Ahora estoy leyendo “Wolfy, una historia de amor poco convencional”, título en español de la novela escrita por Kate Spicer; en la narra como consiguió a su perro Wolfy, y cómo este le cambió la vida para mejor. Varias de las anécdotas de la historia tienen que ver en cómo Wolfy le permitió a la autora conectar con diferentes personas; desde su novio hasta personas con las que va entablando una relación derivada de pasear a sus perros por los mismos rumbos.
En una sociedad en la que es difícil generar relaciones personales distintas a las utilitarias, y en las que muchas veces se fomenta de forma desmedida el individualismo; me entusiasma saber de historias en las que personas de diferentes realidades encuentran temas en común. En este caso se trata de animales de compañía, pero igualmente importantes son los clubes de lectura, o los espacios para los amantes de las plantas, o cursos de cocina, o un largo etcétera. El punto es justamente fomentar espacios donde las personas puedan crear comunidad, espacios que no estén delimitados por estratos sociales o afiliaciones particulares; pero sobre todo que sirvan para construir más que para criticar.
Además, me parece que estos espacios (tanto formales como informales), son también un buen remedio contra la obsesión con la productividad que nos aqueja a tantas personas. El tener un lugar en el que puedas hablar de temas o realizar actividades que te gustan, sin que éstos se liguen ni remotamente con “avanzar profesionalmente”, sino que tengan que ver con un disfrute personal; es verdaderamente invaluable. Por supuesto, estas oportunidades de convivencia permiten que suban nuestros niveles de paz y energía, lo que conlleva un mejor desempeño en nuestras actividades diarias; pero ese no debería ser el fin de dichas oportunidades. El mero hecho de pasar un rato agradable con otras personas es más que suficiente.
Cómo he dicho ya, estas válvulas de escape y a la vez generadoras de energía, pueden surgir de muy diversas formas, y de muy diversas actividades. Lo importante es darnos la oportunidad de encontrarlas; superando nuestra fijación con la soledad y la productividad. Y también superando esa molesta noción del “qué dirán”. Al fin y al cabo, es mucho mejor dedicar nuestra tarde del domingo a pasear nuestro perro o asistir a una reunión local sobre poesía, que quedarnos en nuestra casa a rumiar la terrible situación del mundo. Todo tiene un momento y un lugar, y definitivamente debe haber lugares para conectar con personas que, como nosotras, solo buscan crear momentos de felicidad.
¿Tú a qué comunidades perteneces?