Derechos y obligaciones, una repartición pendiente.

El tema de los derechos de las mujeres siempre genera diversas controversias, entre ellas el de sí realmente ha habido un avance sustancial en el mismo. Personalmente creo que sí ha habido tal avance, quizás no en las proporciones que nos gustaría, pero creo que ya se está gestando un avance de fondo más que de forma. Sin embargo, considero también que, en este camino, la mujer ha ganado más obligaciones que derechos.

Con esto quiero decir que, por ejemplo, ahora que la mayoría de las mujeres somos libres de tener un empleo formal, tenemos la responsabilidad de cumplir en ese campo:  ponernos la camiseta del lugar donde trabajamos, hacer sacrificios personales en pro de avanzar laboralmente, seguir preparándonos y capacitándonos, etc. Lo cual, por supuesto no está mal, al final del día cada derecho trae una obligación; el problema es que el ganar estas nuevas dualidades, no ha significado una mejor distribución de las responsabilidades que ya teníamos. En la mayoría de los casos, se sigue considerando que es obligación de la mujer atender las necesidades domésticas y de crianza de la familia, y se espera que las cumpla con honores; a la vez que se espera o se le demanda que demuestre su valía como trabajadora. Todo esto como el mínimo indispensable a cumplir.

No pretendo insinuar entonces que la liberación laboral femenina haya sido un error o un fracaso, pero en ocasiones pareciera que así quisieran hacerlo sentir. Porque la verdad es que muchas mujeres, ante la presión imposible de ser perfectas en ambos ámbitos, han terminando con problemas de salud de consideración (física, mental y emocional); o bien que muy a su pesar han tenido que dejar de lado o de plano negar alguna de estas esferas de su vida. Y lo peor es que sin importar cuál de ellas escojan, siempre serán criticadas; quizás un poco más por elegir una carrera sobre una familia, pero al final siempre queda este sin sabor de no dar el ancho.

Como este, existen otros casos en que la obtención de derechos no ha implicado para la mujer una mejor distribución de obligaciones, nuevas y pasadas. El problema central está en que muchos de estos cambios no implicado un cambio estructural, ni en las instituciones formales ni en la opinión pública. Repito, considero que a últimas fechas esto ha ido mejorando; en parte porque las personas tomadoras de decisiones cuentan ya con una base más estable sobre la consolidar estos cambios de paradigma; pero ciertamente falta mucho por hacer.

Para bien o para mal, ese trabajo pendiente seguirá recayendo en buena parte en nosotras mismas como mujeres; empezando con ser conscientes de estas realidades y exigiendo que cambien, en lugar de seguir aguantando para demostrar que si podemos. Porque claro que se puede con eso y más, pero el costo que hay pagar por esa inalcanzable perfección, tanto en lo individual como en lo colectivo, considero, es demasiado alto.

¿En qué otros ámbitos crees que hace falta una redistribución de las obligaciones?

Ojalá te toque una mujer.

Quizás les ha pasado que, al estar haciendo fila para un trámite como el pasaporte o la licencia, mentalmente cuentas a la gente que está delante de ti; y calculas en cuál ventanilla te va a tocar. Claro, esto es solo una aproximación, una especie de juego para pasar el rato. Lo curioso es que, en más de una ocasión en que me he encontrado en una situación similar, siempre hay alguien que dice “mientras no me toque con la mujer, todo está bien”.

Esta frase la he escuchado decir tanto a hombres como a mujeres, de todos los estratos y niveles de educación. ¿Porqué esa aversión a que sea una mujer la que nos asista con un trámite? La opinión general es que en ese tipo de casos las mujeres son más “duras”, en el sentido de que te revisan todo con detalle, te pregunta más cosas, y tienden a rechazar tu solicitud por las cosas más simples. Incluso hay personas que llegan más allá y dicen incluso que estas mujeres tienen cara de enojo/presunción permanente.

No cuento con ningún tipo de dato duro para comprobar o refutar que las mujeres rechazan más trámites que los hombres; pero si creo poder decir que el motivo por el que como mujeres tendemos a ser más estrictas con nuestro trabajo es simplemente porque tenemos que demostrar que somos capaces de hacerlo bien. Es esa famosa doble moral con la que se mide a las mujeres, y que mucha gente se resiste a admitir que existe. Volviendo al ejemplo de los trámites, si un hombre te deja continuar con el mismo pese a que te falte un documento, se considera que es una persona amable y comprensiva; pero si es una mujer, decimos que es blanda, e incluso sus superiores podrían decir que no conoce el proceso o que no le importa su trabajo.

Es por eso que también tendemos a quedarnos más horas en el trabajo, o a contestar llamadas y mensajes en nuestro tiempo libre; porque de no hacerlo se nos tacha de poco comprometidas. Y así vamos por nuestra vida laboral, haciendo más de lo que nos corresponde, como preparando no solo nuestros reportes para las reuniones; sino también el café para las mismas. Sé lo que estás pensando, porque yo pienso lo mismo: que el hacer más de lo que te corresponde es de hecho una cualidad y una forma de impulsar el crecimiento personal y organizacional. Lo cual está muy bien, siempre y cuando ese esfuerzo sea reconocido; situación que no pasa para muchas mujeres. Al contrario, tiende a ser una fuente de exigencia tanto interna como externa.

Lo que es más lamentable, es que esto se extiende más allá de las esferas laborales. La mayoría de las mujeres no sólo se esfuerzan sobre manera en su trabajo, sino que al llegar a sus casas se ocupan también de tenerlas limpias, de que sus hijos e hijas (si los tienen) estén bien atendidos, y en general de ofrecer cuidados y atenciones a la familia. Y más le vale hacerlo de la manera “correcta”, ser excelente en esta otra esfera de su vida. Da igual que sea la mejor vendedora de su zona; si compra comida hecha a diario se considera que no está haciendo lo suficiente o que no le importa su familia. O bien, si decide no formar una familia tradicional (marido, hijos e hijas), a partir de cierta edad la sociedad empieza a tenerle lástima, pues sin importar todos sus demás logros; no está cumpliendo con uno de los papeles que la misma sociedad nos ha impuesto. El lado contrario de la moneda es igualmente injusto para nosotras.

Así, sin importar lo que hagamos, parece ser que siempre la llevamos de perder. Pero no por ello dejamos de seguir intentando, porque quizás el próximo esfuerzo sea el que nos lleve al siguiente nivel, o nos permita tener un momento de relajación. Entre tanto, seguiremos siendo exigentes con nosotras mismas y con nuestro trabajo, lo que nos lleva a aparecer como duras e intransigentes. ¿No será que, en realidad, el sistema es el que es demasiado severo con nosotras?