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Escuchando el camino.
Para algunas personas, el destino no existe; para otras sí. Pero independientemente de esto, todas las personas quieren encontrar un camino a seguir. Esto puede tener que ver con encontrar su propósito de vida; y consecuentemente enfocar sus energías y tiempo en lograrlo. Aunque también puede ser algo menos poético, y simplemente referirse a tomar buenas decisiones que nos permitan vivir una vida agradable.
Lo cierto es que ninguno de ambos escenarios es sencillo, sobre todo en tiempos tan complicados como los nuestros. Por un lado, la apabullante rapidez de la vida actual, y esa imperiosa necesidad impuesta de ser productivas; nos impide dedicar tiempo a definir qué es lo que realmente queremos en la vida, por lo que simplemente terminamos aceptando la realidad que nos han ofrecido como “normal”. Por otra parte, aún en las raras ocasiones en que tenemos una idea de qué nos gustaría hacer, o cuál es nuestro propósito si cabe; no podemos dedicarnos a ello puesto que en la sociedad actual no es un camino que nos permita tener una vida cómoda y segura.
Además, la mayoría de las personas tenemos el grandísimo problema de pensar que, si nuestras circunstancias fueran diferentes, seríamos más felices. Si bien existen casos en los que esto es cierto, también es verdad que estas ideas a menudo nacen de ese mismo sentimiento de que la vida se nos va en nada, y que los resultados que obtenemos de todo nuestro esfuerzo son más bien pocos. De nuevo, todo esto englobado en la desconexión que existe entre nuestro quehacer diario y las expectativas que nos hemos autoimpuesto; y nuestra esencia como personas.
¿Qué nos queda, entonces? Como ya he venido diciendo en diversas ocasiones, es indispensable que en lo individual y en lo colectivo exijamos un des aceleramiento en nuestras vidas, para que nuevamente volvamos a dedicar tiempo a aquellas cuestiones que son realmente importantes.
Sin embargo, en lo que esto sucede, creo que sería bueno considerar dos consejos. El primero tiene que ver con entender que, contrario a la creencia popular, no existe “un camino” a seguir, sino más bien una serie de caminos. Con esto me refiero no solo a que si hemos venido caminando por el camino A, tenemos la posibilidad de cambiar al camino R; que si bien es cierta tampoco es como que podamos tomarla así como así. Más bien me refiero a que si bien nuestro camino principal es el A, no por eso no podamos dar un paseo por el R de vez en cuando. Por ejemplo, en mi caso mi camino principal es el de ser profesionista y las responsabilidades (y beneficios) que eso conlleva; pero ciertos días a la semana me doy la oportunidad de ser una persona que escribe un blog por el mero placer que este me da, pero tomando la responsabilidad de lo que escribo y comparto.
El segundo consejo tiene que ver con escuchar los caminos que vamos caminando. Es poco probable que nos suceda como en las novelas y un Gandalf o un Hagrid se nos aparezcan de pronto para decirnos el rumbo que han de tomar nuestras vidas; pero no por eso dejan de haber señales que nos vayan indicando como vamos.
Por ejemplo, si nos damos un momento para pensar, es posible que veamos que el camino de salir de fiesta cada fin de semana nos produce menos alegría y satisfacción que dedicar algunos fines de semana a la jardinería. O bien quizás veamos que el camino de tomar lecciones de piano nos produce miedo o incertidumbre por ser algo nuevo, no porque sea algo malo; al contrario, veremos que es un camino que nos daría gusto caminar. Y finalmente, entenderíamos también la necesidad de caminar un camino agreste durante algún tiempo, para que llegado el momento podamos caminar por uno más apacible; sea este el mismo camino que ha mejorado con el tiempo, o bien uno nuevo al que no habríamos podido llegar si no hubiéramos transitado por el primero.
¿Cómo son los caminos que estás recorriendo?

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Aprendizaje Espontáneo.
Entre todas las clasificaciones que existen, considero que el aprendizaje puede darse de dos formas. El primero es un aprendizaje intencionado o planificado, en el que la persona tiene interés de aprender algo en concreto, y toma acciones para lograrlo. Esto va desde tomar algún curso o certificación formal sobre el tema, o bien leer libros o artículos especializados sobre el mismo. Claro, también puede ser algo menos estructurado, como el ver algún video o documental, o escuchar un podcast. Lo importante es que la persona busca activamente la manera de ampliar sus conocimientos sobre el tema o temas que le interesan.
Ahora, el segundo tipo lo defino como un aprendizaje espontáneo; que como su nombre indica, es el que se da de manera casual, sin que la persona lo haya buscado. Un ejemplo de ello es cuando estás leyendo una novela, y como parte de la trama la autora explica el proceso para preparar una bebida; o bien describe someramente un hecho histórico sobre el que no se tenía conocimiento previo. El descubrir este pequeño trozo de información puede o no fomentar que queramos aprender más sobre el tema; pero al menos esa parte de conocimiento ya se quedó con nosotras.
Dentro de las muchas formas en que este segundo tipo de aprendizaje puede llegar a nuestras vidas, creo que una de las más satisfactorias es cuando el mismo se adquiere mediante la plática con otra persona. Da lo mismo si es una amiga de tiempo atrás o si es alguien a quien acabamos de conocer, escucharles hablar sobre un tema que es nuevo para nosotras es muy entretenido; pues no solo nos dan la parte técnica del mismo, sino que lo complementan con sus propias opiniones y experiencias, lo que hace la plática aún más estimulante.
Si además de eso tenemos la fortuna de que el tema en cuestión sea uno que les apasione, entonces decididamente tendremos una experiencia para recordar. No sólo la forma en que nos transmitan ese conocimiento será mucho más interesante y divertida, sino que hará que nuestro interlocutor se relaje, lo que a su vez nos permitirá conocerle mejor que si solo se hablara de temas más convencionales. Así mismo, uno de los mejores sentimientos es el saber que la persona con quien estás interactuando te está escuchando atentamente, por lo que nuestro interlocutor se llevará una muy buena impresión de una charla en la que tuvo la oportunidad de compartirnos algo, y que nosotras lo recibimos con gusto y atención.
Podría decirse entonces que el aprendizaje espontáneo que se da mediante una charla, en realidad nos permite aprender sobre varias cosas a la vez. Una por supuesto es el tema del que se está hablando, y otra, como ya dije, es el poder conocer mejor a la persona con quien platicamos. Igualmente, como este es un tema nuevo para nosotros, escuchamos justamente con la intención de aprender, en lugar de solo responder. Entonces, este tipo de interacciones nos permiten practicar la escucha activa, un componente indispensable para tener relaciones saludables. Como estas pláticas de conocimiento espontáneo tienden a dejarnos un buen sabor de boca; iremos aprendido a relacionar la escucha atenta con experiencias positivas, lo que con suerte nos llevará a aplicarla en las demás interacciones de nuestro día a día.
Aprender siempre es algo maravilloso, y aprender con otras personas lo es aún más. Entonces, en esta época en la que el conocimiento está al alcance de la mano de tantas formas distintas; no perdamos de vista que una de esas fuentes son las personas que tenemos a nuestro alrededor. Podemos aprender mucho y de varias cosas mediante esas charlas, y de pasada disfrutar de un momento de calidez humana, tan necesaria en estos tiempos acelerados.
¿Tu con quién quieres aprender?

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Recuerdos para mañana.
Hoy me salió una invitación en Spotify para crear una lista de reproducciones que estará “guardada” hasta 2025. La cosa es así: te van presentando una serie de preguntas a las cuales tu debes responder con una canción, por ejemplo, cuál es una canción que representa a tu ciudad. También te dan la opción de dejar un mensaje para tu yo del futuro. Una vez has terminado, “sellas” la lista, y esta se queda guardada en algún lugar del ciberespacio hasta el próximo año.
Me parece que este es un acercamiento interesante a un par de ideas con las que la humanidad lleva fantaseando desde quizás el inicio de la civilización. En primer punto podemos señalar la necesidad de dejar un legado para las generaciones futuras, el dejar un testimonio de nuestro paso por este planeta. Para este propósito se han construido las grandes pirámides de Egipto, se han escrito libros como “Los Miserables”, o se ha buscado sobresalir en alguno de los muchos conflictos que la humanidad se ha provocado a sí misma. Claro, también pueden citarse casos más modestos (por decirlo de algún modo); como aquella profesora de una pequeña escuela en cuyo recuerdo han nombrado un salón de la misma, o un artista cuyos cuadros embellecen alguna institución de la localidad.
La segunda idea que creo que se liga a este ejercicio, es la del deseo de las personas de poder viajar en el tiempo. Cantidad de historias existen en las que una persona viaja al pasado, por lo general con la intención de cambiar una parte de la historia; o bien que viaja al futuro para volver a tener esperanza en el mañana. Como todavía no hemos aprendido a hacer ni lo uno ni lo otro, por el momento nos conformamos con estos ejercicios en los que dejamos un mensaje para que sea recibido hasta dentro de unos años. Creo que ahora ya no es tan común, pero antes era usual que, en aniversarios significativos, las organizaciones y las ciudades hicieran válvulas del tiempo en las que resguardaban cosas como periódicos, utensilios, fotografías, mapas, etc; que dieran cuenta de cómo eran en ese momento, para que las personas que las abrieran en el futuro pudieran entender mejor la realidad que les/nos tocó vivir.
En el plano personal me parece que esta tradición de las válvulas del tiempo sigue bastante activa, con actividades como la que menciono de Spotify o las memorias que salen en Facebook; aunque también hay algunas más introspectivas. Recuerdo que mi clase de Negociación escribimos una carta para nosotras mismas, pero de 5 años adelante; y el profesor las mandó por correo a nuestras casas. Yo me había olvidado del asunto hasta que la recibí en mi casa casi un mes después de hecho el ejercicio. Pese a que yo sabía de antemano lo que venía en la carta, me dio mucha ilusión abrirla y reflexionar sobre el porqué había decido que ese sería el mensaje que quería leer dentro de 5 años. Supongo que lo mismo me pasará cuando oiga las canciones que seleccioné hoy, y será divertido acordarme del porque las fui escogiendo.
Lo anterior expone una contradicción curiosa de la humanidad. Por un lado, que vivimos prestando más atención al pasado y al futuro que al presente, y por eso buscamos justo dejar un legado tangible que permita que nos entiendan las personas que vendrán después que nosotras; así como nosotras buscamos entender a las civilizaciones del ayer. Pero, por otra parte, en ese afán de enviar algo al futuro, reflexionamos sobre qué partes de nuestro presente nos gustaría preservar. ¿Qué es aquello verdaderamente importante? ¿Qué me define lo suficiente como para que otras personas me entiendan? ¿Qué advertencia quiero dejar a las generaciones futuras? ¿Qué esperanza quiero compartirles?
Sin duda será interesante ir presenciando la apertura de las cápsulas del tiempo ya existentes, así como participar en la creación de otras. Quizás no alcancemos a abrir todas las que queremos, pero es bueno tener esa ilusión.
¿Tú qué guardarías para el futuro?

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Yo quiero seguir.
Al acabarse un año, solemos tener rituales para enumerar los propósitos y objetivos que planeamos alcanzar en el año que comienza. Acciones relacionadas con la salud, las finanzas y las relaciones personales suelen ser las más frecuentes; así como propósitos más divertidos como planear viajes.
Sin embargo, entre todas estas nuevas cosas que queremos hacer y lograr; sería bueno también que dedicáramos un momento a pensar todas aquellas actividades y actitudes que hicimos/trabajamos este año, y que nos dieron momentos de felicidad. Así, una vez que las hayamos identificado, podemos plantearnos la encomienda de continuarlas durante este nuevo ciclo, para seguir disfrutando de los beneficios que nos han dado, e incrementarlos de ser posible.
De esta forma, para este nuevo año,
Yo quiero seguir creando memorias felices con mi familia.
Yo quiero seguir disfrutando momentos con mis amigas.
Yo quiero seguir escribiendo.
Yo quiero seguir comiendo comida deliciosa.
Yo quiero seguir aprendiendo.
Yo quiero seguir desaprendiendo.
Yo quiero seguir escuchando buena música.
Yo quiero seguir descubriendo buena música.
Yo quiero seguir leyendo por placer.
Yo quiero seguir jugando con mi gatita.
Yo quiero seguir poniendo mis reglas.
Yo quiero seguir cuidando mis plantas.
Yo quiero seguir expandiendo mi zona de confort.
Yo quiero seguir bailando.
Yo quiero seguir compartiendo y compartiéndome.
Yo quiero seguir intentando.
Yo quiero seguir siendo mi versión favorita de mí misma.
¿Tú qué quieres continuar este nuevo año?

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Felices e Imperfectas Fiestas.
Esta semana fui a ver la obra de El Cascanueces, una historia que me ha gustado desde niña. Fue una muy buena experiencia, en particular la parte de la danza de los copos de nieve me pareció muy bien montada, con escenografía y efectos muy bonitos; más aparte el talento de los bailarines y bailarinas. Una mención especial merecen los bailarines que representaron al ejército de las ratas, su expresión corporal más el vestuario lograban una ilusión que muchas veces solo se logra con el uso de efectos especiales.
Mientras veía la representación, me pregunté cómo sería ver esta obra en uno de los lugares icónicos del teatro, como Broadway o Londres. supongo que posiblemente la escenografía y efectos podrían ser más deslumbrantes, pero no podría decir que eso la haría mejor que la que vi en el Auditorio Nacional. Pese a que aprecio el arte del ballet, no tengo los conocimientos técnicos como para hacer una crítica de consideración. Es como cuando ves las competencias de clavados en la televisión; salvo que se comenta un error muy evidente, las actuaciones de los participantes me parecen impresionantes.
Por lo anterior, si bien ver El Cascanueces en un teatro de Nueva York debe tener su magia particular, no le quita nada a la magia que sentí con la representación de esta semana. Algo similares sucede con los fiestas, tanto decembrinas como otras; pero en esta entrada me centraré en las primeras.
Tenemos una idea preconcebida de cómo nos gustaría que fueran: un arbolito de ensueño decorado con un gusto impecable, una cena que se vea increíble y además sepa deliciosa, un momento de meditación profundo durante el Solsticio de Invierno; en fin, algo digno de tomar fotos y subir a nuestras redes sociales. Pero, la mayoría de las veces las cosas no son así.
Yo he ayudado a preparar, y probado, cenas deliciosas que no precisamente cumplen con los estándares de presentación. Me refiero a que el puré se sirve con cuchara normal, y no con las que se usan para servir nieve y queda la bolita perfecta; o aquella que se come con un tenedor y ya, en lugar de tener uno para la ensalada, uno para la carne, uno para la fruta y así.
También me he divertido y formado lindas memorias al arreglar arbolitos de Navidad que tienen un poco de todo. Algunas esferas son blancas, otras son en forma de manzanitas; algunos adornos son modernos y de cristal, mientras que otros son de madera y ya un poco pasados de moda. Ciertamente no calificarían para una portada de revista, pero los guardo con cariño en mi memoria.
Así como estos hay muchos ejemplos de como las celebraciones no cumplen con todos los requisitos que vemos en las películas (o en lo que suben las personas a redes sociales), pero no por eso dejan de ser especiales y bonitas. Muchas veces nos estresamos por esos pequeños detalles que al final del día, no son ni lo más importante ni lo que vamos a recordar en los años venideros; sin mencionar que esa preocupación innecesaria si puede llegar a opacar la celebración e impedirnos disfrutarla al máximo.
De esta forma, en esta época en la que una buen parte del mundo se dispone a celebrar diferentes acontecimientos; busquemos tomar un respiro y decidir disfrutarlas como lo que son: un momento para compartir con nuestros seres queridos y formar memorias para el porvenir. Si los panes no salieron perfectamente redondos, o la foto con la familia salió un poco chueca, es lo de menos. Si todas las personas tienen una sonrisa en su rostro y luz en sus ojos, entonces, fue una buena celebración.
¿Tú cómo pasas estas festividades?

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Entregando empatía.
Hace poco hice una compra personal en línea, con un emprendimiento nacional. Todo iba muy bien, me embarcaron el pedido en los días acordados, y era solo cuestión de esperar a que la paquetería me lo trajera a mi casa. Lamentablemente, aquí fue donde hubo contratiempos.
Durante varios días la paquetería no mostraba avances con mi pedido. Como es una mensajería con poca presencia en mi ciudad, supuse se debía a eso; además de que la temporada alta se adelantó bastante este año y por ende había retrasos de todo tipo. Cuando vi que la cosa iba más allá de un retraso normal, me contacté con la tienda donde hice mi pedido. Desde el primer momento me atendieron muy bien, levantado los reportes necesarios e incluso mandando un segundo paquete en lo que se resolvía la situación con la paquetería.
Finalmente, todo llegó a buen término, pues yo recibí mi paquete y pudimos resolver el problema con el primer envío. Durante todo ese proceso, la chica que me atendió fue muy amable y eficiente; y varias veces me agradeció por mi paciencia en lo que resolvían la situación. Yo le dije lo que siempre comento: que yo sé lo complicado que llega a ser trabajar con empresas transportistas (de cualquier clase y tamaño), y que muchas veces lo más que puedes hacer es revisar constantemente tus reportes y solicitar apoyo de todas las maneras que puedes.
Pero como dije, yo sé eso porque es parte de mi trabajo; sin embargo, existen muchas personas que ignoran esta situación y piensan que todo puede resolverse con una llamada, y que si las cosas tardan en resolverse, entonces es porque la otra persona no está haciendo su trabajo, o no se está esforzando lo suficiente. Por eso es que luego leemos o escuchamos historias realmente desagradables de gente que maltrata a las personas prestadoras de servicios, y todavía se ufanan de ello. También por eso mismo nos toca enterarnos de lo mal que la pasan las que prestan un servicio, ya sean en negocios propios o como empleadas de terceros; contando como la gente les agrade y menosprecia. Y luego nos sorprendemos de que las personas siempre estén a la defensiva y que no encuentren satisfacción en su trabajo.
Como dije, en este caso particular yo conozco el problema por el que atraviesan las paqueterías en esta temporada; pero el no haber experimentado de primera mano una situación no es impedimento para comprender a la otra persona y ser empática. Además, si lo pensamos detenidamente, las más de las veces existen puntos en común con las personas con quienes estamos interactuando. Todos hemos tenido un primer día en un trabajo nuevo, todos hemos tenido un mal día en el trabajo, en todos los trabajos se han experimentado problemas técnicos más allá de nuestro control, a la mayoría nos han hecho sentir que nuestro esfuerzo es insuficiente, y así un largo etcétera. ¿Verdad que hay muchas más coincidencias de las que pensaste en primera instancia?
Entonces, en esta temporada en que todo el mundo anda más acelerado, y también durante el resto del año; procuremos tener empatía con las personas que nos están atendiendo. Salvo contadas excepciones, todas esas personas están haciendo su mejor esfuerzo por prestar un servicio de calidad; y más en el caso de los emprendimientos en que su subsistencia depende literalmente de que sus clientes queden satisfechos con sus productos y servicios. No nos cuesta nada ser amables, y para la otra persona puede significar una gran diferencia. Además, yo prefiero quedar en la memoria de alguien como una cliente paciente (que no es lo mismo que complaciente), que como una clienta latosa y enojona.
¿A ti cómo te gustaría que te recordarán como cliente?

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El ratón de chocolate.
Hay días malos. Días en los que te sientes mal física y anímicamente, que dudas de ti misma y del esfuerzo que haces diariamente. Tratas de racionalizarlo, de decir que sólo es un mal día y que encontrarás la manera de salir avante; en parte porque siempre lo has hecho y en parte porque no tienes muchas opciones. Pero esto no quita que te sientas mal durante ese día, o días.
Y en medio de toda esa tristeza, encuentras un ratón de chocolate. En mi caso fue algo literal: mi mamá había comprado un panecito en una panadería local, que había sido decorado para parecer un ratoncito. Se veía muy bonito, además de original, y me sacó una sonrisa.
Pero aquí va la cosa: mi mamá no sabía que ese día me había ido mal. Es decir, no lo compró con el objetivo ex profeso de hacerme sentir bien luego de un mal día. Ella solo lo vio en la panadería, se le hizo muy bonito y decidió comprarlo para poder compartir un momento feliz juntas.
Si bien es muy especial cuando la gente que te ama hace algo extra para alegrarte en tus días malos, creo que es igualmente especial que haga algo solo porque sí. Que siempre ocupes un espacio en su mente y en su corazón, y que al ver algo, piensen en ti. Y que después compartan eso contigo, de cualquier forma, es realmente reconfortante. Te hace sentir acompañada, valorada, amada.
Por supuesto, en los días en que el mundo te ha hecho sentir que no eres importante; esos pequeños gestos llegan un poquito más directo. Pero es igual de importante que los mismos se repitan frecuentemente, pues de esa forma tu nivel de amor estará en números positivos y los golpes del día a día serán más fáciles de afrontar.
Espero de corazón que tú también tengas a alguien en tu vida que, sean días buenos o días malos, quiera compartir un ratón de chocolate contigo.
¿Qué forma te gustaría que tuviera tu ratón de chocolate?

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¿En qué idioma me estás hablando?
El otro día le explicaba a una persona, cuya lengua materna no es el español, lo que significa la palabra “norteado”; que es cuando una persona está perdida, o que “perdió su norte”. A dicha explicación, que le pareció muy lógica; tuve que agregarle la nota aclaratoria de que esta palabra es un regionalismo, y por tanto podría ser que no la reconocieran en otras partes de México.
Esto no es algo nuevo para mí, en más de una ocasión me ha tocado explicar una palabra que me es cotidiana (reborujado, ¿alguien?), pero que para la otra persona es completamente inusual. Y esto me pasa no solo con gente de otros países, sea hispanohablante o no; sino también con personas de otros estados de México. Esta riqueza del idioma español es una de sus cualidades más fascinantes, pero a la vez una que lo hace difícil de aprender como segunda lengua; y que incluso dificulta la comunicación entre aquellas personas que sí lo tenemos como lengua nativa.
Afortunadamente nos ha tocado vivir en una época un poco más sencilla en ese aspecto, pues recientemente una estudiante de letras comentaba que era particularmente difícil leer textos de la Edad Media, pues en ese entonces la gente escribía “de oídas”. Con esto me refiero a que, al no haber reglas establecidas, las personas escribían de acuerdo a como escuchaban las palabras, y por tanto se daban casos como vaca y baca; o incluso “aogar”. Conforme se fueron estableciendo las reglas gramaticales y de ortografía, fue más fácil la unificación del idioma y el intercambio de ideas. Sin embargo, derivado de incontables factores sociales, económicos, culturales, sociales, e incluso políticos; aún en nuestros días ocurren casos como les que he comentado, en que dos personas hispanohablantes de diferentes latitudes (o generaciones, o grupos sociales, o un largo etcétera) tienen dificultades para comunicarse.
Ahora bien, si en algo aparentemente armonizado y regido por varias reglas comunes, existen este tipo de situaciones, ¿cómo no esperar que surjan conflictos de comunicación en algo tan subjetivo como son los sentimientos? Y no me refiero solo a la connotación romántica de la palabra, sino a la comunicación que se da en torno al sentir de las personas. Por ejemplo, una persona que está otorgando retroalimentación bien intencionada a otra sobre un tema específico, aunque procure ser lo más asertiva posible; puede encontrarse con que su mensaje no está siendo correctamente recibido por la otra persona. Esto puede ser porque las palabras usadas tienen una connotación diferente para el receptor, o bien porque su experiencia en este tipo de situaciones ha sido mala y sin importar el esfuerzo de la persona emisora, el mensaje va a llegar distorsionado luego de atravesar todas esas capas de ruido.
Por supuesto que en este punto el emisor debe hacer una pausa para revisar por qué su mensaje no se está recibiendo apropiadamente; pero también el receptor debe levantar la mano y explicar desde donde está recibiendo el mensaje. Algo tan simple como pedirle a la persona que use el “tu” en lugar del “usted”, o que clarifique que entiende por una palabra en particular (pasa frecuente con “consecuencias”, que por lo general tiene una connotación negativa), puede salvar la conversación y permitir que esta fluya. Pero se necesita que ambas personas estén dispuestas a explicar y a aceptar la explicación recibida, y no tomar una postura rígida en la que no puedan ver más allá de su campo conocido. Quiero decir, no vas a perder un tour durante tus vacaciones en el Caribe solo porque en las indicaciones dice “tomar la guagua” en lugar de “tomar el autobús”.
Entonces, si bien existen guías útiles para la comunicación afectiva, y existen también ciertas generalidades en cuanto a cómo abordar algunos temas difíciles; así como el español, nunca se va a lograr una unificación total. Por ello la importancia de estar dispuestas a escuchar no sólo con el afán de responder o de probar un punto, sino con la intención de llegar a una comprensión con la otra persona. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de crear un reborujo que ya no nos permita encontrar nuestro norte.
¿Tú qué idioma hablas?

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Expandiendo el confort.
Una zona de confort puede ser descrita como aquella situación en la que una persona se siente cómoda; en la que ha comprobado que un nivel determinado de esfuerzo le dará el resultado justo para mantener dicha comodidad. Por tanto, su nivel de estrés y/o ansiedad, podría considerarse como neutro. Sin embargo, esta misma comodidad puede llevar a la persona a evitar cualquier tipo de riesgo que altere dicho equilibrio, por lo que prefiere quedarse dentro de sus límites conocidos.
Es por esto último que la gente considera como conformistas a las personas que se encuentran en dicha zona, y por lo que es muy común que se aliente a salir de la zona de confort, ya sea personal o profesional. Si bien es cierto que no es prudente ni sostenible el querer mantenernos siempre dentro de la misma caja; creo que la forma en que se ha abordado este tema no es la ideal. Pareciera ser como si debieramos evitar ese tipo de zonas a toda costa, que no podemos descansar ni un momento y debemos estar siempre retándonos a hacer cosas diferentes en todos los ámbitos al mismo tiempo.
Y, sinceramente, eso es muy agotador.
¿Qué hacer, entonces? Quizás serviría apreciar esta situación no como una dualidad de confort vs retos; sino más bien una visión integral de remodelación. Imaginamos que la zona de confort es nuestra casa; misma que funciona bien y sirve a nuestras necesidades actuales. Sabemos que si le damos un mantenimiento mínimo y constante, la casa seguirá funcionando y podremos vivir como hasta ahora. Sin embargo, llegará un punto en el que, por más mantenimiento que hagamos; se tendrán que hacer remodelaciones. Después de todo, los electrodomésticos y muebles tienen una vida útil, o nuestros gustos pueden cambiar; o incluso puede ser que veamos que, aunque las cosas funcionan bien ahora, hacer algunos cambios permitirían que nuestro día a día y vida en general fueran mejor.
Digamos entonces, por ejemplo, que nuestra cocina ya no encaja con nuestras necesidades actuales; pero el resto de la casa está bien. ¿Vamos a mudarnos entonces? No, claro que no; pero si tendremos que pasar por un proceso de reestructuración en la cocina. No será algo que quede listo de un día para otro, e implicará ciertos sacrificios como aguantar el polvo y tener que cocinar en una parrilla un tiempo; pero sabemos que todo es para mejor, y entre tanto podemos seguir disfrutando de otras zonas de la casa. E incluso cuando quede terminada la remodelación, nos tomará algo de tiempo adaptarnos a los nuevos espacios, y tendremos que modificar la forma en que hacíamos ciertas cosas (tanto de la cocina como de otras áreas relacionadas, como el comedor). Pero al final del día, todo habrá valido la pena y podremos disfrutar de un espacio que se adapta mejor a nuestras necesidades, y que además nos produce bienestar.
De esta forma, comenzamos con una casa que era confortable y que disfrutábamos, hicimos algunos cambios, y ahora tenemos una casa más confortable que podemos seguir disfrutando. Lo mismo pasa en otras áreas de nuestra vida, como nuestra profesión o el cuidado de nuestra salud. De momento estamos bien, las cosas funcionan, pero podemos hacer cosas distintas que nos permitirán obtener mejores resultados; sin tener que dejar de disfrutar los buenos resultados que ya teníamos.
Lo anterior es mucho mejor a seguir eternamente en una situación que solo está bien, en lugar de estar fantástica. O peor aún, el seguir en una misma situación solo por no querer afrontar los restos iniciales que significarían mejorar; para al final llegar a un punto insostenible en el que ya ni siquiera tenemos los beneficios del principio, y que para poder recuperarnos tendremos que hacer un esfuerzo doble o triple.
Así pues, no debemos ver a nuestra zona de confort como algo inherentemente malo y que debemos evitar. Es necesario que tengamos un espacio/situación al que podamos ir para descansar y recargar energías; lo importante es trabajar constantemente no solo en mantenerla, sino también en expandirla. Después de todo, yo prefiero sentirme cómoda en varios lugares, así tengo más opciones para disfrutar.
¿Tú qué remodelaciones estás haciendo?

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Monumentos.
En la plaza que se encuentra detrás de la Catedral de Parral, existen 2 monumentos. Uno de ellos es en honor al primer obispo de dicha ciudad, nombrado como tal en 1992. El mismo es un busto de dicho personaje, engalanado con la vestimenta y símbolos de su cargo.
El segundo monumento, es más sencillo. Se trata de una columna sobre la que reposa un balón de fútbol, el cual se ve un poco desgastado por el tiempo. Este monumento es en honor a Jesús Valdez, conocido como el Cuadrado; personaje que, entre otras cosas, salvo a varias personas durante la gran inundación de la ciudad (sucedida hace casi 80 años). Como en la mayoría de las historias locales, existen diferentes versiones de lo ocurrido; pero se afirma que gracias a su valor, pudo rescatar al menos a 100 personas.
Es bastante peculiar que estos dos personajes tan dispares compartan una misma plaza como espacio para su memoria. Se podría pensar que el obispo fue el más importante, pues fue el primero de dicha diócesis; pero al menos yo no pude encontrar mucho de su vida y obra. En cambio, el Cuadrado ha permanecido vigente en la memoria colectiva de la población, e incluso es su monumento el que es señalado como punto de interés durante los recorridos turísticos de la ciudad. Además, su acto de heroísmo sigue usándose como ejemplo para las corporaciones de seguridad y apoyo de Parral.
Entonces, ¿cuál de estos personajes fue más importante? Como tantas otras cosas, la respuesta dependerá de a quién le estés preguntando. Pero lo que hay que reconocer es que, independientemente de la respuesta; se decidió darle a cada uno un monumento para recordar el servicio que hicieron a la ciudad.
Posiblemente las personas que tomaron la decisión de erigir ambos monumentos no lo contemplaron, pero su decisión nos da una enseñanza no sólo sobre el agradecimiento, sino también sobre la importancia de juzgar a cada persona y acto dentro de su respectiva proporción. Durante nuestra vida cotidiana es común que tendamos a minimizar (cuando no a menospreciar) logros y acciones, propias y ajenas, pues las vemos como algo simple o que no aporta mucho valor. Esto se da sobre todo cuando comparamos tales acciones con otras que, a nuestro punto de ver, son más encomiables.
Sin embargo, al hacer esto perdemos de vista que es gracias a esas acciones “simples”, que la vida puede continuar con naturalidad; y que las mismas sirven como base para lograr acciones más “grandes”. Meditar media hora al día no nos convertirá en guías espirituales ni mucho menos; pero nos permitirá tener una mente más tranquila para tomar mejores decisiones para nosotras mismas y las persona que nos rodean. Emitir nuestra opinión en los presupuestos participativos de nuestras comunidades quizás no sea el gran acto de presión social, pero sí ayudará a mejorar la vida de varias personas. Regar mis plantas no aportará nada a la sociedad en general, pero a mí me hará feliz, y eso también es importante.
Así pues, en lugar de andar por la vida decidiendo cuál acción importante, y dentro de ese grupo cuál es más importante que las otras, aprendamos la lección que nos da la ciudad de Parral. Cada persona y su obra tiene importancia dentro del gran esquema de las cosas, sea evidente o no; y por tanto merecen ser recordadas y reconocidas. Quizás no todas tengan un monumento físico, pero si lo tienen dentro de nosotras, con eso será suficiente.
¿Tú a qué acción o persona le dedicarías un monumento?
