Perspectivas.

Hace poco tuve la oportunidad de ver la pieza Lanzadas de Tania Candiani (foto adjunta), la cual consiste en una serie de escobas suspendidas, cuyas puntas ha sido afiladas. Mi primera impresión de la obra, antes de leer el nombre de la pieza y su descripción, fue que parecía que las escobas se habían convertido en lápices; esto por su punta afilada. Así que mi interpretación de la pieza fue cómo la educación permite que las mujeres puedan aspirar a muchas cosas que sólo el ámbito doméstico.

Sin embargo, la autora tenía algo muy diferente en mente. Para ella las escobas se habían convertido en lanzas, y de hecho las había colocado de tal forma que estuviera en una posición de defensa. La pieza forma parte de la serie Protección Familiar, en la que la artista se enfoca justamente en la violencia que sufren las mujeres al interior del hogar, y consecuentemente como estas se defienden.

Luego de leer la descripción de la obra, no pude menos que reflexionar como nuestra posición de privilegio muchas veces nos impide ver, al menos de primera instancia, otras realidades. Yo nunca he tenido que luchar por mi vida o por mi seguridad, ni por la de mi familia o gente querida. Mis derechos jamás han sido violentados, al menos no de manera directa o personal, por mi condición de mujer. Cuando he tenido que enfrentarme a alguna injusticia, mi “contraataque” siempre ha sido diplomático, buscando el diálogo. Y lo más importante, para mí mi hogar siempre ha sido un lugar seguro en el que puedo estar en paz.

Pero para muchas mujeres su casa es, como menciona Candiani, un campo de batalla. Y su colonia, su ciudad, su escuela, su estado; también lo son. La mayoría de ellas aguantan en silencio, siguiendo esa educación de abnegación que aún es constante en nuestro país. Pero para algunas la situación se vuelve insostenible, y se defienden de la única manera que puedan: por la fuerza. Y digo de la única manera que puedan porque ni su pareja, ni su familia ni la sociedad les hemos brindado otra opción; por el contrario, muchas personas se empeñan en ponerles trabas para que puedan acceder a otras formas de protección legal. E incluso una amplia parte de la sociedad se escandaliza cuando escucha las historias en las que respondieron con “violencia” ante las vejaciones de las que son objeto.

Yo conozco a algunas mujeres que lo han hecho, que han “tomado las armas” para defenderse a ellas mismas y a su familia. También trato de educarme en temas de violencia familiar y de género, para poder reconocerla y apoyar a las mujeres que veo que la sufren. Así mismo, exijo que el gobierno y la sociedad tomen acciones para evitar que sigan dándose casos de mujeres maltratadas. Y aún así, mis primeras impresiones sobre muchas situaciones son erróneas, como en el caso de la obra Lanzadas; porque afortunadamente es algo tan alejado de mi vida personal, que solo cuando lo analizo conscientemente es cuando lo veo.

Ahora imagínate como serán las experiencias de aquellas personas que no se molestan en ver otra realidad más que la propia, que siguen creyendo que las exigencias y acciones de las mujeres y colectivos feministas están “fuera de lugar” o que “no son formas”. Para esas personas la fuerza de esas exigencias es desmesurada, porque no pueden ver que surgen justamente de una violencia desmedida. Por eso es que obras como las de Tania Candiani son tan importantes, porque presentan esa otra cara de la sociedad que mucha gente no ve, o se niega a ver.

Pero más allá de las representaciones artísticas y su poder, creo que no habrá un verdadero entendimiento hasta que las personas estemos dispuestas a escuchar y convivir con personas que viven de forma diferente a la nuestra. Hasta que escuchemos sus historias y veamos como bien podrían ser las nuestras, es que podremos tomar las acciones necesarias para poder corregir la violencia de la que tantas mujeres son objeto. Espero y me ocuparé de que ese momento llegue pronto.

¿A ti cómo te afecta tu privilegio?

Convalecer.

Hoy llevamos a mi gatita a bañar, y creo que le dieron más tranquilizante del necesario. Así que, para evitar que se cayera, y para que se pudiera sentir segura; estuve acostada con ella un rato.

Mientras estaba con ella, pensaba en todas las cosas que aún tenía que hacer, entre ellas preparar este post. Fue entonces que recordé un artículo que leí hace tiempo, me parece que en el periódico The Guardian, sobre cómo se había perdido el arte de la convalecencia. Un resumen del mismo sería que, con el advenimiento de varios avances médicos, ahora se esperaba que las personas se tomen una pastilla y mágicamente estén bien; sobre todo para poder continuar con su trabajo y ser “productivas”. El artículo luego desarrolla como esta circunstancia nos está afectando como comunidad.

Pero, y volviendo al tema de mi gatita, otro arte que se ha ido perdiendo es el de acompañar a una persona convaleciente. Y no solo por lo que digo en el párrafo anterior respecto a que necesitamos que la otra persona vuelva a ser productiva, sino que también nosotras necesitamos mantener nuestro nivel de productividad. Para muchas personas, es impensable usar una hora en preparar comida de dieta blanda para alguien que se recupera de una operación, pues usualmente solo toman algún alimento congelado, lo meten al microondas, y listo.

En muchas ocasiones esta situación no es por falta de amor o de compensación, sino que sencillamente no es posible compaginar esa labor de cuidado con las demás actividades que se nos exige cumplir día tras día; y un gran número de personas no puede darse la oportunidad de tomar tiempo libre en su trabajo porque entonces ya no lo alcanzará para cubrir sus necesidades básicas. ¿Porqué si no hay mamás que llegan con 2 horas de sueño a sus trabajos, porque tuvieron que pasar la noche en vela vigilando a sus hijos para garantizar que no les volviera a subir la temperatura?

Lo más alarmante de todo es que, incluso en instituciones de salud, cuyo objetivo principal debería ser precisamente que una persona recupere su salud; se está dando este mismo fenómeno. El personal tiene que atender tantos casos que ya ven a sus pacientes sólo como números, no como personas que en muchos casos están asustadas y necesitan un acompañamiento para poder sanar adecuadamente. Vamos, en algunas ocasiones estas mismas instituciones buscan dar de alta a los pacientes lo más rápido posible porque necesitan esa cama, o ese medicamento, o simplemente porque hay una larga fila de personas esperando ser atendidas.

Hay un post que circula cada cierto tiempo que dice que, cuando le preguntaron a una antropóloga cuál podría considerarse como el primer símbolo de la civilización; ella contesta que es la existencia de un fémur que se quebró y posteriormente fue curado. Explica que esto es un símbolo de compasión, de ayudar a una persona en tiempos difíciles. Ignoro si el post es cierto, o solo es de esas bonitas ideas que circulan por la red; pero coincido en que la compasión y la empatía son dos de las mejores y más distintivas cualidades de la humanidad. No podría decir que las mismas marcan el inicio de civilización, pero si creo que su falta llevará, invariablemente, a la caída de la misma.

¿Tienes a alguien que te haya ayudado durante una convalecencia?

No estoy hueca.

Hace poco tuve la oportunidad de ir al parque eco-turístico de Tulimán, en Puebla. Entre las muchas maravillas que ofrece este parque, existe un lugar llamado el árbol hueco; que es justamente eso, un árbol con un hueco considerable en su tronco. Lo interesante del mismo son las leyendas que existen sobre su origen.

Una de ellas dice que ahí vivían unos duendes, a los que en cierto momento les cayó un rayo y de ahí el hueco en el tronco del árbol. Otra nos dice que los antiguos pobladores del lugar querían quitar el árbol de su lugar, por motivos no especificados, así que decidieron quemarlo. Pero el resultado no fue el esperado, ya que sólo se quemó la parte interior del árbol, y hasta nuestros días el mismo sigue fuerte y verde. La leyenda continúa diciendo que los pobladores, al darse cuenta de la situación, dijeron que sólo se había quemado el corazón del árbol; y de ahí nació su nombre de árbol hueco.

Está historia nos la fue contando nuestro guía antes de llegar al sitio, a manera de que al llegar pudiéramos admirar el árbol con las leyendas en mente. Cuando estábamos ya a pocos metros del lugar, y pudimos observarlo desde lejos, mi primer pensamiento fue: ese árbol sí tiene corazón. Y no lo digo solo porque el árbol se ve fuerte y sano, sino porque la formación de su tronco, en cierta forma, parece ser un corazón que sobresale del mismo. La foto que tomé no creo que le haga justicia, pero la agrego con la intención de tratar de explicarme.

Luego del paseo, me quedé pensando porque la gente del lugar habría decidido decir que el árbol hueco se había quedado sin corazón, lo que usualmente se asocia a ser “malo”. Yo hubiera pensado en mejor hacer referencia a su fortaleza, porque después de todo, había sobrevivido a su intento de quemarlo. Y en eso se me ocurrió que eso mismo pasa con las personas, sobre todo con las mujeres y otras minorías, cuando sobreviven a los ataques de la gente: muy rara vez nos fijamos en la fortaleza que tuvieron o tienen que demostrar en esas circunstancias adversas; y en su lugar resaltamos los aspectos que consideramos negativos que se han desarrollado a partir de ello.

Una mujer que tuvo que sobrevivir al maltrato de su pareja, y que ahora prefiere mantener una distancia con los hombres, es usualmente catalogada como fría o desconfiada; en lugar de comprender que se está recuperando de un trauma. O quizás pensamos que una persona perteneciente a una minoría que está siempre a la defensiva es porque es ruda o tiene un problema de actitud; cuando en realidad tuvo que aprender a ser así para que la gente no la humillara o tomará ventaja de ella. O bien, si una mujer rechaza las insistentes proposiciones románticas de un hombre, entonces automáticamente se vuelve en la mala de la historia, en la que lo mandó a la friend zone, en la que no tiene corazón.

Y así vamos por la vida, creyendo que cuando las personas no nos dan lo que creemos merecer, automáticamente se vuelven antagonistas; porque al final y al cabo yo soy la protagonista de mi historia y por tanto soy la que tiene la razón. Que diferentes y más saludables serían nuestras relaciones si entendiéramos que no podemos tratar mal o irrespetuosamente a una persona sin que en algún momento esta decida irse o respondernos. Así mismo, debemos comprender que las acciones de una persona no siempre son una respuesta a nosotras en particular, si no que es el mecanismo de respuesta que han tenido que adoptar por como las han tratado en el pasado.

Si fuéramos un poco más comprensivas y dejáramos de creernos el centro de todo, entonces quizás podríamos entender que, al igual que el árbol, las personas no están huecas; simplemente han tenido que guardar más celosamente su corazón para que no se los destruyeran. Si miramos con una mirada más amable y abierta, y si la persona así lo decide; podremos ver ese corazón y compartir la fortaleza y belleza que hay en él.

¿Alguna vez te han dicho que estás hueca?

Esperando.

Hace un par de semanas fui al centro comercial, y debo decir que no me sorprendió que ya tuvieran una sección con las decoraciones para navidad. Igualmente, hace ya unos días que escucho o veo anuncios que indican que está disponible el pan de muerto; tanto en su versión tradicional como relleno de diferentes sabores. Cabe resaltar que estamos en septiembre.

No me mal interpreten, a mi también me gusta mucho el pan de muerto, y la navidad es una época que disfruto bastante. Pero, creo que esa sensación agradable se deriva en parte de que es algo que tengo que esperar, algo que sucede cada año y por tanto es una ocasión diferente. Pero en este mundo de la inmediatez, donde todo tiene que ser ya; cada vez queda menos espacio para el arte de la espera.

Sí, esperar es un arte, y podría decirse que es también una disciplina. No por nada grandes civilizaciones alrededor del mundo han desarrollado numerosas prácticas para cultivar la virtud de la paciencia. Quizás por eso también es que a últimas fechas han ganado relevancia aplicaciones y cursos que se enfocan en temas como la meditación y la atención plena (más conocido por su terminó en inglés, mindfulness). Inconscientemente, sabemos que no podemos sobrevivir al ritmo de vida tan acelerado que hemos creado, y hemos buscado pequeños remansos o actividades que nos permitan aminorar el paso. Pero temo que realmente se han quedado pequeños.

Es cierto que, de acuerdo tanto a las prácticas tradicionales como a recientes estudios; si practicamos constantemente esos pequeños actos de paciencia y calma, será más fácil que los apliquemos a nuestra vida cotidiana, aún y cuando no sea en su totalidad. En lo personal puedo confirmar que esto es cierto, pero también es verdad que eso exige una gran fuerza mental y de voluntad; y de nuevo el ritmo de vida que llevamos nos deja con muy poco de ambas. Haciendo una analogía con la teoría de las cucharas de la psicología, tenemos que decidir a cuáles de las múltiples situaciones aceleradas del día vamos a dedicarle el esfuerzo que implica el arte de la paciencia.

Se podría pensar que algo tan disruptivo como la pandemia del COVID-19 debería haber influido en enseñarnos la necesidad de la espera y la paciencia, pero creo que ha sido todo lo contrario. El estar en nuestras casas nos hizo consumir bienes tangibles e intangibles (como las series) a una velocidad mucho más rápida, y ahora que la pandemia ha amainado; esa necesidad creada sigue ahí y exigimos que sea satisfecha. No por nada la crisis de la cadena de suministro ha sido tan severa.

Claro, como ya dije no todo ha sido para mal. Se puede ver que en diferentes ámbitos están surgiendo iniciativas contra corriente que tratan, justamente, de hacernos ver la necesidad de vivir una vida con más calma; dando tiempo al tiempo como diría mi abuela. Falta ver cuáles son los resultados finales de estas iniciativas; pero sinceramente creo que no podremos librarnos de que para principios de diciembre ya estén anunciando, ahora, la rosca de reyes.

¿Consideras que en tu día a día prácticas el arte de la espera?

¿Realmente lo estamos arreglando?

Durante la semana vi dos publicaciones que me hicieron reflexionar sobre el enfoque que le estamos dando a temas como el cambio climático, pero que en general hablan también de la mentalidad de la época. La primera publicación (del World Economic Forum) mostraba un robot en forma de pez, aún en fase de prototipo, que podía recolectar micro plástico del océano; mediante una reacción que tenía este con su cuerpo. La segunda era una noticia de The Guardian informando que una ciudad en Países Bajos había prohibido, en espacios públicos, los anuncios sobre carne; en un esfuerzo justo de reducir el consumo de la carne y en consecuencia las emisiones de gases de efecto invernadero que dicha industria provoca.

Ambas iniciativas son buenas, en particular la del robot pez me parece sumamente interesante; y por supuesto que debemos hacer todo lo posible por disminuir y revertir los terribles daños que le hemos hecho al planeta. Pero, como dije al principio, también es importante que reflexionemos sobre la mentalidad que las está impulsando. Tenemos un acercamiento a los problemas en donde nos resulta más “sencillo” encontrar una manera de corregir el impacto de los mismos, que de modificar o eliminar el comportamiento que los está causando. De nuevo, entiendo que en cuestiones como la del micro plástico en el océano, es necesario tomar acciones en paralelo en ambos sentidos; pero al menos a mí me ha tocado ver más “soluciones” a medias que no atacan el problema de raíz.

Esto me hace recordar otra noticia que leí ya hace algún tiempo, en la que se discutía el comportamiento observado en los cuervos de cierta ciudad; los cuales habían aprendido a recoger las colillas de cigarros de las banquetas de los parques y tirarlas en los depósitos de basura. En el artículo se discutía si podría ese comportamiento replicarse en cuervos de otras localidades; y uno de los expertos comentaba, palabras más palabras menos, que resultaba muy interesante que quizás sería más fácil enseñarle a un cuervo a recoger basura que a una persona a no tirarla en primer lugar.

Creo que esto resume bastante bien el enfoque que como sociedad le damos a problemas transcendentales, en el que abogamos más por encontrar maneras de minimizar el impacto de nuestras acciones, que en cambiar las mismas. Algo igualmente preocupante es que, en la mayoría de los casos, el motivo por el que no queremos modificar nuestro comportamiento es simplemente porque no queremos perder nuestra comodidad, tanto individual como colectiva. Porque claro, resulta mucho más sencillo que, al ir por mi café, me den un vaso desechable que cargar yo con un termo; que además de todo tengo que lavar. De igual forma, preferimos aceptar como status quo que una compañía deforeste los bosques o tenga prácticamente en condición de esclavitud a sus empleados, que el tomar parte en una protesta en forma que obligue a las empresas a cambiar dichas prácticas.

En este mismo sentido, también es importante mencionar que esta mentalidad de bucle simple (en términos del psicólogo Chris Argyris) es ampliamente fomentada por las empresas, pues en la mayoría de los casos su compromiso con temas de trascendencia es meramente superficial. De esa forma, crean campañas que se enfocan en soluciones simplistas y que de alguna manera les benefician económicamente (“ya no uses popotes de plástico, mejor usa mis popotes metálicos en 50 tonos diferentes”); en lugar de ellas también analizar su comportamiento y hacer un cambio consciente que permite una mejora a largo plazo.

De esta forma, vamos por la vida confiados en que hemos resuelto el problema; en lugar de darnos cuenta que sólo hemos hecho un hoyo para tapar otro. Porque al final del día, el implementar ideas como las del pez robot implica también el uso de recursos que deben obtenerse de alguna forma, y que queramos o no implican un costo ecológico; que quizás sí termine siendo menor que el de otras iniciativas o el de no hacer nada. Pero, a la larga, todo va sumando (o restando, según se quiera ver), y soluciones que deberían verse como temporales se convierten en permanentes; simplemente porque como sociedad nos negamos a ir un paso más allá y fomentar cambios verdaderamente conscientes.

¿Tú consideras que las soluciones que estamos dando a los problemas trascendentales, tienen el enfoque adecuado?

Con lo que me quedo.

El otro día estaba haciendo limpia de papeles, entre ellos algunos apuntes que tenía de la universidad y la maestría. Mientras los revisaba, me topé con varios conceptos que se han quedado conmigo, y que he seguido usando en mi vida académica y profesional; pero también vi otros tantos que había olvidado, pero que con darles una leída rápida dije “oye, eso podría servirme”. Con esto entré en la fase que más me cuesta cuando decido hacer limpia de cualquier cosa: ¿me lo quedo, o lo desecho?

Una parte de mí me dice siempre que lo conserve, que puede servirme en el futuro o que de seguro ahora sí me voy a dar el tiempo de usarlo/leerlo (cosa que raramente ocurre, si soy sincera). Pero hay otra parte que me dice que no, que no puedo conservar tantas cosas y que al final del día no le doy seguimiento a todo, simplemente porque la vida no me alcanza. Mientras contemplaba esta situación con los apuntes, me puse a pensar que esto pasa también con otras cosas de la vida, como son las relaciones personales.

Todas las personas hemos pasado por relaciones que nos cuesta trabajo dejar, y seguimos dándole vueltas sobre porqué no funcionaron, o preguntándonos si deberíamos hacer aún algo más para salvarlas. En pocas palabras, no queremos perder eso que tenemos, porque nos da un poco de miedo lo que eso significa tanto en nuestro presente como en nuestro futuro.  Pero al final del día, tenemos que adaptarnos a esa nueva realidad, tanto por nuestro bien como por el de la persona con la que compartimos esa relación; y que tal vez aún compartimos, solo que de manera distinta. Y es entonces cuanto tenemos que decidir con qué nos vamos a quedar.

Independientemente de cómo haya quedado la relación, siempre podemos conservar aquello que aún nos produce felicidad de la misma, parafraseando un poco a Marie Kondo. Quizás puedes seguir usando la técnica que una amiga te compartió para quitarte lo enchilado, o conserves la taza que te regaló porque tenía tus colores favoritos, o uno de tus recuerdos más preciados siempre será ese viaje que hicieron juntas. Y otras tantas cosas y experiencias las desecharás, no porque no fueron importantes en su momento, o porque sean “malas”; simplemente ya no tienen espacio en la nueva realidad de tu vida.

Incluso, las cosas con las que decidas quedarte deberán también ajustarse a ese nuevo espacio y tiempo. Así como me pasa a mi con algunos conceptos de algunas clases que si bien conozco, pero que no uso diario; talvez esa foto que tenían pueda pasar a un álbum en lugar de estar en tu buró. No han desaparecido, incluso puede que tu subconsciente sigue corriendo esa información en segundo plano; pero al menos ya te dejó capacidad libre para lo que viene.

Eso creo que es lo más importante, entender que el soltar algunas cosas te permite poder tomar otras nuevas; pero con la experiencia de las pasadas. Así como una clase de economía será más fácil gracias a los conocimientos previos que tienes de otras asignaturas, así también podrás tener relaciones más saludables con la experiencia de otras que ya has pasado; aunque en ninguno de los casos recuerdes todo lo que te enseñaron. Solo es cuestión de que te des la oportunidad de analizar con qué te quedas, y seguir adelante.

¿Tu has hecho limpia de alguna cosa últimamente?

El significado de los días.

¿Les ha sucedido que un día que significaba mucho para ustedes, o que les causaba mucha ilusión, de repente pasa a ser un día normal? Eso me está pasando justo hoy, pues en México se celebra el día del abuelo y de la abuela; y es el primer año en ni él ni ella están ya conmigo y mi familia. En el caso de él ya son casi 6 años de ausencia, en el de ella no ha pasado un año aún.

Yo sé que su ausencia física no impide que los recuerde y honre su memoria en este día, y en todos los demás; pero no deja de ser un día que se siente vacío respecto a otros años. Este año no vamos a hacer comida especial, o comprar pastel, y tampoco tenemos la ilusión de que vean el regalo que habíamos preparado. Es sólo un domingo más, con pendientes y cosas por hacer. Pero con la diferencia de que ahora cada publicación que veo referente al día, trae recuerdos que son a la vez felices y tristes.

Esto me ha hecho recordar lo que decía mi abuela sobre la Navidad, como para ella ya era un día sin mucha ilusión; pues recordaba a todas las personas que ya no estaban con ella, así como todos los momentos pasados. Cuando era niña no lo comprendía, porque para mi la Navidad tenía la magia de las luces, y los regalos, de una comida especial y de las vacaciones (sin dejar el significado religioso de la fiesta, que ella siempre priorizaba). Conforme fui creciendo, la magia se fue transformando; pues ahora se centraba más en formar recuerdos en familia y de disfrutar. Como yo soy la hermana mayor, también fue el poder participar en cosas que antes no hacía, como la compra de regalos o algún platillo especial. Ha habido más cambios conforme los años han pasado también, pero la magia sigue ahí; y espero que pese al tiempo que pase, siempre pueda encontrarla.

Creo que eso ha pasado también con otras fechas, no solo relacionadas con él y ella, o con la familia, sino también con algunas personales.  Se han resignificado conforme he vivido nuevas experiencias, algunas se han vuelto más relevantes, o he entendido mejor su significado; y otras quizás sean ya solo un recuerdo bonito. También es cierto que se han agregado nuevas fechas, pequeñas y grandes, que de alguna forma me dan algo por lo que tener ilusión. Creo que ese es el centro de la situación, y de lo que ya he hablado antes. En un tiempo en el que las cosas cambian con inquietante rapidez, en el que la sociedad siempre quiere algo nuevo y diferente; es bueno tener ciertas fechas que siempre significarán algo para ti, quizás no de la misma forma que hace un año, pero que siguen siendo fuente de esperanza y alegría.

Espero que el próximo año esté día sea más fácil de sobrellevar para mí, pero también sé que es un proceso que no puedo forzar; sino que poco a poco ocupará su nuevo significado en mi vida. Hasta entonces, seguiré disfrutando de los días, con su significado, o su falta de él.

¿Qué día ha cambiado su significado para ti, a lo largo de los años?

Ya casi.

¿Alguna vez se han cambiado de casa? ¿O hecho alguna remodelación en su hogar que ha implicado mover muebles y otras cosas? Yo he hecho ambas cosas; justo ahora me encuentro en medio de una remodelación, y estoy a punto de volverme loca. Además de las incomodidades propias de la situación (¡odio el polvo!), estamos en un punto en el que todo está a la mitad. Una parte de mis cosas está en el cuarto de mi hermano, otras están por lo pronto semi-acomodadas en mi clóset en lo que terminan de pintar una pared para poder ponerlas en su sitio, y otras tantas están en la pila de decisión sobre si las donamos o qué hacemos con ellas. Un pequeño caos sin duda.

A lo largo de estos días, los mantras que hemos adoptado son “Ya casi lo logramos” y “El resultado valdrá la pena”; y de alguna manera nos ha ayudado a sobrellevar la situación. Al decirlas tantas veces, no puede evitar reflexionar sobre ellas, y como se aplican a más de un tipo de mudanza.

Por ejemplo, las primeras semanas en un trabajo son caóticas; pues es absorber demasiada información en un muy poco tiempo, más la presión de querer demostrar que puedes con el puesto. Pero de alguna manera continúas, quizás tengas una o dos situaciones de frustración en las que quieras aventar la computadora por la ventana; pero en el fondo sabes que llegará el día que te sentirás cómoda en tu trabajo y podrás ver el resultado de los proyectos en los que estás trabajando. Y entonces vendrá un nuevo reto y habrá que iniciar una nueva mudanza; porque al final del día la vida es cíclica.

De esta forma seguimos avanzando, con buenas y malas mudanzas, aprendiendo un poco de cada una.  Algunas mudanzas serán más largas o nos costarán más trabajo de lo que habíamos planeado, e incluso talvez a la mitad del proceso nos demos cuenta que no fue la mejor decisión y haya que revirar en ciertas cosas. Lo que necesitamos es entender lo que comenté en el párrafo anterior, respecto a que esos cambios (en cualquier ámbito) son necesarios para poder acceder a nuevas experiencias y conocimientos, para poder adaptar nuestros espacios a las personas en las que nos vamos convirtiendo. Dejar algunas cosas para poder tomar otras, darle un nuevo propósito a las que ya tenemos, compartir otras tantas, y algunas simplemente ponerlas de nuevo en una caja y lidiar con ellas cuando tengamos la capacidad de hacerlo. Al fin y al cabo, no tenemos que mudar todo de golpe.

Pero lo más importante de cualquier mudanza es que, cuando ya por fin hayamos puesto todo en su sitio y limpiado el polvo que invariablemente llega al mover cosas; nos demos el tiempo de servirnos un vaso de té, sentarnos en nuestra silla favorita, y observar el resultado de nuestro trabajo. Si, mañana habrá que pensar en la mudanza que sigue, pero al menos hoy, ya lo logramos.

¿Tu tienes alguna mudanza en puerta?

El momento perfecto.

Quienes han leído “El Conde de Montecristo”, quizás recuerden una escena en la que el Conde se prepara, mental y emocionalmente, para entrar en los aposentos de Haydée. Dumas nos explica que, al contrario de las personas ordinarias, el Conde requería prepararse para los momentos felices. Esto por supuesto es un elemento para demostrar como la tragedia ha dejado su marca en Edmundo Dantes; pero creo que muchas personas podemos identificarnos con esa necesidad de no querer o poder hacer algo, hasta que las condiciones sean las ideales.

Por ejemplo, en más de una ocasión he pospuesto el ver algún video o leer un libro que he esperado con ansias y que sé que voy a disfrutar; pero para el que en ese momento particular no me encuentro en el estado mental correcto. Con esto no quiero decir que esté triste o enojada, o alguna otra emoción catalogada como negativa; sino que tal vez ha sido un día muy ajetreado o aún quedan muchos pendientes por hacer, y eso no me dejará disfrutar la actividad de la mejor manera. O bien, sé que el resultado obtenido de la misma no me dejará satisfecha; pues ese mismo cansancio mental me impedirá dar lo mejor de mí.

Hubo un tiempo en que esto me frustraba, pues sentía que dejaba pasar oportunidades, que me estaba perdiendo de “vivir el momento” pues no veía algo en tiempo real o al menos en un tiempo considerable luego de que se hubiera estrenado. Como si alguien me estuviera llevando la cuenta. Llegué incluso a pensar si esto no sería una manifestación de disfunción ejecutiva; pero luego de analizarlo he llegado a dos grandes conclusiones, un tanto opuestas entre sí.

La primera de ellas tiene que ver con el perfeccionismo, y como este sigue siendo una característica constante en mi vida; y en la de muchas personas. Hemos escuchado tantas veces que las cosas tienen que salir bien y a la primera, que vivimos en un estado constante de aprehensión de no cumplir con las expectativas, reales o imaginarias, que alguien ha trazado para todas nuestras actividades. Lo que es peor, creemos que, si fallamos la primera vez, ya no tendremos oportunidad de corregirlo; algo que raramente es real para el grueso de las actividades o situaciones cotidianas. Así pues, hemos de aprender a dejar ese miedo atrás, a ver la vida no como una competencia de clavados en la que nos califican cada uno, sino como una ida a la playa a la que vamos a divertirnos; independientemente de si nuestros saltos son buenos o no.

Pero, por otra parte, también está bien reconocer cuando no es el mejor momento para hacer algo, y simplemente esperar. Hay momentos que queremos disfrutar con todos nuestros sentidos, y el apresurarlos nos robará esa oportunidad. Lo importante entonces es recordarnos que requerimos esos momentos para nutrirnos anímica, espiritual y mentalmente; y por tanto ir propiciando momentos de calma en nuestro día a día que nos permitan “cargar” nuestras energías para disfrutar esos momentos. El ser capaces de tomar una pausa para poder ser nosotras mismas de nuevo, y disfrutar las cosas que amamos, posiblemente sea una de las habilidades más importantes en los tiempos que vivimos.

Al unir ambas conclusiones, que como dije podrían parecer opuestas entre sí, creo que podemos llegar al centro de este asunto. No se trata simplemente de vivir el presente o de tomarse las cosas con calma, sino de conocernos a nosotras mismas. Saber para qué estamos listas y para qué no, qué es importante y qué no lo es tanto; para de ahí tomar las mejores decisiones para nuestra vida.

Habrá veces en que no tendremos opción y deberemos aventarnos al vacío sin saber muy bien cómo aterrizar; pero en las que podamos, démonos la oportunidad de gozar el momento como nosotras queramos, independientemente de cómo sea.

¿Cuál es tu momento ideal?

El tiempo no lineal.

¿Alguna vez has ido a un lugar donde parece que el tiempo avanza más despacio? ¿Pero que, extrañamente, te alcanza para más cosas?

Yo conozco varios lugares así, en los que el día parece alargarse mágicamente. Contrario a lo que podría pensarse, no son lugares recónditos; uno de ellos está de hecho a poco más de una hora de la ciudad en donde vivo. Así que la particularidad del paso del tiempo no depende de su lejanía con las ciudades, sino de algo más. A veces he pensado que quizás se debe a que su población son principalmente adultos y adultos mayores; pero también me ha tocado visitar pueblos y pequeñas ciudades donde la población es más diversa, demográficamente hablando, y me he encontrado con la misma sensación en cuanto al paso del tiempo.

Finalmente, llegué a pensar a que quizás a mí me parecía que el tiempo se alargaba en esos lugares, porque voy únicamente de visita y con la oportunidad de hacer cosas que usualmente no hago. Por ejemplo, en el poblado que les comento, muy cerca de la casa donde nos quedamos, hay un pequeño cerro; así que podemos subirlo luego del almuerzo. O bien, podemos organizarnos e ir a un cañón natural, que si bien es un sitio más turístico y con más gente; no deja de ser una actividad inusual en mi día a día. O simplemente el sentarnos a platicar en la mesa de la cocina, escuchando historias diferentes; me la sensación de que tengo más tiempo para disfrutar.

Aunque estoy segura de que situaciones como las anteriores influyen en mi percepción del tiempo, también es cierto que cuando platico con gente que es originaria de esos lugares y que por cualquier situación están en la ciudad; me han hecho el mismo comentario: que les parece que el tiempo les alcanza para menos cosas. Ahora que reflexiono sobre ello, su apreciación puede verse afectada por el hecho de que, contrario a mi experiencia, ellos sí vienen aquí con una agenda establecida. Por ejemplo, a tal hora tiene que atender una consulta médica, o tiene hasta tal hora para atender un trámite de gobierno, y además tiene que regresar temprano para no manejar de noche. En otras palabras, su tiempo ahora está compartimentado, en lugar de ser una unidad completa que se les presenta día con día.

Quizás en eso estribe la magia de ese tipo de lugares, en que en ellos realmente tienes un día completo cada vez, en lugar de pequeñas unidades pre asignadas a diferentes actividades. Existen técnicas como el método Pomodoro que afirman, y con razón, que el dividir tu tiempo en bloques permite aumentar la productividad y mejorar la administración del tiempo. Lo cual está muy bien, pero en ocasiones las personas solo queremos disfrutar del tiempo, no sacarle provecho. En una sociedad donde cada vez existe mayor presión por tener todo ya, y aprovechar cada minuto de tiempo disponible; el poder visitar lugares donde realmente cuentas con un día completo para vivirlo, es algo invaluable.

¿Conoces algún lugar donde el tiempo parezca alargarse?