A lo largo de los años he recibido varios y diversos reconocimientos. Excelencia académica; primeros lugares y reconocimientos de participación en concursos de oratoria y de la materia de español; constancias de seminarios y cursos de actualización; cumplimiento de los famosos KPIs; entre otros. Algunos de ellos están colgados en una pared, otros forman parte de mi currículum, y otros más está guardados en su carpeta correspondiente.
Si bien todos esos reconocimientos me causan satisfacción y orgullo, con el paso del tiempo ha habido otros, de diferente naturaleza, que me llenan más el corazón cuando los recuerdo o cuando los vivo. Las cartas que me escribieron mis alumnos del servicio social, en las que me decían que era buena maestra, aunque no lo fuera de profesión. El libro que me dedicaron mis alumnos cuando di clases en la universidad, donde me agradecían el haber sido mi primero grupo.
Las cartas que en su momento me han escrito mis amigas y familia, donde mencionan como una palabra o acto mío les hizo ser más felices. Y también cuando esas mismas personas especiales me han hecho partícipe de sus sueños alcanzados, y por los que aún están trabajando.
Cuando compañeros de trabajo se han convertido en buenas amistades; y cuando tanto unos como otros expresan su aprecio no solo por trabajar, sino por convivir conmigo. Y cuando ves que tu trabajo genera satisfacciones e ilusiones más allá de lo material.
Por supuesto, también mencionar la alegría que, desde hace ya más de 2 años, me produce que las ideas contenidas en este blog conecten con otras personas. Que estas ideas las hagan recordar cosas que quizás habían olvidado, o bien que se encuentren con nuevas posibilidades. Y claro, también la satisfacción que siento al cumplir, si bien de una manera diferente; uno de los sueños que siempre tuve, que es el de compartir las ideas que antes solo vivían encerradas en mi cabeza.
Ahora que se acerca la época en la que se empieza con el recuento de lo obtenido a lo largo del año, y que se trata de resumir 12 meses en unas cuentas viñetas; es bueno que tomemos un momento para ver todas aquellas cosas que no se pueden medir o comparar de manera cuantitativa. La vida es mucho más que eso, y nos da muchas oportunidades para sentirnos no solo orgullosas, sino lo más importante, realizadas.
Usualmente, cuando se habla de purificación, se piensa en el proceso de eliminar algo. Por ejemplo, un método sencillo de purificar agua es hacerla pasar por un cedazo, para que objetos como piedras, hojas o similares queden de un lado, y el agua del otro. En un contexto religioso, es común que se practiquen ayunos para poder “sacar” lo mundano del cuerpo, y así dejar espacio para lo espiritual. Recientemente también se habla mucho de “soltar” cosas o circunstancias, para que pueda llegar algo nuevo.
Ahora bien, está práctica de eliminación es bastante lógica, y en algunos casos la más viable para corregir un problema; pero quizás no sea la más apropiada a aplicar en temas de la vida diaria. Al final del día, todas las personas tenemos huecos en nuestro interior que necesitamos llenar, y en algunos casos lo hacemos de la manera incorrecta. Esto puede ser mediante comida poco saludable, pasar mucho tiempo jugando videojuegos; o incluso abusando de hábitos otrora saludables o inocuos, como hacer ejercicio o dedicar un poco más de tiempo al trabajo.
Si siguiéramos el principio de la purificación, entonces se sugeriría a las personas que corten de tajo esos hábitos que les están afectado; como puede ser deshacerse de la comida chatarra que tienen en casa. Pero el problema es que estas medidas no te dan ninguna sugerencia sobre qué hacer con el hueco que nuevamente vas a sentir al dejar de lado tu mecanismo de defensa. Y es por esto precisamente que muchas personas fracasan en sus intentos de darle vuelta a su vida: se sienten tan vacías, que regresen a aquello que elimina esa sensación; aún y cuando sean conscientes del daño que les hace.
¿Qué hacer entonces? Según lo observado en muy diversos contextos, lo mejor es buscar purificarse mediante la adición de cosas buenas a nuestras rutinas, para que no resintamos la falta de las malas. Un ejemplo de ello son las dietas bien dirigidas; las cuales les dan a las personas alternativas saludables cuando sienten la necesidad de consumir algo con azúcar o carbohidratos. Esto es especialmente importante cuando la compulsión de comer tiene una parte emocional, como reducir el estrés.
Esta filosofía también puede aplicarse a otras instancias, como pueden ser algunas de las etapas del síndrome de desgaste profesional. Una de ellas es la necesidad que sentimos de trabajar más tiempo, pues es la única forma que vemos para poder salir adelante con todos los proyectos que tenemos. Si bien es cierto que en ocasiones no queda de otra más que darle, también es cierto que esta práctica no es sostenible, pues lo único que conseguimos es justamente desgastarnos más y por ende rendir menos.
Pero si la sugerencia es simplemente decirle a la persona que salga a su hora y se vaya a descansar; no es algo que vaya a funcionar. En primer lugar, es poco probable que la persona descanse, pues seguirá pensando en todos los pendientes que aún tiene y que se irán acumulando con los del día siguiente. Además, cómo la persona no está acostumbrada a descansar, usará ese tiempo en actividades que no le aporte y que quizás le cansen más (como desvelarse viendo videos en internet). En segundo lugar, el trabajar de más (por mucho o poco eficiente que sea), da la sensación de que se está haciendo algo para resolver el problema; por lo que tomarse un descanso se siente más bien como una pérdida de tiempo y produce malestar en lugar de bienestar. Ergo, al día siguiente volvemos a las andadas.
Sin embargo, si cambiamos la estrategia y le sugerimos a la persona que ese tiempo “libre” lo ocupe en otra cosa, pero que esta sea con un enfoque diferente; entonces las posibilidades de éxito aumentan. Por ejemplo, si la persona usa ese tiempo para preparar su comida del día siguiente, experimentará una sensación de logro por haberlo hecho, y también eliminará una parte del estrés de la mañana siguiente al no tener que estar corriendo por una cosa más. Finalmente, cuando coma su comida, sentirá una gratificación inmediata de su trabajo; algo sumamente importante en casos de estrés por trabajo.
Como este existen otros ejemplos en los que la mejor manera de eliminar cosas negativas de nuestra vida, es agregando más cosas buenas. Como ya hemos dicho, además de evitar la sensación de vacío que implica dejar una rutina; el sentir la satisfacción que nos produce la nueva actividad, nos incitará a seguirla realizando. Y así poco a poco entramos a un círculo virtuoso de agregar más cosas positivas a nuestras rutinas, hasta que con el tiempo estas sean más que las negativas.
Esto último creo que merece una mención aparte. Sin importar lo que hagamos o dejemos de hacer, siempre habrá un punto negativo en nuestra vida; quizás temporal o duradero, pero ahí estará. Lo que realmente importa es que seamos conscientes de ello, y que entendamos que esto no significa que todo lo demás esté mal. Al igual que el agua que pasa por el cedazo, habrá algunas impurezas que persistan; pero eso no impide que podamos disfrutarla.
¿Alguna vez se han cambiado de casa? ¿O hecho alguna remodelación en su hogar que ha implicado mover muebles y otras cosas? Yo he hecho ambas cosas; justo ahora me encuentro en medio de una remodelación, y estoy a punto de volverme loca. Además de las incomodidades propias de la situación (¡odio el polvo!), estamos en un punto en el que todo está a la mitad. Una parte de mis cosas está en el cuarto de mi hermano, otras están por lo pronto semi-acomodadas en mi clóset en lo que terminan de pintar una pared para poder ponerlas en su sitio, y otras tantas están en la pila de decisión sobre si las donamos o qué hacemos con ellas. Un pequeño caos sin duda.
A lo largo de estos días, los mantras que hemos adoptado son “Ya casi lo logramos” y “El resultado valdrá la pena”; y de alguna manera nos ha ayudado a sobrellevar la situación. Al decirlas tantas veces, no puede evitar reflexionar sobre ellas, y como se aplican a más de un tipo de mudanza.
Por ejemplo, las primeras semanas en un trabajo son caóticas; pues es absorber demasiada información en un muy poco tiempo, más la presión de querer demostrar que puedes con el puesto. Pero de alguna manera continúas, quizás tengas una o dos situaciones de frustración en las que quieras aventar la computadora por la ventana; pero en el fondo sabes que llegará el día que te sentirás cómoda en tu trabajo y podrás ver el resultado de los proyectos en los que estás trabajando. Y entonces vendrá un nuevo reto y habrá que iniciar una nueva mudanza; porque al final del día la vida es cíclica.
De esta forma seguimos avanzando, con buenas y malas mudanzas, aprendiendo un poco de cada una. Algunas mudanzas serán más largas o nos costarán más trabajo de lo que habíamos planeado, e incluso talvez a la mitad del proceso nos demos cuenta que no fue la mejor decisión y haya que revirar en ciertas cosas. Lo que necesitamos es entender lo que comenté en el párrafo anterior, respecto a que esos cambios (en cualquier ámbito) son necesarios para poder acceder a nuevas experiencias y conocimientos, para poder adaptar nuestros espacios a las personas en las que nos vamos convirtiendo. Dejar algunas cosas para poder tomar otras, darle un nuevo propósito a las que ya tenemos, compartir otras tantas, y algunas simplemente ponerlas de nuevo en una caja y lidiar con ellas cuando tengamos la capacidad de hacerlo. Al fin y al cabo, no tenemos que mudar todo de golpe.
Pero lo más importante de cualquier mudanza es que, cuando ya por fin hayamos puesto todo en su sitio y limpiado el polvo que invariablemente llega al mover cosas; nos demos el tiempo de servirnos un vaso de té, sentarnos en nuestra silla favorita, y observar el resultado de nuestro trabajo. Si, mañana habrá que pensar en la mudanza que sigue, pero al menos hoy, ya lo logramos.