Hoy me salió una invitación en Spotify para crear una lista de reproducciones que estará “guardada” hasta 2025. La cosa es así: te van presentando una serie de preguntas a las cuales tu debes responder con una canción, por ejemplo, cuál es una canción que representa a tu ciudad. También te dan la opción de dejar un mensaje para tu yo del futuro. Una vez has terminado, “sellas” la lista, y esta se queda guardada en algún lugar del ciberespacio hasta el próximo año.
Me parece que este es un acercamiento interesante a un par de ideas con las que la humanidad lleva fantaseando desde quizás el inicio de la civilización. En primer punto podemos señalar la necesidad de dejar un legado para las generaciones futuras, el dejar un testimonio de nuestro paso por este planeta. Para este propósito se han construido las grandes pirámides de Egipto, se han escrito libros como “Los Miserables”, o se ha buscado sobresalir en alguno de los muchos conflictos que la humanidad se ha provocado a sí misma. Claro, también pueden citarse casos más modestos (por decirlo de algún modo); como aquella profesora de una pequeña escuela en cuyo recuerdo han nombrado un salón de la misma, o un artista cuyos cuadros embellecen alguna institución de la localidad.
La segunda idea que creo que se liga a este ejercicio, es la del deseo de las personas de poder viajar en el tiempo. Cantidad de historias existen en las que una persona viaja al pasado, por lo general con la intención de cambiar una parte de la historia; o bien que viaja al futuro para volver a tener esperanza en el mañana. Como todavía no hemos aprendido a hacer ni lo uno ni lo otro, por el momento nos conformamos con estos ejercicios en los que dejamos un mensaje para que sea recibido hasta dentro de unos años. Creo que ahora ya no es tan común, pero antes era usual que, en aniversarios significativos, las organizaciones y las ciudades hicieran válvulas del tiempo en las que resguardaban cosas como periódicos, utensilios, fotografías, mapas, etc; que dieran cuenta de cómo eran en ese momento, para que las personas que las abrieran en el futuro pudieran entender mejor la realidad que les/nos tocó vivir.
En el plano personal me parece que esta tradición de las válvulas del tiempo sigue bastante activa, con actividades como la que menciono de Spotify o las memorias que salen en Facebook; aunque también hay algunas más introspectivas. Recuerdo que mi clase de Negociación escribimos una carta para nosotras mismas, pero de 5 años adelante; y el profesor las mandó por correo a nuestras casas. Yo me había olvidado del asunto hasta que la recibí en mi casa casi un mes después de hecho el ejercicio. Pese a que yo sabía de antemano lo que venía en la carta, me dio mucha ilusión abrirla y reflexionar sobre el porqué había decido que ese sería el mensaje que quería leer dentro de 5 años. Supongo que lo mismo me pasará cuando oiga las canciones que seleccioné hoy, y será divertido acordarme del porque las fui escogiendo.
Lo anterior expone una contradicción curiosa de la humanidad. Por un lado, que vivimos prestando más atención al pasado y al futuro que al presente, y por eso buscamos justo dejar un legado tangible que permita que nos entiendan las personas que vendrán después que nosotras; así como nosotras buscamos entender a las civilizaciones del ayer. Pero, por otra parte, en ese afán de enviar algo al futuro, reflexionamos sobre qué partes de nuestro presente nos gustaría preservar. ¿Qué es aquello verdaderamente importante? ¿Qué me define lo suficiente como para que otras personas me entiendan? ¿Qué advertencia quiero dejar a las generaciones futuras? ¿Qué esperanza quiero compartirles?
Sin duda será interesante ir presenciando la apertura de las cápsulas del tiempo ya existentes, así como participar en la creación de otras. Quizás no alcancemos a abrir todas las que queremos, pero es bueno tener esa ilusión.
¿Tú qué guardarías para el futuro?
