• Sentí, siento, sentiré.

    Que fantástico que este año hayas descubierto más libros para leer, aunque no hayas tenido oportunidad de leerlos.


    Que increíble que este año hayas conocido a tantas personas con las que conectaste, aunque no hayas tenido oportunidad para conocerlas mejor.


    Que bendición que este año conserves a todas tus amistades, aunque no a todas las hayas visto con la frecuencia con la que hubieras querido.


    Que felicidad que este año tu familia haya permanecido unidad, aunque no siempre se llevaron de la mejor manera.


    Que emocionante que este año hayas descubierto nuevos lugares que te gustaría conocer, aunque no hayas tenido la oportunidad de visitarlos todos.


    Que divertido que este año te hayas encontrado con más juegos de mesa, aunque no hayas podido jugarlos todos.


    Que orgullo que este año hayas podido alcanzar varias de tus metas profesionales, aunque algunas otras no se concretaron del todo.


    Que privilegio que este año hayas podido ayudar a varias personas y causas sociales, aunque te hubiera gustado apoyar a muchas más.


    Que importante que este año hayas tomado acción para cuidarte más, aunque te hayan faltado aspectos por atender.


    Que esperanzador que este año hayas logrado varios de tus sueños, y que aún te queden tantos por cumplir.


    Todas estas experiencias son maravillosas no lo sólo porque dan testimonio de que tienes ilusiones para los años venideros; sino porque son prueba también de que este año que termina, te diste la libertad de emocionarte.


    ¿Qué cosas maravillosas descubriste este año?

  • Un (no) clásico de Navidad.

    Si bien no existe un consenso definitivo sobre que convierte a un libro en un clásico, sí hay algunos puntos que la mayoría de las personas aceptan como “indispensables” para otorgar esa categoría. Uno de estos es que la obra y su mensaje deben cumplir con la condición de seguir siendo relevantes a través del tiempo; algunas personas mencionan que deben ser por lo menos 100 años, pero eso es un poco debatible. Así pues, una historia puede considerarse como clásica si la situación que presenta se sigue dando en el tiempo presente, y por ende podemos aprender de ella.

    Quizás el clásico más sonado de esta temporada decembrina es “Cuento de Navidad”, del escritor Charles Dickens. Se han hecho una y mil adaptaciones y representaciones de este cuento, pero siempre respetando el mensaje principal de la obra. Así pues, al final de la historia, vemos a un Scrooge reformado, quien ahora abre su corazón y está dispuesto a ayudar al prójimo; empezando por su empleado Bob Cratchit, y la familia de este.

    Pese a que la historia de Dickens me gusta, e incluso alguna vez participé como maquillista en una representación teatral de la misma; tengo una confesión que hacer. Me daría mucho gusto si, durante mi tiempo de vida, “Cuento de Navidad” dejara de ser un clásico; porque esto significaría que se han logrado avances sustanciales en cuestiones de mejora social.

    Desmenucemos un poco el asunto. Uno de los puntos centrales de este cuento es que, pese a que Scrooge es un hombre de negocios exitoso; no da un buen trato a su trabajador Cratchit. En primera instancia, es bien establecido que Cratchit recibe un sueldo paupérrimo, con el cual ni siquiera pueda alimentar apropiadamente a su familia. En la adaptación de Disney de esta obra, podemos ver como el día antes de Navidad, la familia Cratchit cuenta solo con un canario para cenar. Así mismo, Cratchit debe realizar trabajos extra, como lavar la ropa de su patrón; para tener ingresos extra.

    De igual forma, Scrooge tampoco ofrece condiciones laborales apropiadas; pues por ejemplo raciona severamente la cantidad de carbón que Cratchit puede usar diariamente, pese al duro frío del invierno inglés. Además, un punto central de la obra es que Scrooge no tenía considerado siquiera darle el día libre a su empleado, por motivo de las navidades; y solo accede luego de la intervención de otros personajes.

    Todo esto sigue siendo relevante en nuestra realidad actual, precisamente porque existen muchas empresas que no dan un trato digno a sus empleados. Si bien las leyes de trabajo modernas impiden que se comentan injusticias que eran comunes no hace mucho tiempo; también es cierto que falta mucho por hacer. Temas como un mejor equilibrio entre la vida personal y profesional, el dar mayor atención a las enfermedades mentales relacionadas con el trabajo, equidad laborar, y otras muchas son las nuevas prioridades a atender; sin mencionar claro el tema del salario justo que venimos viendo desde antes de que “Cuento de Navidad” fuera publicado en 1843.

    Ahora bien, repasemos el final que nos ofrece Dickens para esta historia, la cual como ya dije es el de un Scrooge reformado y dispuesto a apoyar a su empleado y a diversas obras de caridad. Sin duda es un final feliz, en el que sentimos que el problema ha sido resuelto.

    Pero la realidad es que no basta con reformar a Scrooge, porque, así como él existen muchas otras personas que solo piensan en su propio beneficio, aún y cuando eso signifique la miseria de otras. Luego entonces, lo que debemos procurar como sociedad es justamente crear las condiciones necesarias para que no haya más Scrooges; ni originales ni reformados. Porque si tenemos una sociedad en donde realmente se respete la dignidad humana, y por tanto seamos comunitarios; no harán falta ni organizaciones caritativas ni avaros reformados que las subsidien.

    Soy plenamente consciente de que lo que pido puede sonar incluso más fantasioso que las visitas de los fantasmas navideños a Scrooge. Pero, al fin y al cabo, lo que nos dan las historias son ideales, quizás un tanto inalcanzables; pero que nos guían en nuestro caminar. Por ello mismo, tal vez “Cuento de Navidad” nunca deje de ser un clásico; pero espero al menos que, con el pasar de los años, se vuelva cada vez más una historia de ficción.

    ¿Qué clásico quisieras que cambiara?

  • Comunidad y colaboración.

    Esta semana escuché un poco de la historia de Airbnb, y como mencionaban a la economía colaborativa como parte de su fundamento. Este tipo de economía se basa en el uso de las tecnologías para prestar, comprar, vender, compartir o rentar bienes y servicios. Otros ejemplos del modelo colaborativo moderno podrían ser las plataformas de compra-venta como eBay; o en el contexto del conocimiento y la información, páginas como Wikipedia.

    Ahora bien, se entiende que este modelo económico no es particularmente nuevo; y que no depende de las tecnologías de la información para poder existir. Desde hace años han existido asociaciones, ya sea de vecindarios o de sindicatos laborales, que emplean este modelo al compartir bienes de uso infrecuente entre sus miembros. Así mismo, siempre ha habido una colaboración informal entre las personas; como cuando alguien le da un “aventón” en coche a otra, y está última coopera para el combustible y el peaje.

    La diferencia ahora estriba en que, gracias a estas nuevas tecnologías, el alcance de estas iniciativas puede ser mayo. Pero, ¿es esto necesariamente algo bueno?

    Por un lado, se podría pensar que sí, pues por ejemplo se brinda a los usuarios un mayor nivel de seguridad. Quiero decir, si yo fuera a rentar una habitación en Marruecos; me daría un poco más de seguridad hacerlo a través de una plataforma conocida como Airbnb, que en teoría tiene mejores controles y que se rige por reglas internacionales, que a través de una plataforma local que no estoy muy segura de cómo se maneja.

    Sin embargo, si hay algo que nos ha enseñado la geopolítica; es que entre más grande sea un ente, más complicado será de administrar. Así pasa también con las plataformas que hemos mencionado, que además del tema del tamaño, tienen el detalle de operar en diversas regiones, con reglas y limitantes propias.

    Por esto mismo es que, si bien estas iniciativas han surgido de una buena idea y en un inicio fueron un parteaguas en sus respectivas industrias; más temprano que tarde terminan desvirtuándose y dejan de ser verdaderamente colaborativas. Siguiendo con el caso de Airbnb, la cual justo ahora enfrenta varios intentos de regulación; derivado principalmente del hecho de que su uso ha contribuido a la gentrificación y al aumento desmedido de las rentas en diversas ciudades. Además, cada vez son más los casos en que los usuarios rentan una propiedad en particular, para que al momento de arribar se topen con que la realidad tiene poco o nada que ver con lo que se les ofertó en línea.

    Cierto, ambas circunstancias surgen de la codicia de algunas personas que hacen mal uso de estas plataformas, y no tanto de la mala intención de la compañía como tal. Pero al final del día, es la prestadora del servicio quien debe dirigir a sus miembros para asegurarse que la comunidad prospere; tal como anteriormente hacían los líderes de los mercados.

    Esto último señala un aspecto de la economía colaborativa que siempre ha estado presente, pero que se vuelve más evidente con la incorporación de las plataformas tecnológicas y su posibilidad de volverse globales. Esto es, el tema de los intermediarios. Como cualquier esfuerzo grupal, se requiere una persona o ente que de alguna manera regenté las actividades y pueda poner un cierto orden a las operaciones. Esta persona o personas reciben una compensación por ese trabajo, pues dirigir un proyecto no es nada sencillo. El tema está en cuánto debe ser esa compensación, y si la misma es justa.

    Por ejemplo, en el caso de Uber; la compañía cobra tanto a usuarios como a conductores por usar su plataforma de servicios. Por supuesto, esto es algo justo, pues el diseño y mantenimiento de dicha plataforma no es tarea fácil; pero dependiendo de diversos factores dicha comisión puede ser de hasta 50% del valor del viaje. Situaciones como esta nos hacen pensar si no estaremos ante una nueva situación de intermediarios ricos y trabajadores pobres, como ha pasado en infinidad de ocasiones en el negocio de la agricultura. Y nuevamente nos hace preguntarnos si esto es verdaderamente colaborativo.

    Sea como fuere, las iniciativas modernas de economía colaborativa han llegado para quedarse, y seguirán irrumpiendo en cada vez más aspectos de nuestra vida diaria. Esto por supuesto plantea y planteará muchos retos en materia regulatoria a nivel micro y macro; y para los que lamentablemente muchos gobiernos no están preparados.

    Sin embargo, creo que una medida para garantizar (hasta cierto punto) que estas iniciativas realmente signifiquen un beneficio, es recordar que una verdadera colaboración nace de una comunidad. Me refiero a que, si yo veo a plataformas como Airbnb o Blablacar como una oportunidad para que todos en mi grupo puedan tener un ingreso extra, y a la vez permita a las personas de fuera disfrutar de mi localidad; en lugar de verlas solo como una opción más para volverme rico yo, para beneficiar solamente yo, entonces es menos probable que abuse de ellas, tanto como usuario prestador de servicio como intermediario. De esta forma, será más probable que se cobren comisiones justas por el uso de las plataformas y servicios, y que esas comisiones se usen para el mejoramiento de las mismas en pro de la comunidad.

    Si logramos esto, entonces sí que podremos hablar de economías colaborativas y comunitarias.

    ¿Tú cómo quieres colaborar?

  • Orgullo y realización.

    A lo largo de los años he recibido varios y diversos reconocimientos. Excelencia académica; primeros lugares y reconocimientos de participación en concursos de oratoria y de la materia de español; constancias de seminarios y cursos de actualización; cumplimiento de los famosos KPIs; entre otros. Algunos de ellos están colgados en una pared, otros forman parte de mi currículum, y otros más está guardados en su carpeta correspondiente.

    Si bien todos esos reconocimientos me causan satisfacción y orgullo, con el paso del tiempo ha habido otros, de diferente naturaleza, que me llenan más el corazón cuando los recuerdo o cuando los vivo. Las cartas que me escribieron mis alumnos del servicio social, en las que me decían que era buena maestra, aunque no lo fuera de profesión. El libro que me dedicaron mis alumnos cuando di clases en la universidad, donde me agradecían el haber sido mi primero grupo.

    Las cartas que en su momento me han escrito mis amigas y familia, donde mencionan como una palabra o acto mío les hizo ser más felices. Y también cuando esas mismas personas especiales me han hecho partícipe de sus sueños alcanzados, y por los que aún están trabajando.

    Cuando compañeros de trabajo se han convertido en buenas amistades; y cuando tanto unos como otros expresan su aprecio no solo por trabajar, sino por convivir conmigo. Y cuando ves que tu trabajo genera satisfacciones e ilusiones más allá de lo material.

    Por supuesto, también mencionar la alegría que, desde hace ya más de 2 años, me produce que las ideas contenidas en este blog conecten con otras personas. Que estas ideas las hagan recordar cosas que quizás habían olvidado, o bien que se encuentren con nuevas posibilidades. Y claro, también la satisfacción que siento al cumplir, si bien de una manera diferente; uno de los sueños que siempre tuve, que es el de compartir las ideas que antes solo vivían encerradas en mi cabeza.

    Ahora que se acerca la época en la que se empieza con el recuento de lo obtenido a lo largo del año, y que se trata de resumir 12 meses en unas cuentas viñetas; es bueno que tomemos un momento para ver todas aquellas cosas que no se pueden medir o comparar de manera cuantitativa. La vida es mucho más que eso, y nos da muchas oportunidades para sentirnos no solo orgullosas, sino lo más importante, realizadas.

    ¿Tú qué quieres resaltar hoy?

  • ¿Sabes cuántas?

    ¿Sabes cuántos cafés tengo pendiente por visitar con mis amigas?, ¿sabes a cuántos hemos ido?

    ¿Sabes cuántos cortos de películas he visto y dicho que quiero verlas?, ¿sabes cuántas he visto?

    ¿Sabes cuántos viajes quiero hacer?, ¿sabes cuántos he hecho?

    ¿Sabes cuántos libros quiero leer?, ¿sabes cuántos están apilados en mi mesa de noche?

    ¿Sabes cuántas veces me he quedado tarde trabajando?, ¿sabes cuántas veces lo he disfrutado?

    ¿Sabes cuántas veces he tenido ganas de bailar?, ¿sabes cuántas veces me he levantado a hacerlo?

    ¿Sabes cuántas veces he querido descansar?, ¿sabes cuántas veces lo he logrado?

    ¿Sabes cuántos momentos de felicidad he pospuesto?, ¿sabes cuántos momentos de ansiedad he vivido?

    ¿Sabes cuántas series tengo por ver?, ¿sabes cuántas he visto?

    ¿Sabes cuántos sueños he tenido?, ¿sabes cuántos he olvidado?

    ¿Sabes cuántas de estas veces, quien me ha limitado he sido yo misma?

    Por favor, dejemos de contar.

     

  • Renuncia.

    Renuncia.

    Renuncia a vivir según las expectativas de los demás.

    Renuncia a una versión de ti que ya no es tu favorita.

    Renuncia a las relaciones que solo te desgastan.

    Renuncia a conformarte.

    Renuncia a dejarte en último lugar.

    Renuncia a que otras personas definan las reglas de tu juego.

    Renuncia a no pedir.

    Renuncia a sentirte culpable por descansar.

    Renuncia a las cosas que te atan.

    Renuncia a que te encasillen.

    Renuncia a limitarte.

    Renuncia a auto sabotearte.

    Renuncia a renunciarte a ti misma.

    ¿Tú a qué vas a renunciar hoy?

  • Algo para disfrutar.

    Empecé a usar lentes cuando tenía poco más de 11 años, pero en aquél entonces no les tenía el aprecio que les tengo ahora. Si soy sincera, no me gustaba usarlos del todo, en parte por el estigma social, y porque tampoco creía que fueran precisamente necesarios. En ese entonces pensaba que “olvidar” ponérmelos era como olvidar ponerme aretes, un pequeño inconveniente; y que eran algo que necesitaba para la escuela, pero no para el día y día.

    Unos meses después fui de vacaciones con mi familia, a un lugar que tiempo después sería considerado pueblo mágico. Ciertamente es un lugar bonito, hace tiempo que no voy, pero en aquél entonces se podían ver miles de estrellas a simple vista. Pero yo no pude apreciarlas en su totalidad; porque como eran vacaciones, no había llevado mis lentes. No puedo decir que mi actitud hacia mis lentes cambió por ese incidente en particular, pero sí me ayudó a entender su necesidad; y más allá de esto, como el usarlos me permitiría disfrutar más la vida.

    Conforme ha pasado el tiempo, me he encontrado con más situaciones similares, en las que he necesitado hacer algo para sentirme mejor; pero que inicialmente me parecía innecesario o incluso vergonzoso, usualmente por un estigma social. Algunos han sido sencillos de superar, como tomar vitaminas; otros han tomado un poco más de trabajo, como ir a terapia; y otros más siguen en lista de espera. Pero cada vez que me he abierto a intentarlo, me ha ido bastante bien, y como dije en el párrafo anterior, he disfrutado más la vida gracias a ello.

    Seguramente tu también has pasado algo similar, o quizás lo estés pasando en este momento; o alguien a quien amas está en ese proceso. Lo más que puedo decirte es que tengas paciencia, tanto para los procesos largos como para los cortos. En un principio parecerá que estás cargando con un cartel gigante que dice “no pude sola, y ahora tengo que usar X para poder seguir adelante”. Pero conforme sientas los beneficios de tu decisión, el cartel pasara a decir “fui valiente para admitir que necesitaba ayuda, y ahora X me ayuda a ser más feliz”.

    Quizás con el tiempo ese X cambie, o puede que incluso algún día ya no lo necesites; o puede que sea algo que te acompañe para siempre. Cualquiera que sea el caso, lo importante es ir avanzando ese camino, adaptándonos conforme la situación y nosotras mismas cambiemos; pero sobre todo amando la persona que somos en cada etapa.

    Yo sigo usando lentes, y posiblemente lo haga para siempre. Y ahora es algo que disfruto mucho, siento que son parte de mi personalidad; y por tanto el escoger un nuevo armazón es algo que me emociona. Siento que me bridan otra forma de expresarme.

    Así que sí, mis lentes me permiten disfrutar más mi vida porque me permiten verla con más claridad, pero también porque me abrieron un nuevo espacio para disfrutar. Lo mismo ha sucedido con las otras cosas que comenté al principio, y espero que sea el caso para las qué intentaré en el futuro.

    ¿Tú qué quieres intentar para disfrutar más tu vida?

  • El esfuerzo se recompensa.

    El esfuerzo se recompensa con más responsabilidades.

    El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de descansar.

    El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de aprender.

    El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de cambiar.

    El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de divertirse.

    El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de crecer.

    El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de parar.

    El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de diversificarse.

    El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de concentrarse.

    El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de dejar ir.

    El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de quedarse.

    El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de ser más abiertas.

    El esfuerzo se recompensa con la oportunidad de poner límites.

    El esfuerzo se recompensa con esfuerzo.

    Todas las personas nos esforzamos diariamente, de muchas maneras y en muchos campos. A veces son esfuerzos grandes que pasan desapercibidos, y a veces son esfuerzos pequeños que tienen un gran impacto. Pero al final del día, nos esforzamos; y esperamos recibir una recompensa por ese esfuerzo.

    Esas recompensas pueden no ser las mismas que esperan otras personas, o incluso que las que nosotras esperaríamos en otras circunstancias. Lo importante es que sepamos identificarlas y aceptarlas como eso, como recompensas, y aprendamos a disfrutarlas y usarlas para lograr nuestra estabilidad y felicidad.

    ¿Tú qué recompensa esperas hoy?

  • Independizate.

    Independízate del miedo a ser considerada una carga.

    Independízate del miedo a pedir ayuda.

    Independízate del miedo a recibir ayuda.

    Independízate del miedo de proponer que vayan por un café saliendo del trabajo.

    Independízate del miedo de compartir tus emociones.

    Independízate del miedo a ir a esa fiesta.

    Independízate del miedo a recibir el cariño de las personas que te rodean.

    Independízate del miedo a presentarte a ti misma.

    Independízate del miedo a dejar que te cuiden.

    Independízate del miedo.

    Porque ser independiente, no implica que tengas que estar sola.

    ¿Tú de qué quieres independizarte?

  • Si lo ves de esa manera.

    Estoy tomando un curso que requiere que cada semana lea al menos 2 casos de estudio, relacionados a diferentes temas. Usualmente esos casos los imprimo en formato doble cara; pero esta semana la impresora se reveló contra mí y solo pude imprimir uno de los documentos de esa forma, y el otro tuve que imprimirlo a una sola cara. Eso sí, en hojas recicladas para no sentirme tan mal.

    En esta ocasión los casos eran similares en cuanto el número de páginas a leer, de hecho, la diferencia era de sólo 4 páginas entre uno y otro. Sin embargo, por obvias razones, el que se había impreso a una cara se veía más voluminoso que el otro. Lo interesante fue que, pese a que yo estaba consciente de que la diferencia era mínima, al ver el bulto más voluminoso, mi primer pensamiento fue “voy a durar mucho en leerlo”.

    Por supuesto, al final me tomó casi el mismo tiempo leer ambos documentos; pero debo admitir que internamente sentí que duré más leyendo el que se había impreso a una sola cara. Es curioso como algo tan simple puede distorsionarse solo por nuestra perspectiva.

    No menos curioso, pero sí más “preocupante”, es como esto mismo puede suceder con otros aspectos de nuestra vida. Quizás si un camino estamos acostumbrados a transitarlo en horas no pico, podemos calcular erróneamente el tiempo que nos llevará recorrerlo durante las horas de mayor circulación; lo que puede llevarnos a perder una cita o incluso a tener un accidente. O bien, si tenemos una perspectiva optimista sobre un proyecto, esto nos llevará a enfrentar con mejor cara los obstáculos que vayamos encontrado durante su realización. Ahora, también se puede dar el caso de que consideremos una situación con un optimismo exagerado, lo que nos impida ver la dimensión exacta de los retos a los que habremos de enfrentarnos; o bien que pensemos obtener un beneficio demasiado alto en relación con las posibilidades reales del proyecto.

    En cualquier caso, todos los ejemplos señalados parten de las suposiciones que vamos creando con base a nuestras experiencias de situaciones similares. Por eso se dice que la perspectiva es el par de lentes que usamos para ver la realidad; y como todos los lentes, cada cierto tiempo se requiere que ajustemos su graduación. Y también es necesario que periódicamente nos hagamos un examen de la vista más profundo, para adaptar nuestros lentes a nuevas necesidades.

    De ahí la importancia de no sólo analizar la información a la que estamos expuestos, sino también buscar diferentes fuentes de información. Entre esas fuentes, no debemos dejar de lado el escuchar la voz de las personas que pasaron o están pasando por alguna situación en particular. Por más versado que esté en el tema, ningún investigador podrá transmitirnos la calamidad que fue el genocidio en Ruanda, como lo haría un sobreviviente de la tragedia.

    Pero quizás lo más importante sea que estemos dispuestos a efectivamente cambiar nuestros lentes, con base en los resultados que nos vayan dando los exámenes. Así pues, aunque tengamos todas las oportunidades posibles para vivir diferentes situaciones, hablar con diferentes personas, e informarnos de diferentes maneras; si no estamos dispuestas a aceptar que nuestra perspectiva puede ser errónea, entones de nada servirán.

    Al final, la vida nos irá pasando factura de lo que decidamos hacer; perdiendo oportunidades o aprovechándolas. Lo único malo es que, en ese proceso, podemos causar el sufrimiento de otras personas, todo por nuestra capacidad o incapacidad de ver el mundo con otros ojos. Procuremos entonces estar dispuestas a cambiar cuando sea necesario; y a mantenernos firmes cuando haga falta.

    ¿Tú qué lentes estás usando hoy?