Últimamente he pensado mucho en casas, en varios sentidos. Uno de ellos se derivó de una publicación de Pictoline, denominada “Una casa propia”, que según entiendo está relacionada al libro “Una casa en la calle Mango”, de Sandra Cisneros; un libro que tengo pendiente de leer. Pero volviendo a las casas, en esa publicación se habla de la necesidad de tener una casa propia, pero no desde el punto de vista práctico; sino más bien como una necesidad para ser libre, para sentirse segura y a la vez poder ser una misma y expresarlo.

Creo que esto tiene un poco que ver con la necesidad de tener esa transición a la adultez, que en varias culturas implicaba que la persona se separara de su familia y viviera un período de tiempo por su cuenta, pero siempre apoyado por su comunidad. Por ejemplo, un niño que pasaba a la edad adulta se iba con el grupo de guerreros de su tribu; o bien los y las adolescentes judíos que luego de su bar/ bat mitzvá pasan a ser miembros activos y responsables en la comunidad, haciendo actividades “alejados” de lo que en su momento hacían con su familia inmediata. En la actualidad, cuando varios de esos rituales han desaparecido o bien han perdido algo de su trascendencia; se ha mantenido la idea de dejar el hogar familiar y vivir por cuenta propia. Lo malo es que en la ecuación se nos ha olvidado la parte del apoyo de la comunidad para estos nuevos adultos.

En un esquema macro, el acceso a la vivienda cada vez es más precario, pues el costo de las mismas es muy superior a lo que una persona joven, que recién empieza en el mundo laboral, puede pagar. Por ello muchos jóvenes viven en espacios sumamente pequeños que deben compartir con varias personas, y además enfrentan varias carencias o dificultades dentro de dichos espacios. De seguro hay que gente que dirá, “bueno, pero eso forja el carácter”; pero sinceramente creo que más que crearlo lo destruye. Después de todo, ha de ser excesivamente frustrante ver que aún y con todo el esfuerzo que se hace, no se puede vivir en un lugar confortable; y en casos extremos ni siquiera digno. Además, el vivir con la incertidumbre de si se seguirá teniendo la solvencia para costear una vivienda, genera un nivel de estrés que tiene afectaciones graves en la saluda física y mental de las personas; que incluso deja secuelas de por vida.

Pasando a un esquema más cercano, si bien usualmente la familia y algunas amistades de la persona que recién inicia su vida independiente buscan ayudarle de alguna forma, la realidad es que estás personas deben enfrentar solas lo que hasta hace poco tiempo se hacía con apoyo. Yo he vivido sola, y puedo dar testimonio de que atender un empleo o una educación de tiempo completo (jamás entenderé como sobreviven las personas que conjuga las 2 al mismo tiempo), más aparte ocuparte de preparar tu comida, limpiar tu casa y mantenerla en buen estado, es una tarea que demanda demasiada energía. Muchas veces ni siquiera los fines de semana alcanzan para ponerte al día; por lo que se vive con una sensación de no terminar nunca, más el cansancio físico y mental que esto conlleva.

Volviendo a mis ejemplos iniciales, aquél niño que pasaba a formar parte de los guerreros sabía que mientras él estaba aprendiendo a cazar, otros de sus compañeros y compañeras estaban aprendiendo a sembrar, a cocinar, a tejer, a curar enfermedades y otras tantas cosas que en su momento harían los unos por los otros. Es decir, se sabía que su comunidad les proporcionaba una zona segura, en la que cada quien hacía su parte para el bien común. Con esto no quiero caer en el cliché de que todo tiempo pasado fue mejor, estoy consciente de que en el pasado la vida también tenía sus dificultades y que muchas veces se sacrificaban al individuo por la comunidad; pero yo hubiera pensado que al avanzar como sociedad hubiéramos buscado un punto medio en lugar de dar un giro de 180º y ahora estar en un punto donde una sola persona tiene que hacer lo que antes se hacía en grupo.

En fin, creo que como en tantas de mis publicaciones, estoy abogando por la creación de comunidad, de que entendamos que el pedir apoyo es no solo necesario sino también bueno, para la persona individual y para esa comunidad que pretendemos crear.  Si sabemos que tenemos una red de apoyo a la que podemos acudir cuando tenemos dudas o dificultades, entonces será que podamos disfrutar realmente esa transición a la vida adulta, el disfrutar de un espacio propio y poder encontrarnos y crecer como personas. Después de todo, según Maslow, para poder justamente satisfacer nuestras necesidades de crecimiento, primero tenemos que cubrir las que se relacionan a con la seguridad.

¿Tú tienes un espacio propio?

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