La necesidad de mostrar que eres diferente.

Justo ayer leía un artículo sobre una nueva tendencia de diseño/decoración, conocida como “cluttercore”, que podría decirse es lo opuesto al minimalismo. En esta tendencia, la idea es tener mucho, y además mostrarlo. Una de las seguidoras de este movimiento explica que se trata de un caos organizado, enfocado en ciertos temas o elementos que son distintivos de la personalidad de quien está creando el espacio. Podría decirse que es una nueva forma de ver a los coleccionistas, solo que ahora lo que se colecciona no tienen que ser precisamente obras de arte, sino más bien cosas que le son agradables y familiares a cada persona; en un intento de mostrar su individualidad.

Si bien comparto algunas ideas de esta tendencia; no puedo dejar de pensar como la misma tiene una fuerte carga de clasismo. Después de todo, el formar y mantener una colección implica dinero y esfuerzo, algo que no todas las personas pueden permitirse; menos ahora que existe un creciente temor a una recesión mundial. Además, aunque las personas defensoras de este movimiento indican que no existe una manera incorrecta de llevarlo a cabo; la realidad es que no todas las cosas o colecciones serán apreciadas de la misma forma. Con esto quiero decir que una persona que puede permitirse un mueble especial para mostrar su colección de tazas, será más alabada que alguien que las tiene quizás un poco apretadas dentro de un trastero común. Como se dice tanto ahora, “no emitiría las mismas vibras”, signifique eso lo que quiera significar.

En este mismo sentido, pese a que el artículo no lo menciona, estoy segura de que el cluttercore se potenció durante el tiempo de aislamiento causado por la pandemia. Miles de personas que estaban acostumbradas a compartir en redes sociales las fotos de sus viajes y aventuras, de repente se encontraron confinadas en sus casas, sin nada “nuevo” que mostrar. Así que empezaron a mostrar sus cosas; que arregladas de cierta forma y con una o dos frases sobre la estética, producían la misma reacción en “me gusta” que las fotos de esas personas conviviendo con elefantes en Tailandia.

No dudo que algunas de las personas que se subieron a esa tendencia lo hicieron con la intención de mostrar algún rasgo de su personalidad; pero también es cierto que muchas otras lo hicieron para mantener su “estatus”. Querían mostrar que, pese a las condiciones poco favorables, ellos seguían siendo cool, y seguían manteniendo un estilo de vida desenfadado y creativo. Así, más que querer ejercer su individualidad, lo que querían hacer era recordarle a la gente que ellos seguían siendo diferentes, que pertenecían a un sector de la sociedad que podía seguir viviendo bien; pese a que el resto sufriera los efectos de una pandemia.

Al leer esto se podría pensar que estoy haciendo una apología al minimalismo; pero la realidad es que esta otra tendencia no se escapa de una crítica social. Por ejemplo, si bien el cluttercore exige un esfuerzo de mantenimiento en el sentido de que es limpiar, ordenar y cuidar muchas cosas; el minimalismo exige un esfuerzo similar para mantener ese sentido etéreo tan característico. Después de todo, un cuarto completamente blanco debe limpiarse más seguido, lo cual implica dedicarle más tiempo. Tiempo que una persona promedio no tiene, pues se le va en recorrer la distancia a su trabajo, preparar su comida para el día siguiente; o incluso en tener un segundo trabajo para mantenerse a flote.

Así pues, las personas que se consideran exponentes/seguidoras fieles de una u otra tendencia, en definitiva, pertenecen a un reducido sector de la sociedad que puede permitirse ser puristas en ese sentido. El resto de la gente, tomamos ideas de una y otra, y vamos armando un espacio que nos produzca bienestar; sin preocuparnos mucho de la aparente contradicción en ese hecho. Esto para mi es la verdadera autenticidad e individualidad que tanto se busca y proclama en los movimientos (de diseño y otro tipo) de hoy en día. No el seguir una filosofía a pie juntillas, sin salirte de la rayita; sino el analizarla, entenderla, y buscar adaptarla a lo que tu como persona quieres, valoras, y necesitas. Habrá quién podrá decir que eso es relativismo, y en cierta forma quizás si lo sea; pero también es necesario recordar que nadie posee la verdad absoluta. Lo más que podemos hacer es tomar ideas de aquí y allá, para formar una verdad que sea buena para cada quien, pero sin menospreciar a la otra persona solo porque no sigue la regla de tener 1 artículo de cada cosa en su casa.

¿Qué opinas tú de estas tendencias en diseño?

Oportunidad de Fuego.

En el imaginario colectivo, el agua tiende a usarse como el elemento de la vida, dándole las características de una fuerza creadora; mientras que el fuego se asocia por lo general con la destrucción. La secuencia animada de la pieza “FireBird” de Igor Stravinsky en la película “Fantasía 2000”, me parece que ilustra a la perfección lo que trato de decir. Pese a esto, siempre he tenido una afinidad mayor hacia el fuego, encuentro algo mágico y calmante en él; mientras que el agua siempre me ha causado miedo.

Cuando le comenté esto a una maestra en secundaria, me dijo que opinaba eso porque (a diferencia de ella), nunca había vivido en una zona maderera; donde el poder destructivo del fuego es algo muy real. Pese a que acepté que posiblemente tuviera razón, también le hice una observación que aún ahora me parece cierta: a diferencia del agua, el fuego te da una oportunidad.

Con esto quiero decir que si, por ejemplo, una presa se revienta, lo más que puedes hacer es tratar de huir. Simplemente, no tenemos nada para competir con una fuerza de esa naturaleza; y las soluciones que hemos encontrado para contenerla no son inmediatas. Quiero decir, no es como que puedas construir una presa en una hora. Podemos intentar poner pequeñas barreras para proteger ciertas áreas cuando se desborda un río, pero al final del día la corriente pasará llevándose todo aquello que se interponga en su camino. Al menos a mí, eso me suena mucho más a destrucción.

En cambio, sin tratar de romantizar; cuando hay un incendio, se pueden tomar varias acciones inmediatas y efectivas (dependiendo de la naturaleza del fuego y otros factores claro), para controlarlo. Puedes usar un extintor, puedes usar una cubeta con agua, puedes cavar una zanja; inclusive si las condiciones lo permiten puedes quemar primero una zona por donde pasará el incendio, pero como ya está quemada, se rompe el triángulo del fuego y el incendio no puede avanzar. En fin, lo que trato de decir es que aún con toda la fuerza del fuego; de alguna forma nos ofrece una pelea justa, una pelea en la que podemos defendernos.

Quizás a eso se debe también mi afinidad por el fuego. Por naturaleza soy una persona que tiende a ser justa y equitativa, y que puedo otorgar el beneficio de la duda o una dispensa en más de una ocasión; en otras palabras, te doy una oportunidad. Pero, al mismo tiempo, tengo ciertos límites y reglas que, si las cruzas, no esperes salir bien librado de la situación; y tampoco creas que volver a intentarlo será fácil o si quiera posible. Quizás algunos de esos límites o reglas puedan parecer exagerados para algunas personas, pero se han ido formado con las experiencia de vida que he tenido y el tenerlos me da tranquilidad; y realmente no son tantos como para que puedan generar un problema si aprendes a asimilarlo y respetarlos. Simplemente, como con los incendios, si no aprovechas las oportunidades, va a llegar un punto en el que no vas a poder controlarlos, y te quedarás impresionado con su fuerza.

Cómo he dicho antes, con esto no pretendo romantizar o restar importancia a las terribles consecuencias que los incendios pueden tener; simplemente trato de expresar que la imagen destructora que se le asigna al fuego no es de ninguna manera precisa en su totalidad. Para mí, la imagen más aplicable es otra del imaginario colectivo, pero que en ocasiones no se le da una connotación del todo positiva: la del fuego como un elemento de renacimiento. Creo que esta asociación es más equiparable con la idea de que el fuego te da una oportunidad, pues incluso después de la catástrofe de un incendio, cuando parece que todo está perdido; te encuentras que en algunos casos el suelo es más fértil, o quizás encuentras la inspiración para reconstruir algo de una mejor manera. En la vida personal pasa lo mismo: a veces necesitas decididamente soltar algo para darte a ti misma, y a las demás personas, la oportunidad de crear algo mejor.

¿Y a ti, te gusta el fuego?

Pandora y Esperanza.

Últimamente he leído mucho sobre el mito de Pandora, una historia que se ha referenciado en muchos otros relatos y medios; pero que en cierta forma nunca había leído directamente. Por ejemplo, recién ahora me entero que Pandora fue la primera mujer creada directamente por los Dioses griegos a partir de arcilla, y como el hecho de que ella abriera la caja (que en realidad era una vasija) se relaciona de cierta forma con la historia de Eva en el Génesis de la Biblia; en el sentido de que ellas fueron quienes trajo el mal a la humanidad. De hecho, algunos estudiosos del tema mencionan que posiblemente sea Pandora misma quién contenía dicha maldad, debido a la mención de la vasija de arcilla; y a que en otra versión del mito lo que envían los Dioses a la humanidad es precisamente a la primera mujer, “cuyos descendientes serán tormento de la humanidad”. Una coincidencia interesante respecto como ambas sociedades veían a la mujer como algo inherentemente maligno, y que por tanto debía ser sometido.

Pero bueno, continuando con la historia; como es bien sabido, luego de que todos los males fueron liberados de la vasija e invadieron el mundo, lo único que quedó dentro fue la esperanza. Algunos argumentan que una interpretación más sombría es posible; haciendo referencia a que esa parte del mito también podría traducirse como que lo se quedó en la caja fue una “expectativa engañosa”, es decir, un mal que hace a la humanidad creer que todo saldrá bien cuando la realidad es otra. Una interpretación plausible considerando que la vasija se suponía contenía todas las miserias que aún hoy atormentan a la humanidad; y que por tanto fue algo bueno que se quedara en la caja.

Sin embargo, creo que hay otra teoría que también debe considerarse: ¿que tal si la Esperanza estaba en la vasija luchando y conteniendo a los males del mundo? Según algunas versiones de la historia, Pandora no abrió la caja inmediatamente, sino que estuvo un tiempo tratando de resistirse a la tentación. ¿Qué tal si ese fue el trabajo de la Esperanza? Después de todo, la Esperanza es también una Diosa griega (conocida como Elpis), por lo que es factible que tuviera la capacidad para restringir a los males que amenazaban a la humanidad. Además, el hecho de Elpis sea precisamente una deidad femenina, agrega profundidad a la historia; pues en ese caso tendríamos tanto a una mujer hostigado y vencida por el sistema (en este caso Zeus), como a una que se rebela contra el mismo y busca cambiar no solo su situación, sino la de la comunidad.

Esta es la interpretación que más resuena conmigo, pues encaja con la creencia de que la esperanza no debe ser sólo un “sentimiento estático”, sino que debe ser activo. Es decir, solo esperar a que las cosas mejoren, no sirve de nada; sino que cada persona debe hacer algo para lograr esa mejoría. Cabe aclarar que con esto no me refiero solo a buscar una mejora “personal”, o a hacer algo individualmente, sino más bien a unir esfuerzos para poder lograr un cambio real y duradero, un cambio de sistema vamos. Después de todo, y volviendo al mito, eso fue lo que considero hizo Elpis: se negó a aceptar lo que Zeus (el sistema) había destinado para la humanidad, e intentó detenerlo con todas sus fuerzas. Al final quizás no haya tenido éxito, pero nos dejó una historia que nos sirve de inspiración para seguirlo intentando.

Esa última parte también es algo que me parece importante resaltar: si como se dice lo último que quedó en la vasija fue la esperanza; y según varias interpretaciones Pandora era la vasija misma, entonces su mito nos deja aún una lección más importante que la propuesta por Hesíodo (el poeta griego a quién se le atribuye la primera mención del mito de Pandora). Sí, quizás en la humanidad haya maldad, una maldad que ha corrompido al mundo y le ha traído sufrimiento; pero también existe un sentimiento bueno, un deseo de querer que nosotras mismas y la situación mejore. Si a eso le agregamos el componente de género, y la corriente de pensamiento que considera a Pandora como una versión inicial de la Madre Tierra; quizás esto también sirva también como una forma de quitar el estigma que se le ha impuesto a la mujer a lo largo de los siglos, y nos permita apreciar y entender nuestra esencia humana como algo mucho más complejo que una simple idea binaria del bien y el mal

¿Y tú, aún tienes esperanza en tu vasija?

No juzgues a un libro por su portada, o por su resumen.

Existen ciertos libros que, con sólo leer su resumen, sé que tengo que leerlos; y en la medida de lo posible, comprarlos para poder tenerlos tan cerca como sea posible. En cambio, hay algunos libros que, si bien me resultan interesantes, son de esos libros que sólo leeré una vez; así que está bien rentarlos en la biblioteca. Después de todo, sé que si en el futuro quiero leerlos una vez más, puedo volver a rentarlos.

Por supuesto, en más de una ocasión me he equivocado en mis decisiones sobre los libros. Algunas veces sucede que historias que pienso que serán sólo para pasar el rato, terminan teniendo un gran impacto en mi; y se quedan conmigo mucho después de haberlas leído. En otras ocasiones, libros que pienso pasarán a ser mis favoritos, terminan por desilusionarme. Eso puede pasar con sólo leer algunas páginas, pero en ocasiones es casi al final cuando sucede algo que arruina el libro para mí.

Eso me sucedió justo con el primer libro que compré cuando me fui de intercambio escolar a Estados Unidos. La historia en general estuvo bien a lo largo del libro, nada fuera de lo ordinario, pero al menos se iba desarrollando bien. Sin embargo, cerca del último capítulo, el autor hizo un comentario sobre mi país que me molestó bastante; lo que hizo que un libro bueno pasara a desagradable en un abrir y cerrar de ojos. Jamás he vuelto a leer ese libro; solo está en mi librero como un recuerdo de aquella época.

Caso contrario fue el Conde de Montecristo, un libro que empecé a leer porque me lo asignaron en la escuela; pero que conforme fui avanzando, me enganchó. Recuerdo perfectamente que para la actividad era leer solo algunos capítulos, pero yo leí varios más. También recuerdo que, cuando se acabó la tarea y tuve que regresar el libro, le pedí a mi mamá que me lo comprara para poder terminar la historia. Desde entonces, he leído el libro completo al menos unas 4 veces más; y en cada una de ellas descubro algo nuevo o le doy una nueva interpretación con base a las experiencias que voy teniendo, y siempre estará en un lugar especial en mi librero.

Creo que algo similar ha pasado con las personas que con las que he ido formando amistad a través del tiempo. Algunas de esas amistades empezaron solo porque las dos personas estábamos en el mismo lugar al mismo tiempo; como una amiga que tengo y con la que empecé a platicar solo porque yo llegaba muy temprano a la escuela y ella tenía un espacio entre clase y clase a esa hora. Otras amistades se fueron desarrollando con el tiempo, creando hermosos recuerdos a lo largo de los años; pero de pronto un buen día dejaron de ser lo que eran. Los recuerdos siguen ahí, pero es una historia que sabes ya no vas a continuar o a leer otra vez.

Del mismo modo, hay historias y personas que he conocido solo por un breve tiempo, pero que desearía hubiera sido más largo para poder crecer la relación. Igualmente, en algunos casos desearía que me hubiera encontrado con una persona o un libro en un momento diferente en mi vida, para poderlos apreciar realmente. Por último, también tengo casos en que he conocido a una persona por algún tiempo y tenemos una relación digamos normal; pero en eso sucede algo (interno o externo) que me hace entenderla y apreciarla mejor; y se convierte en alguien muy valiosa para mi. Eso me pasó con La Metamorfosis de Kafka, pero esa es otra historia.

Me parece que esto comprueba el viejo dicho de que no se debe juzgar a un libro por su portada; pero yo agregaría que a veces tampoco puedes juzgarlo por un resumen o por las primeras páginas. A veces, tienes que seguirlo leyendo y descubrir en el camino qué tipo de libro terminará siendo para ti. Algunas veces terminarás descubriendo alguna historia extraordinaria, en otras solo ordinarias; y espero que las menos de las veces encontrarás historias que desearías no haber conocido. Igual que con las personas, solo nos queda confiar en nuestro instinto y ser valientes, y disfrutar el proceso.

¿Qué persona se convirtió en una de tus historias favoritas?

Confesión.

Tengo algo que confesar: esta semana no preparé la entrada del blog.

Usualmente durante la semana me hago una idea de qué quiero escribir, y el sábado hago el documento final para poder tenerlo listo para el domingo en la mañana. Si por cualquier cosa el sábado no pude terminar, el domingo me levanto temprano a ello. Pero esta semana, no lo hice.

Por una parte, la semana fue más pesada que lo usual, por diferentes motivos. El sábado no fue la excepción, de hecho, creo que fue el día más pesado de todos. Afortunadamente, pude terminar los pendientes y en la tarde tener un momento de convivencia familiar. Ese momento terminó extendiéndose más de lo que había considerado; así que aparte de acostarme tarde, no tuve la energía para levantarme temprano a escribir el blog. Estuve un rato intentándolo, pero una parte de mi sabía que, aunque  llegara a levantarme, no iba a poder escribir una entrada con la que me sintiera satisfecha.

Así que aquí estoy, escribiendo la entrada mucho más tarde que de costumbre, pero sintiéndome bien respecto a ello.

Esto me hizo recordar un post que he visto algunas veces, el cual, parafraseando, dice que si estás llegando a un punto en el que estás sufriendo para dar “lo mejor de ti”; entonces simplemente eso ya no es lo mejor de ti. Mi interpretación de esto es que, aunque es comprensible que en ocasiones tengamos que hacer algunos “sacrificios” para lograr el resultado que queremos, debemos evitar llegar a un punto de quiebre. Quizás una desvelada o dos a la semana para terminar un trabajo está bien, pero no puedes vivir desvelándote. Faltar a un compromiso social por estudiar para un examen está bien, pero no puede vivir solo estudiando. Porque en algún punto, tu cuerpo y tu mente llegan a un sobre calentamiento en el que simplemente ya no puedes hacer las cosas como a ti te gustaría, lo cuál por supuesto hace que te sientas culpable y decides que lo que falta es que pongas más empeño.  Y así entras a un círculo vicioso del cual es muy difícil salir; y lamentablemente en algunas ocasiones es imposible.

Todas estas son ideas que he internalizado y comprendido no hace mucho tiempo; y la verdad es que en muchas instancias aún no las pongo en práctica de manera cabal. Pero al menos ya voy empezando, y tomo pequeñas acciones para cuidarme. Porque al fin  y al cabo, si la mejor versión de mi no es mi versión favorita, entonces realmente no es la mejor.

¿A ti te gusta tu versión actual?

Disfrutemos lo que hacemos.

¿Les ha pasado que, cuando están planchando una camisa, ven una arruga y al tratar de quitarla, arrugan otra parte de la camisa? Eso me pasó hoy en la mañana, por tratar de arreglar una arruga pequeña; y no fijarme, termine haciendo una arruga más grande. No fue mucho, pero ciertamente es algo que pudiera haber evitado si no me hubiera concentrado solo en ese pequeño detalle que no me gustaba, o en tratar de alcanzar un planchado perfecto.

Esto me hizo pensar en una frase que leí hace poco, “Done is better than perfect”; cuya intención es hacernos ver que ciertas cosas, es mejor hacerlas, aunque no sean perfectas. Esto es algo que he visto también mucho en relación a la salud mental, sobre todo como un apoyo o aliciente para quienes están lidiando con algún problema de depresión o ansiedad. Una publicación que en particular se me ha quedado grabada es la de una persona que comparte que en cierto momento se sentía tan mal que ni siquiera tenía la energía para hacerse un sándwich, por lo que se quedaba sin comer. Entonces su terapeuta le dijo que porque no solo se comía la rebanada de jamón y las rebanadas de pan por separado; lo cual fue toda una epifanía para dicha persona.

Quizás el ejemplo de arriba sea un poco, digamos dramático, pues claro siempre es mejor comer algo que quedarse sin comer; pero la realidad es que ilustra un problema bastante arraigado en nuestra sociedad. Nos han hecho creer que, si no podemos hacer las cosas “de la mejor manera”, o como la misma sociedad piensa que debemos hacerlo, entonces no tiene caso que las hagamos. Luego por eso existimos tantas personas que dejan a la mitad su sueño de aprender a bailar o a pintar, porque en algún punto alguien les dijo que lo que hacían no era lo suficientemente bueno como para “ser visto” o considerado.

Yo jamás he sido muy coordinada, por lo que me cuesta trabajo seguir un ritmo y a la vez hacerlo de manera, digamos agraciada. Así que cuando en la escuela nos tocaba presentar algún bailable o tabla rítmica, siempre tenía mucho estrés antes de la presentación, pues me daba miedo equivocarme y hacer quedar mal a mi grupo. O bien, cuando en la clase de educación física nos tocaba hacer equipos; yo sabía que iba a ser de las últimas en ser escogidas, precisamente porque ambos equipos querían ganar y para ello requerían tener a los mejores elementos.

 En parte debido a ello, al crecer fui relegando ese tipo de actividades, pues me provocaban más estrés que bienestar. Hasta hace no mucho fue que me di la oportunidad de hacer actividades físicas como la zumba, o incluso aceptar bailar en una fiesta. He de admitir que sigo sin hacer muy bien cualquiera de las dos; pero ya puedo divertirme mientras las realizo. Sobre todo, la zumba fue un descubrimiento importante, pues mientras la realizó puedo desconectar mi mente de cosas relacionadas con el trabajo, precisamente porque me estoy concentrando en los pasos y el ritmo. Tan solo eso, poder de alguna forma “apagar” ese tipo de pensamientos, me hace disfrutar infinitamente esa hora que duró bailando.

Y así existen otras tantas cosas que hago solo por que las disfruto, aunque yo sé que no soy particularmente buena para ello. Este blog es un excelente ejemplo; pues en ocasiones no me quedo del todo satisfecha de lo que escribo, o me digo que debería buscar la manera de hacerlo más ameno o llamativo, o algo. Pero fue precisamente por ese tipo de pensamientos que dure literalmente años en decidirme a publicarlo; porque siempre me decía que necesitaba aprender a hacer esto o mejor en aquello para poder tener mi blog. Ahora, aunque claro que le pongo empeño, me he decidido a publicar las entradas que siento son las que necesito compartir en ese momento; tan bien o tan mal escritas como acaben siendo. Quién sabe, quizás la entrada que publico, en lugar de dejarla guardada en el cajón, sea justo la que una persona necesitaba para sentirse mejor.

¿Qué cosas haces pese que no seas la mejor en ello?

Yo todavía quiero ser una sirena en la luna.

Ayer una amiga tenía música de los 90s en la oficina, y salió una canción de Kabah, uno de mis grupos favoritos. De hecho, su canción “La calle de las sirenas” estará por siempre ligada en mi memoria a las kermeses de mi escuela durante la primaria; pues alguna vez la quisimos presentar unas amigas y yo en los concursos que se hacían para tales ocasiones. Sinceramente, no tengo un recuerdo fijo de la presentación, pero esa canción sigue siendo una de mis favoritas, pese al paso del tiempo.

Ahora que reflexiono sobre ello, esa canción me gustaba y me gusta porque su tema es sumamente diferente a las canciones típicas de la época adolescente (de cualquier persona), cuyo punto central es el amor y todo lo que de este se desprende. En cambio, “La calle de las sirenas” habla sobre un dragón, unicornios, unas sirenas en la luna pintando a las estrellas, y otras tantas metáforas que en su momento no entendí completamente. Sin duda, a la niña “rara” que fui, que le gustaba inventarse historias y a veces las decía en voz alta en el salón; le resultaba una canción mucho más interesante que las demás que hablaban sobre el primer beso o ese tipo de cosas. Al fin y al cabo, yo no daría mi primer beso hasta muchos años después; pero en ese entonces, según yo, ya tenía un conocimiento amplio sobre cosas fantasiosas.

Es ahí cuando me di cuenta de lo extraña que es la sociedad en cuanto a cómo esperan que sea la transición entre la niñez y la juventud, y como esto es evidente en el ámbito musical. Con esto quiero decir que es obvio que, en cierto momento, aunque aún seas una niña, van a dejar de llamarte la atención las canciones de Pimpón o el ratón vaquero; pero al momento de voltear a ver que otras opciones tienes, te encuentras con canciones que hablan de que quieres que el chico que te gusta te tatúe su nombre en el alma (lo siento, nunca me gustó Jeans). Y así, pasas de un mundo inocente a un mundo en el que sólo se haba del amor romántico; y en algunas ocasiones de la amistad, pero seamos sinceras, el 99% de las veces es amor romántico.

Esto es solo un pequeño ejemplo de cómo, con cosas tan sutiles y en apariencia inocuas, se va forzando la sexualización de la niñez; y lamentablemente cada vez se da en edades más tempranas. Si te parece que estoy exagerando, ¿entonces porque la gente le pregunta a niños y niñas en edad preescolar si tienen novio o novia? Tienen entre 3 y 6 años, a esa edad su mente debería estar enfocada en otras cosas, como en seguir desarrollando sus habilidades sociales; que ahora se verán sesgadas al forzarles a ver la vida en pareja, antes aún de definirse como personas individuales.

Yo no tengo hijos o hijas, y realmente mi contacto con la infancia de hoy en día es limitado. Por algunas cosas que he visto, creo que hay más opciones que en mi época en cuanto a temas en canciones, por ejemplo. Pero aún así, sigue siendo preponderante la importancia que se le da al amor romántico en los diferentes medios de consumo. E incluso aquellos que buscan presentar otros tipos de amor (como el de la amistad), terminan siendo reinterpretados por la misma audiencia; por el mismo condicionamiento que tenemos respecto a que dos personas que se aman, tiene que ser forzosamente derivado de un amor romántico, o bien que la evolución natural de esa relación será justamente un amor de pareja. Es por eso que desde temprana edad los niños y niñas buscan tener un novio o una novia, aunque muchas veces (y en el mejor de los casos, cabe agregar) sea solo de nombre; pues eso es lo que hacen los y las protagonistas de las historias que les presentamos.

Creo sinceramente que si los medios buscarán que los contenidos de consumo (música, cine, televisión, videojuegos, internet, etc.) presentarán otro tipo de relaciones, y otro tipo de temas en general; la sociedad sería más equilibrada y habría muchas menos personas atrapadas en relaciones dañinas o insatisfactorias, pues entenderían que está bien no tener pareja, y que también está bien no querer tener una. El darle a las personas la oportunidad de vivir y desarrollar su vida a su ritmo, sin que todo lo que vean les esté diciendo que no están haciendo lo que deberían; sin duda serviría también para mejorar la salud mental colectiva.

Además, claro, tendríamos la oportunidad de escuchar una canción sobre ninfas o pegasos que fueran tomadas en serio. ¿A ti de que te gustaría escuchar una canción?

El torbellino.

Hay una escena en una novela llamada “Venganza de fuego “, en la que un policía se dirige a la estación donde hay todo un operativo para atrapar a un asesino serial. Sin embargo, justo en la escena anterior, el policía acaba de enterarse de algo terrible respecto a su familia; por lo que su estado de ánimo es más bien triste y digamos meditativo. Pero todo esto se hace añicos en cuanto cruza la puerta de la estación, pues el frenesí que se esta viviendo en ella es incompatible con su estado personal; pero el primero es tan fuerte que termina dominándolo.

Así como el personaje de esta novela, muchas veces he sentido que, pese a mis mejores intenciones, el torbellino del mundo exterior termina por atraparme. En más de una ocasión le he contestado mal a mi familia o a mis amistades, o no he disfrutado completamente de una actividad o momento especial porque el estrés de mis obligaciones laborales y escolares ha sacado lo “mejor” de mí. Lo peor del caso es que estoy consciente de esto, y siempre me hago el propósito de no permitir que pase de nuevo; y aunque tengo algunas mejorías, el torbellino vuelve a atraparme.

Posiblemente ustedes estén pensando lo que me dice mucha gente, que eso no está bien, que debo aprender a separar las cosas y a no tomarlas de forma personal, que debo vivir en el momento presente, etc. Créanme, todo eso lo sé a un nivel consciente, e incluso pongo en práctica estrategias con esos mismos fines. Como le contesto en veces a esas mismas personas, a lo mejor puedo durar lo 40 minutos que estoy en el gimnasio sin pensar en tal o cual cosa de mi trabajo, y eso claro que sirve y es bueno para mi salud mental. Pero, acabado ese tiempo, mi mente vuelve a pensar en lo mismo, porque sé que, al día siguiente a las ocho de la mañana, esa situación o problema seguirá ahí.

Por eso creo que a mí y a muchas personas en ocasiones nos resulta tan difícil pedir vacaciones o días libres, pues sentimos / sabemos que al volver tendremos quizás aún más pendientes. Con esto, la paz o la energía que pudimos ganar durante nuestro tiempo libre, sufre una considerable bajada en el primer o primeros días de vuelta a la rutina. El torbellino ha vuelto ha atraparnos.

Claro, esto depende mucho también del trabajo que desempeñe, del ambiente laboral de tu lugar de trabajo, y por supuesto de tu propia fuerza mental digamos. También existe siempre la posibilidad de mejorar en estos temas, como ya he dicho con anterioridad. No todo es fatalista.

El punto que quiero transmitir con este texto es más bien el de esa lucha constante que las personas tenemos con los factores externos. Yo en este caso menciono solo las presiones del trabajo y la escuela, pero hay infinidad de personas que ha eso agregan las dificultades de su vida doméstica. Pero al final del día, de un modo u otro, cada quien está intentando que su vida sea suya, que no se vea dominada por las exigencias de otros; que realmente podamos llamarla nuestra y disfrutar de ella.

Si ganamos o perdemos la batalla del día, y como esto va añadiendo al estado general de la lucha, es algo completamente subjetivo que nadie (ni siquiera nosotras mismas) podemos evaluar de la manera correcta. Quizás solo nos quede seguir intentando, y compartiendo nuestras historias tanto para aprender nuevas estrategias como para darnos ánimos. ¿Y tú, cómo pelas contra el torbellino?

¿Quién lleva la cuenta?

Siempre me ha gustado leer, es uno de mis pasatiempos favoritos desde que tenía como 12 años. Con el correr del tiempo hice una cuenta en Goodreads, esa página donde puedes poner tu lista de libros por leer y leídos; así como tus opiniones sobre estos últimos, entre otras cosas. Un buen concepto que me permitió encontrar algunos libros, autores y autoras interesantes.

Otra de las actividades que ofrece Goodreads son los famosos retos de lectura, en el que elegías un número de libros que pretendías leer durante un año; y la página te llevaba la cuenta e incluso te enviaba correos cada cierto tiempo sobre tu avance y sugerencias para avanzar más rápido. Quiero pensar que uno de los objetivos de esta estrategia era ayudar a las personas a desarrollar el hábito de la lectura, incluso después empezaron a salir retos temáticos (un libro de un país diferente cada mes, un generó diferente mensual, etc.) en otras redes sociales, como una manera de hacer el desafío más emocionante supongo. Pero, al menos en mi experiencia, esos retos lo hacían por lo general personas que ya teníamos el hábito de la lectura; y quizás sólo buscábamos tener algo que mostrar, poder decirles a nuestras amistades en la reunión de fin de año que habíamos leído un cierto número de libros durante el año.

Yo hice el reto por algunos años, aunque nunca completé el número de libros que me ponía como meta; la vida solía alterar mis planes en ese sentido. Luego, en el 2020, ese año que fue un punto de quiebre en tantos sentidos; tuve un bloque de lectora. Simplemente había muchas cosas pasando en mi vida, tanto por los acontecimientos mundiales como por situaciones personales que no me dejaban realmente disfrutar los libros. Así que ese año, de alguna manera, bote el reto y leí solo un par de libros. Luego llegó 2021, y mi bloqueo persistió; así que ni siquiera me tomé la molestia de poner un reto para ese año. Apenas ahora siento que el bloqueo se está levantando; y he podido leer un libro que tenía muchas ganas de leer hace tiempo. Pero, de nuevo, no me puse un reto para el año; y luego de meditarlo un poco creo que ya no los haré más, al menos en lo que se refiere a ponerme la meta de cierto número de libros leídos al año.

La razón es muy simple: quiero que leer vuelva a ser algo divertido. Quiero leer porque que quiero, no porque si no lo hago voy a atrasarme en mi promedio anual. Además, quiero volver a darme la oportunidad de saborear la lectura, de poder tomarme tiempo para analizar un libro luego de leerlo, en lugar de pasar inmediatamente al siguiente. Recuerdo que hace un tiempo saqué un libro de la biblioteca, no recuerdo el título, pero trataba sobre la biblioteca de Alejandría. Era una novela histórica en la que un par de bibliotecarios le explicaban la historia de la biblioteca a la persona que venía a quemarla. Un libro muy interesante que al final no leí completo, no porque no me gustara; sino porque supe que era de esos libros que iba a tomarme mucho tiempo, y yo necesitaba leer no recuerdo cuántos libros al mes para poder llegar a mi meta de ese año.

Ahora que ha pasado el tiempo, me doy cuenta de lo triste que fue esa decisión. Ese fue uno de los momentos en los que dejé de ver la lectura y los libros como algo que me causaba placer, y en su lugar los vi como una obligación. Creo que esa una de las cosas más horribles que pueden pasarles a las personas, cuando ya no sienten emoción por algo que solían atesorar.

Lo más triste es que en muchas ocasiones esto pasa por la presión que la sociedad nos impone de que debemos ser “buenos” o “mejores” en todo lo que hagamos. Si el año pasado corriste una carrera de 20km, ahora debes correr una de 30km. Si eres buena dibujando, entonces debes buscar la manera de monetizarlo, ¿has pensado en dibujar por comisión? ¿Quedaste segunda en el concurso de oratoria? Este año debes practicar más para quedar en el primer lugar. Y así sigue y sigue la lista, y vamos por la vida convirtiendo en obligaciones lo que iniciamos como una manera de relajarnos o divertirnos.

No digo que esté mal que en ciertos momentos nos pongamos retos de seguimiento, ya sea como una manera de formar un hábito, o como una manera de ver los resultados de alguna actividad. Pero también creo que debemos darnos el permiso de tener actividades o tiempos en los que hacemos las cosas solo porque sí, porque nos gusta; sin la imperiosa necesidad de ser cada vez mejores o siempre estar buscando algo más. Es muy común que te digan que debes de salir de tus zonas de confort, y eso está bien en algunos aspectos; pero demonios, eso no significa que debes simplemente eliminar el confort de tu vida.

Alguna vez leí que la palabra amateur proviene del vocablo latino amator que significa “el que ama”, contrario a lo que usualmente se piensa que una persona amateur es principiante en tal o cual actividad, y eventualmente se convertirá en una persona experta o profesional. Quizás sea momento de recordarnos el verdadero significado de esta palabra, y permitirnos hacer actividades solo porque nos gustan. ¿Qué actividades haces en tu día a día, solo por amor?

Ojalá te toque una mujer.

Quizás les ha pasado que, al estar haciendo fila para un trámite como el pasaporte o la licencia, mentalmente cuentas a la gente que está delante de ti; y calculas en cuál ventanilla te va a tocar. Claro, esto es solo una aproximación, una especie de juego para pasar el rato. Lo curioso es que, en más de una ocasión en que me he encontrado en una situación similar, siempre hay alguien que dice “mientras no me toque con la mujer, todo está bien”.

Esta frase la he escuchado decir tanto a hombres como a mujeres, de todos los estratos y niveles de educación. ¿Porqué esa aversión a que sea una mujer la que nos asista con un trámite? La opinión general es que en ese tipo de casos las mujeres son más “duras”, en el sentido de que te revisan todo con detalle, te pregunta más cosas, y tienden a rechazar tu solicitud por las cosas más simples. Incluso hay personas que llegan más allá y dicen incluso que estas mujeres tienen cara de enojo/presunción permanente.

No cuento con ningún tipo de dato duro para comprobar o refutar que las mujeres rechazan más trámites que los hombres; pero si creo poder decir que el motivo por el que como mujeres tendemos a ser más estrictas con nuestro trabajo es simplemente porque tenemos que demostrar que somos capaces de hacerlo bien. Es esa famosa doble moral con la que se mide a las mujeres, y que mucha gente se resiste a admitir que existe. Volviendo al ejemplo de los trámites, si un hombre te deja continuar con el mismo pese a que te falte un documento, se considera que es una persona amable y comprensiva; pero si es una mujer, decimos que es blanda, e incluso sus superiores podrían decir que no conoce el proceso o que no le importa su trabajo.

Es por eso que también tendemos a quedarnos más horas en el trabajo, o a contestar llamadas y mensajes en nuestro tiempo libre; porque de no hacerlo se nos tacha de poco comprometidas. Y así vamos por nuestra vida laboral, haciendo más de lo que nos corresponde, como preparando no solo nuestros reportes para las reuniones; sino también el café para las mismas. Sé lo que estás pensando, porque yo pienso lo mismo: que el hacer más de lo que te corresponde es de hecho una cualidad y una forma de impulsar el crecimiento personal y organizacional. Lo cual está muy bien, siempre y cuando ese esfuerzo sea reconocido; situación que no pasa para muchas mujeres. Al contrario, tiende a ser una fuente de exigencia tanto interna como externa.

Lo que es más lamentable, es que esto se extiende más allá de las esferas laborales. La mayoría de las mujeres no sólo se esfuerzan sobre manera en su trabajo, sino que al llegar a sus casas se ocupan también de tenerlas limpias, de que sus hijos e hijas (si los tienen) estén bien atendidos, y en general de ofrecer cuidados y atenciones a la familia. Y más le vale hacerlo de la manera “correcta”, ser excelente en esta otra esfera de su vida. Da igual que sea la mejor vendedora de su zona; si compra comida hecha a diario se considera que no está haciendo lo suficiente o que no le importa su familia. O bien, si decide no formar una familia tradicional (marido, hijos e hijas), a partir de cierta edad la sociedad empieza a tenerle lástima, pues sin importar todos sus demás logros; no está cumpliendo con uno de los papeles que la misma sociedad nos ha impuesto. El lado contrario de la moneda es igualmente injusto para nosotras.

Así, sin importar lo que hagamos, parece ser que siempre la llevamos de perder. Pero no por ello dejamos de seguir intentando, porque quizás el próximo esfuerzo sea el que nos lleve al siguiente nivel, o nos permita tener un momento de relajación. Entre tanto, seguiremos siendo exigentes con nosotras mismas y con nuestro trabajo, lo que nos lleva a aparecer como duras e intransigentes. ¿No será que, en realidad, el sistema es el que es demasiado severo con nosotras?