Un altar propio.

Martha Graham, una reconocida bailarina y coreógrafa que incluso creo su propio estilo de danza; dijo alguna vez que una bailarina experimenta dos muertes, y que la primera de ellas se da cuando ya no le es posible bailar. Esta frase puede ser abordada desde la perspectiva física, que invariablemente afecta a todos, pero en un caso más apremiante a los artistas y deportistas; o también desde una perspectiva emocional y psicológica. En este sentido, la cita de Graham se puede referir a cómo una artista muere cuando la pasión que les permitía crear su arte, desaparece.

Si bien para un artista esta primera muerte es mucho más dramática, quizás porque hasta cierto punto puede ser vista por más personas; pienso que esto es algo que puede sucederle a cualquier persona, independientemente de su actividad profesional. Existen muchos casos de personas que en algún punto pierden ese entusiasmo que las hacía levantarse por las mañanas y dedicar su tiempo y energía a una actividad particular. Si bien esta es una situación personal, la más de las veces tiene su origen (al igual que con los artistas) en una realidad y expectativa externa.

Ejemplo de esto son las historias recientes de varios maestros y maestras que han decidido dejar su profesión, porque diariamente usaban su energía para “pelear” contra un sistema (que incluye a los padres de familia) que no les permite ejercer su vocación. Además, en el contexto actual en el que la educación se trata no precisamente de enseñar, sino de alcanzar un cierto número (tanto porcentaje de alumnos graduados, tanto porcentaje de alumnas con un desempeño sobresaliente en los exámenes estandarizados, etc.), es comprensible que varios docentes vean su labor como algo trivial, en lugar de una tarea que efectivamente sirva para mejorar la vida de las personas y las comunidades. Ante estas circunstancias, ciertamente es difícil mantener la pasión que los motivó a ser docentes.

Entonces, si perdemos este entusiasmo, eso que en el contexto japonés se conoce como nuestro ikigai, ¿estamos acabados? Me gusta pensar que no necesariamente, que existen algunas formas en que podemos regresar de la muerte. Es decir, existen varios casos de escritoras o pintores o cantantes que sufren un bloqueo creativo, a veces por un período largo de tiempo; y aun así encuentran una forma de volver. No es un camino fácil, implica un trabajo interno intenso; y es muy posible que el resultado de ese esfuerzo no nos devuelva al mismo lugar del que caímos. Por ejemplo, si una compositora decide volver a su esencia y hacer música que le guste, aunque no sea precisamente lo que el mercado demanda en ese momento; es poco probable que alcance el reconocimiento que tenía cuando se dedicaba a componer música que complacía a otros en lugar de a sí misma. Sin embargo, si su pasión es realmente la música, entonces su vida será plena.

Ahora bien, también puede darse el caso en que podremos no volver a encontrar esa pasión que nos permitía escribir, o pintar, o enseñar, o diseñar casas; y entonces sí efectivamente una parte de nosotras habrá muerto ese día. Será doloroso claro, e implicará también un gran trabajo interno encontrar una nueva razón para levantarnos y seguir disfrutando nuestra vida y contribuyendo a nuestra comunidad. Quién sabe, quizás si tenemos un poco de suerte encontremos una pasión que sea incluso más poderosa que la anterior, o que nos llene de mayores satisfacciones. Pero eso no eliminará el dolor que sentimos por aquella otra pasión, por aquella otra versión de nosotras mismas, que alguna vez tuvimos.

Ahora que la celebración en el centro y sur de México del Día de Muertos está tan cercana, y que esto también da oportunidad da conocer como otras culturas recuerdan y conmemoran a sus difuntos, sería un buen momento para recordar y honrar a esas versiones de nosotras mismas que ya no están más. Recordemos las alegrías que vivimos cuando una motivación diferente nos guiaba, reflexionemos sobre las enseñanzas aprendidas, sintámonos orgullosas de los obstáculos que en su momento superamos, y compartamos todo esto para que pueda servir de inspiración o apoyo a otras personas que están pasando por una situación similar. Y luego de esto, sigamos adelante con la versión apasionada que somos hoy en día.

 ¿Tú has tenido diferentes pasiones?

¿Sabes qué es realmente diveritdo?

Jugar un juego de mesa con tu familia.

Arreglarse para una fiesta.

Ver un episodio de 3 horas de un juego de Calabozos y Dragones.

Pintarte las uñas con diseños y/o colores nuevos.

Leer un libro.

Tomar unos tragos con tus amigas.

Arreglar fotos que tenías sin guardar.

Sentarte en la plaza a platicar con tu amiga, mientras comen un helado.

Escuchar música mientras haces tus actividades diarias.

Jugar con tu gatita.

Ver una serie sola.

Ver una serie acompañada.

Colorear.

Ir a un parque de diversiones.

Regar tus plantas.

Salir de viaje.

Quedarse en casa.

La diversión puede darse de muchas maneras para cada persona; y por supuesto también depende de las circunstancias. Lo importante es recordar que la diversión es vital para las personas, en lo individual y en lo colectivo; así como en el área física, mental y espiritual. Por eso debemos procurar encontrar maneras de divertirnos en medio, o más bien durante, nuestras rutinas diarias; y respetar la forma en que cada quién encuentra esos momentos de risa y satisfacciones sin los que la vida, simplemente no sería la misma.

¿Tú cómo te diviertes?

Empecemos por el principio.

Estos últimos días han sido de retomar. Desde ver un episodio de un programa de YouTube que hacía tiempo no veía, escuchar el episodio de un podcast que me gusta bastante (se llama Buscando Calcuta, ampliamente recomendado), y en temas menos divertidos; acomodar algunas cosas que sea habían quedado pendientes del último reacomodo de mi closet, librero y escritorio.

Esto último es algo que había estado posponiendo por algún tiempo, pues lo que quedaba por acomodar eran cosas que no estaba muy segura de qué hacer con ellas. Ya sabes, blocks de notas que has ido acumulando, pero que están en buen estado; un libro que ya no tengo interés en guardar pero tampoco quiero solo desechar, ciertas fotos y recuerdos que tengo que decidir cómo atesorar; y otras por el estilo. Debido a esto, la tarea de ponerme a revisar, decidir y ejecutar; se me antojaba como gigantesca.

Pero como no hay plazo que no se llegue, hoy me armé de unos aceites esenciales y el podcast que les decía; y comencé. Sorprendentemente, fue más sencillo y rápido de lo que pensaba. He de admitir que algunas cosas aún quedan a la mitad, como el par de relojes que tengo que llevar a arreglar, y el ya mencionado libro que decidí dejar en mi escritorio y liberarlo el próximo 7 de noviembre, como parte de una iniciativa para fomentar la lectura. Pero en general, me siento muy satisfecha no solo con el resultado de un espacio más organizado, sino también por haber dado ese primer paso y haber concluido la tarea en cuestión.

Esto es aplicable a muchas otras actividades, tanto personales como profesionales. En ocasiones las tareas se ven como algo inmenso, que tomará mucho tiempo y esfuerzo completar; lo cual de cierta forma nos intimida y nos hace postergarlas. Sin embargo, entre más las dejamos para después, más grandes se vuelven, pues ahora no solo hay que revisar el archivo de un mes sino el de dos meses; y además nos quitan paz pues ocupan espacio en nuestra mente como algo pendiente por hacer. Ya sea que esta postergación la hagamos por un tema de procastinación o por un tema de disfunción ejecutiva, la realidad es que es un tema que nos resta en todos los sentidos.

Es por ello que ese primer paso, esa determinación de poner manos a la obra, es tan fundamental. Así sea solo identificar las partes de la situación, limpiar la mesa donde hemos de trabajar, o abrir el primero de mil correos electrónicos; la confianza que nos da el completar esa primera tarea es invaluable. En cierta forma, nos permite ver la situación en su justa proporción: como algo alcanzable y realizable, que quizás implique 10 o 100 pasos realizarla; pero que podemos lograrlo puesto que ya completamos el primero de ellos.

Por supuesto, habrá veces en que claudicaremos, y habrán de pasar unos días entre completar el paso 6 e iniciar el 7; pues aunque la tarea sea realizable, también es cierto que requerimos descansar. Lo importante es no dejar que durante ese lapso se pierda la confianza y el entusiasmo que nos provoca ir avanzando y completando tareas, para así usarlos como nuestro impulso para seguir adelante. Como luego dicen, el truco de andar en bicicleta es no dejar de pedalear; para lo cual también es necesario encontrar nuestro propio ritmo.

¿Tú tienes algún primer paso que dar?

Compromiso een serio, y en serie.

Ver una serie con otra persona no es tan sencillo como parece. En primera, hay que encontrar algo que a ambas personas les agrade, lo cual invariablemente implica acomodarse un poco a los gustos de la otra persona. Importante señalar aquí: si bien hay que tener flexibilidad, también es preciso respetar los gustos de cada quien, y entender que hay ciertos géneros o historias que son un rotundo “no” al momento de elegir.

Una vez seleccionada la serie en cuestión, hay que buscar la manera de empatar horarios para que puedan disfrutar los capítulos en conjunto. Esto en mi caso es particular, pues si bien cuando una historia me gusta me engancho; también es cierto que en ocasiones las circunstancias del día a día hacen que al final no tenga tantas ganas de ver un capítulo, porque sé que no voy  a disfrutarlo del todo. Tener a alguien que pueda entender y respetar eso, y sobre todo que no me lo eche en cara, es muy importante.

Ahora, en contra parte, algunas personas con las que veo series les gusta ver 2 o más capítulos por vez. Como generalmente las vemos durante la tarde-noche, eso puede implicar que tal vez me acueste un poco más tarde de lo habitual; que aunque no lo parezca, para mi si es algo importante. Sin embargo, es algo que estoy dispuesta a hacer porque en primer lugar me gusta pasar tiempo con esas personas, y en segundo lugar yo también estoy disfrutando de esa serie; por lo que no es un sacrificio, sino solo un esfuerzo extra.

Volviendo al punto de respetar los gustos de cada quien, eso no acaba con la selección de la serie. Otros puntos a considerar es que, a mí por ejemplo me gusta ver las series en el idioma original con subtítulos; pero otras prefieren escucharlas dobladas pues al final del día están cansada y solo quieren relajarse con las series. Igualmente hay personas que prefieren ver la televisión con las luces apagadas, otras las prefieren encendidas, y finalmente otras depende de la serie (porque algunas tienen tomas demasiado oscuras, la verdad). Así como estos hay varios ejemplos, pero todos implican el adaptarse un poco a lo que la otra persona encuentra como agradable.

Como dije al principio, ver series en conjunto no es solo picar el botón de reproducir y listo; hay cosas que considerar. Pero, ¿sabes?, todo eso no algo malo, y tampoco es un sacrificio como también mencioné ya. Todas esas adaptaciones y flexibilidad las das con gusto, porque más allá de ver una serie, se trata de disfrutar un tiempo con las personas que son importantes para ti. Se trata de crear buenos recuerdos, de tener un tema más de conversación, de tener pequeños chistes que ustedes cachan porque les recuerdan a la serie, y otro sin fin de cosas que alimentan la relación que tienes con esas personas.

De hecho, quizás esta sea una buena forma de examinar tus relaciones. Si una persona no puede ofrecer la adaptabilidad, compromiso y flexibilidad necesarias para compartir una serie contigo, o si tú no puedes ofrecerlas a la otra persona; a lo mejor tampoco va a ser posible compartir otras cosas. Y en ese caso, mejor cambiar de canal.

¿Tú cuál serie estás compartiendo?

Diferentes colores, diferentes tonos.

De seguro alguna vez has escuchado la expresión “verde de envidia”, que por supuesto se usa para describir a una persona que siente celos de los logros o capacidades de otra persona. Existen varios posibles orígenes para esta expresión, la más común se refiere a que las personas envidiosas generan más bilis; y el color de esta secreción se nota en la piel.

También hay un posible origen que se basa en un juego de palabras y en la siempre conflictiva vida de las cortes de antaño. Al parecer, Isabel de Farnesio, quien fuera reina de España; usó un vestido color verde endivia (una verdura) durante la ceremonia de sucesión al trono de su hijastro, en la que estaba también presente su nuera Bárbara de Braganza. Esta última no era del agrado de Isabel pues perdería su corona una vez Bárbara ascendiera como reina. Del detalle del color de su vestido, más el juego de palabras de endivia y envidia, surgió la expresión que hoy día nos parece tan normal.

Pero, ¿sabes que otra expresión también es muy usual? “Color verde esperanza”; la cual al parecer surge por el simbolismo de renacimiento que se da en la primavera, que es predominantemente verde. ¿No te parece curioso, que un mismo color pueda asociarse a dos emociones tan distintas, e incluso contrarias? Quiero decir, el arcoíris tiene al menos 7 colores; más aparte la amplia gama de tonalidades que se desprenden de cada uno de ellos.

Para mí, esto es una muestra de lo importante que es el contexto cuando estamos interactuando con otras personas. Y que además, es algo que debe funcionar en doble vía. De la misma manera en que cuando nosotros emitimos un mensaje, tenemos que estar seguros de que la persona receptora entiende el contexto en el cuál lo estamos emitiendo; como receptores nos toca asegurarnos de que comprendemos lo que hay alrededor de dicho mensaje, para poder entenderlo en su totalidad y a partir del mismo emitir una respuesta. Si esto fuera una práctica común, estoy segura de que se podrían evitar muchos malentendidos innecesarios.

El problema radica en que, las más de las veces, no estamos dispuestos a entender que pese a que una situación sea la misma, mi contexto y el contexto de la otra persona puede ser diferente. Por ejemplo, cuando estamos organizando un evento con un grupo, y de repente se nos informa que la comida llegará media hora más tarde de lo acordado; una persona puede tomarlo con calma mientras que otra puede tomarlo como un gran inconveniente. A simple vista, el contexto es el mismo y procedemos a juzgar a ambas personas bajo esa óptica; pero quizás no sabemos que la persona que está más afectada por el suceso es quién se encargó de pedir la comida, por lo que siente mayor responsabilidad respecto al retraso mencionado, sobre todo si la personalidad de esa persona tiende a ser perfeccionista. Con esa nueva información, esperaría que nuestro juicio fuera diferente.

¿Esto implica que tenemos que dar/recibir información adicional en todas las interacciones que tenemos? No realmente, pues por un lado no tenemos que compartir toda nuestra información con todas las personas; además de que por cuestión de tiempos sería casi imposible. Lo que si es que podemos ser más conscientes de que como los contextos, tanto evidentes como no evidentes, pueden ser percibidos diferentes por diferentes personas, y buscar que nuestras interacciones sean más gentiles teniendo eso en cuenta.

Así, cuando una persona te mande un mensaje con la imagen de un corazón verde, no pensarás que te está diciendo que eres una persona con un corazón envidioso; sino que de todo corazón te manda esperanza. Y claro, si tu de vuelta contestas con un corazón blanco, que para muchos es el símbolo de la paz; la otra persona debería recibirlo con igual empatía.

¿Tu con qué asocias los colores?

En Ruta.

De seguro has escuchado la famosa frase que dice que si crees que la aventura es peligrosa, entonces trates la rutina; pues esta es mortal. Quienes se adhieren a esta postura ven la rutina como algo invariable, una serie de acciones que se repiten de manera automática y que termina por extinguir toda posibilidad de emoción y creación en nuestra vida. Pero, ¿realmente es tan mala la rutina?

Según la Real Academia de la Lengua Española, la palabra rutina viene del vocablo francés routine, que a su vez se origina del route; que en español es “ruta”. Si nos apegamos a este concepto, entonces podemos ver a la rutina como una senda por la que transitamos en nuestro diario acontecer, y que nos llevará a un determinado lugar o sentimiento. Por ejemplo, nuestra rutina de la mañana nos permite prepararnos para encontrar al día con nuestra mejor cara; pues el haber completado ciertas tareas antes de iniciar con “la tarea” del día, nos permite iniciar esta con mejor semblante. De igual manera, tener una rutina antes de dormir favorece a la higiene del sueño, y nos permite aprovechar mejor nuestro tiempo de descanso.

Por otra parte, tener una rutina nos permite tener algo que esperar, y esa anticipación es en sí ya una causa de alegría. Bien decía el sabio Zorro del Principito; que si este llegaba a las 4 de la tarde, entonces él sería feliz desde las tres. Es Antoine de Saint-Exupéry quien también nos recuerda que son precisamente los ritos los que nos permiten diferenciar un día de otro cualquiera. En una realidad que muchas veces se vuelve demasiado para soportar, y que nos agobia con la impotencia que nos causa; el tener pequeños faros anclados firmemente en nuestras rutinas nos da un lugar al cual dirigirnos en medio de tanta ansiedad e incertidumbre. No por nada existen varios casos de personas con depresión que aseguran que lo único que les mantuve a flote era saber que el próximo jueves podrían ver cómo se resolvía una situación en la serie de televisión que estaban viendo; o que sabían que no podían darse por vencidas porque entonces no habría nadie que alimentara a su mascota.

Ninguna de las cosas que he mencionado hasta ahora podrían considerarse como aventureras, pero no por eso dejan de ser menos emocionantes o creativas. Preparar el desayuno es una actividad de todos los días, pero quizás en uno de ellos podamos probar esa nueva receta que habíamos visto en internet. Escribir este blog es parte de mi rutina, y aunque trato de preparar los temas con antelación, siempre es interesante descubrir cómo quedarán una vez los haya puesto en papel; así como los sentimientos que experimentaré mientras los escribo.

Con lo anterior no quiero decir que no sea bueno y positivo salir de la rutina de vez en cuando, y tener una que otra aventura. Pero debemos recordar que una aventura es un viaje sin un destino establecido; y esto no siempre es lo mejor para nuestro propio bien. Todas las personas necesitamos un cierto grado de estabilidad en nuestras vidas, no solo para lograr un propósito en específico, sino también por nuestra salud mental y física. Diversos estudios han señalado ya las consecuencias negativas que tiene en nuestros cuerpos y mentes el vivir en un estado de constante preocupación o incertidumbre, que siendo sinceras es lo que hace a una aventura, una aventura.

Como siempre lo importante, y  complicado, es encontrar un justo punto medio en el que  podamos tener una ruta conocida por la cual transitar en el día a día, y a la que podamos volver cuando las cosas se tornen más complejas que de costumbre; pero sin olvidar que existe un mundo de posibilidades más allá de ese camino conocido, y que es bueno explorar algunas de ellas de vez en cuando. Después de todo, una vida con la que nos sintamos satisfechas debe tener recuerdos de todo tipo, desde los que nos provocan un gran entusiasmo, hasta aquellos que nos dan la calidez de un buen fuego y un sillón cómodo.

¿Tú qué ruta sigues?

Cambio de trama

Recientemente me enteré de que en Colombia, el día del amor y la amistad se celebra en septiembre; el tercer sábado del mes para ser precisa. Esto llamó mucho mi atención, pues hasta donde sabía en la mayor parte del mundo la fecha oficial de tal celebración es el 14 de febrero, en remembranza del día en que San Valentín, patrono de los enamorados, fue decapitado en el lejano año de 270. Pensé que quizás en Colombia podría haber alguna historia nacional (muy posiblemente trágica), que diera lugar a que la fecha de la celebración fuera en dicho mes.

Pero resulta ser que no. Hace escasos 54 años, los colombianos celebraban el amor (y posteriormente la amistad) el mismo día que el resto del mundo. Sin embargo, debido a que la Navidad había pasado recientemente, y que la temporada escolar estaba comenzando; la gente no tenía mucho dinero de sobra, por lo que difícilmente gastaban en regalos y/o detalles relacionados con la fecha. Así pues, y como de pasada no había una celebración especial en septiembre, se decidió trasladar la celebración a la fecha actual. Es decir, el amor no tuvo nada que ver en la decisión; fue puro mercantilismo y mercadotecnia.

Quizás esta anécdota pueda sonar graciosa, pero la realidad es que es algo que se repite en muy diversos ámbitos. Las más de las veces, las personas tomadoras de decisiones en una situación determinada no tienen plena consciencia de cómo sus elecciones afectan a las personas que tiene que vivir con ellas en el día a día, o del significado de la causa por la que se trabaja. Por ejemplo, en el sector salud (de cualquier parte), quienes determinan el presupuesto y la manera de ejercerlo carecen de un conocimiento médico que les ayude a tomar mejores decisiones. Y así es como se termina decidiendo no adquirir un determinado medicamento puesto que la cantidad mínima de compra es más elevada de la óptima en temas de presupuesto; pero se deja a un grupo de personas sin la posibilidad de tener una salud completa por falta del mismo.

O incluso si esas personas cuentan con un conocimiento técnico sobre la situación a mano, el hecho de no experimentarla en carne propia impide que puedan ver todos los ángulos sobre la misma. Por ejemplo, un ingeniero diseñando un nuevo modelo de silla de ruedas podrá tener una idea clara sobre temas de materiales y tracción; pero podría pasar por alto la necesidad de los usuarios de tener un compartimiento en su silla para poder guardar cosas, en lugar de tener que cargar todo en una mochila colocada tras el asiento.

En los casos descritos, lo que se sucede es que las personas dejan de ser el centro de las decisiones, y son reemplazadas por intereses meramente económicos, políticos o técnicos. Por supuesto, es casi imposible que una decisión haga felices a todas las personas involucradas, las más de las veces habrá que hacer concesiones de algún tipo; pero lo importante es que esas decisiones sean tomadas siempre desde la genuina intención de ayudar a las personas que se verán más afectadas por tal decisión, y sin olvidar el propósito original de la causa por la que se está trabajando. En los casos del presupuesto médico y del diseño de la silla de ruedas, el motivo central de las personas trabajando en ellos debe de ser el de garantizar una salud y vida digna para los pacientes y usuarios.

En el caso del día del amor y la amistad en Colombia, se podría argumentar que se tomó una buena decisión puesto que la misma ayuda a los comercios y a la gente que vive de ellos; y que además les da más oportunidad a las personas para expresar su amor mediante regalos. Lo cual inherentemente no es malo, pero si consideramos que, según la tradición, San Valentín obtuvo su santidad por ayudar a las parejas jóvenes a casarse en un tiempo en el que lo tenían prohibido por causa de la guerra (que dicho sea de paso, es un motivo y una herramienta económica y política); resulta un tanto triste como su celebración ahora se centra sólo en lo material. Quizás, e irónicamente sonará muy romántico de mi parte, deberíamos procurar que esa celebración, sea en el día que fuera; realmente se centrará en valorar a nuestros seres queridos, y hacérselo saber con algo tan simple como decirlo en voz alta o darles un abrazo.

De nuevo, lo importante es no dejar que el motivo real de los días de remembranza y de las decisiones diarias sea vea sepultado por capas y capas de materialismo y pragmatismo. Antes bien, usemos esas mismas armas para que los ideales sean siempre recordados, y vividos de la mejor manera en los tiempos que corren, y que correrán.

¿Tu cómo tomas tus decisiones?

Vivir más.

En días recientes comencé a ver una serie que habla sobre las así llamadas zonas azules. Dichas zonas, nombradas así por Gianni Pes and Michel Poulain; son zonas geográficas en donde sus habitantes tienden a vivir más que el promedio, contando con varias personas que sobrepasan los 100 años de edad. De las cinco zonas azules, hasta ahora el presentador del documental ha visitado tres; y en cada una de ellas ha identificado factores que podrían contribuir a la longevidad de su población.

Algunos factores son, se podría decir, evidentes; como son el tener una dieta balanceada y variada, así como realizar actividad física de manera rutinaria. Punto importante: dicha actividad física no debe confundirse con tener una membresía en un gimnasio y hacer una rutina extenuante, sino más bien en cosas rutinarias como tomar un paseo, atender un jardín, quizás algunos ejercicios de baja intensidad, entre otros. Sin embargo, otros factores de tipo social han surgido también, siendo los principales el tener un sentido de valía personal (tanto para mí como para la comunidad), y además contar con una red social de apoyo. Este último punto no se refiere sólo a dar apoyo a las personas mayores con actividades que por su propia edad ya no les son fáciles de realizar; sino también redes en las que puedan seguir realizando actividades recreativas y estimulantes. Además, dichas redes también se perciben como una forma de promover que las personas sigan teniendo hábitos saludables; pues estas son parte esencial de la identidad del grupo.

Mientras veía la serie, y reflexionando sobre los factores que contribuyen a la longevidad, llegué a la siguiente conclusión. La gente que vive más, es la que tiene tiempo para vivir. Una persona trabajadora promedio, que está apresurada desde temprano para poder llevar a los niños a la escuela, llegar al trabajo, cumplir con su jornada laboral, tener una casa limpia y cumplir con otras variadas obligaciones; difícilmente podrá encontrar el tiempo para tomar un paseo por el parque, o aprender/practicar alguna actividad recreativa. De igual forma, será muy poco probable que esa persona pueda dedicar tiempo a preparar una comida sustanciosa y nutritiva; y por supuesto sería impensable considerar que tendrá el tiempo necesario para cultivar un pequeño jardín.

Malamente pensamos que esas son actividades propias de las personas “retiradas”; y por tanto pensamos que podremos realizarlas cuando lleguemos a cierta edad. Pero cuando finalmente tenemos esa edad, como no cuidamos nuestra salud, nos encontramos sin fuerzas para poder dedicarnos a esas tan anheladas actividades. Si a esto sumamos la precaria situación de los sistemas de pensiones y salud de varios países, la cosa se vuelve aún más compleja: las personas simplemente no pueden retirarse, y por tanto debe encontrar algún trabajo que les permita sobrevivir.

Ante un panorama tal, imagino que nuestros cuerpos y nuestras mentes han de decir “¿de verdad queremos más años de esto?” Dudo que la respuesta sea afirmativa. Pero entonces, dirán ustedes, ¿cómo es que la esperanza de vida es más alta que hace algunos años? La respuesta en parte es porque ahora tenemos la capacidad de curar varias enfermedades que anteriormente acababan con la vida de las personas a una temprana edad. No hace mucho en México aún había campañas intensas para prevenir la deshidratación en niños con enfermedades diarreicas.

 Además, considero que es importante diferenciar la posibilidad de vivir más años, y el realmente querer hacerlo. Ciertamente la mayoría de las personas tenemos miedo a la muerte, pero al menos en mi caso eso no implica que quiera vivir hasta una edad muy avanzada. Por otro lado, muchas veces a lo que realmente le teme la gente es a envejecer y la notable caída en la salud física, mental y emocional de las personas mayores; por los factores que ya he comentado. Por eso es que también existen mil y un productos para “frenar el envejecimiento”, lo cual por supuesto es imposible.

Por lo que he podido ver hasta ahora de las personas que viven en las zonas azules, ninguna de estas situaciones es cierta. No digo que esas personas no tengan miedo al futuro y a la incertidumbre, ni tampoco que no tengan problemas, pero su vida no se centra en ello. De la misma manera, no se levantan pensando si irán a llegar o no a los 100 años de edad. Ellas simplemente siguen viviendo su vida, y lo que es más disfrutándola. Viven en el presente, una idea acuñada por culturas milenarias y que ahora está de vuelta con prácticas como el mindfulness.

Quizás ese sea el meollo del asunto. La sociedad actual está tan obsesionada con vivir más años porque se ha creado una realidad en la que no puede disfrutar del presente y de las cosas importantes de la vida; y piensa erróneamente que podría hacerlo si tuviera más tiempo. Lo que hemos olvidado es que el tiempo está ahí, y seguirá estando ahí; ya sea que lo apreciemos o no.

¿Tu vives lo suficiente?

Cuando las cosas no salen.

De seguro les ha pasado que ustedes hacen todo un plan de qué van a hacer en su fin de semana, o en su día libre; lo han estado planeando un tiempo y tienen todo preparado. Pero entonces, algo pasa, un inconveniente que impide que puedas seguir el plan que tenías. Y de ahí parece un efecto en cadena: más cosas imprevistas suceden, y simplemente terminas perdiendo el paso y no puedes hacer lo que tenías en mente.

O quizás puedas completar algunas cosas, pero como todo era parte de un plan más largo, lo dejas a la mitad; y por tanto no puedes disfrutar lo que has logrado. Lo que es aún peor, sabes que los días siguientes tendrás cosas por hacer relacionadas con el trabajo y otros compromisos sociales, por lo que tu plan se quedará a la mitad por un tiempo. Así que sientes, de alguna manera, que tu fin de semana (y tu día libre) fue un desperdicio.

Si ya tienes un tiempo sintiéndote así, o te ha pasado suficientes veces; es muy probable que en cuanto suceda el primero en una nueva cadena de inconvenientes, te frustres. Algunas personas lo expresamos con lágrimas, otras con enojo, otras con comentarios sarcásticos, y otras variadas reacciones. Para quienes te rodean, podrá parecer un poco exagerado; y si tienen buenos sentimientos hacia ti te dirán que no pasa nada, que reestructures la situación y demás.

Pero, ¿sabes? A veces no necesitas reestructurar, o ver las áreas de oportunidad o lo que sea. A veces, simplemente necesitas aceptar que tienes ese sentimiento de frustración, y sacarlo. No es un sentimiento agradable claro, pero tratar de ocultarlo bajo una capa de positivismo mal encauzado es peor; pues a la larga terminará siendo tan grande que ya no podrás con él, y cuando salga será aún más desagradable.

Con esto no quiero decir que siempre te dejes ganar por la frustración y la aceptes como algo permanente en tu vida. Ninguna emoción, ni siquiera las así llamadas “buenas”, es posible ni recomendable mantenerla indefinidamente. Nuestros días son diversos, y por tanto las emociones que sentimos también. Como dice el Armando Fuentes Aguirre sobre la tristeza: cuando llega de visita a su casa, la acepta; no con el mismo semblante con el que recibe a otras emociones, pero sabe que es una visita necesaria y temporal.

Así mismo con la frustración, a veces solo necesitamos decir que hemos tenido suficiente; porque hay días que así se sienten. Dejemos que esa emoción fluya por nuestro cuerpo y nuestra mente, sin la necesidad imperiosa de encontrarle un lado positivo o de crecimiento. Ya habrá tiempo para ello, para aprender lecciones y filosofar sobre lo acontecido; pero por ahora, por favor, solo déjenme desahogarme.

¿A ti qué te frustra?

Tiempo de enseñanza.

La vuelta a clases para los estudiantes de nivel elemental es inminente, y por supuesto una buena parte de las conversaciones gira en torno al tema. Desde cómo volverá a haber más tráfico en la ciudad, lo caros que son los útiles escolares; y el tema más reciente relacionado con el contenido y formato de los libros de texto gratuitos repartidos por el gobierno. Justo hablaba de esto último con un par de amigas, una de ellas maestra a nivel primaria, quien nos hizo el comentario adicional de que el programa de cada curso era demasiado extenso para ser cubierto durante el ciclo escolar. Por lo tanto, los maestros y maestras tendrán que enseñar algunos (si no es que todos) temas “por encimita”, y esperar que en la casa se refuercen los mismos con las actividades fuera de clase.

Dejando de lado la poca probabilidad de que esto último suceda, pues es bien sabido que la realidad de la mayoría de las familias impide que se le dé un seguimiento apropiado a la educación de las niñas y niños; lo que a mí me pareció más relevante del comentario es que, independientemente de lo bien o mal que estén diseñados los libros de texto, al final todo va a depender de la persona que esté al frente del aula. Esto no es nada nuevo por supuesto, las más de las veces la diferencia entre un buen y un mal aprendizaje depende de la maestra y su capacidad para transmitir esa emoción por el conocimiento a sus estudiantes. Sin embargo, el tema se vuelve más relevante en el contexto de falta de tiempo para tratar todos los temas marcados en el temario del curso.

Tomemos por caso un maestro que es negacionista del cambio climático, quien es muy probable que prefiera no otorgar tiempo clase a ese tema, y en su lugar lo dedique a cubrir algún tema de otra asignatura. Al hacer esto, no sólo le está negando a sus alumnos la oportunidad de aprender del tema; sino que también les está impidiendo formarse una opinión del mismo. Al contrario, es probable que sus acciones afecten directamente sobre su sentir sobre el tema; pues si para su maestro no fue importante, ¿por qué debería serlo para ellos?

Cómo este puede haber muchos otros casos en los que una decisión personal del docente afecte en el proceso de aprendizaje de los y las estudiantes, y que además puede tener efectos negativos en su desarrollo como miembros de la sociedad. De acuerdo con datos del INEGI, en 2020 en promedio el grado de escolaridad en México era de 9.7 años; lo que equivale a tener al menos la secundaria concluida. Imagino que este dato debe haber cambiado y no precisamente para mejor luego de la pandemia del COVID-19, además de que en algunas entidades del país el nivel de escolaridad es significativamente menor al promedio. Si a esto sumamos que durante esos años de formación los estudiantes no pudieron estudiar los temas necesarios a profundidad, y que incluso algunos de ellos ni siquiera les fueron presentados; es poco probable entonces que se cuente con ciudadanos y ciudadanas que puedan hacer frente apropiadamente a los diferentes retos que nuestra sociedad enfrenta y enfrentará.

Ahora que se habla tanto del nearshoring y de cómo México debe aprovechar esta coyuntura para potenciar su desarrollo, sería un buen momento para replantearnos cómo es que se está preparando a las generaciones que habrá consolidar dicho desarrollo. Desde que puedo recordar se habla sobre la necesidad de replantear el modelo de educación en el país, para poder eliminar acciones y actitudes que juegan en contra del propósito del mismo. Quizás sería prudente que también revisaremos la manera en que se pudieran cubrir todos los temas necesarios para cada curso, en lugar de dejar a criterio de maestros y maestras (que, dicho sea de paso, también están cansados de soportar la ineficiencia del sistema) qué es importante de enseñar y que no. Después de todo, es ilusorio pensar en un futuro mejor si no nos ocupamos de mejorar el presente.

¿Para ti qué es importante que aprendan las niñas y los niños?