• Con la puerta abierta.

    Recién me enteré que, de acuerdo al Antiguo Testamento, las personas que padecían lepra en aquellos tiempos; no sólo eran consideradas enfermas físicamente, sino que también se les consideraba inmorales o impuras en sentido religioso. Según entiendo, esto se debía a que al ser la lepra una enfermedad tan terrible, se consideraba que la persona afecta o su familia debían haber cometido una acción atroz para recibir tal castigo. Así pues, a las leprosas se les excluía de la vida de la comunidad en todos los sentidos.

    Considero que este es un caso en que se usó apropiadamente a la religión como método de control, pues aún sin ser un castigo divino, la lepra es una enfermedad bastante agresiva, que aún en nuestros días provoca daños graves a quienes la padecen sin tratamiento; por lo que suena razonable que los líderes de aquél entonces quisieran evitar su propagación mediante el aislamiento de los afectados. Sin embargo, dejando un poco de lado el contexto histórico, me parece que esta situación sirve como ejemplo de una triste realidad. Muchas veces, por atenernos a preceptos o dogmas, alejamos de la comunidad a las personas que más necesitan de ella.

    Por ejemplo, en el camino hacia el “burn out”, las personas que terminan colapsando tienden a retirarse progresivamente de sus grupos de amistades o familiares, pues consideran que son una pérdida de tiempo. En respuesta, muchas veces la familia y amistades también dejan de invitar o incluir a esa persona en sus planes; pues siempre reciben una negativa de su parte. Y entones, cuando el colapso ocurre, es aún más difícil para ambas partes encontrarse para dar/recibir apoyo, pues de alguna forma cada una mostró que la otra no valía el esfuerzo.

    Otro caso similar es el de las personas que salen de la cárcel luego de haber cumplido su sentencia, y buscan reintegrarse a la sociedad. Si bien no digo que no haya que tomar precauciones, la mayoría de las veces estas personas se encuentran con un ambiente completamente hostil; en el que se les niega cualquier oportunidad de recuperarse. Ante un panorama de tal naturaleza, las personas vuelven a delinquir, lo que de alguna manera refuerza nuestro paradigma contra los ex convictos; sin darnos cuenta que nuestra falta de compasión como sociedad es la causa de esta situación. Lo que es más, fue esta misma ausencia de solidaridad lo que empujó a estas personas a corromperse; pues en una sociedad en la que las personas se preocupan unas por otras, no llegaríamos a instancias donde la gente tiene que robar para subsistir.

    En los ejemplos mencionados, se da una situación de exclusión hacia una persona o hacia un grupo de personas que comparten ciertas características. Pero existen también casos en que la exclusión la cometemos contra nosotras mismas. Por ejemplo, una persona que considere que ha cometido una falta contra las costumbres o valores de su grupo social; se podría considerar ahora indigna del mismo, por lo que se aleja para “purgar” su condena; a veces con consecuencias fatales.

    ¿Qué hubiera sucedido si, en lugar de esperar ser recibida con juicios y reclamos, a la persona se hubiera ensañado que sería recibida con amor y compresión? Lo más seguro es que, en caso de haber cometido una falta, se hubiera acercado con su grupo, sí para pedir perdón y reparar la falla; pero además para buscar la causa de ese comportamiento y corregirlo. O bien, si no se hubiera cometido una falta, pero factores externos hubieran hecho sentir a la persona como no valiosa; habría encontrado en su grupo el apoyo que requería para volver a encontrarse y amarse.

    En mi entrada pasada comenté lo importante que es formar y cuidar nuestras redes de apoyo, tanto para momentos difíciles como prósperos. En esta ocasión, me gustaría recordarnos que todas somos parte de la red de apoyo de alguien, seamos o no consciente de ello. Por tanto, procuremos siempre que nuestra compasión y empatía sean mucho más grandes que nuestros prejuicios y dogmas; y busquemos que nuestras opiniones pasen siempre por esos dos primeros filtros. Nunca sabemos cómo lo que digamos o hagamos pueda afectar a otras personas, así que procuremos que nuestras palabras y acciones siempre inciten a las personas a acercase, sabiendo que nuestra puerta estará abierta para ellas.

    ¿Tú tienes tu puerta abierta?

  • Estoy en tu esquina.

    Tengo la fortuna de contar con familia y amigas que tiene talentos y habilidades que son completamente ajenas para mí. Por ejemplo, una amiga arquitecta diseña planos para diversos tipos de construcciones, y yo la sufro para dibujar un círculo medio decente. De igual forma, mi mamá es doctora; y yo no soporto ver sangre. Por estos motivos y otros más, tengo un gran respeto por el trabajo que hacen; y me maravilla sobremanera la forma en que trabajan sus mentes.

    Sin embargo, como a todas las personas, hay ocasiones en que las cosas no les salen como esperaban, y tienen pequeñas o grandes crisis a resolver. Y en todos esos casos, siempre les pregunto si puedo ayudarles. Estoy consciente de que, de manera objetiva, no tengo los conocimientos o habilidades para luchar por ellas, o incluso a su lado. Quiero decir, cuando el sistema se traba, yo soy la que le habla a mi amiga de TI para que me termine la sesión; así que, si de repente el sistema se cae por completo, no hay mucho que pueda hacer para ayudarla.

    ¿Pero sabes que sí puedo hacer? Puedo ir y comprarle un refresco y un chocolate para que tenga energía mientras descubre cuál es la causa del problema. O puedo darle mi opinión a mi hermano sobre un anuncio que va a poner en redes sociales. También puedo estar atenta a ejemplos de campañas de mercadotecnia que le servirían a mi amiga que da clases en la universidad, para que pueda agregarlas a los ejemplos que usa con sus alumnos.

     O como último, pero quizás más importante, puedo escucharles. Después de que resuelven su problema, o mientras lo hacen si es algo que va a tomar tiempo, puedo dejar que se desahoguen conmigo sobre lo frustrante que fue/es la situación, de lo cansadas que están, ofrecerles alguna idea para que su salud mental no se vea tan afectada; en fin, ofrecerles mi apoyo y consideración.

    Volviendo al punto anterior, entiendo que esto no soluciona los problemas, pero saber que tienes a alguien en tu esquina, hace que las cosas se vean menos negras y que puedas levantarte para seguir intentándolo. Lo sé, porque todas estas personas que son importantes en mi vida, me han ofrecido ese mismo apoyo en momentos difíciles, y es gracias a ellas que no he colapsado. Por eso mismo, aquí y en otras instancias, abogo tanto por la necesidad e importancia de las redes de apoyo, del sentido de comunidad que hemos ido perdiendo en la vorágine de la modernidad. Es gracias a estas redes de apoyo que podemos no solo sobrevivir, sino también disfrutar de nuestra vida.

    Por esto, te convido a que cuides a tu red. No tiene que ser muy grande, y puede ser tan variada como tú quieras. De igual forma, esa red puede incluir a personas como tu psicóloga o terapeuta, porque en ocasiones necesitamos también a alguien que nos birnde un apoyo digamos técnico.

    Pero lo más importante es que, una vez que tienes a tu red, la tengas como una prioridad en tu vida. La dinámica de la misma irá cambiando de acuerdo a las circunstancias, pero tener un lugar seguro al cual acudir, para poder reír y llorar sin preocupaciones, es un regalo que todas debemos darnos.

    ¿Cómo puedo ayudarte?

  • ¿Sabes cómo?

    Quizás hayas escuchado la frase “si el mundo fuera ciego, ¿cuántas personas pensarían que eres bonita?”; la cual por supuesto hace referencia a la importancia de la belleza interior y demás. Pues bueno, ayer se me ocurrió una extrapolación de esta cita. Si Excel no existiera, ¿cuántas personas te considerarían necesaria?

    Con esto hago alusión a que varias de nosotras poseemos habilidades o conocimientos que son valorados o importantes en nuestra realidad; pero si esta cambiara, nos encontraríamos con que nos falta mucho por saber. Y con que nuestra realidad cambiara, no me refiero a algo drástico como un accidente o un apocalipsis zombi (referencia intencionada al libro “Guerra Mundial Z”, que presente una escena con esta misma idea). Es más, ni siquiera tiene que ser algo propiamente malo o permanente; solo tiene que ser algo que se salga de nuestra rutina.

    Por ejemplo, mi trabajo actual es un puesto de escritorio, pero si me cambiaran a uno de campo, aunque fuera al mismo nivel; me enfrentaría al reto de no saber manejar un automóvil de transmisión manual (lo que en mi región llamamos estándar), que es el que usualmente ofrecen las empresas para ese tipo de trabajos. O bien, si por cualquier motivo mañana tuviera que trasladarme en transporte público, la verdad es que la sufriría bastante, puesto que hace un buen tiempo que no estoy tan al tanto de las horas de llegada de los autobuses a las respectivas paradas. Eso, aunado a los cambios que han hecho al sistema de transporte, y a la poca confiabilidad del mismo en mi ciudad; me pondría las cosas realmente complicadas.

    ¿Son estas cosas difíciles de aprender? El aprender a manejar estándar es debatible (tengo malos recuerdos de no poder echar a andar el auto en medio del tráfico), pero usualmente la respuesta es que no. Sin embargo, creo que lo correcto sería preguntar si son difíciles en comparación con qué, y considerando las habilidades de quién. Porque, al fin y al cabo, estas son habilidades y conocimientos que van evolucionando y mejorando como cualquier otro.

    A diferencia de la frase sobre la ceguera mundial y la belleza, mi intención con esta entrada no señalar que es más valioso saberse todas las rutas de los autobuses locales que saber hacer una tabla pivote; sino más bien ser conscientes de la importancia de ambos conocimientos. Debido a la manera en que está construida nuestra sociedad, tendemos a creer que es mejor y más provechoso dedicarle tiempo a aprender ciertas habilidades especializadas que eventualmente podrían redituarnos más dinero, dejando de lado conocimientos considerados como “básicos”. Quiero decir, ¿para qué preocuparte por los horarios de los autobuses si tienes un auto propio?, ¿o para qué aprender a coser una bastilla si puedes contratar a una costurera?

    Como dije al principio, una respuesta obvia es porque no sabes lo que te depara el futuro; pero además de ello es entender que el saber estas cosas “básicas” no te hacen menos importante. De nuevo, tu conocimiento particular se vuelve relevante o no dependiendo de tu contexto; por lo que en nuestra sociedad tan amplia, todos los conocimientos son importantes y valiosos. El comprender esto nos ayudará a corregir problemas como la meritocracia mal entendida y el clasismo, generando una sociedad más integrada con personas mejor preparadas para lo que venga.

    ¿Tú qué conocimientos tienes?

  • Escuchando el camino.

    Para algunas personas, el destino no existe; para otras sí. Pero independientemente de esto, todas las personas quieren encontrar un camino a seguir. Esto puede tener que ver con encontrar su propósito de vida; y consecuentemente enfocar sus energías y tiempo en lograrlo. Aunque también puede ser algo menos poético, y simplemente referirse a tomar buenas decisiones que nos permitan vivir una vida agradable.

    Lo cierto es que ninguno de ambos escenarios es sencillo, sobre todo en tiempos tan complicados como los nuestros. Por un lado, la apabullante rapidez de la vida actual, y esa imperiosa necesidad impuesta de ser productivas; nos impide dedicar tiempo a definir qué es lo que realmente queremos en la vida, por lo que simplemente terminamos aceptando la realidad que nos han ofrecido como “normal”. Por otra parte, aún en las raras ocasiones en que tenemos una idea de qué nos gustaría hacer, o cuál es nuestro propósito si cabe; no podemos dedicarnos a ello puesto que en la sociedad actual no es un camino que nos permita tener una vida cómoda y segura.

    Además, la mayoría de las personas tenemos el grandísimo problema de pensar que, si nuestras circunstancias fueran diferentes, seríamos más felices. Si bien existen casos en los que esto es cierto, también es verdad que estas ideas a menudo nacen de ese mismo sentimiento de que la vida se nos va en nada, y que los resultados que obtenemos de todo nuestro esfuerzo son más bien pocos. De nuevo, todo esto englobado en la desconexión que existe entre nuestro quehacer diario y las expectativas que nos hemos autoimpuesto; y nuestra esencia como personas.

    ¿Qué nos queda, entonces? Como ya he venido diciendo en diversas ocasiones, es indispensable que en lo individual y en lo colectivo exijamos un des aceleramiento en nuestras vidas, para que nuevamente volvamos a dedicar tiempo a aquellas cuestiones que son realmente importantes.

    Sin embargo, en lo que esto sucede, creo que sería bueno considerar dos consejos. El primero tiene que ver con entender que, contrario a la creencia popular, no existe “un camino” a seguir, sino más bien una serie de caminos. Con esto me refiero no solo a que si hemos venido caminando por el camino A, tenemos la posibilidad de cambiar al camino R; que si bien es cierta tampoco es como que podamos tomarla así como así. Más bien me refiero a que si bien nuestro camino principal es el A, no por eso no podamos dar un paseo por el R de vez en cuando. Por ejemplo, en mi caso mi camino principal es el de ser profesionista y las responsabilidades (y beneficios) que eso conlleva; pero ciertos días a la semana me doy la oportunidad de ser una persona que escribe un blog por el mero placer que este me da, pero tomando la responsabilidad de lo que escribo y comparto.

    El segundo consejo tiene que ver con escuchar los caminos que vamos caminando. Es poco probable que nos suceda como en las novelas y un Gandalf o un Hagrid se nos aparezcan de pronto para decirnos el rumbo que han de tomar nuestras vidas; pero no por eso dejan de haber señales que nos vayan indicando como vamos.

    Por ejemplo, si nos damos un momento para pensar, es posible que veamos que el camino de salir de fiesta cada fin de semana nos produce menos alegría y satisfacción que dedicar algunos fines de semana a la jardinería. O bien quizás veamos que el camino de tomar lecciones de piano nos produce miedo o incertidumbre por ser algo nuevo, no porque sea algo malo; al contrario, veremos que es un camino que nos daría gusto caminar. Y finalmente, entenderíamos también la necesidad de caminar un camino agreste durante algún tiempo, para que llegado el momento podamos caminar por uno más apacible; sea este el mismo camino que ha mejorado con el tiempo, o bien uno nuevo al que no habríamos podido llegar si no hubiéramos transitado por el primero.

    ¿Cómo son los caminos que estás recorriendo?

  • Aprendizaje Espontáneo.

    Entre todas las clasificaciones que existen, considero que el aprendizaje puede darse de dos formas. El primero es un aprendizaje intencionado o planificado, en el que la persona tiene interés de aprender algo en concreto, y toma acciones para lograrlo. Esto va desde tomar algún curso o certificación formal sobre el tema, o bien leer libros o artículos especializados sobre el mismo. Claro, también puede ser algo menos estructurado, como el ver algún video o documental, o escuchar un podcast. Lo importante es que la persona busca activamente la manera de ampliar sus conocimientos sobre el tema o temas que le interesan.

    Ahora, el segundo tipo lo defino como un aprendizaje espontáneo; que como su nombre indica, es el que se da de manera casual, sin que la persona lo haya buscado. Un ejemplo de ello es cuando estás leyendo una novela, y como parte de la trama la autora explica el proceso para preparar una bebida; o bien describe someramente un hecho histórico sobre el que no se tenía conocimiento previo. El descubrir este pequeño trozo de información puede o no fomentar que queramos aprender más sobre el tema; pero al menos esa parte de conocimiento ya se quedó con nosotras.

    Dentro de las muchas formas en que este segundo tipo de aprendizaje puede llegar a nuestras vidas, creo que una de las más satisfactorias es cuando el mismo se adquiere mediante la plática con otra persona. Da lo mismo si es una amiga de tiempo atrás o si es alguien a quien acabamos de conocer, escucharles hablar sobre un tema que es nuevo para nosotras es muy entretenido; pues no solo nos dan la parte técnica del mismo, sino que lo complementan con sus propias opiniones y experiencias, lo que hace la plática aún más estimulante.

     Si además de eso tenemos la fortuna de que el tema en cuestión sea uno que les apasione, entonces decididamente tendremos una experiencia para recordar. No sólo la forma en que nos transmitan ese conocimiento será mucho más interesante y divertida, sino que hará que nuestro interlocutor se relaje, lo que a su vez nos permitirá conocerle mejor que si solo se hablara de temas más convencionales. Así mismo, uno de los mejores sentimientos es el saber que la persona con quien estás interactuando te está escuchando atentamente, por lo que nuestro interlocutor se llevará una muy buena impresión de una charla en la que tuvo la oportunidad de compartirnos algo, y que nosotras lo recibimos con gusto y atención.

    Podría decirse entonces que el aprendizaje espontáneo que se da mediante una charla, en realidad nos permite aprender sobre varias cosas a la vez. Una por supuesto es el tema del que se está hablando, y otra, como ya dije, es el poder conocer mejor a la persona con quien platicamos. Igualmente, como este es un tema nuevo para nosotros, escuchamos justamente con la intención de aprender, en lugar de solo responder. Entonces, este tipo de interacciones nos permiten practicar la escucha activa, un componente indispensable para tener relaciones saludables. Como estas pláticas de conocimiento espontáneo tienden a dejarnos un buen sabor de boca; iremos aprendido a relacionar la escucha atenta con experiencias positivas, lo que con suerte nos llevará a aplicarla en las demás interacciones de nuestro día a día.

    Aprender siempre es algo maravilloso, y aprender con otras personas lo es aún más. Entonces, en esta época en la que el conocimiento está al alcance de la mano de tantas formas distintas; no perdamos de vista que una de esas fuentes son las personas que tenemos a nuestro alrededor. Podemos aprender mucho y de varias cosas mediante esas charlas, y de pasada disfrutar de un momento de calidez humana, tan necesaria en estos tiempos acelerados.

    ¿Tu con quién quieres aprender?

  • Recuerdos para mañana.

    Hoy me salió una invitación en Spotify para crear una lista de reproducciones que estará “guardada” hasta 2025. La cosa es así: te van presentando una serie de preguntas a las cuales tu debes responder con una canción, por ejemplo, cuál es una canción que representa a tu ciudad. También te dan la opción de dejar un mensaje para tu yo del futuro. Una vez has terminado, “sellas” la lista, y esta se queda guardada en algún lugar del ciberespacio hasta el próximo año.

    Me parece que este es un acercamiento interesante a un par de ideas con las que la humanidad lleva fantaseando desde quizás el inicio de la civilización. En primer punto podemos señalar la necesidad de dejar un legado para las generaciones futuras, el dejar un testimonio de nuestro paso por este planeta. Para este propósito se han construido las grandes pirámides de Egipto, se han escrito libros como “Los Miserables”, o se ha buscado sobresalir en alguno de los muchos conflictos que la humanidad se ha provocado a sí misma. Claro, también pueden citarse casos más modestos (por decirlo de algún modo); como aquella profesora de una pequeña escuela en cuyo recuerdo han nombrado un salón de la misma, o un artista cuyos cuadros embellecen alguna institución de la localidad.

    La segunda idea que creo que se liga a este ejercicio, es la del deseo de las personas de poder viajar en el tiempo. Cantidad de historias existen en las que una persona viaja al pasado, por lo general con la intención de cambiar una parte de la historia; o bien que viaja al futuro para volver a tener esperanza en el mañana. Como todavía no hemos aprendido a hacer ni lo uno ni lo otro, por el momento nos conformamos con estos ejercicios en los que dejamos un mensaje para que sea recibido hasta dentro de unos años. Creo que ahora ya no es tan común, pero antes era usual que, en aniversarios significativos, las organizaciones y las ciudades hicieran válvulas del tiempo en las que resguardaban cosas como periódicos, utensilios, fotografías, mapas, etc; que dieran cuenta de cómo eran en ese momento, para que las personas que las abrieran en el futuro pudieran entender mejor la realidad que les/nos tocó vivir.

    En el plano personal me parece que esta tradición de las válvulas del tiempo sigue bastante activa, con actividades como la que menciono de Spotify o las memorias que salen en Facebook; aunque también hay algunas más introspectivas. Recuerdo que mi clase de Negociación escribimos una carta para nosotras mismas, pero de 5 años adelante; y el profesor las mandó por correo a nuestras casas. Yo me había olvidado del asunto hasta que la recibí en mi casa casi un mes después de hecho el ejercicio. Pese a que yo sabía de antemano lo que venía en la carta, me dio mucha ilusión abrirla y reflexionar sobre el porqué había decido que ese sería el mensaje que quería leer dentro de 5 años. Supongo que lo mismo me pasará cuando oiga las canciones que seleccioné hoy, y será divertido acordarme del porque las fui escogiendo.

    Lo anterior expone una contradicción curiosa de la humanidad. Por un lado, que vivimos prestando más atención al pasado y al futuro que al presente, y por eso buscamos justo dejar un legado tangible que permita que nos entiendan las personas que vendrán después que nosotras; así como nosotras buscamos entender a las civilizaciones del ayer. Pero, por otra parte, en ese afán de enviar algo al futuro, reflexionamos sobre qué partes de nuestro presente nos gustaría preservar. ¿Qué es aquello verdaderamente importante? ¿Qué me define lo suficiente como para que otras personas me entiendan? ¿Qué advertencia quiero dejar a las generaciones futuras? ¿Qué esperanza quiero compartirles?

    Sin duda será interesante ir presenciando la apertura de las cápsulas del tiempo ya existentes, así como participar en la creación de otras. Quizás no alcancemos a abrir todas las que queremos, pero es bueno tener esa ilusión.

    ¿Tú qué guardarías para el futuro?

  • Yo quiero seguir.

    Al acabarse un año, solemos tener rituales para enumerar los propósitos y objetivos que planeamos alcanzar en el año que comienza. Acciones relacionadas con la salud, las finanzas y las relaciones personales suelen ser las más frecuentes; así como propósitos más divertidos como planear viajes.

    Sin embargo, entre todas estas nuevas cosas que queremos hacer y lograr; sería bueno también que dedicáramos un momento a pensar todas aquellas actividades y actitudes que hicimos/trabajamos este año, y que nos dieron momentos de felicidad. Así, una vez que las hayamos identificado, podemos plantearnos la encomienda de continuarlas durante este nuevo ciclo, para seguir disfrutando de los beneficios que nos han dado, e incrementarlos de ser posible.

    De esta forma, para este nuevo año,

    Yo quiero seguir creando memorias felices con mi familia.

    Yo quiero seguir disfrutando momentos con mis amigas.

    Yo quiero seguir escribiendo.

    Yo quiero seguir comiendo comida deliciosa.

    Yo quiero seguir aprendiendo.

    Yo quiero seguir desaprendiendo.

    Yo quiero seguir escuchando buena música.

    Yo quiero seguir descubriendo buena música.

    Yo quiero seguir leyendo por placer.

    Yo quiero seguir jugando con mi gatita.

    Yo quiero seguir poniendo mis reglas.

    Yo quiero seguir cuidando mis plantas.

    Yo quiero seguir expandiendo mi zona de confort.

    Yo quiero seguir bailando.

    Yo quiero seguir compartiendo y compartiéndome.

    Yo quiero seguir intentando.

    Yo quiero seguir siendo mi versión favorita de mí misma.

    ¿Tú qué quieres continuar este nuevo año?

  • Felices e Imperfectas Fiestas.

    Esta semana fui a ver la obra de El Cascanueces, una historia que me ha gustado desde niña. Fue una muy buena experiencia, en particular la parte de la danza de los copos de nieve me pareció muy bien montada, con escenografía y efectos muy bonitos; más aparte el talento de los bailarines y bailarinas. Una mención especial merecen los bailarines que representaron al ejército de las ratas, su expresión corporal más el vestuario lograban una ilusión que muchas veces solo se logra con el uso de efectos especiales.

    Mientras veía la representación, me pregunté cómo sería ver esta obra en uno de los lugares icónicos del teatro, como Broadway o Londres. supongo que posiblemente la escenografía y efectos podrían ser más deslumbrantes, pero no podría decir que eso la haría mejor que la que vi en el Auditorio Nacional. Pese a que aprecio el arte del ballet, no tengo los conocimientos técnicos como para hacer una crítica de consideración. Es como cuando ves las competencias de clavados en la televisión; salvo que se comenta un error muy evidente, las actuaciones de los participantes me parecen impresionantes.

    Por lo anterior, si bien ver El Cascanueces en un teatro de Nueva York debe tener su magia particular, no le quita nada a la magia que sentí con la representación de esta semana. Algo similares sucede con los fiestas, tanto decembrinas como otras; pero en esta entrada me centraré en las primeras.

    Tenemos una idea preconcebida de cómo nos gustaría que fueran: un arbolito de ensueño decorado con un gusto impecable, una cena que se vea increíble y además sepa deliciosa, un momento de meditación profundo durante el Solsticio de Invierno; en fin, algo digno de tomar fotos y subir a nuestras redes sociales. Pero, la mayoría de las veces las cosas no son así.

     Yo he ayudado a preparar, y probado, cenas deliciosas que no precisamente cumplen con los estándares de presentación. Me refiero a que el puré se sirve con cuchara normal, y no con las que se usan para servir nieve y queda la bolita perfecta; o aquella que se come con un tenedor y ya, en lugar de tener uno para la ensalada, uno para la carne, uno para la fruta y así.

    También me he divertido y formado lindas memorias al arreglar arbolitos de Navidad que tienen un poco de todo. Algunas esferas son blancas, otras son en forma de manzanitas; algunos adornos son modernos y de cristal, mientras que otros son de madera y ya un poco pasados de moda. Ciertamente no calificarían para una portada de revista, pero los guardo con cariño en mi memoria.

    Así como estos hay muchos ejemplos de como las celebraciones no cumplen con todos los requisitos que vemos en las películas (o en lo que suben las personas a redes sociales), pero no por eso dejan de ser especiales y bonitas. Muchas veces nos estresamos por esos pequeños detalles que al final del día, no son ni lo más importante ni lo que vamos a recordar en los años venideros; sin mencionar que esa preocupación innecesaria si puede llegar a opacar la celebración e impedirnos disfrutarla al máximo.

    De esta forma, en esta época en la que una buen parte del mundo se dispone a celebrar diferentes acontecimientos; busquemos tomar un respiro y decidir disfrutarlas como lo que son: un momento para compartir con nuestros seres queridos y formar memorias para el porvenir. Si los panes no salieron perfectamente redondos, o la foto con la familia salió un poco chueca, es lo de menos. Si todas las personas tienen una sonrisa en su rostro y luz en sus ojos, entonces, fue una buena celebración.

    ¿Tú cómo pasas estas festividades?

  • Entregando empatía.

    Hace poco hice una compra personal en línea, con un emprendimiento nacional. Todo iba muy bien, me embarcaron el pedido en los días acordados, y era solo cuestión de esperar a que la paquetería me lo trajera a mi casa. Lamentablemente, aquí fue donde hubo contratiempos.

    Durante varios días la paquetería no mostraba avances con mi pedido. Como es una mensajería con poca presencia en mi ciudad, supuse se debía a eso; además de que la temporada alta se adelantó bastante este año y por ende había retrasos de todo tipo. Cuando vi que la cosa iba más allá de un retraso normal, me contacté con la tienda donde hice mi pedido. Desde el primer momento me atendieron muy bien, levantado los reportes necesarios e incluso mandando un segundo paquete en lo que se resolvía la situación con la paquetería.

    Finalmente, todo llegó a buen término, pues yo recibí mi paquete y pudimos resolver el problema con el primer envío. Durante todo ese proceso, la chica que me atendió fue muy amable y eficiente; y varias veces me agradeció por mi paciencia en lo que resolvían la situación. Yo le dije lo que siempre comento: que yo sé lo complicado que llega a ser trabajar con empresas transportistas (de cualquier clase y tamaño), y que muchas veces lo más que puedes hacer es revisar constantemente tus reportes y solicitar apoyo de todas las maneras que puedes.

    Pero como dije, yo sé eso porque es parte de mi trabajo; sin embargo, existen muchas personas que ignoran esta situación y piensan que todo puede resolverse con una llamada, y que si las cosas tardan en resolverse, entonces es porque la otra persona no está haciendo su trabajo, o no se está esforzando lo suficiente. Por eso es que luego leemos o escuchamos historias realmente desagradables de gente que maltrata a las personas prestadoras de servicios, y todavía se ufanan de ello. También por eso mismo nos toca enterarnos de lo mal que la pasan las que prestan un servicio, ya sean en negocios propios o como empleadas de terceros; contando como la gente les agrade y menosprecia. Y luego nos sorprendemos de que las personas siempre estén a la defensiva y que no encuentren satisfacción en su trabajo.

    Como dije, en este caso particular yo conozco el problema por el que atraviesan las paqueterías en esta temporada; pero el no haber experimentado de primera mano una situación no es impedimento para comprender a la otra persona y ser empática. Además, si lo pensamos detenidamente, las más de las veces existen puntos en común con las personas con quienes estamos interactuando. Todos hemos tenido un primer día en un trabajo nuevo, todos hemos tenido un mal día en el trabajo, en todos los trabajos se han experimentado problemas técnicos más allá de nuestro control, a la mayoría nos han hecho sentir que nuestro esfuerzo es insuficiente, y así un largo etcétera. ¿Verdad que hay muchas más coincidencias de las que pensaste en primera instancia?

    Entonces, en esta temporada en que todo el mundo anda más acelerado, y también durante el resto del año; procuremos tener empatía con las personas que nos están atendiendo. Salvo contadas excepciones, todas esas personas están haciendo su mejor esfuerzo por prestar un servicio de calidad; y más en el caso de los emprendimientos en que su subsistencia depende literalmente de que sus clientes queden satisfechos con sus productos y servicios. No nos cuesta nada ser amables, y para la otra persona puede significar una gran diferencia. Además, yo prefiero quedar en la memoria de alguien como una cliente paciente (que no es lo mismo que complaciente), que como una clienta latosa y enojona.

    ¿A ti cómo te gustaría que te recordarán como cliente?

  • El ratón de chocolate.

    Hay días malos. Días en los que te sientes mal física y anímicamente, que dudas de ti misma y del esfuerzo que haces diariamente. Tratas de racionalizarlo, de decir que sólo es un mal día y que encontrarás la manera de salir avante; en parte porque siempre lo has hecho y en parte porque no tienes muchas opciones. Pero esto no quita que te sientas mal durante ese día, o días.

    Y en medio de toda esa tristeza, encuentras un ratón de chocolate. En mi caso fue algo literal: mi mamá había comprado un panecito en una panadería local, que había sido decorado para parecer un ratoncito. Se veía muy bonito, además de original, y me sacó una sonrisa.

    Pero aquí va la cosa: mi mamá no sabía que ese día me había ido mal. Es decir, no lo compró con el objetivo ex profeso de hacerme sentir bien luego de un mal día. Ella solo lo vio en la panadería, se le hizo muy bonito y decidió comprarlo para poder compartir un momento feliz juntas.

    Si bien es muy especial cuando la gente que te ama hace algo extra para alegrarte en tus días malos, creo que es igualmente especial que haga algo solo porque sí. Que siempre ocupes un espacio en su mente y en su corazón, y que al ver algo, piensen en ti. Y que después compartan eso contigo, de cualquier forma, es realmente reconfortante. Te hace sentir acompañada, valorada, amada.

    Por supuesto, en los días en que el mundo te ha hecho sentir que no eres importante; esos pequeños gestos llegan un poquito más directo. Pero es igual de importante que los mismos se repitan frecuentemente, pues de esa forma tu nivel de amor estará en números positivos y los golpes del día a día serán más fáciles de afrontar.

    Espero de corazón que tú también tengas a alguien en tu vida que, sean días buenos o días malos, quiera compartir un ratón de chocolate contigo.

    ¿Qué forma te gustaría que tuviera tu ratón de chocolate?