No, realmente no quiero. No quiero dedicar una hora a explicarle a un compañero de trabajo porqué el término que está usando es misógino. Pero tengo que hacerlo. No quiero ver los monumentos de mi ciudad con consignas de grupos feministas, porque la autoridad no les ha dejado más alternativas para hacerse escuchar. Pero tengo que hacerlo. No quiero revisar las cifras de feminicidios del año pasado. Pero tengo que hacerlo. No quiero desconfiar del chico que me compra una bebida en un bar. Pero tengo que hacerlo. No quiero tener que tolerar a otro hombre siendo “abogado del diablo” cuando hablamos de feminismo, porque es la única manera en que acepta hablar de tema. Pero tengo que hacerlo. No quiero tener que rebatir otra noticia en la que se re victimiza a una mujer que fue violada. Pero tengo que hacerlo. No quiero tener que explicar porque los actos de desobediencia civil son necesarios. Pero tengo que hacerlo. No quiero tener que explicar que un “piropo” es en realidad un acoso. Pero tengo que hacerlo. No quiero que tengamos que seguir luchando por derechos y oportunidades que jamás debieron estar vedados. Pero tengo que hacerlo. No quiero decepcionarme este 8 de marzo, al ver que seguimos prácticamente en el mismo lugar que el año pasado, y que en algunos casos estamos peor. Pero parece que tendré que hacerlo.
Hace poco tuve la oportunidad de ver la pieza Lanzadas de Tania Candiani (foto adjunta), la cual consiste en una serie de escobas suspendidas, cuyas puntas ha sido afiladas. Mi primera impresión de la obra, antes de leer el nombre de la pieza y su descripción, fue que parecía que las escobas se habían convertido en lápices; esto por su punta afilada. Así que mi interpretación de la pieza fue cómo la educación permite que las mujeres puedan aspirar a muchas cosas que sólo el ámbito doméstico.
Sin embargo, la autora tenía algo muy diferente en mente. Para ella las escobas se habían convertido en lanzas, y de hecho las había colocado de tal forma que estuviera en una posición de defensa. La pieza forma parte de la serie Protección Familiar, en la que la artista se enfoca justamente en la violencia que sufren las mujeres al interior del hogar, y consecuentemente como estas se defienden.
Luego de leer la descripción de la obra, no pude menos que reflexionar como nuestra posición de privilegio muchas veces nos impide ver, al menos de primera instancia, otras realidades. Yo nunca he tenido que luchar por mi vida o por mi seguridad, ni por la de mi familia o gente querida. Mis derechos jamás han sido violentados, al menos no de manera directa o personal, por mi condición de mujer. Cuando he tenido que enfrentarme a alguna injusticia, mi “contraataque” siempre ha sido diplomático, buscando el diálogo. Y lo más importante, para mí mi hogar siempre ha sido un lugar seguro en el que puedo estar en paz.
Pero para muchas mujeres su casa es, como menciona Candiani, un campo de batalla. Y su colonia, su ciudad, su escuela, su estado; también lo son. La mayoría de ellas aguantan en silencio, siguiendo esa educación de abnegación que aún es constante en nuestro país. Pero para algunas la situación se vuelve insostenible, y se defienden de la única manera que puedan: por la fuerza. Y digo de la única manera que puedan porque ni su pareja, ni su familia ni la sociedad les hemos brindado otra opción; por el contrario, muchas personas se empeñan en ponerles trabas para que puedan acceder a otras formas de protección legal. E incluso una amplia parte de la sociedad se escandaliza cuando escucha las historias en las que respondieron con “violencia” ante las vejaciones de las que son objeto.
Yo conozco a algunas mujeres que lo han hecho, que han “tomado las armas” para defenderse a ellas mismas y a su familia. También trato de educarme en temas de violencia familiar y de género, para poder reconocerla y apoyar a las mujeres que veo que la sufren. Así mismo, exijo que el gobierno y la sociedad tomen acciones para evitar que sigan dándose casos de mujeres maltratadas. Y aún así, mis primeras impresiones sobre muchas situaciones son erróneas, como en el caso de la obra Lanzadas; porque afortunadamente es algo tan alejado de mi vida personal, que solo cuando lo analizo conscientemente es cuando lo veo.
Ahora imagínate como serán las experiencias de aquellas personas que no se molestan en ver otra realidad más que la propia, que siguen creyendo que las exigencias y acciones de las mujeres y colectivos feministas están “fuera de lugar” o que “no son formas”. Para esas personas la fuerza de esas exigencias es desmesurada, porque no pueden ver que surgen justamente de una violencia desmedida. Por eso es que obras como las de Tania Candiani son tan importantes, porque presentan esa otra cara de la sociedad que mucha gente no ve, o se niega a ver.
Pero más allá de las representaciones artísticas y su poder, creo que no habrá un verdadero entendimiento hasta que las personas estemos dispuestas a escuchar y convivir con personas que viven de forma diferente a la nuestra. Hasta que escuchemos sus historias y veamos como bien podrían ser las nuestras, es que podremos tomar las acciones necesarias para poder corregir la violencia de la que tantas mujeres son objeto. Espero y me ocuparé de que ese momento llegue pronto.