• Esperando.

    Hace un par de semanas fui al centro comercial, y debo decir que no me sorprendió que ya tuvieran una sección con las decoraciones para navidad. Igualmente, hace ya unos días que escucho o veo anuncios que indican que está disponible el pan de muerto; tanto en su versión tradicional como relleno de diferentes sabores. Cabe resaltar que estamos en septiembre.

    No me mal interpreten, a mi también me gusta mucho el pan de muerto, y la navidad es una época que disfruto bastante. Pero, creo que esa sensación agradable se deriva en parte de que es algo que tengo que esperar, algo que sucede cada año y por tanto es una ocasión diferente. Pero en este mundo de la inmediatez, donde todo tiene que ser ya; cada vez queda menos espacio para el arte de la espera.

    Sí, esperar es un arte, y podría decirse que es también una disciplina. No por nada grandes civilizaciones alrededor del mundo han desarrollado numerosas prácticas para cultivar la virtud de la paciencia. Quizás por eso también es que a últimas fechas han ganado relevancia aplicaciones y cursos que se enfocan en temas como la meditación y la atención plena (más conocido por su terminó en inglés, mindfulness). Inconscientemente, sabemos que no podemos sobrevivir al ritmo de vida tan acelerado que hemos creado, y hemos buscado pequeños remansos o actividades que nos permitan aminorar el paso. Pero temo que realmente se han quedado pequeños.

    Es cierto que, de acuerdo tanto a las prácticas tradicionales como a recientes estudios; si practicamos constantemente esos pequeños actos de paciencia y calma, será más fácil que los apliquemos a nuestra vida cotidiana, aún y cuando no sea en su totalidad. En lo personal puedo confirmar que esto es cierto, pero también es verdad que eso exige una gran fuerza mental y de voluntad; y de nuevo el ritmo de vida que llevamos nos deja con muy poco de ambas. Haciendo una analogía con la teoría de las cucharas de la psicología, tenemos que decidir a cuáles de las múltiples situaciones aceleradas del día vamos a dedicarle el esfuerzo que implica el arte de la paciencia.

    Se podría pensar que algo tan disruptivo como la pandemia del COVID-19 debería haber influido en enseñarnos la necesidad de la espera y la paciencia, pero creo que ha sido todo lo contrario. El estar en nuestras casas nos hizo consumir bienes tangibles e intangibles (como las series) a una velocidad mucho más rápida, y ahora que la pandemia ha amainado; esa necesidad creada sigue ahí y exigimos que sea satisfecha. No por nada la crisis de la cadena de suministro ha sido tan severa.

    Claro, como ya dije no todo ha sido para mal. Se puede ver que en diferentes ámbitos están surgiendo iniciativas contra corriente que tratan, justamente, de hacernos ver la necesidad de vivir una vida con más calma; dando tiempo al tiempo como diría mi abuela. Falta ver cuáles son los resultados finales de estas iniciativas; pero sinceramente creo que no podremos librarnos de que para principios de diciembre ya estén anunciando, ahora, la rosca de reyes.

    ¿Consideras que en tu día a día prácticas el arte de la espera?

  • ¿Realmente lo estamos arreglando?

    Durante la semana vi dos publicaciones que me hicieron reflexionar sobre el enfoque que le estamos dando a temas como el cambio climático, pero que en general hablan también de la mentalidad de la época. La primera publicación (del World Economic Forum) mostraba un robot en forma de pez, aún en fase de prototipo, que podía recolectar micro plástico del océano; mediante una reacción que tenía este con su cuerpo. La segunda era una noticia de The Guardian informando que una ciudad en Países Bajos había prohibido, en espacios públicos, los anuncios sobre carne; en un esfuerzo justo de reducir el consumo de la carne y en consecuencia las emisiones de gases de efecto invernadero que dicha industria provoca.

    Ambas iniciativas son buenas, en particular la del robot pez me parece sumamente interesante; y por supuesto que debemos hacer todo lo posible por disminuir y revertir los terribles daños que le hemos hecho al planeta. Pero, como dije al principio, también es importante que reflexionemos sobre la mentalidad que las está impulsando. Tenemos un acercamiento a los problemas en donde nos resulta más “sencillo” encontrar una manera de corregir el impacto de los mismos, que de modificar o eliminar el comportamiento que los está causando. De nuevo, entiendo que en cuestiones como la del micro plástico en el océano, es necesario tomar acciones en paralelo en ambos sentidos; pero al menos a mí me ha tocado ver más “soluciones” a medias que no atacan el problema de raíz.

    Esto me hace recordar otra noticia que leí ya hace algún tiempo, en la que se discutía el comportamiento observado en los cuervos de cierta ciudad; los cuales habían aprendido a recoger las colillas de cigarros de las banquetas de los parques y tirarlas en los depósitos de basura. En el artículo se discutía si podría ese comportamiento replicarse en cuervos de otras localidades; y uno de los expertos comentaba, palabras más palabras menos, que resultaba muy interesante que quizás sería más fácil enseñarle a un cuervo a recoger basura que a una persona a no tirarla en primer lugar.

    Creo que esto resume bastante bien el enfoque que como sociedad le damos a problemas transcendentales, en el que abogamos más por encontrar maneras de minimizar el impacto de nuestras acciones, que en cambiar las mismas. Algo igualmente preocupante es que, en la mayoría de los casos, el motivo por el que no queremos modificar nuestro comportamiento es simplemente porque no queremos perder nuestra comodidad, tanto individual como colectiva. Porque claro, resulta mucho más sencillo que, al ir por mi café, me den un vaso desechable que cargar yo con un termo; que además de todo tengo que lavar. De igual forma, preferimos aceptar como status quo que una compañía deforeste los bosques o tenga prácticamente en condición de esclavitud a sus empleados, que el tomar parte en una protesta en forma que obligue a las empresas a cambiar dichas prácticas.

    En este mismo sentido, también es importante mencionar que esta mentalidad de bucle simple (en términos del psicólogo Chris Argyris) es ampliamente fomentada por las empresas, pues en la mayoría de los casos su compromiso con temas de trascendencia es meramente superficial. De esa forma, crean campañas que se enfocan en soluciones simplistas y que de alguna manera les benefician económicamente (“ya no uses popotes de plástico, mejor usa mis popotes metálicos en 50 tonos diferentes”); en lugar de ellas también analizar su comportamiento y hacer un cambio consciente que permite una mejora a largo plazo.

    De esta forma, vamos por la vida confiados en que hemos resuelto el problema; en lugar de darnos cuenta que sólo hemos hecho un hoyo para tapar otro. Porque al final del día, el implementar ideas como las del pez robot implica también el uso de recursos que deben obtenerse de alguna forma, y que queramos o no implican un costo ecológico; que quizás sí termine siendo menor que el de otras iniciativas o el de no hacer nada. Pero, a la larga, todo va sumando (o restando, según se quiera ver), y soluciones que deberían verse como temporales se convierten en permanentes; simplemente porque como sociedad nos negamos a ir un paso más allá y fomentar cambios verdaderamente conscientes.

    ¿Tú consideras que las soluciones que estamos dando a los problemas trascendentales, tienen el enfoque adecuado?

  • Con lo que me quedo.

    El otro día estaba haciendo limpia de papeles, entre ellos algunos apuntes que tenía de la universidad y la maestría. Mientras los revisaba, me topé con varios conceptos que se han quedado conmigo, y que he seguido usando en mi vida académica y profesional; pero también vi otros tantos que había olvidado, pero que con darles una leída rápida dije “oye, eso podría servirme”. Con esto entré en la fase que más me cuesta cuando decido hacer limpia de cualquier cosa: ¿me lo quedo, o lo desecho?

    Una parte de mí me dice siempre que lo conserve, que puede servirme en el futuro o que de seguro ahora sí me voy a dar el tiempo de usarlo/leerlo (cosa que raramente ocurre, si soy sincera). Pero hay otra parte que me dice que no, que no puedo conservar tantas cosas y que al final del día no le doy seguimiento a todo, simplemente porque la vida no me alcanza. Mientras contemplaba esta situación con los apuntes, me puse a pensar que esto pasa también con otras cosas de la vida, como son las relaciones personales.

    Todas las personas hemos pasado por relaciones que nos cuesta trabajo dejar, y seguimos dándole vueltas sobre porqué no funcionaron, o preguntándonos si deberíamos hacer aún algo más para salvarlas. En pocas palabras, no queremos perder eso que tenemos, porque nos da un poco de miedo lo que eso significa tanto en nuestro presente como en nuestro futuro.  Pero al final del día, tenemos que adaptarnos a esa nueva realidad, tanto por nuestro bien como por el de la persona con la que compartimos esa relación; y que tal vez aún compartimos, solo que de manera distinta. Y es entonces cuanto tenemos que decidir con qué nos vamos a quedar.

    Independientemente de cómo haya quedado la relación, siempre podemos conservar aquello que aún nos produce felicidad de la misma, parafraseando un poco a Marie Kondo. Quizás puedes seguir usando la técnica que una amiga te compartió para quitarte lo enchilado, o conserves la taza que te regaló porque tenía tus colores favoritos, o uno de tus recuerdos más preciados siempre será ese viaje que hicieron juntas. Y otras tantas cosas y experiencias las desecharás, no porque no fueron importantes en su momento, o porque sean “malas”; simplemente ya no tienen espacio en la nueva realidad de tu vida.

    Incluso, las cosas con las que decidas quedarte deberán también ajustarse a ese nuevo espacio y tiempo. Así como me pasa a mi con algunos conceptos de algunas clases que si bien conozco, pero que no uso diario; talvez esa foto que tenían pueda pasar a un álbum en lugar de estar en tu buró. No han desaparecido, incluso puede que tu subconsciente sigue corriendo esa información en segundo plano; pero al menos ya te dejó capacidad libre para lo que viene.

    Eso creo que es lo más importante, entender que el soltar algunas cosas te permite poder tomar otras nuevas; pero con la experiencia de las pasadas. Así como una clase de economía será más fácil gracias a los conocimientos previos que tienes de otras asignaturas, así también podrás tener relaciones más saludables con la experiencia de otras que ya has pasado; aunque en ninguno de los casos recuerdes todo lo que te enseñaron. Solo es cuestión de que te des la oportunidad de analizar con qué te quedas, y seguir adelante.

    ¿Tu has hecho limpia de alguna cosa últimamente?

  • El significado de los días.

    ¿Les ha sucedido que un día que significaba mucho para ustedes, o que les causaba mucha ilusión, de repente pasa a ser un día normal? Eso me está pasando justo hoy, pues en México se celebra el día del abuelo y de la abuela; y es el primer año en ni él ni ella están ya conmigo y mi familia. En el caso de él ya son casi 6 años de ausencia, en el de ella no ha pasado un año aún.

    Yo sé que su ausencia física no impide que los recuerde y honre su memoria en este día, y en todos los demás; pero no deja de ser un día que se siente vacío respecto a otros años. Este año no vamos a hacer comida especial, o comprar pastel, y tampoco tenemos la ilusión de que vean el regalo que habíamos preparado. Es sólo un domingo más, con pendientes y cosas por hacer. Pero con la diferencia de que ahora cada publicación que veo referente al día, trae recuerdos que son a la vez felices y tristes.

    Esto me ha hecho recordar lo que decía mi abuela sobre la Navidad, como para ella ya era un día sin mucha ilusión; pues recordaba a todas las personas que ya no estaban con ella, así como todos los momentos pasados. Cuando era niña no lo comprendía, porque para mi la Navidad tenía la magia de las luces, y los regalos, de una comida especial y de las vacaciones (sin dejar el significado religioso de la fiesta, que ella siempre priorizaba). Conforme fui creciendo, la magia se fue transformando; pues ahora se centraba más en formar recuerdos en familia y de disfrutar. Como yo soy la hermana mayor, también fue el poder participar en cosas que antes no hacía, como la compra de regalos o algún platillo especial. Ha habido más cambios conforme los años han pasado también, pero la magia sigue ahí; y espero que pese al tiempo que pase, siempre pueda encontrarla.

    Creo que eso ha pasado también con otras fechas, no solo relacionadas con él y ella, o con la familia, sino también con algunas personales.  Se han resignificado conforme he vivido nuevas experiencias, algunas se han vuelto más relevantes, o he entendido mejor su significado; y otras quizás sean ya solo un recuerdo bonito. También es cierto que se han agregado nuevas fechas, pequeñas y grandes, que de alguna forma me dan algo por lo que tener ilusión. Creo que ese es el centro de la situación, y de lo que ya he hablado antes. En un tiempo en el que las cosas cambian con inquietante rapidez, en el que la sociedad siempre quiere algo nuevo y diferente; es bueno tener ciertas fechas que siempre significarán algo para ti, quizás no de la misma forma que hace un año, pero que siguen siendo fuente de esperanza y alegría.

    Espero que el próximo año esté día sea más fácil de sobrellevar para mí, pero también sé que es un proceso que no puedo forzar; sino que poco a poco ocupará su nuevo significado en mi vida. Hasta entonces, seguiré disfrutando de los días, con su significado, o su falta de él.

    ¿Qué día ha cambiado su significado para ti, a lo largo de los años?

  • Ya casi.

    ¿Alguna vez se han cambiado de casa? ¿O hecho alguna remodelación en su hogar que ha implicado mover muebles y otras cosas? Yo he hecho ambas cosas; justo ahora me encuentro en medio de una remodelación, y estoy a punto de volverme loca. Además de las incomodidades propias de la situación (¡odio el polvo!), estamos en un punto en el que todo está a la mitad. Una parte de mis cosas está en el cuarto de mi hermano, otras están por lo pronto semi-acomodadas en mi clóset en lo que terminan de pintar una pared para poder ponerlas en su sitio, y otras tantas están en la pila de decisión sobre si las donamos o qué hacemos con ellas. Un pequeño caos sin duda.

    A lo largo de estos días, los mantras que hemos adoptado son “Ya casi lo logramos” y “El resultado valdrá la pena”; y de alguna manera nos ha ayudado a sobrellevar la situación. Al decirlas tantas veces, no puede evitar reflexionar sobre ellas, y como se aplican a más de un tipo de mudanza.

    Por ejemplo, las primeras semanas en un trabajo son caóticas; pues es absorber demasiada información en un muy poco tiempo, más la presión de querer demostrar que puedes con el puesto. Pero de alguna manera continúas, quizás tengas una o dos situaciones de frustración en las que quieras aventar la computadora por la ventana; pero en el fondo sabes que llegará el día que te sentirás cómoda en tu trabajo y podrás ver el resultado de los proyectos en los que estás trabajando. Y entonces vendrá un nuevo reto y habrá que iniciar una nueva mudanza; porque al final del día la vida es cíclica.

    De esta forma seguimos avanzando, con buenas y malas mudanzas, aprendiendo un poco de cada una.  Algunas mudanzas serán más largas o nos costarán más trabajo de lo que habíamos planeado, e incluso talvez a la mitad del proceso nos demos cuenta que no fue la mejor decisión y haya que revirar en ciertas cosas. Lo que necesitamos es entender lo que comenté en el párrafo anterior, respecto a que esos cambios (en cualquier ámbito) son necesarios para poder acceder a nuevas experiencias y conocimientos, para poder adaptar nuestros espacios a las personas en las que nos vamos convirtiendo. Dejar algunas cosas para poder tomar otras, darle un nuevo propósito a las que ya tenemos, compartir otras tantas, y algunas simplemente ponerlas de nuevo en una caja y lidiar con ellas cuando tengamos la capacidad de hacerlo. Al fin y al cabo, no tenemos que mudar todo de golpe.

    Pero lo más importante de cualquier mudanza es que, cuando ya por fin hayamos puesto todo en su sitio y limpiado el polvo que invariablemente llega al mover cosas; nos demos el tiempo de servirnos un vaso de té, sentarnos en nuestra silla favorita, y observar el resultado de nuestro trabajo. Si, mañana habrá que pensar en la mudanza que sigue, pero al menos hoy, ya lo logramos.

    ¿Tu tienes alguna mudanza en puerta?

  • El momento perfecto.

    Quienes han leído “El Conde de Montecristo”, quizás recuerden una escena en la que el Conde se prepara, mental y emocionalmente, para entrar en los aposentos de Haydée. Dumas nos explica que, al contrario de las personas ordinarias, el Conde requería prepararse para los momentos felices. Esto por supuesto es un elemento para demostrar como la tragedia ha dejado su marca en Edmundo Dantes; pero creo que muchas personas podemos identificarnos con esa necesidad de no querer o poder hacer algo, hasta que las condiciones sean las ideales.

    Por ejemplo, en más de una ocasión he pospuesto el ver algún video o leer un libro que he esperado con ansias y que sé que voy a disfrutar; pero para el que en ese momento particular no me encuentro en el estado mental correcto. Con esto no quiero decir que esté triste o enojada, o alguna otra emoción catalogada como negativa; sino que tal vez ha sido un día muy ajetreado o aún quedan muchos pendientes por hacer, y eso no me dejará disfrutar la actividad de la mejor manera. O bien, sé que el resultado obtenido de la misma no me dejará satisfecha; pues ese mismo cansancio mental me impedirá dar lo mejor de mí.

    Hubo un tiempo en que esto me frustraba, pues sentía que dejaba pasar oportunidades, que me estaba perdiendo de “vivir el momento” pues no veía algo en tiempo real o al menos en un tiempo considerable luego de que se hubiera estrenado. Como si alguien me estuviera llevando la cuenta. Llegué incluso a pensar si esto no sería una manifestación de disfunción ejecutiva; pero luego de analizarlo he llegado a dos grandes conclusiones, un tanto opuestas entre sí.

    La primera de ellas tiene que ver con el perfeccionismo, y como este sigue siendo una característica constante en mi vida; y en la de muchas personas. Hemos escuchado tantas veces que las cosas tienen que salir bien y a la primera, que vivimos en un estado constante de aprehensión de no cumplir con las expectativas, reales o imaginarias, que alguien ha trazado para todas nuestras actividades. Lo que es peor, creemos que, si fallamos la primera vez, ya no tendremos oportunidad de corregirlo; algo que raramente es real para el grueso de las actividades o situaciones cotidianas. Así pues, hemos de aprender a dejar ese miedo atrás, a ver la vida no como una competencia de clavados en la que nos califican cada uno, sino como una ida a la playa a la que vamos a divertirnos; independientemente de si nuestros saltos son buenos o no.

    Pero, por otra parte, también está bien reconocer cuando no es el mejor momento para hacer algo, y simplemente esperar. Hay momentos que queremos disfrutar con todos nuestros sentidos, y el apresurarlos nos robará esa oportunidad. Lo importante entonces es recordarnos que requerimos esos momentos para nutrirnos anímica, espiritual y mentalmente; y por tanto ir propiciando momentos de calma en nuestro día a día que nos permitan “cargar” nuestras energías para disfrutar esos momentos. El ser capaces de tomar una pausa para poder ser nosotras mismas de nuevo, y disfrutar las cosas que amamos, posiblemente sea una de las habilidades más importantes en los tiempos que vivimos.

    Al unir ambas conclusiones, que como dije podrían parecer opuestas entre sí, creo que podemos llegar al centro de este asunto. No se trata simplemente de vivir el presente o de tomarse las cosas con calma, sino de conocernos a nosotras mismas. Saber para qué estamos listas y para qué no, qué es importante y qué no lo es tanto; para de ahí tomar las mejores decisiones para nuestra vida.

    Habrá veces en que no tendremos opción y deberemos aventarnos al vacío sin saber muy bien cómo aterrizar; pero en las que podamos, démonos la oportunidad de gozar el momento como nosotras queramos, independientemente de cómo sea.

    ¿Cuál es tu momento ideal?

  • El tiempo no lineal.

    ¿Alguna vez has ido a un lugar donde parece que el tiempo avanza más despacio? ¿Pero que, extrañamente, te alcanza para más cosas?

    Yo conozco varios lugares así, en los que el día parece alargarse mágicamente. Contrario a lo que podría pensarse, no son lugares recónditos; uno de ellos está de hecho a poco más de una hora de la ciudad en donde vivo. Así que la particularidad del paso del tiempo no depende de su lejanía con las ciudades, sino de algo más. A veces he pensado que quizás se debe a que su población son principalmente adultos y adultos mayores; pero también me ha tocado visitar pueblos y pequeñas ciudades donde la población es más diversa, demográficamente hablando, y me he encontrado con la misma sensación en cuanto al paso del tiempo.

    Finalmente, llegué a pensar a que quizás a mí me parecía que el tiempo se alargaba en esos lugares, porque voy únicamente de visita y con la oportunidad de hacer cosas que usualmente no hago. Por ejemplo, en el poblado que les comento, muy cerca de la casa donde nos quedamos, hay un pequeño cerro; así que podemos subirlo luego del almuerzo. O bien, podemos organizarnos e ir a un cañón natural, que si bien es un sitio más turístico y con más gente; no deja de ser una actividad inusual en mi día a día. O simplemente el sentarnos a platicar en la mesa de la cocina, escuchando historias diferentes; me la sensación de que tengo más tiempo para disfrutar.

    Aunque estoy segura de que situaciones como las anteriores influyen en mi percepción del tiempo, también es cierto que cuando platico con gente que es originaria de esos lugares y que por cualquier situación están en la ciudad; me han hecho el mismo comentario: que les parece que el tiempo les alcanza para menos cosas. Ahora que reflexiono sobre ello, su apreciación puede verse afectada por el hecho de que, contrario a mi experiencia, ellos sí vienen aquí con una agenda establecida. Por ejemplo, a tal hora tiene que atender una consulta médica, o tiene hasta tal hora para atender un trámite de gobierno, y además tiene que regresar temprano para no manejar de noche. En otras palabras, su tiempo ahora está compartimentado, en lugar de ser una unidad completa que se les presenta día con día.

    Quizás en eso estribe la magia de ese tipo de lugares, en que en ellos realmente tienes un día completo cada vez, en lugar de pequeñas unidades pre asignadas a diferentes actividades. Existen técnicas como el método Pomodoro que afirman, y con razón, que el dividir tu tiempo en bloques permite aumentar la productividad y mejorar la administración del tiempo. Lo cual está muy bien, pero en ocasiones las personas solo queremos disfrutar del tiempo, no sacarle provecho. En una sociedad donde cada vez existe mayor presión por tener todo ya, y aprovechar cada minuto de tiempo disponible; el poder visitar lugares donde realmente cuentas con un día completo para vivirlo, es algo invaluable.

    ¿Conoces algún lugar donde el tiempo parezca alargarse?

  • La necesidad de mostrar que eres diferente.

    Justo ayer leía un artículo sobre una nueva tendencia de diseño/decoración, conocida como “cluttercore”, que podría decirse es lo opuesto al minimalismo. En esta tendencia, la idea es tener mucho, y además mostrarlo. Una de las seguidoras de este movimiento explica que se trata de un caos organizado, enfocado en ciertos temas o elementos que son distintivos de la personalidad de quien está creando el espacio. Podría decirse que es una nueva forma de ver a los coleccionistas, solo que ahora lo que se colecciona no tienen que ser precisamente obras de arte, sino más bien cosas que le son agradables y familiares a cada persona; en un intento de mostrar su individualidad.

    Si bien comparto algunas ideas de esta tendencia; no puedo dejar de pensar como la misma tiene una fuerte carga de clasismo. Después de todo, el formar y mantener una colección implica dinero y esfuerzo, algo que no todas las personas pueden permitirse; menos ahora que existe un creciente temor a una recesión mundial. Además, aunque las personas defensoras de este movimiento indican que no existe una manera incorrecta de llevarlo a cabo; la realidad es que no todas las cosas o colecciones serán apreciadas de la misma forma. Con esto quiero decir que una persona que puede permitirse un mueble especial para mostrar su colección de tazas, será más alabada que alguien que las tiene quizás un poco apretadas dentro de un trastero común. Como se dice tanto ahora, “no emitiría las mismas vibras”, signifique eso lo que quiera significar.

    En este mismo sentido, pese a que el artículo no lo menciona, estoy segura de que el cluttercore se potenció durante el tiempo de aislamiento causado por la pandemia. Miles de personas que estaban acostumbradas a compartir en redes sociales las fotos de sus viajes y aventuras, de repente se encontraron confinadas en sus casas, sin nada “nuevo” que mostrar. Así que empezaron a mostrar sus cosas; que arregladas de cierta forma y con una o dos frases sobre la estética, producían la misma reacción en “me gusta” que las fotos de esas personas conviviendo con elefantes en Tailandia.

    No dudo que algunas de las personas que se subieron a esa tendencia lo hicieron con la intención de mostrar algún rasgo de su personalidad; pero también es cierto que muchas otras lo hicieron para mantener su “estatus”. Querían mostrar que, pese a las condiciones poco favorables, ellos seguían siendo cool, y seguían manteniendo un estilo de vida desenfadado y creativo. Así, más que querer ejercer su individualidad, lo que querían hacer era recordarle a la gente que ellos seguían siendo diferentes, que pertenecían a un sector de la sociedad que podía seguir viviendo bien; pese a que el resto sufriera los efectos de una pandemia.

    Al leer esto se podría pensar que estoy haciendo una apología al minimalismo; pero la realidad es que esta otra tendencia no se escapa de una crítica social. Por ejemplo, si bien el cluttercore exige un esfuerzo de mantenimiento en el sentido de que es limpiar, ordenar y cuidar muchas cosas; el minimalismo exige un esfuerzo similar para mantener ese sentido etéreo tan característico. Después de todo, un cuarto completamente blanco debe limpiarse más seguido, lo cual implica dedicarle más tiempo. Tiempo que una persona promedio no tiene, pues se le va en recorrer la distancia a su trabajo, preparar su comida para el día siguiente; o incluso en tener un segundo trabajo para mantenerse a flote.

    Así pues, las personas que se consideran exponentes/seguidoras fieles de una u otra tendencia, en definitiva, pertenecen a un reducido sector de la sociedad que puede permitirse ser puristas en ese sentido. El resto de la gente, tomamos ideas de una y otra, y vamos armando un espacio que nos produzca bienestar; sin preocuparnos mucho de la aparente contradicción en ese hecho. Esto para mi es la verdadera autenticidad e individualidad que tanto se busca y proclama en los movimientos (de diseño y otro tipo) de hoy en día. No el seguir una filosofía a pie juntillas, sin salirte de la rayita; sino el analizarla, entenderla, y buscar adaptarla a lo que tu como persona quieres, valoras, y necesitas. Habrá quién podrá decir que eso es relativismo, y en cierta forma quizás si lo sea; pero también es necesario recordar que nadie posee la verdad absoluta. Lo más que podemos hacer es tomar ideas de aquí y allá, para formar una verdad que sea buena para cada quien, pero sin menospreciar a la otra persona solo porque no sigue la regla de tener 1 artículo de cada cosa en su casa.

    ¿Qué opinas tú de estas tendencias en diseño?

  • Oportunidad de Fuego.

    En el imaginario colectivo, el agua tiende a usarse como el elemento de la vida, dándole las características de una fuerza creadora; mientras que el fuego se asocia por lo general con la destrucción. La secuencia animada de la pieza “FireBird” de Igor Stravinsky en la película “Fantasía 2000”, me parece que ilustra a la perfección lo que trato de decir. Pese a esto, siempre he tenido una afinidad mayor hacia el fuego, encuentro algo mágico y calmante en él; mientras que el agua siempre me ha causado miedo.

    Cuando le comenté esto a una maestra en secundaria, me dijo que opinaba eso porque (a diferencia de ella), nunca había vivido en una zona maderera; donde el poder destructivo del fuego es algo muy real. Pese a que acepté que posiblemente tuviera razón, también le hice una observación que aún ahora me parece cierta: a diferencia del agua, el fuego te da una oportunidad.

    Con esto quiero decir que si, por ejemplo, una presa se revienta, lo más que puedes hacer es tratar de huir. Simplemente, no tenemos nada para competir con una fuerza de esa naturaleza; y las soluciones que hemos encontrado para contenerla no son inmediatas. Quiero decir, no es como que puedas construir una presa en una hora. Podemos intentar poner pequeñas barreras para proteger ciertas áreas cuando se desborda un río, pero al final del día la corriente pasará llevándose todo aquello que se interponga en su camino. Al menos a mí, eso me suena mucho más a destrucción.

    En cambio, sin tratar de romantizar; cuando hay un incendio, se pueden tomar varias acciones inmediatas y efectivas (dependiendo de la naturaleza del fuego y otros factores claro), para controlarlo. Puedes usar un extintor, puedes usar una cubeta con agua, puedes cavar una zanja; inclusive si las condiciones lo permiten puedes quemar primero una zona por donde pasará el incendio, pero como ya está quemada, se rompe el triángulo del fuego y el incendio no puede avanzar. En fin, lo que trato de decir es que aún con toda la fuerza del fuego; de alguna forma nos ofrece una pelea justa, una pelea en la que podemos defendernos.

    Quizás a eso se debe también mi afinidad por el fuego. Por naturaleza soy una persona que tiende a ser justa y equitativa, y que puedo otorgar el beneficio de la duda o una dispensa en más de una ocasión; en otras palabras, te doy una oportunidad. Pero, al mismo tiempo, tengo ciertos límites y reglas que, si las cruzas, no esperes salir bien librado de la situación; y tampoco creas que volver a intentarlo será fácil o si quiera posible. Quizás algunos de esos límites o reglas puedan parecer exagerados para algunas personas, pero se han ido formado con las experiencia de vida que he tenido y el tenerlos me da tranquilidad; y realmente no son tantos como para que puedan generar un problema si aprendes a asimilarlo y respetarlos. Simplemente, como con los incendios, si no aprovechas las oportunidades, va a llegar un punto en el que no vas a poder controlarlos, y te quedarás impresionado con su fuerza.

    Cómo he dicho antes, con esto no pretendo romantizar o restar importancia a las terribles consecuencias que los incendios pueden tener; simplemente trato de expresar que la imagen destructora que se le asigna al fuego no es de ninguna manera precisa en su totalidad. Para mí, la imagen más aplicable es otra del imaginario colectivo, pero que en ocasiones no se le da una connotación del todo positiva: la del fuego como un elemento de renacimiento. Creo que esta asociación es más equiparable con la idea de que el fuego te da una oportunidad, pues incluso después de la catástrofe de un incendio, cuando parece que todo está perdido; te encuentras que en algunos casos el suelo es más fértil, o quizás encuentras la inspiración para reconstruir algo de una mejor manera. En la vida personal pasa lo mismo: a veces necesitas decididamente soltar algo para darte a ti misma, y a las demás personas, la oportunidad de crear algo mejor.

    ¿Y a ti, te gusta el fuego?

  • Pandora y Esperanza.

    Últimamente he leído mucho sobre el mito de Pandora, una historia que se ha referenciado en muchos otros relatos y medios; pero que en cierta forma nunca había leído directamente. Por ejemplo, recién ahora me entero que Pandora fue la primera mujer creada directamente por los Dioses griegos a partir de arcilla, y como el hecho de que ella abriera la caja (que en realidad era una vasija) se relaciona de cierta forma con la historia de Eva en el Génesis de la Biblia; en el sentido de que ellas fueron quienes trajo el mal a la humanidad. De hecho, algunos estudiosos del tema mencionan que posiblemente sea Pandora misma quién contenía dicha maldad, debido a la mención de la vasija de arcilla; y a que en otra versión del mito lo que envían los Dioses a la humanidad es precisamente a la primera mujer, “cuyos descendientes serán tormento de la humanidad”. Una coincidencia interesante respecto como ambas sociedades veían a la mujer como algo inherentemente maligno, y que por tanto debía ser sometido.

    Pero bueno, continuando con la historia; como es bien sabido, luego de que todos los males fueron liberados de la vasija e invadieron el mundo, lo único que quedó dentro fue la esperanza. Algunos argumentan que una interpretación más sombría es posible; haciendo referencia a que esa parte del mito también podría traducirse como que lo se quedó en la caja fue una “expectativa engañosa”, es decir, un mal que hace a la humanidad creer que todo saldrá bien cuando la realidad es otra. Una interpretación plausible considerando que la vasija se suponía contenía todas las miserias que aún hoy atormentan a la humanidad; y que por tanto fue algo bueno que se quedara en la caja.

    Sin embargo, creo que hay otra teoría que también debe considerarse: ¿que tal si la Esperanza estaba en la vasija luchando y conteniendo a los males del mundo? Según algunas versiones de la historia, Pandora no abrió la caja inmediatamente, sino que estuvo un tiempo tratando de resistirse a la tentación. ¿Qué tal si ese fue el trabajo de la Esperanza? Después de todo, la Esperanza es también una Diosa griega (conocida como Elpis), por lo que es factible que tuviera la capacidad para restringir a los males que amenazaban a la humanidad. Además, el hecho de Elpis sea precisamente una deidad femenina, agrega profundidad a la historia; pues en ese caso tendríamos tanto a una mujer hostigado y vencida por el sistema (en este caso Zeus), como a una que se rebela contra el mismo y busca cambiar no solo su situación, sino la de la comunidad.

    Esta es la interpretación que más resuena conmigo, pues encaja con la creencia de que la esperanza no debe ser sólo un “sentimiento estático”, sino que debe ser activo. Es decir, solo esperar a que las cosas mejoren, no sirve de nada; sino que cada persona debe hacer algo para lograr esa mejoría. Cabe aclarar que con esto no me refiero solo a buscar una mejora “personal”, o a hacer algo individualmente, sino más bien a unir esfuerzos para poder lograr un cambio real y duradero, un cambio de sistema vamos. Después de todo, y volviendo al mito, eso fue lo que considero hizo Elpis: se negó a aceptar lo que Zeus (el sistema) había destinado para la humanidad, e intentó detenerlo con todas sus fuerzas. Al final quizás no haya tenido éxito, pero nos dejó una historia que nos sirve de inspiración para seguirlo intentando.

    Esa última parte también es algo que me parece importante resaltar: si como se dice lo último que quedó en la vasija fue la esperanza; y según varias interpretaciones Pandora era la vasija misma, entonces su mito nos deja aún una lección más importante que la propuesta por Hesíodo (el poeta griego a quién se le atribuye la primera mención del mito de Pandora). Sí, quizás en la humanidad haya maldad, una maldad que ha corrompido al mundo y le ha traído sufrimiento; pero también existe un sentimiento bueno, un deseo de querer que nosotras mismas y la situación mejore. Si a eso le agregamos el componente de género, y la corriente de pensamiento que considera a Pandora como una versión inicial de la Madre Tierra; quizás esto también sirva también como una forma de quitar el estigma que se le ha impuesto a la mujer a lo largo de los siglos, y nos permita apreciar y entender nuestra esencia humana como algo mucho más complejo que una simple idea binaria del bien y el mal

    ¿Y tú, aún tienes esperanza en tu vasija?