Esta constelación está dedicada a Mixy, la gatita que nos dio felicidad cuando más la necesitábamos.
¿Cuándo es que una persona puede ser considerada adulta?
Las respuestas varían dependiendo desde qué perspectiva lo preguntes.
Por ejemplo, desde el lado biológico, se considera que un organismo alcanza la adultez cuando su desarrollo se ha completado. En el caso de los humanos, esta etapa empieza a partir de los 18 años; que es también cuando en varios países se considera que una persona ha alcanzado la mayoría de edad para ejercer plenamente sus derechos y obligaciones ciudadanas.
Claro, también existen connotaciones culturales que determinan cuando una persona se considera adulta dentro de su comunidad respectiva. En la tradición judía, por ejemplo, los niños y niñas de 13 años se consideran adultos luego de su celebración del Bat Mitzvá; y por ende pueden ya decidir cómo desean practicar el judaísmo. Por otro lado, pero un poco en la misma línea, en varias regiones del mundo se considera que una niña se “convierte” en mujer cuando tiene su primera menstruación, aunque eso puede ocurrir a la nada adulta edad de 10 años.
Así mismo, si bien definir un momento exacto en que una persona entra a la edad adulta es necesario por diversas cuestiones; también es cierto que como sociedades tendemos a señalar diversos momentos en que un adulto “sube” de nivel. Casarse, tener hijos, comprar una casa, son algunos de esos hitos de la adultez que tienden a esperarse de una persona; y que son motivo de celebración.
Sin embargo, en los últimos días he pensado que existe otro momento en que una persona comienza a ser adulta, pero que a diferencia de los demás que he comentado; no es motivo de celebración.
Hablo del momento en que te enfrentas, por vez primera, a la muerte de alguien especial para ti.
La identidad de ese alguien varía de persona a persona. Puede ser un abuelo, una abuela, una mascota; la verdad es que eso no es tan relevante. Lo que sí, es que tiene que ser alguien que de verdad te importe.
Alguien cuya ausencia física te haga sentir que las cosas no van a estar bien. Porque no lo van a estar.
¿Cómo demonios van a estar bien si la persona que al verte enferme, iba de inmediato a comprarte un gatorade, ya no está?
¿Cómo demonios van a estar bien si la gatita que ronroneaba cuando se acurrucaba junto a ti, ya no está?
Entonces no, por supuesto que las cosas no están bien. Y al principio piensas que nunca lo estarán. Pero luego, conforme te acostumbras a vivir permanentemente con ese dolor en tu corazón, tu mente y tu alma; te das cuenta que las cosas poco a poco comienzan estar bien. No como antes, porque eso es imposible. Pero sí bien, solo que diferente.
Eso es para mí lo que te hace ser adulta. La entereza de ver tu mundo caerse, y luego reconstruirlo y encontrarlo hermoso, aunque diferente. Un poco como el kintsugi japonés.
A algunas personas les toca hacer esa reconstrucción mucho más temprano que a otras. Pero, para bien y para mal, a todas nos tocará hacerlo más de una vez a lo largo de nuestra vida. No podría decir que es algo que se vuelva más sencillo conforme más veces lo vives. Quizás te vuelvas un poco más diestra en las cuestiones burocráticas que invariablemente surgen con la muerte de una persona o mascota. Pero el amor que le tenías a cada ser que pierdes es diferente, por ende, tu mundo se destruye de manera diferente con su partida. Y también te tocará reconstruirlo de manera diferente.
Podría entonces decirse que sí, que con cada pérdida te vuelves más adulta. Porque cada perdida te hace entender tu mundo un poco más, te hace volverte más consciente de ti misma. Y eso es también parte de tener un desarrollo integral completo.
A mí la vida me hizo un poco más adulta hace unos días. Las cosas de momento no están del todo bien. Pero sé que van a estarlo, eventualmente. No como antes, pero al menos bien.
¿Tú cómo estás?
