Un (no) clásico de Navidad.

Si bien no existe un consenso definitivo sobre que convierte a un libro en un clásico, sí hay algunos puntos que la mayoría de las personas aceptan como “indispensables” para otorgar esa categoría. Uno de estos es que la obra y su mensaje deben cumplir con la condición de seguir siendo relevantes a través del tiempo; algunas personas mencionan que deben ser por lo menos 100 años, pero eso es un poco debatible. Así pues, una historia puede considerarse como clásica si la situación que presenta se sigue dando en el tiempo presente, y por ende podemos aprender de ella.

Quizás el clásico más sonado de esta temporada decembrina es “Cuento de Navidad”, del escritor Charles Dickens. Se han hecho una y mil adaptaciones y representaciones de este cuento, pero siempre respetando el mensaje principal de la obra. Así pues, al final de la historia, vemos a un Scrooge reformado, quien ahora abre su corazón y está dispuesto a ayudar al prójimo; empezando por su empleado Bob Cratchit, y la familia de este.

Pese a que la historia de Dickens me gusta, e incluso alguna vez participé como maquillista en una representación teatral de la misma; tengo una confesión que hacer. Me daría mucho gusto si, durante mi tiempo de vida, “Cuento de Navidad” dejara de ser un clásico; porque esto significaría que se han logrado avances sustanciales en cuestiones de mejora social.

Desmenucemos un poco el asunto. Uno de los puntos centrales de este cuento es que, pese a que Scrooge es un hombre de negocios exitoso; no da un buen trato a su trabajador Cratchit. En primera instancia, es bien establecido que Cratchit recibe un sueldo paupérrimo, con el cual ni siquiera pueda alimentar apropiadamente a su familia. En la adaptación de Disney de esta obra, podemos ver como el día antes de Navidad, la familia Cratchit cuenta solo con un canario para cenar. Así mismo, Cratchit debe realizar trabajos extra, como lavar la ropa de su patrón; para tener ingresos extra.

De igual forma, Scrooge tampoco ofrece condiciones laborales apropiadas; pues por ejemplo raciona severamente la cantidad de carbón que Cratchit puede usar diariamente, pese al duro frío del invierno inglés. Además, un punto central de la obra es que Scrooge no tenía considerado siquiera darle el día libre a su empleado, por motivo de las navidades; y solo accede luego de la intervención de otros personajes.

Todo esto sigue siendo relevante en nuestra realidad actual, precisamente porque existen muchas empresas que no dan un trato digno a sus empleados. Si bien las leyes de trabajo modernas impiden que se comentan injusticias que eran comunes no hace mucho tiempo; también es cierto que falta mucho por hacer. Temas como un mejor equilibrio entre la vida personal y profesional, el dar mayor atención a las enfermedades mentales relacionadas con el trabajo, equidad laborar, y otras muchas son las nuevas prioridades a atender; sin mencionar claro el tema del salario justo que venimos viendo desde antes de que “Cuento de Navidad” fuera publicado en 1843.

Ahora bien, repasemos el final que nos ofrece Dickens para esta historia, la cual como ya dije es el de un Scrooge reformado y dispuesto a apoyar a su empleado y a diversas obras de caridad. Sin duda es un final feliz, en el que sentimos que el problema ha sido resuelto.

Pero la realidad es que no basta con reformar a Scrooge, porque, así como él existen muchas otras personas que solo piensan en su propio beneficio, aún y cuando eso signifique la miseria de otras. Luego entonces, lo que debemos procurar como sociedad es justamente crear las condiciones necesarias para que no haya más Scrooges; ni originales ni reformados. Porque si tenemos una sociedad en donde realmente se respete la dignidad humana, y por tanto seamos comunitarios; no harán falta ni organizaciones caritativas ni avaros reformados que las subsidien.

Soy plenamente consciente de que lo que pido puede sonar incluso más fantasioso que las visitas de los fantasmas navideños a Scrooge. Pero, al fin y al cabo, lo que nos dan las historias son ideales, quizás un tanto inalcanzables; pero que nos guían en nuestro caminar. Por ello mismo, tal vez “Cuento de Navidad” nunca deje de ser un clásico; pero espero al menos que, con el pasar de los años, se vuelva cada vez más una historia de ficción.

¿Qué clásico quisieras que cambiara?

Felices e Imperfectas Fiestas.

Esta semana fui a ver la obra de El Cascanueces, una historia que me ha gustado desde niña. Fue una muy buena experiencia, en particular la parte de la danza de los copos de nieve me pareció muy bien montada, con escenografía y efectos muy bonitos; más aparte el talento de los bailarines y bailarinas. Una mención especial merecen los bailarines que representaron al ejército de las ratas, su expresión corporal más el vestuario lograban una ilusión que muchas veces solo se logra con el uso de efectos especiales.

Mientras veía la representación, me pregunté cómo sería ver esta obra en uno de los lugares icónicos del teatro, como Broadway o Londres. supongo que posiblemente la escenografía y efectos podrían ser más deslumbrantes, pero no podría decir que eso la haría mejor que la que vi en el Auditorio Nacional. Pese a que aprecio el arte del ballet, no tengo los conocimientos técnicos como para hacer una crítica de consideración. Es como cuando ves las competencias de clavados en la televisión; salvo que se comenta un error muy evidente, las actuaciones de los participantes me parecen impresionantes.

Por lo anterior, si bien ver El Cascanueces en un teatro de Nueva York debe tener su magia particular, no le quita nada a la magia que sentí con la representación de esta semana. Algo similares sucede con los fiestas, tanto decembrinas como otras; pero en esta entrada me centraré en las primeras.

Tenemos una idea preconcebida de cómo nos gustaría que fueran: un arbolito de ensueño decorado con un gusto impecable, una cena que se vea increíble y además sepa deliciosa, un momento de meditación profundo durante el Solsticio de Invierno; en fin, algo digno de tomar fotos y subir a nuestras redes sociales. Pero, la mayoría de las veces las cosas no son así.

 Yo he ayudado a preparar, y probado, cenas deliciosas que no precisamente cumplen con los estándares de presentación. Me refiero a que el puré se sirve con cuchara normal, y no con las que se usan para servir nieve y queda la bolita perfecta; o aquella que se come con un tenedor y ya, en lugar de tener uno para la ensalada, uno para la carne, uno para la fruta y así.

También me he divertido y formado lindas memorias al arreglar arbolitos de Navidad que tienen un poco de todo. Algunas esferas son blancas, otras son en forma de manzanitas; algunos adornos son modernos y de cristal, mientras que otros son de madera y ya un poco pasados de moda. Ciertamente no calificarían para una portada de revista, pero los guardo con cariño en mi memoria.

Así como estos hay muchos ejemplos de como las celebraciones no cumplen con todos los requisitos que vemos en las películas (o en lo que suben las personas a redes sociales), pero no por eso dejan de ser especiales y bonitas. Muchas veces nos estresamos por esos pequeños detalles que al final del día, no son ni lo más importante ni lo que vamos a recordar en los años venideros; sin mencionar que esa preocupación innecesaria si puede llegar a opacar la celebración e impedirnos disfrutarla al máximo.

De esta forma, en esta época en la que una buen parte del mundo se dispone a celebrar diferentes acontecimientos; busquemos tomar un respiro y decidir disfrutarlas como lo que son: un momento para compartir con nuestros seres queridos y formar memorias para el porvenir. Si los panes no salieron perfectamente redondos, o la foto con la familia salió un poco chueca, es lo de menos. Si todas las personas tienen una sonrisa en su rostro y luz en sus ojos, entonces, fue una buena celebración.

¿Tú cómo pasas estas festividades?