Un altar propio.

Martha Graham, una reconocida bailarina y coreógrafa que incluso creo su propio estilo de danza; dijo alguna vez que una bailarina experimenta dos muertes, y que la primera de ellas se da cuando ya no le es posible bailar. Esta frase puede ser abordada desde la perspectiva física, que invariablemente afecta a todos, pero en un caso más apremiante a los artistas y deportistas; o también desde una perspectiva emocional y psicológica. En este sentido, la cita de Graham se puede referir a cómo una artista muere cuando la pasión que les permitía crear su arte, desaparece.

Si bien para un artista esta primera muerte es mucho más dramática, quizás porque hasta cierto punto puede ser vista por más personas; pienso que esto es algo que puede sucederle a cualquier persona, independientemente de su actividad profesional. Existen muchos casos de personas que en algún punto pierden ese entusiasmo que las hacía levantarse por las mañanas y dedicar su tiempo y energía a una actividad particular. Si bien esta es una situación personal, la más de las veces tiene su origen (al igual que con los artistas) en una realidad y expectativa externa.

Ejemplo de esto son las historias recientes de varios maestros y maestras que han decidido dejar su profesión, porque diariamente usaban su energía para “pelear” contra un sistema (que incluye a los padres de familia) que no les permite ejercer su vocación. Además, en el contexto actual en el que la educación se trata no precisamente de enseñar, sino de alcanzar un cierto número (tanto porcentaje de alumnos graduados, tanto porcentaje de alumnas con un desempeño sobresaliente en los exámenes estandarizados, etc.), es comprensible que varios docentes vean su labor como algo trivial, en lugar de una tarea que efectivamente sirva para mejorar la vida de las personas y las comunidades. Ante estas circunstancias, ciertamente es difícil mantener la pasión que los motivó a ser docentes.

Entonces, si perdemos este entusiasmo, eso que en el contexto japonés se conoce como nuestro ikigai, ¿estamos acabados? Me gusta pensar que no necesariamente, que existen algunas formas en que podemos regresar de la muerte. Es decir, existen varios casos de escritoras o pintores o cantantes que sufren un bloqueo creativo, a veces por un período largo de tiempo; y aun así encuentran una forma de volver. No es un camino fácil, implica un trabajo interno intenso; y es muy posible que el resultado de ese esfuerzo no nos devuelva al mismo lugar del que caímos. Por ejemplo, si una compositora decide volver a su esencia y hacer música que le guste, aunque no sea precisamente lo que el mercado demanda en ese momento; es poco probable que alcance el reconocimiento que tenía cuando se dedicaba a componer música que complacía a otros en lugar de a sí misma. Sin embargo, si su pasión es realmente la música, entonces su vida será plena.

Ahora bien, también puede darse el caso en que podremos no volver a encontrar esa pasión que nos permitía escribir, o pintar, o enseñar, o diseñar casas; y entonces sí efectivamente una parte de nosotras habrá muerto ese día. Será doloroso claro, e implicará también un gran trabajo interno encontrar una nueva razón para levantarnos y seguir disfrutando nuestra vida y contribuyendo a nuestra comunidad. Quién sabe, quizás si tenemos un poco de suerte encontremos una pasión que sea incluso más poderosa que la anterior, o que nos llene de mayores satisfacciones. Pero eso no eliminará el dolor que sentimos por aquella otra pasión, por aquella otra versión de nosotras mismas, que alguna vez tuvimos.

Ahora que la celebración en el centro y sur de México del Día de Muertos está tan cercana, y que esto también da oportunidad da conocer como otras culturas recuerdan y conmemoran a sus difuntos, sería un buen momento para recordar y honrar a esas versiones de nosotras mismas que ya no están más. Recordemos las alegrías que vivimos cuando una motivación diferente nos guiaba, reflexionemos sobre las enseñanzas aprendidas, sintámonos orgullosas de los obstáculos que en su momento superamos, y compartamos todo esto para que pueda servir de inspiración o apoyo a otras personas que están pasando por una situación similar. Y luego de esto, sigamos adelante con la versión apasionada que somos hoy en día.

 ¿Tú has tenido diferentes pasiones?

Vivir más.

En días recientes comencé a ver una serie que habla sobre las así llamadas zonas azules. Dichas zonas, nombradas así por Gianni Pes and Michel Poulain; son zonas geográficas en donde sus habitantes tienden a vivir más que el promedio, contando con varias personas que sobrepasan los 100 años de edad. De las cinco zonas azules, hasta ahora el presentador del documental ha visitado tres; y en cada una de ellas ha identificado factores que podrían contribuir a la longevidad de su población.

Algunos factores son, se podría decir, evidentes; como son el tener una dieta balanceada y variada, así como realizar actividad física de manera rutinaria. Punto importante: dicha actividad física no debe confundirse con tener una membresía en un gimnasio y hacer una rutina extenuante, sino más bien en cosas rutinarias como tomar un paseo, atender un jardín, quizás algunos ejercicios de baja intensidad, entre otros. Sin embargo, otros factores de tipo social han surgido también, siendo los principales el tener un sentido de valía personal (tanto para mí como para la comunidad), y además contar con una red social de apoyo. Este último punto no se refiere sólo a dar apoyo a las personas mayores con actividades que por su propia edad ya no les son fáciles de realizar; sino también redes en las que puedan seguir realizando actividades recreativas y estimulantes. Además, dichas redes también se perciben como una forma de promover que las personas sigan teniendo hábitos saludables; pues estas son parte esencial de la identidad del grupo.

Mientras veía la serie, y reflexionando sobre los factores que contribuyen a la longevidad, llegué a la siguiente conclusión. La gente que vive más, es la que tiene tiempo para vivir. Una persona trabajadora promedio, que está apresurada desde temprano para poder llevar a los niños a la escuela, llegar al trabajo, cumplir con su jornada laboral, tener una casa limpia y cumplir con otras variadas obligaciones; difícilmente podrá encontrar el tiempo para tomar un paseo por el parque, o aprender/practicar alguna actividad recreativa. De igual forma, será muy poco probable que esa persona pueda dedicar tiempo a preparar una comida sustanciosa y nutritiva; y por supuesto sería impensable considerar que tendrá el tiempo necesario para cultivar un pequeño jardín.

Malamente pensamos que esas son actividades propias de las personas “retiradas”; y por tanto pensamos que podremos realizarlas cuando lleguemos a cierta edad. Pero cuando finalmente tenemos esa edad, como no cuidamos nuestra salud, nos encontramos sin fuerzas para poder dedicarnos a esas tan anheladas actividades. Si a esto sumamos la precaria situación de los sistemas de pensiones y salud de varios países, la cosa se vuelve aún más compleja: las personas simplemente no pueden retirarse, y por tanto debe encontrar algún trabajo que les permita sobrevivir.

Ante un panorama tal, imagino que nuestros cuerpos y nuestras mentes han de decir “¿de verdad queremos más años de esto?” Dudo que la respuesta sea afirmativa. Pero entonces, dirán ustedes, ¿cómo es que la esperanza de vida es más alta que hace algunos años? La respuesta en parte es porque ahora tenemos la capacidad de curar varias enfermedades que anteriormente acababan con la vida de las personas a una temprana edad. No hace mucho en México aún había campañas intensas para prevenir la deshidratación en niños con enfermedades diarreicas.

 Además, considero que es importante diferenciar la posibilidad de vivir más años, y el realmente querer hacerlo. Ciertamente la mayoría de las personas tenemos miedo a la muerte, pero al menos en mi caso eso no implica que quiera vivir hasta una edad muy avanzada. Por otro lado, muchas veces a lo que realmente le teme la gente es a envejecer y la notable caída en la salud física, mental y emocional de las personas mayores; por los factores que ya he comentado. Por eso es que también existen mil y un productos para “frenar el envejecimiento”, lo cual por supuesto es imposible.

Por lo que he podido ver hasta ahora de las personas que viven en las zonas azules, ninguna de estas situaciones es cierta. No digo que esas personas no tengan miedo al futuro y a la incertidumbre, ni tampoco que no tengan problemas, pero su vida no se centra en ello. De la misma manera, no se levantan pensando si irán a llegar o no a los 100 años de edad. Ellas simplemente siguen viviendo su vida, y lo que es más disfrutándola. Viven en el presente, una idea acuñada por culturas milenarias y que ahora está de vuelta con prácticas como el mindfulness.

Quizás ese sea el meollo del asunto. La sociedad actual está tan obsesionada con vivir más años porque se ha creado una realidad en la que no puede disfrutar del presente y de las cosas importantes de la vida; y piensa erróneamente que podría hacerlo si tuviera más tiempo. Lo que hemos olvidado es que el tiempo está ahí, y seguirá estando ahí; ya sea que lo apreciemos o no.

¿Tu vives lo suficiente?