De unicornios y caballos.

Hoy estaba leyendo un artículo sobre Rappi, la aplicación colombiana que ha sido un éxito a nivel regional. El artículo menciona que un punto de inflexión para la empresa fue en 2017, cuando fueron el primer emprendimiento latinoamericano en recibir fondos de Y Combinator; una firma de capital de riesgo que anteriormente había invertido en empresas como Airbnb. Derivado de esto, Rappi adoptó la política de Silicon Valley de “muévete rápido y rompe cosas”.

Así pues, la compañía empezó a crecer rápidamente; pero no de la mejor manera. De acuerdo con información del artículo, la empresa recibió varias disputas laborales, fue objeto de investigación por acaparar reembolsos, permitir que menores de edad compraran alcohol mediante su plataforma, entre otras situaciones. Afortunadamente, entre comillas, Rappi tuvo un cambio de actitud en 2023, en parte por la reforma laboral buscada por el presidente Gustavo Petro. A este momento, parece que tanto la empresa como el gobierno lograrán una legislación provechosa para ambas partes.

Esta historia me hace reflexionar sobre varios temas, pero el principal es como, realmente, no hemos avanzado en términos de cómo las empresas manejan el crecimiento y se ven a sí mismas como agentes propositivas de cambio. En general, el ambiente de los negocios sigue siendo uno de juego-suma-cero; en el que alguien tiene que perder para que otro pueda ganar. Y en el mismo sentido, pese a que en muchas ocasiones hay estudios formales que demuestran las ventajas de ciertos cambios en materia laboral (jornadas más cortas, el atender cuestiones psicosociales en el trabajo, etc); la gran mayoría de las empresas no los hacen hasta que se ven obligadas a ello.

Vamos con el primer punto. Entiendo que hay ocasiones en las que, para que alguien pueda ganar, otro debe de perder. Por ejemplo, cuando dos empresas están compitiendo por el mismo proyecto; invariablemente una de ellas será la favorecida, mientras que la otra tendrá que buscar otras oportunidades. O en un plano individual, varias personas se postulan para el mismo puesto de trabajo; pero sólo una se hará con el mismo. Esto es normal en una economía de mercado, y en otros sistemas económicos también; y bien llevado fomenta la sana competencia y la mejora.

Lo que no está bien es que una compañía busque ganar a costa de, e incluso dañando, a quienes en principio deberían ser sus mayores activos. Cantidad de veces se ha hablado de compañías que pagan sueldos paupérrimos y no dan prestaciones a sus empleados; pero aún así están dentro de los listados de las empresas con crecimientos más acelerados, o con mayor innovación, o con mayores ingresos, o a veces con todo lo anterior y más. Sin embargo, creo que no tiene nada de innovador el lograr buenos resultados mediante el abuso a las personas. Al fin y al cabo, es una práctica que hizo el imperio romano hace años con los esclavos traídos desde varios confines del mundo; o más recientemente lo que sucedió en América con el mercado de esclavos africanos.
Pasando ahora al segundo punto, pero muy relacionado con el primero; está el que las empresas se niegan a implementar cambios que se ha comprobado son buenos no sólo para sus empleados; sino para el desempeño de las mismas compañías. Posiblemente lo peor del caso es que lo directivos están conscientes de que estas iniciativas son buenas, y tienen incluso calculado cuánto les costará el implementarlas y cómo subsidiar ese costo (que usualmente es mediante los consumidores, pero esa es otra historia); pero aún así no lo hacen hasta que se ven obligadas. O bien, como en el caso de Rappi, cuando ven que el gobierno ha decidido tomar acciones concretas sobre ciertos puntos; deciden crear mesas de diálogo para “buscar” soluciones, y al final del día se les reconoce como rompedoras de paradigmas y referentes en la industria.
Lo que realmente sería romper un paradigma y sentar un referente, sería que las empresas fueran las que propusieran a las autoridades el realizar esos cambios en materia laboral. Que una compañía se levantara y dijera: quiero que mis trabajadores y los de mis competidores estén mejor, porque eso invariablemente tendrá un efecto positivo en la comunidad del que yo podré favorecerme económicamente; eso sí sería digno de noticia. Las empresas siempre alzan la voz para decir que son ellas las propician el desarrollo de los países mediante sus inversiones, y que los gobiernos deberían limitarse a proveer las garantías para que puedan trabajar en paz. Pues bueno, entonces asuman realmente ese papel y conviértanse en participantes activos del cambio, en lugar de quejarse cuando la autoridad debe levantarse y exigir esas mismas condiciones.
Pero en vista de que esto se ve como algo poco probable de que ocurra, ¿qué nos queda hacer, entonces? Opciones hay muchas, algunas más revolucionarias que otras. Pero creo que un buen comienzo podría ser dejar de enaltecer a aquellas empresas que tienen buenos resultados a costa de no hacer las cosas bien para con su propia gente y la comunidad. Dejemos de alabar a los unicornios, cuando el mérito es de los caballos.
¿Tú cómo ves el progreso?

Y si …

¿Y si mi prudencia, es solo miedo disfrazado?
¿Y si mi tendencia a priorizar los resultados a largo plazo, es una incapacidad de disfrutar el presente?
¿Y si mi tendencia a dar surge de no saber pedir?
¿Y si mi capacidad de disfrutar mi soledad, es resultado de no saber socializar?
¿Y si mi idealismo, es una falta de conexión con la realidad?
¿Y si mi búsqueda de ser mejor cada día, es signo de una insatisfacción conmigo misma?
¿Y si mis fortalezas, son en realidad debilidades?
¿Y si no importa si son lo uno o lo otro?
¿Y si lo que importa, es cómo las voy usando?


Todas somos una amalgama de las cosas buenas y malas que nos han ido sucediendo a lo largo de nuestras vidas. Las cosas buenas nos han dado resultados positivos, pero también negativos. Y consecuentemente, las cosas malas nos han dado resultados negativos, pero también positivos.
Por tanto, quizás lo mejor sea enfocarnos en cómo tomamos y transformamos las cosas que nos van aconteciendo; en lugar de etiquetarlas en buenas o malas.


¿Tú qué resignificar hoy?

Sentí, siento, sentiré.

Que fantástico que este año hayas descubierto más libros para leer, aunque no hayas tenido oportunidad de leerlos.


Que increíble que este año hayas conocido a tantas personas con las que conectaste, aunque no hayas tenido oportunidad para conocerlas mejor.


Que bendición que este año conserves a todas tus amistades, aunque no a todas las hayas visto con la frecuencia con la que hubieras querido.


Que felicidad que este año tu familia haya permanecido unidad, aunque no siempre se llevaron de la mejor manera.


Que emocionante que este año hayas descubierto nuevos lugares que te gustaría conocer, aunque no hayas tenido la oportunidad de visitarlos todos.


Que divertido que este año te hayas encontrado con más juegos de mesa, aunque no hayas podido jugarlos todos.


Que orgullo que este año hayas podido alcanzar varias de tus metas profesionales, aunque algunas otras no se concretaron del todo.


Que privilegio que este año hayas podido ayudar a varias personas y causas sociales, aunque te hubiera gustado apoyar a muchas más.


Que importante que este año hayas tomado acción para cuidarte más, aunque te hayan faltado aspectos por atender.


Que esperanzador que este año hayas logrado varios de tus sueños, y que aún te queden tantos por cumplir.


Todas estas experiencias son maravillosas no lo sólo porque dan testimonio de que tienes ilusiones para los años venideros; sino porque son prueba también de que este año que termina, te diste la libertad de emocionarte.


¿Qué cosas maravillosas descubriste este año?

Un (no) clásico de Navidad.

Si bien no existe un consenso definitivo sobre que convierte a un libro en un clásico, sí hay algunos puntos que la mayoría de las personas aceptan como “indispensables” para otorgar esa categoría. Uno de estos es que la obra y su mensaje deben cumplir con la condición de seguir siendo relevantes a través del tiempo; algunas personas mencionan que deben ser por lo menos 100 años, pero eso es un poco debatible. Así pues, una historia puede considerarse como clásica si la situación que presenta se sigue dando en el tiempo presente, y por ende podemos aprender de ella.

Quizás el clásico más sonado de esta temporada decembrina es “Cuento de Navidad”, del escritor Charles Dickens. Se han hecho una y mil adaptaciones y representaciones de este cuento, pero siempre respetando el mensaje principal de la obra. Así pues, al final de la historia, vemos a un Scrooge reformado, quien ahora abre su corazón y está dispuesto a ayudar al prójimo; empezando por su empleado Bob Cratchit, y la familia de este.

Pese a que la historia de Dickens me gusta, e incluso alguna vez participé como maquillista en una representación teatral de la misma; tengo una confesión que hacer. Me daría mucho gusto si, durante mi tiempo de vida, “Cuento de Navidad” dejara de ser un clásico; porque esto significaría que se han logrado avances sustanciales en cuestiones de mejora social.

Desmenucemos un poco el asunto. Uno de los puntos centrales de este cuento es que, pese a que Scrooge es un hombre de negocios exitoso; no da un buen trato a su trabajador Cratchit. En primera instancia, es bien establecido que Cratchit recibe un sueldo paupérrimo, con el cual ni siquiera pueda alimentar apropiadamente a su familia. En la adaptación de Disney de esta obra, podemos ver como el día antes de Navidad, la familia Cratchit cuenta solo con un canario para cenar. Así mismo, Cratchit debe realizar trabajos extra, como lavar la ropa de su patrón; para tener ingresos extra.

De igual forma, Scrooge tampoco ofrece condiciones laborales apropiadas; pues por ejemplo raciona severamente la cantidad de carbón que Cratchit puede usar diariamente, pese al duro frío del invierno inglés. Además, un punto central de la obra es que Scrooge no tenía considerado siquiera darle el día libre a su empleado, por motivo de las navidades; y solo accede luego de la intervención de otros personajes.

Todo esto sigue siendo relevante en nuestra realidad actual, precisamente porque existen muchas empresas que no dan un trato digno a sus empleados. Si bien las leyes de trabajo modernas impiden que se comentan injusticias que eran comunes no hace mucho tiempo; también es cierto que falta mucho por hacer. Temas como un mejor equilibrio entre la vida personal y profesional, el dar mayor atención a las enfermedades mentales relacionadas con el trabajo, equidad laborar, y otras muchas son las nuevas prioridades a atender; sin mencionar claro el tema del salario justo que venimos viendo desde antes de que “Cuento de Navidad” fuera publicado en 1843.

Ahora bien, repasemos el final que nos ofrece Dickens para esta historia, la cual como ya dije es el de un Scrooge reformado y dispuesto a apoyar a su empleado y a diversas obras de caridad. Sin duda es un final feliz, en el que sentimos que el problema ha sido resuelto.

Pero la realidad es que no basta con reformar a Scrooge, porque, así como él existen muchas otras personas que solo piensan en su propio beneficio, aún y cuando eso signifique la miseria de otras. Luego entonces, lo que debemos procurar como sociedad es justamente crear las condiciones necesarias para que no haya más Scrooges; ni originales ni reformados. Porque si tenemos una sociedad en donde realmente se respete la dignidad humana, y por tanto seamos comunitarios; no harán falta ni organizaciones caritativas ni avaros reformados que las subsidien.

Soy plenamente consciente de que lo que pido puede sonar incluso más fantasioso que las visitas de los fantasmas navideños a Scrooge. Pero, al fin y al cabo, lo que nos dan las historias son ideales, quizás un tanto inalcanzables; pero que nos guían en nuestro caminar. Por ello mismo, tal vez “Cuento de Navidad” nunca deje de ser un clásico; pero espero al menos que, con el pasar de los años, se vuelva cada vez más una historia de ficción.

¿Qué clásico quisieras que cambiara?

Comunidad y colaboración.

Esta semana escuché un poco de la historia de Airbnb, y como mencionaban a la economía colaborativa como parte de su fundamento. Este tipo de economía se basa en el uso de las tecnologías para prestar, comprar, vender, compartir o rentar bienes y servicios. Otros ejemplos del modelo colaborativo moderno podrían ser las plataformas de compra-venta como eBay; o en el contexto del conocimiento y la información, páginas como Wikipedia.

Ahora bien, se entiende que este modelo económico no es particularmente nuevo; y que no depende de las tecnologías de la información para poder existir. Desde hace años han existido asociaciones, ya sea de vecindarios o de sindicatos laborales, que emplean este modelo al compartir bienes de uso infrecuente entre sus miembros. Así mismo, siempre ha habido una colaboración informal entre las personas; como cuando alguien le da un “aventón” en coche a otra, y está última coopera para el combustible y el peaje.

La diferencia ahora estriba en que, gracias a estas nuevas tecnologías, el alcance de estas iniciativas puede ser mayo. Pero, ¿es esto necesariamente algo bueno?

Por un lado, se podría pensar que sí, pues por ejemplo se brinda a los usuarios un mayor nivel de seguridad. Quiero decir, si yo fuera a rentar una habitación en Marruecos; me daría un poco más de seguridad hacerlo a través de una plataforma conocida como Airbnb, que en teoría tiene mejores controles y que se rige por reglas internacionales, que a través de una plataforma local que no estoy muy segura de cómo se maneja.

Sin embargo, si hay algo que nos ha enseñado la geopolítica; es que entre más grande sea un ente, más complicado será de administrar. Así pasa también con las plataformas que hemos mencionado, que además del tema del tamaño, tienen el detalle de operar en diversas regiones, con reglas y limitantes propias.

Por esto mismo es que, si bien estas iniciativas han surgido de una buena idea y en un inicio fueron un parteaguas en sus respectivas industrias; más temprano que tarde terminan desvirtuándose y dejan de ser verdaderamente colaborativas. Siguiendo con el caso de Airbnb, la cual justo ahora enfrenta varios intentos de regulación; derivado principalmente del hecho de que su uso ha contribuido a la gentrificación y al aumento desmedido de las rentas en diversas ciudades. Además, cada vez son más los casos en que los usuarios rentan una propiedad en particular, para que al momento de arribar se topen con que la realidad tiene poco o nada que ver con lo que se les ofertó en línea.

Cierto, ambas circunstancias surgen de la codicia de algunas personas que hacen mal uso de estas plataformas, y no tanto de la mala intención de la compañía como tal. Pero al final del día, es la prestadora del servicio quien debe dirigir a sus miembros para asegurarse que la comunidad prospere; tal como anteriormente hacían los líderes de los mercados.

Esto último señala un aspecto de la economía colaborativa que siempre ha estado presente, pero que se vuelve más evidente con la incorporación de las plataformas tecnológicas y su posibilidad de volverse globales. Esto es, el tema de los intermediarios. Como cualquier esfuerzo grupal, se requiere una persona o ente que de alguna manera regenté las actividades y pueda poner un cierto orden a las operaciones. Esta persona o personas reciben una compensación por ese trabajo, pues dirigir un proyecto no es nada sencillo. El tema está en cuánto debe ser esa compensación, y si la misma es justa.

Por ejemplo, en el caso de Uber; la compañía cobra tanto a usuarios como a conductores por usar su plataforma de servicios. Por supuesto, esto es algo justo, pues el diseño y mantenimiento de dicha plataforma no es tarea fácil; pero dependiendo de diversos factores dicha comisión puede ser de hasta 50% del valor del viaje. Situaciones como esta nos hacen pensar si no estaremos ante una nueva situación de intermediarios ricos y trabajadores pobres, como ha pasado en infinidad de ocasiones en el negocio de la agricultura. Y nuevamente nos hace preguntarnos si esto es verdaderamente colaborativo.

Sea como fuere, las iniciativas modernas de economía colaborativa han llegado para quedarse, y seguirán irrumpiendo en cada vez más aspectos de nuestra vida diaria. Esto por supuesto plantea y planteará muchos retos en materia regulatoria a nivel micro y macro; y para los que lamentablemente muchos gobiernos no están preparados.

Sin embargo, creo que una medida para garantizar (hasta cierto punto) que estas iniciativas realmente signifiquen un beneficio, es recordar que una verdadera colaboración nace de una comunidad. Me refiero a que, si yo veo a plataformas como Airbnb o Blablacar como una oportunidad para que todos en mi grupo puedan tener un ingreso extra, y a la vez permita a las personas de fuera disfrutar de mi localidad; en lugar de verlas solo como una opción más para volverme rico yo, para beneficiar solamente yo, entonces es menos probable que abuse de ellas, tanto como usuario prestador de servicio como intermediario. De esta forma, será más probable que se cobren comisiones justas por el uso de las plataformas y servicios, y que esas comisiones se usen para el mejoramiento de las mismas en pro de la comunidad.

Si logramos esto, entonces sí que podremos hablar de economías colaborativas y comunitarias.

¿Tú cómo quieres colaborar?

Orgullo y realización.

A lo largo de los años he recibido varios y diversos reconocimientos. Excelencia académica; primeros lugares y reconocimientos de participación en concursos de oratoria y de la materia de español; constancias de seminarios y cursos de actualización; cumplimiento de los famosos KPIs; entre otros. Algunos de ellos están colgados en una pared, otros forman parte de mi currículum, y otros más está guardados en su carpeta correspondiente.

Si bien todos esos reconocimientos me causan satisfacción y orgullo, con el paso del tiempo ha habido otros, de diferente naturaleza, que me llenan más el corazón cuando los recuerdo o cuando los vivo. Las cartas que me escribieron mis alumnos del servicio social, en las que me decían que era buena maestra, aunque no lo fuera de profesión. El libro que me dedicaron mis alumnos cuando di clases en la universidad, donde me agradecían el haber sido mi primero grupo.

Las cartas que en su momento me han escrito mis amigas y familia, donde mencionan como una palabra o acto mío les hizo ser más felices. Y también cuando esas mismas personas especiales me han hecho partícipe de sus sueños alcanzados, y por los que aún están trabajando.

Cuando compañeros de trabajo se han convertido en buenas amistades; y cuando tanto unos como otros expresan su aprecio no solo por trabajar, sino por convivir conmigo. Y cuando ves que tu trabajo genera satisfacciones e ilusiones más allá de lo material.

Por supuesto, también mencionar la alegría que, desde hace ya más de 2 años, me produce que las ideas contenidas en este blog conecten con otras personas. Que estas ideas las hagan recordar cosas que quizás habían olvidado, o bien que se encuentren con nuevas posibilidades. Y claro, también la satisfacción que siento al cumplir, si bien de una manera diferente; uno de los sueños que siempre tuve, que es el de compartir las ideas que antes solo vivían encerradas en mi cabeza.

Ahora que se acerca la época en la que se empieza con el recuento de lo obtenido a lo largo del año, y que se trata de resumir 12 meses en unas cuentas viñetas; es bueno que tomemos un momento para ver todas aquellas cosas que no se pueden medir o comparar de manera cuantitativa. La vida es mucho más que eso, y nos da muchas oportunidades para sentirnos no solo orgullosas, sino lo más importante, realizadas.

¿Tú qué quieres resaltar hoy?

¿Sabes cuántas?

¿Sabes cuántos cafés tengo pendiente por visitar con mis amigas?, ¿sabes a cuántos hemos ido?

¿Sabes cuántos cortos de películas he visto y dicho que quiero verlas?, ¿sabes cuántas he visto?

¿Sabes cuántos viajes quiero hacer?, ¿sabes cuántos he hecho?

¿Sabes cuántos libros quiero leer?, ¿sabes cuántos están apilados en mi mesa de noche?

¿Sabes cuántas veces me he quedado tarde trabajando?, ¿sabes cuántas veces lo he disfrutado?

¿Sabes cuántas veces he tenido ganas de bailar?, ¿sabes cuántas veces me he levantado a hacerlo?

¿Sabes cuántas veces he querido descansar?, ¿sabes cuántas veces lo he logrado?

¿Sabes cuántos momentos de felicidad he pospuesto?, ¿sabes cuántos momentos de ansiedad he vivido?

¿Sabes cuántas series tengo por ver?, ¿sabes cuántas he visto?

¿Sabes cuántos sueños he tenido?, ¿sabes cuántos he olvidado?

¿Sabes cuántas de estas veces, quien me ha limitado he sido yo misma?

Por favor, dejemos de contar.

 

Renuncia.

Renuncia a vivir según las expectativas de los demás.

Renuncia a una versión de ti que ya no es tu favorita.

Renuncia a las relaciones que solo te desgastan.

Renuncia a conformarte.

Renuncia a dejarte en último lugar.

Renuncia a que otras personas definan las reglas de tu juego.

Renuncia a no pedir.

Renuncia a sentirte culpable por descansar.

Renuncia a las cosas que te atan.

Renuncia a que te encasillen.

Renuncia a limitarte.

Renuncia a auto sabotearte.

Renuncia a renunciarte a ti misma.

¿Tú a qué vas a renunciar hoy?

Algo para disfrutar.

Empecé a usar lentes cuando tenía poco más de 11 años, pero en aquél entonces no les tenía el aprecio que les tengo ahora. Si soy sincera, no me gustaba usarlos del todo, en parte por el estigma social, y porque tampoco creía que fueran precisamente necesarios. En ese entonces pensaba que “olvidar” ponérmelos era como olvidar ponerme aretes, un pequeño inconveniente; y que eran algo que necesitaba para la escuela, pero no para el día y día.

Unos meses después fui de vacaciones con mi familia, a un lugar que tiempo después sería considerado pueblo mágico. Ciertamente es un lugar bonito, hace tiempo que no voy, pero en aquél entonces se podían ver miles de estrellas a simple vista. Pero yo no pude apreciarlas en su totalidad; porque como eran vacaciones, no había llevado mis lentes. No puedo decir que mi actitud hacia mis lentes cambió por ese incidente en particular, pero sí me ayudó a entender su necesidad; y más allá de esto, como el usarlos me permitiría disfrutar más la vida.

Conforme ha pasado el tiempo, me he encontrado con más situaciones similares, en las que he necesitado hacer algo para sentirme mejor; pero que inicialmente me parecía innecesario o incluso vergonzoso, usualmente por un estigma social. Algunos han sido sencillos de superar, como tomar vitaminas; otros han tomado un poco más de trabajo, como ir a terapia; y otros más siguen en lista de espera. Pero cada vez que me he abierto a intentarlo, me ha ido bastante bien, y como dije en el párrafo anterior, he disfrutado más la vida gracias a ello.

Seguramente tu también has pasado algo similar, o quizás lo estés pasando en este momento; o alguien a quien amas está en ese proceso. Lo más que puedo decirte es que tengas paciencia, tanto para los procesos largos como para los cortos. En un principio parecerá que estás cargando con un cartel gigante que dice “no pude sola, y ahora tengo que usar X para poder seguir adelante”. Pero conforme sientas los beneficios de tu decisión, el cartel pasara a decir “fui valiente para admitir que necesitaba ayuda, y ahora X me ayuda a ser más feliz”.

Quizás con el tiempo ese X cambie, o puede que incluso algún día ya no lo necesites; o puede que sea algo que te acompañe para siempre. Cualquiera que sea el caso, lo importante es ir avanzando ese camino, adaptándonos conforme la situación y nosotras mismas cambiemos; pero sobre todo amando la persona que somos en cada etapa.

Yo sigo usando lentes, y posiblemente lo haga para siempre. Y ahora es algo que disfruto mucho, siento que son parte de mi personalidad; y por tanto el escoger un nuevo armazón es algo que me emociona. Siento que me bridan otra forma de expresarme.

Así que sí, mis lentes me permiten disfrutar más mi vida porque me permiten verla con más claridad, pero también porque me abrieron un nuevo espacio para disfrutar. Lo mismo ha sucedido con las otras cosas que comenté al principio, y espero que sea el caso para las qué intentaré en el futuro.

¿Tú qué quieres intentar para disfrutar más tu vida?

El esfuerzo se recompensa.

El esfuerzo se recompensa con más responsabilidades.

El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de descansar.

El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de aprender.

El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de cambiar.

El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de divertirse.

El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de crecer.

El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de parar.

El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de diversificarse.

El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de concentrarse.

El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de dejar ir.

El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de quedarse.

El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de ser más abiertas.

El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de poner límites.

El esfuerzo se recompensa con esfuerzo.

Todas las personas nos esforzamos diariamente, de muchas maneras y en muchos campos. A veces son esfuerzos grandes que pasan desapercibidos, y a veces son esfuerzos pequeños que tienen un gran impacto. Pero al final del día, nos esforzamos; y esperamos recibir una recompensa por ese esfuerzo.

Esas recompensas pueden no ser las mismas que esperan otras personas, o incluso que las que nosotras esperaríamos en otras circunstancias. Lo importante es que sepamos identificarlas y aceptarlas como eso, como recompensas, y aprendamos a disfrutarlas y usarlas para lograr nuestra estabilidad y felicidad.

¿Tú qué recompensa esperas hoy?