Cuando la noche se queda sin estrellas.

Colección: Cambios.


Nota: esta entrada formará parte de una colección de al menos 3 historias. No se necesitan leer las tres para darles sentido, y realmente no tienen un orden específico. Sin embargo, todas nacieron de un momento y sentimientos concretos, que derivaron y derivarán en varias ideas y cambios; por lo que me pareció adecuado poder compartirlas como un todo. Y también para poder agradecer a las personas que me están apoyando en estos procesos.

Hace ya un tiempo leí una publicación de una chica, que decía que cuando alguien le preguntaba cuál era su mayor miedo; respondía algo típico como las alturas o las arañas. Pero, en realidad, su mayor miedo era algo que, a su vez, le había comentado uno de sus profesores. Su mayor miedo era que alguien que alguna vez la había amado (en cualquier forma o estilo), se desenamorara de ella.

Pero no en el sentido de una ruptura, sino más el bien el proceso del desenamoramiento. De cómo su personalidad, sus ideas, sus manierismos, todas esas cosas que alguna vez la habían hecho especial para una persona; ahora eran el mismo motivo por el que había decidido dejarla. La última frase que usa creo que resume bien el sentimiento “nada me asusta ni me entristece más que la idea de que puedo volverme fea para alguien que alguna vez pensó que mis ojos contenían todas las estrellas”.

Auch. Nada como un miedo existencial nuevo para pasar el rato.

Ya en serio, la primera vez que leí ese comentario me quedé pensando en que ciertamente esa es una sensación terrible, que me ha tocado experimentar en diferentes grados y formas. Pero, a últimas fechas, también he pensado que es igual de terrible la sensación al contrario.

Cuando tú te das cuenta que algo que alguna vez amaste, ya no significa nada. No que lo odies, eso es diferente. Me refiero realmente a que ya no signifique nada: a que algo que alguna vez te motivaba, te llenaba, te hacía feliz, ahora solo lo veas con ojos de desinterés.

Porque lo sabes, aunque trates de negarlo o de razonarlo, una sabe cuando la chispa se va extinguiendo.

A veces puede ser el ver como una persona que era tu amiga, con la que compartiste momentos importantes, con la que podías hablar de temas específicos sin tener que dar contexto, porque ella también los había vivido; ahora es si acaso una conocida. O como una trayectoria profesional a la que le has dedicado años de esfuerzo, ya no te entusiasma; al contrario, hay días en que te cuesta Levantarte de la cama para ir a trabajar por un sueño que ya no es tuyo. O quizás algo tan intrascendente (en apariencia), como que el que solía ser tu programa favorito de televisión, ahora ya ni siquiera sepas en qué temporada va.

Como dije, es raro que esto sucede de golpe. Usualmente es un proceso, muy parecido al duelo. La primera parte es la negación, que muchas veces se disfraza de racionalización. Ya sabes, como cuando dices que solo han sido un par de semanas pesadas en el trabajo, pero que una vez que entreguen el proyecto, todo estará bien. O cuando piensas que tu amiga ahora está enfocada en otras cosas, pero que eventualmente volverán a tener tiempo de conectar. Mientras tanto tu debes apoyarla desde lejos, porque al final para eso son las amigas, ¿no?

Aquí también es cuando se da un fenómeno curioso, que es el de culparnos por lo que está sucediendo. Quiero decir, al fin y al cabo, la belleza está en los ojos de quien mira; y como la trillada frase dice, “no eres tú, soy yo”. Quizás eres tú quien no se está esforzando lo suficiente, o te estás enfocando solo en los puntos negros en lugar de ver lo bueno que hay en la situación/relación. O quizás solo estás un poco molesta porque los guionistas decidieron hacer sufrir innecesariamente a tu personaje favorito.

Pero va pasando el tiempo, y te das cuenta que es imposible seguir racionalizando un desgaste que es evidente. Entonces vienen el enojo y la frustración. Porque cómo puede ser que después de todo tu esfuerzo, de hablar con tu terapista, de quedarte tiempo extra, de dar el beneficio de la duda, de tratar de entender, ¿las cosas no mejoran? ¿Qué estás haciendo mal? ¿Qué está haciendo la otra persona para arreglar la situación? ¿Por qué te sigue importando? La respuesta es simple: te importa porque es una parte intrínseca de ti, de tu historia; y dejarla ir da miedo.

Entonces empiezas a negociar contigo misma. Vamos a intentarlo unos meses más. A lo mejor puedo tomar unas vacaciones y volver con más energía. Quizás puedo leer algo de fanfic para que el canon no duela tanto. Quizás podemos intentar una nueva actividad juntas. O también puede darse el caso de que sientas remordimiento por irte justo ahora, cuando vienen la temporada alta, o cuando el programa está en sus niveles más bajos de audiencia; porque uno de tus valores principales es la lealtad. Sí, te dices, mejor esperar a que se calmen un poco las cosas. Como si las cosas alguna vez se calmaran lo suficiente.

Para personas como yo, que no sé si sufrimos un complejo de héroe o padecemos un optimismo exagerado o simplemente sentimos muy profundamente, esta es la etapa más difícil; porque nos es complicado definir cuando ha sido suficiente. ¿No dicen por ahí que siempre está más oscuro justo antes de la primera luz? Yo aún paso noches en la cama pensando si pude haber hecho más en situaciones que sé que no hubieran funcionado; pero que les digo, así funcionan mi mente y mi corazón.

Y así sigues por un tiempo, intentando por aquí y por allá; hasta que la ruptura que sientes no puede arreglarse con ninguna cantidad de oro. Así que lo sueltas. Y aquí es donde entra una etapa peligrosa. A veces la persona del otro lado intenta jalar de nuevo, de intentar de nuevo; sobre todo si en su caso la percepción era que la cosa no estaba tan mal (¿qué tan mal tiene que estar?). Y tú, en tu miedo ante el “después” del quiebre, te arriesgas una vez más.

Puede que las cosas funcionen esta vez, quizás era esta la alerta que la otra parte necesitaba para despertar y ponerse a trabajar. Pero, en mi opinión, si tú ya habías llegado a un punto de desgaste tal que habías preferido el dolor y el miedo de la ausencia; es poco probable que las cosas realmente funcionen. A lo mejor hay un esfuerzo por un tiempo, y vuelves a ver las estrellas en sus ojos; pero luego las cosas volverán a como eran antes. No se trata de ser pesimista (¿y el optimismo exagerado del que hablabas?), pero creo que, si ya sufriste el martirio de sobre pensar la situación, de exigirte más cuando dabas todo, de pensar que el problema era tuyo en lugar de ser un problema compartido; entonces lo menos que te mereces es honrar todo ese proceso, y ser firme en tu decisión de irte, aunque duela.

Así es como llegamos a la última etapa, que en el proceso de duelo se llama aceptación. Varios profesionistas la mencionan como la fase en que se aprende a vivir luego del fallecimiento de la persona. En este caso, es aprender a vivir sin esa parte que en muchos sentidos te definió por tanto tiempo. Ninguno de los casos es sencillo, y yo soy de la creencia de que esta es una etapa que nunca se termina realmente. Puede que años después de distanciarte de una persona, un buen día experimentas algo en tu vida que sabes que ella o él hubieran entendido perfectamente; y vuelves a pensar lo que podría haber sido si las cosas hubieran resultado diferentes. Y en cierta manera vives de nuevo las etapas anteriores, no tan intensamente claro, pero la pregunta sin respuesta sigue ahí.

¿A qué conclusión llegamos, entonces? ¿Realmente todo es tan desesperanzador? La verdad es que estuve pensando mucho en cómo cerrar esta aportación; porque me gusta terminarlas de una forma positiva, aunque sea marginalmente. Pero en este caso, no se me ocurría nada. Pensé en decir que al menos el desinterés es mejor que el odio, pero eso no es algo que realmente crea, y no quería cerrar con una mentira disfrazada de optimismo (otra vez con eso).

Así las cosas, lo más que puedo ofrecerte es esto.

Sí, es terriblemente triste y doloroso ver como una parte de tu vida que alguna vez fue luminosa, se va apagando. Pero hay algo que duele aún más: ver como tu propio brillo se va perdiendo porque le prestas demasiado a esa parte a la que quieres aferrarte.

Entonces, si ya has llegado al punto en el que la oscuridad es demasiado para ti, protege tu luz, y retírate. Puede que al principio no lo parezca, pero al caminar por otros caminos; tus ojos encontrarán nuevas estrellas.

¿Cuáles estrellas quisieras ver ahora?

Ha(ser) pan.

Colección: Cambios.


Nota: esta entrada formará parte de una colección de al menos 3 historias. No se necesita leerlas todas para darles sentido, y realmente no tienen un orden específico. Sin embargo, todas nacieron de un momento y sentimientos concretos, que derivaron y derivarán en varias ideas y cambios; por lo que me pareció adecuado poder compartirlas como un todo. Y también para poder agradecer a las personas que me están apoyando en estos procesos.


En estos últimos días me he topado mucho con la frase “los diamantes se forman bajo presión”, tratando de justificar que las personas deben de sufrir para formar su carácter y sobresalir. Y en esas ocasiones me he acordado de la respuesta que alguien dio alguna vez, que parafraseando dice “la masa de pan crece cuando la dejas reposar”; aludiendo a que cada persona es diferente y por ende requiere de diferentes ambientes/cosas para progresar.


Si bien esto último es cierto, la realidad es la vida no puede ser solo “reposar”. En algún momento hemos de salir al mundo a enfrentarnos a situaciones adversas para avanzar en nuestro camino. Por tanto, pareciera que la metáfora del pan no es un buen contra argumento al renombrado refrán.


Pero entonces, me puse a pensar: para hacer pan no basta con dejar reposar la masa, de la misma forma que el diamante no pasa por un solo proceso físico para formarse.


Como dicen, empecemos por el principio. Para hacer pan, primero tienes que mezclar los ingredientes, y posteriormente amasar hasta formar la masa (valga la redundancia). He aquí el primer proceso: los ingredientes deben de cambiar su naturaleza, y entre todos formar algo nuevo. Si esto lo traducimos a la vida de las personas, podemos decir que esto consistiría en estar dispuestos a dejar nuestra posición actual, y decidir cambiar para ser algo nuevo y mejor. Este cambio puede implicar aprender nuevas habilidades, o trabajar con personas diferentes, o en ambientes diferentes; o incluso dejar un hábito o creencia que actualmente nos está deteniendo. Pero en ningún caso es algo fácil, pues implica el esfuerzo de desprender y aprender, no una sino muchas veces.


Siguiendo ahora con el pan, es aquí cuando entra la parte del reposo. Es importante señalar que esta parte no se refiere a “no hacer nada”, que es la acepción que usualmente damos a la palabra reposo. Pues, aunque parezca que la masa está inerte, en realidad se está llevando a cabo un proceso químico de fermentación, que es justo lo que permite que crezca en tamaño. Puede no ser evidente al principio, y ciertamente no es un proceso rápido, pero al final el resultado es palpable.


Lo mismo pasa con las personas. Luego de tomar la difícil decisión de cambiar, empieza el camino de efectivamente hacerlo. Como mencioné en otro párrafo, esto no es fácil; y a diferencia de la fermentación, no es un proceso lineal. Lo que sí tienen en común ambos procesos es que, al inicio, la transformación no es evidente, ni para la persona ni para quienes le observan. Pero lo importante es que el proceso ya ha iniciado, y con un poco de perseverancia y de paciencia, los resultados se darán.


Continuando con la elaboración del pan, luego del periodo de reposo, se da de nuevo un proceso de amasado. Dependiendo del tipo de pan que se esté haciendo, quizás haya también que cortar la masa en diferentes pedazos y formas. Luego de esto, hay que dejar reposar la masa de nuevo; aunque por un período de tiempo más corto. Aquí también es cuando se sugiere empezar a precalentar el horno.


En mi opinión, este es un paso que la mayoría de las personas omiten en su formación, y es el motivo por el cual muchos intentos de cambio no tienen buen final. En lugar de tomarse un momento para revisar cuál fue el resultado del primer proceso, y decidir cómo moverse desde ahí; muchas veces solo seguimos avanzando en la misma dirección, sin preguntarnos si es realmente lo que queremos. O bien, no nos damos la oportunidad de pensar si debemos hacer algún otro cambio para que el resultado sea más favorable, y darle tiempo a ese cambio para que madure. Por ejemplo: hornear una sola pieza grande de pan quizás resulte más sencillo, pero quizás sea más fácil guardar 2 piezas pequeñas. O quién sabe, a lo mejor es más fácil regular la temperatura y tiempo de cocción en 2 piezas pequeñas; o si una sale mal a lo mejor la otra sale mejor. No sé, mis conocimientos panaderos no dan para tanto, pero espero que se entienda la intención.


Pero bueno, ya que la masa está lista, llega la parte que puede verse como más complicada: la horneada. Como dije para esto hay que realizar algunos pasos antes, que van desde precalentar el horno hasta preparar el molde. Ya que tenemos esto listo, podemos meter nuestro pan. El tiempo que tome en hornearse va a depender de muchos factores; e incluso puede que haya que sacarlo a mitad del proceso y darle la vuelta, o alguna cosa similar. Lo importante es estar al pendiente del pan, y revisarlo cada cierto tiempo.


Me detengo un momento aquí. Esta entrada comenzó por la comparación que se hacía entre la formación de un diamante, y la elaboración de un pan; los cuales por supuesto son procesos sumamente diferentes entre sí a nivel químico y físico. Sin embargo, para propósitos de la comparación que estamos haciendo también con el proceso de formación del carácter de una persona, pienso que aquí es donde se da una diferencia sustancial.
Un diamante se forma en “soledad”, en lo profundo de la tierra; y con la posibilidad de que algo no salga del todo bien y que nadie lo note hasta que el proceso haya concluido. Después de todo, por eso hay diamantes más puros que otros. El pan, en cambio, se forma en compañía. La persona que lo está elaborando debe revisar cada cierto tiempo si no hay que ajustar la temperatura, o acomodar la bandeja; o como dijimos estar al pendiente del momento justo en que haya que hacer algún paso extra (voltearlo, por ejemplo), para lo lograr el resultado deseado.


Es claro que la transformación se está dando en el pan, o mejor dicho; es la masa la que está “soportando” el calor para poder llegar a ser pan. Pero hay alguien que está cerca para apoyar y ajustar lo necesario para que el resultado se logre.


Así es como también debería darse el crecimiento de las personas, con acompañamiento. Porque por más que se tenga la voluntad de cambiar, y se sea firme en la decisión; la realidad es que el proceso puede ser duro, y causarnos algo de miedo. Estamos conscientes de que el trabajo tenemos que hacerlo nosotros, pero saber que hay alguien cerca al pendiente, y a quien podemos recurrir para pedir apoyo, hace toda la diferencia. Al menos en mi experiencia, eso ha permitido no solo que el resultado sea de mejor calidad, sino también que el proceso pueda ser más corto. Una de las ventajas del trabajo en equipo.


Bien, volvamos ahora con el pan. Finalmente ha terminado el proceso de horneado, tenemos nuestra pieza de pan lista; pero debemos dejarla reposar un momento para que se enfríe, y así podamos comerlo con calma. Por supuesto aquí también podemos ponerle algo de betún o mermelada para que sepa aún mejor.


Lo mismo sucede con nosotras. Luego de que terminamos un proceso de cambio, debemos darnos la oportunidad de tener un momento para apreciar y disfrutar nuestro logro. Es por eso que existen fiestas de graduación, entregas de reconocimientos, o incluso el pequeño e íntimo gesto de escribir en nuestro diario “lo logré”. Lo importante es darnos ese tiempo para asimilar a dónde hemos llegado, disfrutar de quien ahora somos, y compartirnos con las personas con las que convivimos.


Nuevamente, me detengo un poco para volver con los diamantes. Si bien los mismos tienen características físicas encomiables, como el tener las más alta dureza y conductividad térmica de todos los materiales conocidos por el ser humano, que los hace útiles en varios campos; la realidad es que su valor nace principalmente de ser considerados piedras preciosas. No por nada varias de las creaciones con ellos hechas se guardan en museos como obras de arte, o bien se exhiben en joyerías de la Quinta Avenida en Nueva York.


Pero, al final del día, en eso es en lo que terminan: como objetos de gran valor, pero encerrados en cajas, ya sea para el disfrute público o privado. No producen nada; y por su misma naturaleza inalterable tampoco es como que puedan transformarse posteriormente, aparte de ser cortados para encajar en alguna pieza de joyería o de arte.


En cambio, el pan, que en comparación podría decirse es más humilde; es alimento. Y no solo para la persona que lo horneó, también puede compartirse con otras personas, o incluso con animales de compañía. Y aún puede cambiar, en el sentido de que puede integrarse a otros alimentos para ser aún más provechoso. Puede ser un sándwich, o usarse para preparar pastel de carne, o ponerle algún relleno dulce. En fin, las posibilidades son amplias.


Por tanto, entre pasar por un proceso oscuro y solitario para convertirme en un diamante que sólo servirá para ser visto; y ser un pan que se formó de manera consciente y con apoyo, y que podrá servir de alimento, la verdad es que prefiero ser un pan.


¿A ti cómo te gustaría transformarte?

Pequeñas grandezas.

El otro día estaba contestando una encuesta de corte profesional, en la que preguntaban detalles como escolaridad, puesto de trabajo, etc. También había una sección digamos de “logros”, con preguntas como si habías publicado un libro, participado en conferencias nacionales o internacionales, si habías creado alguna empresa; y otras tantas en ese mismo tenor. He de decir que en todas tuvo que contestar que no.

Quizás en años pasados me hubiera sentido mal conmigo misma por este hecho, pues hubiera pensado que me estaba quedando atrás y que mis esfuerzos no significaban mucho. Ahora, gracias a los diversos procesos por los que he atravesado, puedo ver que sí tengo logros, y que son igual de importantes que cualquiera de los que mencionaban en la encuesta.

Por ejemplo, quizás no he sido ponente en conferencias, pero en estos años he tenido la oportunidad de ser mentora de 3 chicas que estaban por graduarse; y me da gusto ver que lo poco o mucho que pude compartirles les ha servido en su vida. De igual forma, no he publicado un libro, pero semanalmente publico este blog que varias personas leen y disfrutan. Tampoco he formado una empresa, pero he contribuido al desarrollo de una gracias a mi esfuerzo; y en el camino me ha tocado formar parte de un equipo de gente increíble.

Pero, lo más importante, es que tengo también logros que van más allá de los que puedo poner en mi currículum. Como mencioné, en los últimos años he iniciado y terminado varios procesos que hoy me hacen sentirme más a gusto y feliz conmigo mismo y con mi día a día. También me he atrevido a intentar cosas nuevas, que en su momento solo eran ideas o sueños sin un plan fijo. Y así podría nombrar otras muchas cosas que no dan para poner en un cuadro de honor, pero de las cuales me siento muy orgullosa y contenta. Quizás no haya vivido una vida grandiosa en el sentido tradicional de la palabra, pero sí una vida satisfactoria.

¿Tú que logros tienes?