Me puse como prioridad, y mi cuenta bancaria bajó 30 mil pesos.
Pero, ¿cómo es que pasó?
Fui a mi visita semestral con la dentista. Ahí fueron $800.
Fui a hacerme el examen de la vista y cambiar mis lentes. Ahí fueron $5,000.
Me hice mi examen médico anual, incluido el examen de senos y el cervicouterino. Ahí fueron $3,000.
Renové mis plantillas, para corregir mi pisada. Ahí fueron $2,000.
Abrí una cuenta de inversión para mi retiro. Ahí fueron $10,000.
Cambié el filtro del agua en mi casa. Ahí fueron $700.
Me inscribí a un curso de administración de proyectos. Ahí fueron $1,500.
Renové mi colchón, pues ya tenía varios años encima y ya no me permitía descansar bien. Ahí fueron $6,500.
Y fui a cortarme el cabello. Ahí fueron los últimos $500.
¡Ah! ¿cómo? ¿Tú pensabas que me había gastado ese dinero en lattes, tintes y mascarillas coreanas?
Cariño, te dije que me había puesto como prioridad, y eso significa que invertí en mí misma, que tomé la responsabilidad de mi bienestar presente y futuro. ¿Por qué sería eso algo malo?
Si, podría estar haciendo fila para subir a la torre de la catedral.
O podría correr en sentido contrario y visitar el Museo del Chocolate.
O bien podría tomar un tren de poco más de una hora y visitar el pueblo de Coblenza.
E incluso podría haber madrugado y tomado un tren de 6 horas a Berlín, y volver a visitar su magnífica catedral, conocer otro de sus museos, o hacer el recorrido para conocer lo que fue un terrible campo de concentración.
Pero en lugar de eso, estoy aquí sentada en el parque frente al río Rin. Estoy viendo como cambia la tonalidad de sus aguas cuando el sol sale o se oculta, o cuando pasa algún barco. Estoy viendo los diferentes tipos de trenes ir y venir de la estación central. Estoy escuchando las campanas de la catedral que ha llegado a significar tanto para mí.
En otras palabras, estoy disfrutando el momento, y dándole oportunidad a mi mente de ir despacio o incluso detenerse un momento.
Más tarde me volveré a preocupar por horarios, documentos, tipos de cambio, y demás.
El otro día vi una publicación bastante interesante. Era una foto de alguna escena clásica, en la que un soldado, ataviado con el estilo griego/romano, está levantando un bebé que le ha entregado una mujer, quien también se aproxima al hombre. El entorno nos hace suponer que están en una casa, por lo que se infiere que el hombre ha regresado de una batalla y está siento recibido por su esposa e hijo. No venían más detalles sobre la obra en cuestión, aunque algunos de los comentarios señalaban que el guerrero era en realidad Alejandro Magno, lo cual pone un poco en duda el contexto de la imagen. Mas como dije, no me consta ni lo uno ni lo otro.
Sin embargo, lo que llamó mi atención fue el comentario del hombre que subió la publicación. Este se refería que la escena mostraba lo que era la masculinidad en su forma más alta; que era proteger, proveer y procrear. De ahí luego los comentarios de otras personas respecto a lo irónico de la situación, si es que el cuadro en verdad representaba a Alejandro Magno.
Pero más allá de ello, me quedé pensando en que en realidad esas tres palabras sí podrían aplicarse a una representación deseable de la masculinidad; siempre y cuando se vieran y vivieran más allá de la interpretación clásica que todas conocemos. Porque sí, un compañero que te proteja es deseable. Pero no en el sentido de que te vea como una frágil doncella que no puede enfrentarse al mundo por sí misma. Más bien, que te proteja porque los dos están en esto juntos, son parte de un mismo equipo, en donde si uno se cae, el otro o lo cubre mientras se levanta, o lo ayuda a levantarse, o lo carga un rato en lo que recupera fuerzas.
Alguien que te proteja es también aquél que lo hace cuando tú no estás presente. Es alguien que no habla con malicia de ti, con amigos o con extraños. Es también quien te protege al no traspasar tus límites, quien no te hace sentir incómoda en una situación, ya sea solos o en compañía de otros. Y quizás lo más importante, un compañero que te protege también protege al resto de las mujeres, porque sabe que solo así habrá una sociedad justa en la que tú y las demás puedan estar a salvo.
De igual forma, un compañero que te provea también es deseable. Pero no que te provea de casa, comida, dinero, gustos; de eso podemos proveernos nosotras mismas. Lo que es deseable es un compañero que te provea amor, comprensión, respeto, calidez, apoyo, momentos especiales, estabilidad, aventuras, magia.
¿No son todas esas cosas, un tanto básicas en una relación? Sí, lo son. Pero lamentablemente hay muchos hombres que han sido criados en el entendimiento de que a una relación ellos solo deben aportar lo material; sin considerar que una relación sana y satisfactoria es mucho más que eso.
Vale muy bien, pero volviendo al listado, ¿no son estas cosas que también podemos proporcionarnos por nuestra cuenta? Claro; de hecho, si las mismas solo las consigues mediante una relación externa, entonces hay unas cuantas situaciones que analizar de manera personal. Sin embargo, tener en tu vida a personas cuya mera compañía te den más de todas estas cosas, sin duda la harán más rica.
Finalmente, un compañero con quien procrear también es deseable. Pero esto va más allá del engendrar hijos juntos; que puedo incluso quedarse fuera de la ecuación. Lo que se busca es alguien con quien poder crear una relación y una vida en conjunto, con todas las cosas positivas que he venido mencionando. Es crear algo que sea mayor que la suma de sus partes. Parafraseando a Robert James Waller, es crear un nosotros a partir del tu y el yo; pero sin que estos desaparezcan.
Me parece que esto último es justo el elemento que hace falta para que se pueda dar una relación sana: el entender que es una relación de dos personas libres e independientes, pero unidas por algo más que conveniencia o necesidad. Si lo vemos así, entonces se vuelve lógico pensar que ambos harán lo necesario para proteger esa relación, que proveerán lo necesario para que la misma crezca saludablemente, y así procrear una vida agradable para ambos.
Si logramos esto, estaremos entonces no solo ante una representación ideal de la masculinidad, sino de las relaciones en su conjunto.
Esta constelación nace de las conversaciones que he tenido con una amiga que aumenta la magia en mi vida.
La vida es quedarte sin voz mientras disfrutas del mejor concierto de tu vida. Y al día siguiente presentar ese reporte de inventarios que preparaste en tu trabajo.
La vida es cumplir tu sueño de visitar tu ciudad favorita con tu familia. Y al día siguiente visitar la exposición temporal de tu museo local.
La vida es disfrutar del encendido del árbol de navidad en la plaza principal. Y al día siguiente guardar las esferas de tu propio y nuevo árbol de navidad.
La vida es el día de tu graduación, celebrando el gran logro que has conseguido. Y al día siguiente es esforzarte por cumplir las metas de tu trabajo.
La vida es probar los ravioles más deliciosos de la ciudad. Y al día siguiente cenar un sándwich hecho por tu mamá.
La vida es el primer viaje que haces con tus amigas. Y al día siguiente verse por video llamada porque no se les acomodaron las agendas.
La vida es ganar el premio a la estudiante más inteligente de tu grado. Y al día siguiente es aprender algo nuevo de la persona menos esperada.
La vida es conseguir el nuevo libro de tu autora favorita. Y al día siguiente descubrir que no te gustó tanto como el anterior.
La vida es asistir a la fiesta más increíble que puedas imaginar. Y al día siguiente es recordarla en el viaje de regreso, tomando una dona y un café.
Hace poco terminé un curso que implicaba que, una vez por semana, mi jornada laboral terminaba 2 horas más tarde de lo usual. El curso era bastante interesante y diverso, por lo que realmente disfrutaba esas horas de aprendizaje; aún y cuando eso significará tener un poco más de trabajo al día siguiente.
Conforme se acercaba el final de dicho curso, me preguntaba qué haría con esas 2 horas extra que volvería a tener para mi uso personal. Quería que las mismas siguieran teniendo sentido, y que no se convirtieran solo en un par de horas perdidas en el celular. Sabía también que necesitaba algo concreto y que fuera, digamos “agendable”, para luego no caer en la tentación de “darme permiso” de no hacerlo, pues así no iba a llegar a ningún lado. Pero a la vez sabía que necesitaba de algo que fuera semi-flexible, pues la vida es la vida y las cosas suceden, así que habría días en los que no podría dedicarle esas dos horas a una actividad en concreto; y no quería sentirme mal por ello después.
Mientras seguía pensando cómo hacerle, me hice la pregunta: ¿por qué me estoy forzando a que sean 2 horas seguidas de actividad? Cuando tomaba el curso era obvio que tenía que ser seguido, pues así estaba diseñado para aprovecharlo mejor; pero ahora yo era libre de elegir cómo quería pasar mis horas, y el poderlas dividir en períodos de tiempo más cortos me daría la oportunidad de disfrutar más actividades. Y así lo hice, tengo una actividad larga de una hora un día, y la otra hora la tengo repartida en una mini actividad diaria.
De esta situación saco algunas reflexiones. La primera, es muy común que, en las clases de negocios, y luego en el mundo real de los negocios, se incite a pensar “fuera de la caja”, infiriendo que debes ver los problemas o retos desde ángulos diferentes para encontrar una solución “disruptiva” que maximice los beneficios. Lo cual está muy bien, siempre y cuando recordemos que “disruptiva” no es sinónimo de grande o audaz o excesivamente innovadora. Solo es una buena solución que no se había considerado antes; y que puede incluso parecer obvia o simple una vez la definimos.
En mi caso, el recordar que podía disfrutar de esas 2 horas de manera fragmentada es lo más básico que existe, pero tuve que salirme de mi caja para poder verlo. Y una vez que lo hice, logré aumentar mi satisfacción; no solo porque podré disfrutar de más de una actividad, sino porque podré tener pequeñas dosis de felicidad diarias, en lugar de una única y grande que incluso podría ser demasiado (más de eso en breve).
Como segunda reflexión, y aplicando también lo que aprendí de mi curso; es que no debemos pensar que nuestro conocimiento tiene que ser dicotómico. Lo que aprendes en un curso perfectamente estructurado, académico y con un enfoque de negocios; puede servirte para tu vida diaria. De la misma forma, el conocimiento que aprendes de manera empírica, o por la tradición de tu familia, puede ser lo que te ayude a encontrar la solución fuera de la caja en una situación de trabajo. Como decía Terry Pratchett “el 90% de casi cualquier tipo de magia consiste en saber un dato extra”. Los datos ya están ahí, solo hay que ser lo suficientemente libres como para jugar con ellos y obtener algo en verdad especial.
Ya para terminar, mi última reflexión va de esa mentalidad que luego tenemos de “o todo o nada”. Esto puede ser desde considerar que si una experiencia no sale exactamente como nos imaginamos, entonces no vale la pena. O bien el querer sacar “todo” a partir de una sola experiencia. Si, claro que es genial vivir una experiencia épica como un concierto o ir al estreno de una película, en la que nuestras emociones y sentidos están al tope y no nos creemos lo que estamos viviendo. Esos momentos de felicidad máxima que son necesarios en nuestras vidas, pero que son eso: subidones con un tiempo definido. Por eso también son necesarios los momentos pequeños de felicidad diaria, que pueden ser recuerdos de ese gran momento; o bien momentos nuevos como la satisfacción de limpiar un espacio de tu casa o de tomar una caminata por el parque.
A lo que voy es, sí, claro que hay que buscar llenar nuestra vida de momentos increíbles, pero no querer llenarla toda de una vez; porque al final eso también es cansado. Mejor busquemos maneras diferentes de crear nuevos momentos especiales cada día, de formar una nueva parte del mosaico que es nuestra vida, para que tengamos mucho más que contemplar en los días buenos y en los no tan buenos.
Constelación dedicada a mi mamá, quien me dio el regalo de conocer el Desiderata.
El poema Desiderata, escrito por Max Ehrmann, es un poema poco convencional. Más allá de alabar una a una persona, este poema nos da una serie de sugerencias para vivir la vida de manera plena. Tiene varias versiones musicalizadas (de las cuales yo prefiero la interpretada por Jorge Lavat), que pueden perfectamente usarse como afirmaciones diarias, y así iniciar el día con la actitud decidida de esforzarnos por ser felices.
Hay una parte de este poema que dice,
Acata dócilmente el consejo de los años Abandonando con donaire las cosas de la juventud
Imagino que el poeta pretendía decirnos que, conforme nos hiciéramos mayores, dejáramos de lado la arriesgada osadía y la despreocupación de los años de juventud, y en su lugar nos enfoquemos en construir una vida más estable, que no es lo mismo que aburrida. Esto es consistente con otras estrofas del poema, en las que se nos invita a ser cautas en los negocios, a no fingir los afectos, a mantener el interés en nuestras carreras; entre otras cosas. Todas estas, sugerencias atinadas.
Sin embargo, luego de leer o escuchar el poema tantas veces, y en diferentes etapas de mi vida, creo que esta frase también puede aplicarse de otra forma. Cuando somos jóvenes, quizás incluso más marcado durante la adolescencia, buscamos (no sin cierta desesperación), la aprobación de nuestros pares, o de aquellas personas que admiramos. Buscamos encajar dentro de lo que en ese momento se considera como correcto, o cool, o aceptable.
Por eso terminamos oyendo la misma música que escuchan todos, viendo las mismas películas, vistiéndonos de la misma forma (¿alguien recuerda esos años en que el uniforme no oficial eran las playeras de Hollister o de American Eagle?), y sintiendo lo que suponemos es lo que todas debemos sentir a esa edad, aunque en lo particular nos sea indiferente o incluso ajeno. Esta necesidad de aprobación es también una necesidad de pertenencia, de formar parte de un grupo y así poder disfrutar de lo que nos han dicho es la mejor etapa de la vida.
Pero muchas veces esta búsqueda de pertenencia nos hace negarnos a nosotras mismas, y terminar haciendo cosas con las que no nos sentimos cómodas; mientras dejamos de lado actividades o incluso personas que nos causan felicidad. Esto claro con las consecuencias personales esperadas de aflicción o alineamiento; y a mayor escala a permitir acontecimientos que pueden dañar a sectores completos de la comunidad.
Así pues, volviendo al Desiderata, creo que podemos obtener un nuevo consejo de la frase que comporto más arriba. Conforme nos hagamos mayores, debemos dejar de lado esa necesidad juvenil de encajar; y en su lugar declarar abiertamente quiénes somos y lo que queremos, lo que nos gusta, lo que nos hace felices. Puede ser que al final del día sí nos terminen gustando las mismas cosas que cuando éramos más jóvenes, o podemos dar un giro de 180º y vivir una vida que no se parezca a la habíamos concebido (o que habían concebido para nosotras); o más seguramente que terminemos en algún punto medio entre ambas opciones.
Sin importar cuál sea el caso, al final debemos de llevar una vida con la que nos sintamos satisfechas y orgullosas. Que sea una vida que estemos viviendo para nosotras mismas. Si lo logramos, estoy segura de que a lo largo del camino iremos conociendo a otras personas que sientan igual que nosotras y con las que podamos formar comunidad; logrando así nuestro anhelo juvenil de pertenencia, que es uno de los anhelos más humanos que existen.
Y así, como bien decía Ehrmann, el universo seguirá marchando como debiera.
¿Tú quién decides ser?
Constelación dedicada a mi mamá, quien fue la primera en recitarme el Desiderata.
No, realmente no quiero. No quiero dedicar una hora a explicarle a un compañero de trabajo porqué el término que está usando es misógino. Pero tengo que hacerlo. No quiero ver los monumentos de mi ciudad con consignas de grupos feministas, porque la autoridad no les ha dejado más alternativas para hacerse escuchar. Pero tengo que hacerlo. No quiero revisar las cifras de feminicidios del año pasado. Pero tengo que hacerlo. No quiero desconfiar del chico que me compra una bebida en un bar. Pero tengo que hacerlo. No quiero tener que tolerar a otro hombre siendo “abogado del diablo” cuando hablamos de feminismo, porque es la única manera en que acepta hablar de tema. Pero tengo que hacerlo. No quiero tener que rebatir otra noticia en la que se re victimiza a una mujer que fue violada. Pero tengo que hacerlo. No quiero tener que explicar porque los actos de desobediencia civil son necesarios. Pero tengo que hacerlo. No quiero tener que explicar que un “piropo” es en realidad un acoso. Pero tengo que hacerlo. No quiero que tengamos que seguir luchando por derechos y oportunidades que jamás debieron estar vedados. Pero tengo que hacerlo. No quiero decepcionarme este 8 de marzo, al ver que seguimos prácticamente en el mismo lugar que el año pasado, y que en algunos casos estamos peor. Pero parece que tendré que hacerlo.