Se dice que Roma es la ciudad eterna; y si has tenido la oportunidad de caminar por sus calles tendrás que admitir que esa frase tiene mucho de cierto. Pasar por las grandes obras de la antigüedad, como el Coliseo, o por las obras del barroco como La Fuente de Trevi, o comprobar como varios de estos monumentos muestran las marcas de las incontables guerras que ha sufrido la ciudad; te hacen creer que realmente la historia de Roma y las personas que la erigieron están grabadas de forma indeleble en la memoria de la humanidad. Al final y al cabo, la inmortalidad es justamente eso, ¿no? Hacer algo verdaderamente grande para que la mayor cantidad de gente te recuerde por el mayor tiempo posible.
Pero, sabes, para mi también existe otro tipo de inmortalidad, más modesta si se quiere. Por ejemplo, esta semana reacomodé algunos libros en la casa, y encontré dos que le regalamos a mi abuela hace ya algún tiempo. El autor de ambos es Armando Fuentes Aguirre, conocido como “Catón”, un periodista y escritor cuyas columnas mi abuela y yo solíamos leer en el periódico. Algunas de las entradas de dichos libros las habíamos leído (algunas quizás más de una vez) en las columnas que menciono, así que los libros nos dieron oportunidad de comentarlas de nuevo. Ahora que mi abuela ha fallecido, y que vuelvo yo a leer estos libros; recuerdo las conversaciones que tuvimos sobre ellas, y sobre otras muchas que leímos en a lo largo de los años. De esta forma, estos libros de “Catón” son un medio no sólo para preservar la memoria del escritor, compartida por muchos; sino también la memoria de mi abuela, compartida por un número más reducido de personas.
Esa memoria se mantiene no solo con la lectura de los pasajes de cada libro, sino también con el sentir de las páginas. Mi abuela solía contarme sobre una señora, conocida de ella cuando joven, que tenía una hija en Estados Unidos que le mandaba paquetes con ropa y otras cosas. Cuando los recibía, la señora tocaba y frotaba constantemente las cajas, las cintas y los lazos con las que venían amarrados; pues su hija los había tocado y ella quería sentir las manos de su hija. Hoy, cuando hojeo los libros, yo recuerdo ese recuerdo de mi abuela, y de esa forma evito también que la memoria de esa señora (de la que no sé ni el nombre ni ningún otro dato) se pierda.
Quizás al leer esto puedas pensar que esto no tiene nada que ver con la inmortalidad, que son solo recuerdos personales o familiares; y que desaparecerán cuando yo ya no esté para recordarlos. En ese sentido puede que tengas razón, la inmortalidad de la que hablo parece tener fecha de caducidad; y por tanto ya no podría llamarse tal. Pero entre tanto, como aún no ha terminado, no puede asegurarse tampoco que desaparecerá. Al fin y al cabo, muchos de los grandes tesoros de Roma estuvieron escondidos u olvidados durante mucho tiempo, y no dudo que aún haya muchos otros por redescubrir. Entonces, puede que mi modesta propuesta de eternidad corra con suerte, y este blog sea leído por alguna persona en el futuro lejano; y así me ayude a que el recuerdo del recuerdo no se pierda.
¿Cuál es tu propuesta de eternidad?