Libérate.

Libérate.


Acalla a ese asistente que quiere “ayudarte” a pensar, pero que terminará haciéndolo por ti.


Silencia a ese teléfono que dice mantenerte conectada, pero que no te deja estar contigo misma.


Encierra a esa computadora que te seduce para que sigas produciendo, aunque no sepas bien qué o para qué.


Finaliza con las plataformas que ofrecen contarte millones de historias, pero que obstaculizan que escribas la tuya propia.


Termina con las aplicaciones que te muestran vidas a través de cristales rosas, y que te hacen creer que la tuya es gris.


Arráncate ese reloj que no para de decirte que comiste mal, que respiraste mal, que dormiste mal, que viviste mal.


Libérate de estas y otras tantas cosas que en un inicio creamos para hacernos la vida más fácil, más disfrutable, más sencilla; y que ahora nos atosigan con su constante exigencia de atención y actualización.


Quizás esa liberación no sea posible en el largo plazo, ni de todo a la vez. Pero si puedes lograrlo por un día, o incluso por una hora, habrás recobrado algo, para ti y los demás, de un valor incalculable.


¿Tu cómo quieres liberarte hoy?

Independizate.

Independízate del miedo a ser considerada una carga.

Independízate del miedo a pedir ayuda.

Independízate del miedo a recibir ayuda.

Independízate del miedo de proponer que vayan por un café saliendo del trabajo.

Independízate del miedo de compartir tus emociones.

Independízate del miedo a ir a esa fiesta.

Independízate del miedo a recibir el cariño de las personas que te rodean.

Independízate del miedo a presentarte a ti misma.

Independízate del miedo a dejar que te cuiden.

Independízate del miedo.

Porque ser independiente, no implica que tengas que estar sola.

¿Tú de qué quieres independizarte?

Cuando las cosas no salen.

De seguro les ha pasado que ustedes hacen todo un plan de qué van a hacer en su fin de semana, o en su día libre; lo han estado planeando un tiempo y tienen todo preparado. Pero entonces, algo pasa, un inconveniente que impide que puedas seguir el plan que tenías. Y de ahí parece un efecto en cadena: más cosas imprevistas suceden, y simplemente terminas perdiendo el paso y no puedes hacer lo que tenías en mente.

O quizás puedas completar algunas cosas, pero como todo era parte de un plan más largo, lo dejas a la mitad; y por tanto no puedes disfrutar lo que has logrado. Lo que es aún peor, sabes que los días siguientes tendrás cosas por hacer relacionadas con el trabajo y otros compromisos sociales, por lo que tu plan se quedará a la mitad por un tiempo. Así que sientes, de alguna manera, que tu fin de semana (y tu día libre) fue un desperdicio.

Si ya tienes un tiempo sintiéndote así, o te ha pasado suficientes veces; es muy probable que en cuanto suceda el primero en una nueva cadena de inconvenientes, te frustres. Algunas personas lo expresamos con lágrimas, otras con enojo, otras con comentarios sarcásticos, y otras variadas reacciones. Para quienes te rodean, podrá parecer un poco exagerado; y si tienen buenos sentimientos hacia ti te dirán que no pasa nada, que reestructures la situación y demás.

Pero, ¿sabes? A veces no necesitas reestructurar, o ver las áreas de oportunidad o lo que sea. A veces, simplemente necesitas aceptar que tienes ese sentimiento de frustración, y sacarlo. No es un sentimiento agradable claro, pero tratar de ocultarlo bajo una capa de positivismo mal encauzado es peor; pues a la larga terminará siendo tan grande que ya no podrás con él, y cuando salga será aún más desagradable.

Con esto no quiero decir que siempre te dejes ganar por la frustración y la aceptes como algo permanente en tu vida. Ninguna emoción, ni siquiera las así llamadas “buenas”, es posible ni recomendable mantenerla indefinidamente. Nuestros días son diversos, y por tanto las emociones que sentimos también. Como dice el Armando Fuentes Aguirre sobre la tristeza: cuando llega de visita a su casa, la acepta; no con el mismo semblante con el que recibe a otras emociones, pero sabe que es una visita necesaria y temporal.

Así mismo con la frustración, a veces solo necesitamos decir que hemos tenido suficiente; porque hay días que así se sienten. Dejemos que esa emoción fluya por nuestro cuerpo y nuestra mente, sin la necesidad imperiosa de encontrarle un lado positivo o de crecimiento. Ya habrá tiempo para ello, para aprender lecciones y filosofar sobre lo acontecido; pero por ahora, por favor, solo déjenme desahogarme.

¿A ti qué te frustra?