El tiempo y sus novedades.

Esta semana estuve hablando con varias personas sobre el tiempo, y sobre lo rápido que este parece estar pasando. De hecho, yo siempre he sostenido que luego de la secundaria, el tiempo aumenta de velocidad cada año, al grado en un abrir y cerrar de ojos un año pasa al siguiente. Alguna vez leí que esto se debe a que, conforme nos hacemos mayores, cada año se parece más al anterior; en el sentido de que hay menos cosas nuevas o excitantes en él.

Por ejemplo, el primer año de vida de cualquier persona es el más novedoso de todos, pues experimentas un sinfín de cosas por primera vez. Quizás por eso los álbumes de bebés son tan populares, pues queremos preservar para el futuro esa primera sonrisa o la primera vez que caminamos. Así pues, nuestra infancia está llena de primeras veces, y por eso parece ser un período increíblemente largo en el que el tiempo parecía rendir más.

Pero, como he dicho, conforme crecemos, las cosas novedosas que experimentamos van disminuyendo. Podría alegarse que, en contraste, las situaciones nuevas se vuelven más significativas o emocionantes. Yo siempre recordaré el año 2003 como el año que conocí Europa, el 2009 como el año en el que cumplí mi objetivo de hacer prácticas en Washington, DC; mientras que los años 2016 y 2021 los recuerdo como los años en los que perdí a mi abuelo y a mi abuela, respectivamente. Estos fueron cuatro eventos que, por distintos motivos, han sido años que significan un antes y un después para mi, por eso ocupan un lugar especial.

Entonces, podríamos decir que conforme crecemos, las cosas novedosas se vuelven más esporádicas, pero a la vez más significativas; por ello la importancia de disfrutarlas al máximo. Eso está muy bien, y es un buen consejo, pero a la vez es un poco triste el darnos cuenta que nuestras vidas se vuelven más y más repetitivas conforme pasan los años; y que los días se confunden unos con otros entre las prisas del trabajo, la familia, la sociedad, y demás. Aquí alguien podría decirme que el truco está en encontrar placer en las pequeñas cosas cotidianas, y darnos pequeños escapismos (diría Libertad, amiga de Mafalda), para seguir con el día a día.

De nuevo, esa es una idea con la que coincido y trato de practicar. Pero no dejo de pensar que es bastante triste que, teniendo un planeta con tantas cosas maravillosas por experimentar, no pueda ser disfrutado por una gran parte de la sociedad. Esto en parte por falta de medios (que es un tema para otra entrada), pero en muchos casos por falta de tiempo.

Esa es justamente una de las grandes paradojas del tiempo. El tiempo lo inventó la humanidad, en el sentido de ser algo que puede medirse. Desde entonces, hemos estado tratando infructuosamente de encontrar formas de controlarlo, de amoldarlo a nuestras necesidades o caprichos. ¿Cuántos cursos y libros existen sobre administración del tiempo? Una infinidad, todos ellos prometiendo que, ahora sí, vas a poder acomodar tu día en bloques y hacer mil cosas; para poder finalmente ser una persona exitosa. Y así hemos terminado siendo esclavizados por una invención nuestra (algo que parece ser un pasatiempo de nuestra especie), lamentándonos de tener solo unas pocas horas libres al día, y sólo unos pocos días al año de libertad para experimentar cosas nuevas.

Pero, además, lo que es igualmente sorprendente es que como sociedad global hemos aceptado que así es la vida. Como si no pudiéramos simplemente decidir que el bloque de tiempo que hemos denominado “fin de semana” será ahora de 4 días; o que las clases de los estudiantes no podrán exceder de 5 horas al día. Al final y al cabo, todos esos son conceptos creados por nosotros mismos, no nos fueron dados por la naturaleza; así que en teoría están sujetos a nuestra voluntad. Ojalá pronto nos demos el tiempo para reflexionar y actuar sobre esto, o sino, más temprano que tarde veremos que, efectivamente; el tiempo se nos fue de las manos.