Ayer leí un artículo (dejo la liga más abajo), en el que comentaban que, según investigaciones recientes, la mayoría de los y las millenials de América Latina no están buscando una revolución; sino una reforma. Al pertenecer a la generación en cuestión, debo decir que este resultado no me sorprende en lo más mínimo. Por un lado, creo que nuestra generación es más consciente del enorme costo que las revoluciones tienen en todos los aspectos, siendo el más crudo el social. Por el otro, y quizás este sea el más importante, nos hemos dado cuenta que los resultados de dichas revoluciones no son, ni de lejos, los que esperaban las personas que sufrieron y murieron por las causas originales de dichos movimientos.
Ante la innegable realidad de estos resultados imperfectos, queda ver cuál será el camino que tomaremos como generación. Andrea Moncada, autora del artículo en mención, señala que la fe en la democracia está disminuyendo, y que un porcentaje importante de personas de nuestra generación no ven una diferencia sustancial, en el esquema macro, entre un gobierno democrático y uno autoritario. Si bien una buena parte de la generación de políticos y ciudadanos millenials está dispuesta a intentar mejorar el sistema desde adentro; la realidad es que enfrenta obstáculos inmensos para conseguirlo.
En este sentido, y aunque me pese decirlo, no creo que esta generación pueda tener un porcentaje alto de éxito. Aunque suene trillado, el mundo que nos ha tocado vivir es cada vez más complejo, con problemas que rebasan por mucho la capacidad de solución de una sola persona o un solo país. Además, según la última evidencia, ese nivel de complejidad y de ambigüedad no hará más que incrementarse. ¿Qué nos queda, entonces? ¿Aceptar el status quo sin más? ¿O sucumbir a la ilusión del autoritarismo, solo para que está decisión nos golpe en la cara más delante?
Considero que la única forma de evitar cualquiera de esos escenarios es, precisamente, aceptar que no vamos a tener un gran éxito. Con esto quiero decir que debemos seguir intentando cambiar el sistema, promoviendo agendas que se ocupen verdaderamente de los temas que son importantes para nuestra generación y las siguientes, como son la equidad y la inclusión; pero sin hacernos grandes añoranzas al respecto. Sobre todo, creo que debemos aceptar que, en ese proceso, queramos o no, tendremos que hacer concesiones, y que no terminaremos este camino tan limpios como lo iniciamos.
Lo importante es que busquemos que esas concesiones sean las mínimas, y sobre todo que, a diferencia de los movimientos del pasado, no sacrifiquen solamente a las clases más desprotegidas. Será una labor titánica lograr que las clases altas estén dispuestas a ceder un poco de su privilegio en aras de un mejor futuro para todas las personas; pero creo que el hecho de que estén más conscientes de que no hacerlo implicaría perder, tarde o temprano, todo su privilegio, nos haga la tarea un poco menos monumental.
Igualmente, aunque lamentablemente el andar este camino de mejora nos obligue a formar alianzas y tomar decisiones no tan encomiables; mientras nuestra esencia no sea comprometida, estaremos bien. En este punto, creo que la literatura nos ha ayudado a allanar un poco el camino. Por ejemplo, nadie podrá decir que Katniss Everdeen encaja en el modelo de heroína de cuento, y más de una de sus decisiones es bastante cuestionable. Pero al final de la historia, un solo acto nos reafirma que ella sigue fiel a su misión inicial, y por tanto su lucha ha valido la pena.
Entonces, nuestra generación debe procurar que al final del camino, cuando nos toque entregar la estafeta, seamos capaces de ver a los ojos a las personas a las que se la estamos entregando. Nuestros resultados serán imperfectos, igual que los de generaciones anteriores, y sin duda la historia nos juzgará aún más estrictamente que a estas; pero si jugamos bien nuestras cartas, podremos decir que tuvimos una mejor ejecución y que los resultados de estas acciones serán terreno fértil para que la siguiente generación logre aún más cosas. Al fin y al cabo, como dice la máxima, Roma no se construyó en un día, pero ardió en uno.
¿Tú cómo estás mejorando la ejecución de nuestra generación?