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No juzgues a un libro por su portada, o por su resumen.
Existen ciertos libros que, con sólo leer su resumen, sé que tengo que leerlos; y en la medida de lo posible, comprarlos para poder tenerlos tan cerca como sea posible. En cambio, hay algunos libros que, si bien me resultan interesantes, son de esos libros que sólo leeré una vez; así que está bien rentarlos en la biblioteca. Después de todo, sé que si en el futuro quiero leerlos una vez más, puedo volver a rentarlos.
Por supuesto, en más de una ocasión me he equivocado en mis decisiones sobre los libros. Algunas veces sucede que historias que pienso que serán sólo para pasar el rato, terminan teniendo un gran impacto en mi; y se quedan conmigo mucho después de haberlas leído. En otras ocasiones, libros que pienso pasarán a ser mis favoritos, terminan por desilusionarme. Eso puede pasar con sólo leer algunas páginas, pero en ocasiones es casi al final cuando sucede algo que arruina el libro para mí.
Eso me sucedió justo con el primer libro que compré cuando me fui de intercambio escolar a Estados Unidos. La historia en general estuvo bien a lo largo del libro, nada fuera de lo ordinario, pero al menos se iba desarrollando bien. Sin embargo, cerca del último capítulo, el autor hizo un comentario sobre mi país que me molestó bastante; lo que hizo que un libro bueno pasara a desagradable en un abrir y cerrar de ojos. Jamás he vuelto a leer ese libro; solo está en mi librero como un recuerdo de aquella época.
Caso contrario fue el Conde de Montecristo, un libro que empecé a leer porque me lo asignaron en la escuela; pero que conforme fui avanzando, me enganchó. Recuerdo perfectamente que para la actividad era leer solo algunos capítulos, pero yo leí varios más. También recuerdo que, cuando se acabó la tarea y tuve que regresar el libro, le pedí a mi mamá que me lo comprara para poder terminar la historia. Desde entonces, he leído el libro completo al menos unas 4 veces más; y en cada una de ellas descubro algo nuevo o le doy una nueva interpretación con base a las experiencias que voy teniendo, y siempre estará en un lugar especial en mi librero.
Creo que algo similar ha pasado con las personas que con las que he ido formando amistad a través del tiempo. Algunas de esas amistades empezaron solo porque las dos personas estábamos en el mismo lugar al mismo tiempo; como una amiga que tengo y con la que empecé a platicar solo porque yo llegaba muy temprano a la escuela y ella tenía un espacio entre clase y clase a esa hora. Otras amistades se fueron desarrollando con el tiempo, creando hermosos recuerdos a lo largo de los años; pero de pronto un buen día dejaron de ser lo que eran. Los recuerdos siguen ahí, pero es una historia que sabes ya no vas a continuar o a leer otra vez.
Del mismo modo, hay historias y personas que he conocido solo por un breve tiempo, pero que desearía hubiera sido más largo para poder crecer la relación. Igualmente, en algunos casos desearía que me hubiera encontrado con una persona o un libro en un momento diferente en mi vida, para poderlos apreciar realmente. Por último, también tengo casos en que he conocido a una persona por algún tiempo y tenemos una relación digamos normal; pero en eso sucede algo (interno o externo) que me hace entenderla y apreciarla mejor; y se convierte en alguien muy valiosa para mi. Eso me pasó con La Metamorfosis de Kafka, pero esa es otra historia.
Me parece que esto comprueba el viejo dicho de que no se debe juzgar a un libro por su portada; pero yo agregaría que a veces tampoco puedes juzgarlo por un resumen o por las primeras páginas. A veces, tienes que seguirlo leyendo y descubrir en el camino qué tipo de libro terminará siendo para ti. Algunas veces terminarás descubriendo alguna historia extraordinaria, en otras solo ordinarias; y espero que las menos de las veces encontrarás historias que desearías no haber conocido. Igual que con las personas, solo nos queda confiar en nuestro instinto y ser valientes, y disfrutar el proceso.
¿Qué persona se convirtió en una de tus historias favoritas?
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Confesión.
Tengo algo que confesar: esta semana no preparé la entrada del blog.
Usualmente durante la semana me hago una idea de qué quiero escribir, y el sábado hago el documento final para poder tenerlo listo para el domingo en la mañana. Si por cualquier cosa el sábado no pude terminar, el domingo me levanto temprano a ello. Pero esta semana, no lo hice.
Por una parte, la semana fue más pesada que lo usual, por diferentes motivos. El sábado no fue la excepción, de hecho, creo que fue el día más pesado de todos. Afortunadamente, pude terminar los pendientes y en la tarde tener un momento de convivencia familiar. Ese momento terminó extendiéndose más de lo que había considerado; así que aparte de acostarme tarde, no tuve la energía para levantarme temprano a escribir el blog. Estuve un rato intentándolo, pero una parte de mi sabía que, aunque llegara a levantarme, no iba a poder escribir una entrada con la que me sintiera satisfecha.
Así que aquí estoy, escribiendo la entrada mucho más tarde que de costumbre, pero sintiéndome bien respecto a ello.
Esto me hizo recordar un post que he visto algunas veces, el cual, parafraseando, dice que si estás llegando a un punto en el que estás sufriendo para dar “lo mejor de ti”; entonces simplemente eso ya no es lo mejor de ti. Mi interpretación de esto es que, aunque es comprensible que en ocasiones tengamos que hacer algunos “sacrificios” para lograr el resultado que queremos, debemos evitar llegar a un punto de quiebre. Quizás una desvelada o dos a la semana para terminar un trabajo está bien, pero no puedes vivir desvelándote. Faltar a un compromiso social por estudiar para un examen está bien, pero no puede vivir solo estudiando. Porque en algún punto, tu cuerpo y tu mente llegan a un sobre calentamiento en el que simplemente ya no puedes hacer las cosas como a ti te gustaría, lo cuál por supuesto hace que te sientas culpable y decides que lo que falta es que pongas más empeño. Y así entras a un círculo vicioso del cual es muy difícil salir; y lamentablemente en algunas ocasiones es imposible.
Todas estas son ideas que he internalizado y comprendido no hace mucho tiempo; y la verdad es que en muchas instancias aún no las pongo en práctica de manera cabal. Pero al menos ya voy empezando, y tomo pequeñas acciones para cuidarme. Porque al fin y al cabo, si la mejor versión de mi no es mi versión favorita, entonces realmente no es la mejor.
¿A ti te gusta tu versión actual?
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Disfrutemos lo que hacemos.
¿Les ha pasado que, cuando están planchando una camisa, ven una arruga y al tratar de quitarla, arrugan otra parte de la camisa? Eso me pasó hoy en la mañana, por tratar de arreglar una arruga pequeña; y no fijarme, termine haciendo una arruga más grande. No fue mucho, pero ciertamente es algo que pudiera haber evitado si no me hubiera concentrado solo en ese pequeño detalle que no me gustaba, o en tratar de alcanzar un planchado perfecto.
Esto me hizo pensar en una frase que leí hace poco, “Done is better than perfect”; cuya intención es hacernos ver que ciertas cosas, es mejor hacerlas, aunque no sean perfectas. Esto es algo que he visto también mucho en relación a la salud mental, sobre todo como un apoyo o aliciente para quienes están lidiando con algún problema de depresión o ansiedad. Una publicación que en particular se me ha quedado grabada es la de una persona que comparte que en cierto momento se sentía tan mal que ni siquiera tenía la energía para hacerse un sándwich, por lo que se quedaba sin comer. Entonces su terapeuta le dijo que porque no solo se comía la rebanada de jamón y las rebanadas de pan por separado; lo cual fue toda una epifanía para dicha persona.
Quizás el ejemplo de arriba sea un poco, digamos dramático, pues claro siempre es mejor comer algo que quedarse sin comer; pero la realidad es que ilustra un problema bastante arraigado en nuestra sociedad. Nos han hecho creer que, si no podemos hacer las cosas “de la mejor manera”, o como la misma sociedad piensa que debemos hacerlo, entonces no tiene caso que las hagamos. Luego por eso existimos tantas personas que dejan a la mitad su sueño de aprender a bailar o a pintar, porque en algún punto alguien les dijo que lo que hacían no era lo suficientemente bueno como para “ser visto” o considerado.
Yo jamás he sido muy coordinada, por lo que me cuesta trabajo seguir un ritmo y a la vez hacerlo de manera, digamos agraciada. Así que cuando en la escuela nos tocaba presentar algún bailable o tabla rítmica, siempre tenía mucho estrés antes de la presentación, pues me daba miedo equivocarme y hacer quedar mal a mi grupo. O bien, cuando en la clase de educación física nos tocaba hacer equipos; yo sabía que iba a ser de las últimas en ser escogidas, precisamente porque ambos equipos querían ganar y para ello requerían tener a los mejores elementos.
En parte debido a ello, al crecer fui relegando ese tipo de actividades, pues me provocaban más estrés que bienestar. Hasta hace no mucho fue que me di la oportunidad de hacer actividades físicas como la zumba, o incluso aceptar bailar en una fiesta. He de admitir que sigo sin hacer muy bien cualquiera de las dos; pero ya puedo divertirme mientras las realizo. Sobre todo, la zumba fue un descubrimiento importante, pues mientras la realizó puedo desconectar mi mente de cosas relacionadas con el trabajo, precisamente porque me estoy concentrando en los pasos y el ritmo. Tan solo eso, poder de alguna forma “apagar” ese tipo de pensamientos, me hace disfrutar infinitamente esa hora que duró bailando.
Y así existen otras tantas cosas que hago solo por que las disfruto, aunque yo sé que no soy particularmente buena para ello. Este blog es un excelente ejemplo; pues en ocasiones no me quedo del todo satisfecha de lo que escribo, o me digo que debería buscar la manera de hacerlo más ameno o llamativo, o algo. Pero fue precisamente por ese tipo de pensamientos que dure literalmente años en decidirme a publicarlo; porque siempre me decía que necesitaba aprender a hacer esto o mejor en aquello para poder tener mi blog. Ahora, aunque claro que le pongo empeño, me he decidido a publicar las entradas que siento son las que necesito compartir en ese momento; tan bien o tan mal escritas como acaben siendo. Quién sabe, quizás la entrada que publico, en lugar de dejarla guardada en el cajón, sea justo la que una persona necesitaba para sentirse mejor.
¿Qué cosas haces pese que no seas la mejor en ello?
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Yo todavía quiero ser una sirena en la luna.
Ayer una amiga tenía música de los 90s en la oficina, y salió una canción de Kabah, uno de mis grupos favoritos. De hecho, su canción “La calle de las sirenas” estará por siempre ligada en mi memoria a las kermeses de mi escuela durante la primaria; pues alguna vez la quisimos presentar unas amigas y yo en los concursos que se hacían para tales ocasiones. Sinceramente, no tengo un recuerdo fijo de la presentación, pero esa canción sigue siendo una de mis favoritas, pese al paso del tiempo.
Ahora que reflexiono sobre ello, esa canción me gustaba y me gusta porque su tema es sumamente diferente a las canciones típicas de la época adolescente (de cualquier persona), cuyo punto central es el amor y todo lo que de este se desprende. En cambio, “La calle de las sirenas” habla sobre un dragón, unicornios, unas sirenas en la luna pintando a las estrellas, y otras tantas metáforas que en su momento no entendí completamente. Sin duda, a la niña “rara” que fui, que le gustaba inventarse historias y a veces las decía en voz alta en el salón; le resultaba una canción mucho más interesante que las demás que hablaban sobre el primer beso o ese tipo de cosas. Al fin y al cabo, yo no daría mi primer beso hasta muchos años después; pero en ese entonces, según yo, ya tenía un conocimiento amplio sobre cosas fantasiosas.
Es ahí cuando me di cuenta de lo extraña que es la sociedad en cuanto a cómo esperan que sea la transición entre la niñez y la juventud, y como esto es evidente en el ámbito musical. Con esto quiero decir que es obvio que, en cierto momento, aunque aún seas una niña, van a dejar de llamarte la atención las canciones de Pimpón o el ratón vaquero; pero al momento de voltear a ver que otras opciones tienes, te encuentras con canciones que hablan de que quieres que el chico que te gusta te tatúe su nombre en el alma (lo siento, nunca me gustó Jeans). Y así, pasas de un mundo inocente a un mundo en el que sólo se haba del amor romántico; y en algunas ocasiones de la amistad, pero seamos sinceras, el 99% de las veces es amor romántico.
Esto es solo un pequeño ejemplo de cómo, con cosas tan sutiles y en apariencia inocuas, se va forzando la sexualización de la niñez; y lamentablemente cada vez se da en edades más tempranas. Si te parece que estoy exagerando, ¿entonces porque la gente le pregunta a niños y niñas en edad preescolar si tienen novio o novia? Tienen entre 3 y 6 años, a esa edad su mente debería estar enfocada en otras cosas, como en seguir desarrollando sus habilidades sociales; que ahora se verán sesgadas al forzarles a ver la vida en pareja, antes aún de definirse como personas individuales.
Yo no tengo hijos o hijas, y realmente mi contacto con la infancia de hoy en día es limitado. Por algunas cosas que he visto, creo que hay más opciones que en mi época en cuanto a temas en canciones, por ejemplo. Pero aún así, sigue siendo preponderante la importancia que se le da al amor romántico en los diferentes medios de consumo. E incluso aquellos que buscan presentar otros tipos de amor (como el de la amistad), terminan siendo reinterpretados por la misma audiencia; por el mismo condicionamiento que tenemos respecto a que dos personas que se aman, tiene que ser forzosamente derivado de un amor romántico, o bien que la evolución natural de esa relación será justamente un amor de pareja. Es por eso que desde temprana edad los niños y niñas buscan tener un novio o una novia, aunque muchas veces (y en el mejor de los casos, cabe agregar) sea solo de nombre; pues eso es lo que hacen los y las protagonistas de las historias que les presentamos.
Creo sinceramente que si los medios buscarán que los contenidos de consumo (música, cine, televisión, videojuegos, internet, etc.) presentarán otro tipo de relaciones, y otro tipo de temas en general; la sociedad sería más equilibrada y habría muchas menos personas atrapadas en relaciones dañinas o insatisfactorias, pues entenderían que está bien no tener pareja, y que también está bien no querer tener una. El darle a las personas la oportunidad de vivir y desarrollar su vida a su ritmo, sin que todo lo que vean les esté diciendo que no están haciendo lo que deberían; sin duda serviría también para mejorar la salud mental colectiva.
Además, claro, tendríamos la oportunidad de escuchar una canción sobre ninfas o pegasos que fueran tomadas en serio. ¿A ti de que te gustaría escuchar una canción?
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El torbellino.
Hay una escena en una novela llamada “Venganza de fuego “, en la que un policía se dirige a la estación donde hay todo un operativo para atrapar a un asesino serial. Sin embargo, justo en la escena anterior, el policía acaba de enterarse de algo terrible respecto a su familia; por lo que su estado de ánimo es más bien triste y digamos meditativo. Pero todo esto se hace añicos en cuanto cruza la puerta de la estación, pues el frenesí que se esta viviendo en ella es incompatible con su estado personal; pero el primero es tan fuerte que termina dominándolo.
Así como el personaje de esta novela, muchas veces he sentido que, pese a mis mejores intenciones, el torbellino del mundo exterior termina por atraparme. En más de una ocasión le he contestado mal a mi familia o a mis amistades, o no he disfrutado completamente de una actividad o momento especial porque el estrés de mis obligaciones laborales y escolares ha sacado lo “mejor” de mí. Lo peor del caso es que estoy consciente de esto, y siempre me hago el propósito de no permitir que pase de nuevo; y aunque tengo algunas mejorías, el torbellino vuelve a atraparme.
Posiblemente ustedes estén pensando lo que me dice mucha gente, que eso no está bien, que debo aprender a separar las cosas y a no tomarlas de forma personal, que debo vivir en el momento presente, etc. Créanme, todo eso lo sé a un nivel consciente, e incluso pongo en práctica estrategias con esos mismos fines. Como le contesto en veces a esas mismas personas, a lo mejor puedo durar lo 40 minutos que estoy en el gimnasio sin pensar en tal o cual cosa de mi trabajo, y eso claro que sirve y es bueno para mi salud mental. Pero, acabado ese tiempo, mi mente vuelve a pensar en lo mismo, porque sé que, al día siguiente a las ocho de la mañana, esa situación o problema seguirá ahí.
Por eso creo que a mí y a muchas personas en ocasiones nos resulta tan difícil pedir vacaciones o días libres, pues sentimos / sabemos que al volver tendremos quizás aún más pendientes. Con esto, la paz o la energía que pudimos ganar durante nuestro tiempo libre, sufre una considerable bajada en el primer o primeros días de vuelta a la rutina. El torbellino ha vuelto ha atraparnos.
Claro, esto depende mucho también del trabajo que desempeñe, del ambiente laboral de tu lugar de trabajo, y por supuesto de tu propia fuerza mental digamos. También existe siempre la posibilidad de mejorar en estos temas, como ya he dicho con anterioridad. No todo es fatalista.
El punto que quiero transmitir con este texto es más bien el de esa lucha constante que las personas tenemos con los factores externos. Yo en este caso menciono solo las presiones del trabajo y la escuela, pero hay infinidad de personas que ha eso agregan las dificultades de su vida doméstica. Pero al final del día, de un modo u otro, cada quien está intentando que su vida sea suya, que no se vea dominada por las exigencias de otros; que realmente podamos llamarla nuestra y disfrutar de ella.
Si ganamos o perdemos la batalla del día, y como esto va añadiendo al estado general de la lucha, es algo completamente subjetivo que nadie (ni siquiera nosotras mismas) podemos evaluar de la manera correcta. Quizás solo nos quede seguir intentando, y compartiendo nuestras historias tanto para aprender nuevas estrategias como para darnos ánimos. ¿Y tú, cómo pelas contra el torbellino?
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¿Quién lleva la cuenta?
Siempre me ha gustado leer, es uno de mis pasatiempos favoritos desde que tenía como 12 años. Con el correr del tiempo hice una cuenta en Goodreads, esa página donde puedes poner tu lista de libros por leer y leídos; así como tus opiniones sobre estos últimos, entre otras cosas. Un buen concepto que me permitió encontrar algunos libros, autores y autoras interesantes.
Otra de las actividades que ofrece Goodreads son los famosos retos de lectura, en el que elegías un número de libros que pretendías leer durante un año; y la página te llevaba la cuenta e incluso te enviaba correos cada cierto tiempo sobre tu avance y sugerencias para avanzar más rápido. Quiero pensar que uno de los objetivos de esta estrategia era ayudar a las personas a desarrollar el hábito de la lectura, incluso después empezaron a salir retos temáticos (un libro de un país diferente cada mes, un generó diferente mensual, etc.) en otras redes sociales, como una manera de hacer el desafío más emocionante supongo. Pero, al menos en mi experiencia, esos retos lo hacían por lo general personas que ya teníamos el hábito de la lectura; y quizás sólo buscábamos tener algo que mostrar, poder decirles a nuestras amistades en la reunión de fin de año que habíamos leído un cierto número de libros durante el año.
Yo hice el reto por algunos años, aunque nunca completé el número de libros que me ponía como meta; la vida solía alterar mis planes en ese sentido. Luego, en el 2020, ese año que fue un punto de quiebre en tantos sentidos; tuve un bloque de lectora. Simplemente había muchas cosas pasando en mi vida, tanto por los acontecimientos mundiales como por situaciones personales que no me dejaban realmente disfrutar los libros. Así que ese año, de alguna manera, bote el reto y leí solo un par de libros. Luego llegó 2021, y mi bloqueo persistió; así que ni siquiera me tomé la molestia de poner un reto para ese año. Apenas ahora siento que el bloqueo se está levantando; y he podido leer un libro que tenía muchas ganas de leer hace tiempo. Pero, de nuevo, no me puse un reto para el año; y luego de meditarlo un poco creo que ya no los haré más, al menos en lo que se refiere a ponerme la meta de cierto número de libros leídos al año.
La razón es muy simple: quiero que leer vuelva a ser algo divertido. Quiero leer porque que quiero, no porque si no lo hago voy a atrasarme en mi promedio anual. Además, quiero volver a darme la oportunidad de saborear la lectura, de poder tomarme tiempo para analizar un libro luego de leerlo, en lugar de pasar inmediatamente al siguiente. Recuerdo que hace un tiempo saqué un libro de la biblioteca, no recuerdo el título, pero trataba sobre la biblioteca de Alejandría. Era una novela histórica en la que un par de bibliotecarios le explicaban la historia de la biblioteca a la persona que venía a quemarla. Un libro muy interesante que al final no leí completo, no porque no me gustara; sino porque supe que era de esos libros que iba a tomarme mucho tiempo, y yo necesitaba leer no recuerdo cuántos libros al mes para poder llegar a mi meta de ese año.
Ahora que ha pasado el tiempo, me doy cuenta de lo triste que fue esa decisión. Ese fue uno de los momentos en los que dejé de ver la lectura y los libros como algo que me causaba placer, y en su lugar los vi como una obligación. Creo que esa una de las cosas más horribles que pueden pasarles a las personas, cuando ya no sienten emoción por algo que solían atesorar.
Lo más triste es que en muchas ocasiones esto pasa por la presión que la sociedad nos impone de que debemos ser “buenos” o “mejores” en todo lo que hagamos. Si el año pasado corriste una carrera de 20km, ahora debes correr una de 30km. Si eres buena dibujando, entonces debes buscar la manera de monetizarlo, ¿has pensado en dibujar por comisión? ¿Quedaste segunda en el concurso de oratoria? Este año debes practicar más para quedar en el primer lugar. Y así sigue y sigue la lista, y vamos por la vida convirtiendo en obligaciones lo que iniciamos como una manera de relajarnos o divertirnos.
No digo que esté mal que en ciertos momentos nos pongamos retos de seguimiento, ya sea como una manera de formar un hábito, o como una manera de ver los resultados de alguna actividad. Pero también creo que debemos darnos el permiso de tener actividades o tiempos en los que hacemos las cosas solo porque sí, porque nos gusta; sin la imperiosa necesidad de ser cada vez mejores o siempre estar buscando algo más. Es muy común que te digan que debes de salir de tus zonas de confort, y eso está bien en algunos aspectos; pero demonios, eso no significa que debes simplemente eliminar el confort de tu vida.
Alguna vez leí que la palabra amateur proviene del vocablo latino amator que significa “el que ama”, contrario a lo que usualmente se piensa que una persona amateur es principiante en tal o cual actividad, y eventualmente se convertirá en una persona experta o profesional. Quizás sea momento de recordarnos el verdadero significado de esta palabra, y permitirnos hacer actividades solo porque nos gustan. ¿Qué actividades haces en tu día a día, solo por amor?
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Ojalá te toque una mujer.
Quizás les ha pasado que, al estar haciendo fila para un trámite como el pasaporte o la licencia, mentalmente cuentas a la gente que está delante de ti; y calculas en cuál ventanilla te va a tocar. Claro, esto es solo una aproximación, una especie de juego para pasar el rato. Lo curioso es que, en más de una ocasión en que me he encontrado en una situación similar, siempre hay alguien que dice “mientras no me toque con la mujer, todo está bien”.
Esta frase la he escuchado decir tanto a hombres como a mujeres, de todos los estratos y niveles de educación. ¿Porqué esa aversión a que sea una mujer la que nos asista con un trámite? La opinión general es que en ese tipo de casos las mujeres son más “duras”, en el sentido de que te revisan todo con detalle, te pregunta más cosas, y tienden a rechazar tu solicitud por las cosas más simples. Incluso hay personas que llegan más allá y dicen incluso que estas mujeres tienen cara de enojo/presunción permanente.
No cuento con ningún tipo de dato duro para comprobar o refutar que las mujeres rechazan más trámites que los hombres; pero si creo poder decir que el motivo por el que como mujeres tendemos a ser más estrictas con nuestro trabajo es simplemente porque tenemos que demostrar que somos capaces de hacerlo bien. Es esa famosa doble moral con la que se mide a las mujeres, y que mucha gente se resiste a admitir que existe. Volviendo al ejemplo de los trámites, si un hombre te deja continuar con el mismo pese a que te falte un documento, se considera que es una persona amable y comprensiva; pero si es una mujer, decimos que es blanda, e incluso sus superiores podrían decir que no conoce el proceso o que no le importa su trabajo.
Es por eso que también tendemos a quedarnos más horas en el trabajo, o a contestar llamadas y mensajes en nuestro tiempo libre; porque de no hacerlo se nos tacha de poco comprometidas. Y así vamos por nuestra vida laboral, haciendo más de lo que nos corresponde, como preparando no solo nuestros reportes para las reuniones; sino también el café para las mismas. Sé lo que estás pensando, porque yo pienso lo mismo: que el hacer más de lo que te corresponde es de hecho una cualidad y una forma de impulsar el crecimiento personal y organizacional. Lo cual está muy bien, siempre y cuando ese esfuerzo sea reconocido; situación que no pasa para muchas mujeres. Al contrario, tiende a ser una fuente de exigencia tanto interna como externa.
Lo que es más lamentable, es que esto se extiende más allá de las esferas laborales. La mayoría de las mujeres no sólo se esfuerzan sobre manera en su trabajo, sino que al llegar a sus casas se ocupan también de tenerlas limpias, de que sus hijos e hijas (si los tienen) estén bien atendidos, y en general de ofrecer cuidados y atenciones a la familia. Y más le vale hacerlo de la manera “correcta”, ser excelente en esta otra esfera de su vida. Da igual que sea la mejor vendedora de su zona; si compra comida hecha a diario se considera que no está haciendo lo suficiente o que no le importa su familia. O bien, si decide no formar una familia tradicional (marido, hijos e hijas), a partir de cierta edad la sociedad empieza a tenerle lástima, pues sin importar todos sus demás logros; no está cumpliendo con uno de los papeles que la misma sociedad nos ha impuesto. El lado contrario de la moneda es igualmente injusto para nosotras.
Así, sin importar lo que hagamos, parece ser que siempre la llevamos de perder. Pero no por ello dejamos de seguir intentando, porque quizás el próximo esfuerzo sea el que nos lleve al siguiente nivel, o nos permita tener un momento de relajación. Entre tanto, seguiremos siendo exigentes con nosotras mismas y con nuestro trabajo, lo que nos lleva a aparecer como duras e intransigentes. ¿No será que, en realidad, el sistema es el que es demasiado severo con nosotras?
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El tiempo y sus novedades.
Esta semana estuve hablando con varias personas sobre el tiempo, y sobre lo rápido que este parece estar pasando. De hecho, yo siempre he sostenido que luego de la secundaria, el tiempo aumenta de velocidad cada año, al grado en un abrir y cerrar de ojos un año pasa al siguiente. Alguna vez leí que esto se debe a que, conforme nos hacemos mayores, cada año se parece más al anterior; en el sentido de que hay menos cosas nuevas o excitantes en él.
Por ejemplo, el primer año de vida de cualquier persona es el más novedoso de todos, pues experimentas un sinfín de cosas por primera vez. Quizás por eso los álbumes de bebés son tan populares, pues queremos preservar para el futuro esa primera sonrisa o la primera vez que caminamos. Así pues, nuestra infancia está llena de primeras veces, y por eso parece ser un período increíblemente largo en el que el tiempo parecía rendir más.
Pero, como he dicho, conforme crecemos, las cosas novedosas que experimentamos van disminuyendo. Podría alegarse que, en contraste, las situaciones nuevas se vuelven más significativas o emocionantes. Yo siempre recordaré el año 2003 como el año que conocí Europa, el 2009 como el año en el que cumplí mi objetivo de hacer prácticas en Washington, DC; mientras que los años 2016 y 2021 los recuerdo como los años en los que perdí a mi abuelo y a mi abuela, respectivamente. Estos fueron cuatro eventos que, por distintos motivos, han sido años que significan un antes y un después para mi, por eso ocupan un lugar especial.
Entonces, podríamos decir que conforme crecemos, las cosas novedosas se vuelven más esporádicas, pero a la vez más significativas; por ello la importancia de disfrutarlas al máximo. Eso está muy bien, y es un buen consejo, pero a la vez es un poco triste el darnos cuenta que nuestras vidas se vuelven más y más repetitivas conforme pasan los años; y que los días se confunden unos con otros entre las prisas del trabajo, la familia, la sociedad, y demás. Aquí alguien podría decirme que el truco está en encontrar placer en las pequeñas cosas cotidianas, y darnos pequeños escapismos (diría Libertad, amiga de Mafalda), para seguir con el día a día.
De nuevo, esa es una idea con la que coincido y trato de practicar. Pero no dejo de pensar que es bastante triste que, teniendo un planeta con tantas cosas maravillosas por experimentar, no pueda ser disfrutado por una gran parte de la sociedad. Esto en parte por falta de medios (que es un tema para otra entrada), pero en muchos casos por falta de tiempo.
Esa es justamente una de las grandes paradojas del tiempo. El tiempo lo inventó la humanidad, en el sentido de ser algo que puede medirse. Desde entonces, hemos estado tratando infructuosamente de encontrar formas de controlarlo, de amoldarlo a nuestras necesidades o caprichos. ¿Cuántos cursos y libros existen sobre administración del tiempo? Una infinidad, todos ellos prometiendo que, ahora sí, vas a poder acomodar tu día en bloques y hacer mil cosas; para poder finalmente ser una persona exitosa. Y así hemos terminado siendo esclavizados por una invención nuestra (algo que parece ser un pasatiempo de nuestra especie), lamentándonos de tener solo unas pocas horas libres al día, y sólo unos pocos días al año de libertad para experimentar cosas nuevas.
Pero, además, lo que es igualmente sorprendente es que como sociedad global hemos aceptado que así es la vida. Como si no pudiéramos simplemente decidir que el bloque de tiempo que hemos denominado “fin de semana” será ahora de 4 días; o que las clases de los estudiantes no podrán exceder de 5 horas al día. Al final y al cabo, todos esos son conceptos creados por nosotros mismos, no nos fueron dados por la naturaleza; así que en teoría están sujetos a nuestra voluntad. Ojalá pronto nos demos el tiempo para reflexionar y actuar sobre esto, o sino, más temprano que tarde veremos que, efectivamente; el tiempo se nos fue de las manos.
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La cultura multitareas, una fantasía poco creíble.
Primero que todo, un aviso: mi conocimiento sobre el juego de Calabozos & Dragones se limita a lo que he aprendido viendo Critical Role (una serie ampliamente recomendable, la pueden encontrar en YouTube), y lo que he leído en Wikipedia sobre aspectos particulares que han llamado mi atención durante la serie. Dicho esto, comienzo. Cómo quizás ustedes sepan, el juego de Calabozos & Dragones es un juego de roles, en el que los jugadores escogen un personaje de entre diversas clases; algunas de ellas son paladines, clérigos, magos, entre otras. Dependiendo de la clase y otros detalles, algunos personajes pueden conjurar diversos hechizos, los cuales a su vez se dividen en diferentes tipos dependiendo de la naturaleza e intención del mismo; además de que presentan ciertas limitantes y requerimientos. Por ejemplo, algunos hechizos requieren que la persona se concentre en ellos para que los mismos se mantengan activos, y una de sus limitantes es que el personaje sólo puede concentrarse en un hechizo a la vez. Entonces, he aquí un juego basado en la fantasía, que permite a sus jugadores crear mundos enteros y personajes únicos, que viven aventuras tan grandes como su imaginación; pero que a la vez tiene como regla que las personas solo pueden concentrarse en un hechizo particularmente especial y/o poderoso a la vez, y que dicho hechizo puede perderse si el personaje sufre un daño considerable o si las condiciones del ambiente se vuelven demasiado hostiles. Mientras tanto, en la vida real, hemos creado una cultura multitareas en la que no sólo se espera que la gente pueda realizar varias tareas importantes a la vez; sino que además lo haga baja una presión prácticamente constante. Puesto así, parece como que no tiene mucha lógica, ¿verdad? Por cuenta propia he comprobado que este tipo de exigencia no es sostenible en un largo plazo. En más de una ocasión he tratado de escribir un correo mientras hablo por teléfono, solo para terminar escribiendo lo que digo o viceversa. En otras tantas oportunidades, he cometido errores de cálculo o de juicio porque siento la presión de que tengo que hacer otra actividad casi al mismo tiempo; o estar pendiente de ciertos eventos para tomar decisiones, a la vez que intento analizar un archivo con diversos datos estadísticos. Finalmente, ha habido muchas ocasiones de aparente calma en las que simplemente no puedo concentrarme en la tarea presente, pues me siento agotada por toda la energía que he dedicado a hacer todo y nada al mismo tiempo. Pero lo peor es que cuando eso ha ocurrido, mi primer pensamiento no es que necesito relajarme o tomarme un descanso; sino que siento que estoy fallando o haciendo algo mal, pues me han inculcado que así es la vida de la gente adulta exitosa: siempre corriendo. Lo cual es tan irreal que incluso es otra de las reglas del juego Calabozos & Dragones, en el sentido de que hay un límite de actividades/hechizos que los personajes pueden hacer hasta tomar un descanso, ya sea breve o largo. Tomando esto en cuenta, a veces me pregunto si mi vida sería más sencilla si me dedicará a corregir entuertos, como decía Miguel de Cervantes Saavedra; en lugar de trabajar en el sector industrial. Ahora que la pandemia por el COVID-19 parece estar llegando a su fin, varios estudios están analizando cómo la misma cambió y cambiará la forma de vida y la cultura laboral en el corto, mediano y largo plazo. Espero sinceramente que uno de esos cambios sea el darnos cuenta que necesitamos vivir en un mundo más calmado, en el que podamos dedicarle a cada actividad el tiempo y concentración que la misma requiere. Así mismo, espero que esta nueva realidad sea una en la que nos permitamos descansar verdaderamente y con la frecuencia necesaria; en la que el descanso signifique una desconexión de la rutina y hacer cosas que nos nutran en un sentido integral, y estar conscientes que eso incluye también el no hacer nada de tanto en tanto. En lo que llegamos a esa realidad, hay otra buena lección que podemos aprender de Calabozos & Dragones: una persona puede estar concentrada en un hechizo, y a la vez realizar ciertas actividades de sanación o curación. Así que la próxima vez que tengas que hacer mil cosas para ya, recuerda que siempre puedes poner algo de música o comerte un chocolate para mantener tu energía. Quizás no sea lo óptimo, pero es mejor estar con unas pocas líneas de batería que llegar a cero o números negativos, ¿no crees?
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Revelaciones cotidianas.
Recientemente tuve la oportunidad de realizar un viaje por motivos de trabajo; y por tanto se dio también la ocasión de probar distintos restaurantes de la ciudad visitada. He de confesar que, desde hace mucho tiempo, por cuestiones tanto prácticas como de seguridad; los pagos del consumo y del servicio de los meseros y mesaras, los hago con la tarjeta. Esto para mi ya se ha vuelto un hábito al que no le doy mayor relevancia.
Sin embargo, durante este viaje, el mesero de uno de los restaurantes nos preguntó que si era posible que la propina se la diéramos en efectivo. Supongo que al ver nuestras caras de sorpresa sintió que debía dar una explicación; y nos comentó que cuando la propina se la dejan por tarjeta, el restaurante tarda mucho tiempo en darle el importe que le corresponde. Según nos dijo, a ese día tenía atrasada la entrega de las propinas de todo el año; no pongo la cantidad que nos dijo le debían, pero he de admitir que el monto me sorprendió bastante.
Por supuesto, no tengo manera de comprobar hasta que punto lo que nos dijo sea cierto, o incluso si es una total mentira. Ninguno de los escenarios me parece poco creíble, pues sé cómo algunos empresarios/patrones administran su flujo a costa de sus empleados; y también estoy consciente de que la gente prefiere muchas veces que sus pagos (de cualquier índole) se le hagan en efectivo, por un sinfín de razones. Pero aún así, este suceso ha pasado a ser lo que yo considero una epifanía cotidiana.
La palabra epifanía se asocia generalmente con grandes revelaciones, usualmente de índole religiosa; sobre temas trascendentales, que termina cambiando la vida de la persona que la experimenta. Por eso es que yo le agrego la palabra cotidiana, como una forma de hacer ver que la revelación pueden darse en momentos inocuos del día a día, y sobre temas que quizás puedan parecer irrelevantes; pero que no obstante cambian la forma en que nos relacionamos con el mundo mediante nuestras acciones y decisiones, aunque esto no tenga un efecto palpable en el gran esquema de las cosas.
Por ejemplo, hace ya más de 10 años que trabajé en una empresa que se dedicaba a la reparación de celulares, incluido el proceso de pintado. Mi trabajo consistía en comprar los insumos para que el equipo de producción pudiera precisamente realizar los diferentes procesos del aérea. Fue en ese entonces que descubrí lo terriblemente difícil que es pintar celulares naranjas y de colores similares. Si había la más mínima desviación, ya sea durante le proceso o por los insumos, el color quedaba diferente y lo devolvían de calidad. Era simplemente espantoso, sobre todo cuando la pintura venía dentro de las especificaciones pero aún así no quedaba el tono. Como digo, una verdadera monserga.
A raíz de esta experiencia, decidí que jamás en la vida compraría para uso personal un celular con esos tonos, decisión que he seguido hasta la fecha. ¿Cambia mi decisión el gran esquema de la producción de celulares?, ¿las empresas que se dedican a ello considerarán no sacar un modelo en color naranja por esta situación? La respuesta es obviamente no, pues existen miles de personas en el mundo que no saben lo increíblemente difícil que es producir ese tipo de celulares, o cuyo color favorito es el naranja; y por ende los seguirán comprando. Sin embargo, al menos yo como persona vivo un poco más tranquila de saber que estoy contribuyendo a que una chica o chico de compras en algún lugar del mundo tenga menos estrés por esta situación.
Con el caso de las propinas que abrió esta entrada, sucederá algo similar. A partir de ahora voy a procurar preguntar a las personas que me brindan servicio en los restaurantes, si el dejar la propina por medio de la tarjeta contribuye a que ellas no lo reciban de manera rápida o efectiva. Quizás termine descubriendo que el caso del chico de mi viaje sea aislado, o quizás resulte este ser un problema generalizado. Por supuesto, también va ser una anécdota que platique cuando la gente me pregunte sobre este viaje, o sobre un tema similar. Si esto resulta ser un tema generalizado y la suficiente gente habla de ello, quizás pueda darse un cambio a nivel estructural. Pero, aunque no suceda así, y el resultado sea solo a nivel personal; el saber que ayudé a esa persona a tener un mejor día de trabajo será suficiente para mí.
¿Cuál epifanía diaria has tenido últimamente?