a diferencia de “Un mundo feliz”, yo si recomiendo puntualmente a “Fahrenheit 451” como un libro que las personas deben leer al menos una vez en la vida.

Así como este hay varios libros que presentan un tema central similar, pero la forma en que es presentado marca la diferencia entre uno y otro. Lo mismo pasa en la vida diaria: la manera en que presentamos las distintas situaciones que vamos atravesando influyen grandemente en la manera en que las vivimos, recordamos y transmitimos. Por ejemplo, una descripción bonita y entusiasta de nuestro parque local puede ser muy agradable de escuchar, mientras que una experiencia aparentemente increíble como conocer el Parque Central de Nueva York puede volverse sosa si la relatamos con desgana. De la misma forma, si una persona vive cualquiera de estas experiencias con intensidad, la misma será mucho más satisfactoria que la vivida por una persona que la vio como algo sin mayor encanto.

De esta forma, procuremos vivir cada una de nuestras historias con entusiasmo, pese a lo trilladas que puedan ser; para que cuando las estemos recordando para nosotras mismas y para los demás, se sientan como una historia fresca y, ahora si, feliz.

¿Tu qué historia has vivido con intensidad?

Experiencias especiales.

¿Nunca les ha pasado que están haciendo algo, y ni así se creen que lo están haciendo? Quizás sea algo que nunca estuvo en tus planes, o quizás es algo que llevas planeando o deseando durante mucho tiempo; pero te parecía inconcebible que algún día podrías llevarlo a cabo. Y de repente, ahí estás, logrando algo que tu yo de tiempo atrás hubiera creído imposible.

Creo sinceramente que ese es uno de los mejores sentimientos del mundo, cuando ves como todas tus decisiones (buenas y malas), todo tu esfuerzo, se conjugan para que puedas vivir una experiencia increíble. En estos últimos días he tenido varias de esas experiencias, tanto grandes como pequeñas, algunas planeadas y otras digamos “espontaneas”; pero todas me han dado felicidad y alegría, así como revitalizar mi entusiasmo por ver qué otras experiencias asombrosas me esperan más adelante. Me parece que esto es de lo más importante, pues muchas veces sentimos que nuestras acciones diarias no tienen un impacto o trascendencia, sino que simplemente pasamos de un día a otro. Sin embargo, lo que hacemos a diario es justamente lo que nos llevará a lograr lo que deseamos, o bien a tener oportunidades que no habíamos considerado pero que igualmente nos darán bienestar.

Con esto no quiero caer en el trillado e irreal concepto de que basta con “echarle ganas” para lograr lo que queremos; pues ciertamente existen situaciones de tipo macro que necesitan darse para que se obtengan ciertos beneficios, como un trabajo o vivienda dignos. Pero, al mismo tiempo, considero que si día a día ponemos empeño en ser un poco mejores cada vez, y a la vez procuramos crear/escoger un ambiente en el que esa mejora sea reconocida, entonces podremos disfrutar de las experiencias que menciono. Claro, no siempre tendremos el resultado esperado, pues la vida tiene esa cualidad de entrometerse en nuestros planes; pero como ya dije también eso da pie a que vivamos situaciones increíbles que no habíamos considerado. Además, el solo hecho de saber que lo que estamos haciendo sí sirve de algo, es invaluable.

Más de una vez se ha dicho que padecimientos como el burnout y la depresión se pueden combatir mejor si se tiene una expectativa del futuro. Ni siquiera tiene que ser algo grande, simplemente una curiosidad de ver qué nos espera a la vuelta de la esquina, en el siguiente capítulo. Así que sigamos trabajando por esas experiencias especiales, planeadas o no.

 ¿Cuáles experiencias increíbles has vivido?