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Cuando las cosas no salen.
De seguro les ha pasado que ustedes hacen todo un plan de qué van a hacer en su fin de semana, o en su día libre; lo han estado planeando un tiempo y tienen todo preparado. Pero entonces, algo pasa, un inconveniente que impide que puedas seguir el plan que tenías. Y de ahí parece un efecto en cadena: más cosas imprevistas suceden, y simplemente terminas perdiendo el paso y no puedes hacer lo que tenías en mente.
O quizás puedas completar algunas cosas, pero como todo era parte de un plan más largo, lo dejas a la mitad; y por tanto no puedes disfrutar lo que has logrado. Lo que es aún peor, sabes que los días siguientes tendrás cosas por hacer relacionadas con el trabajo y otros compromisos sociales, por lo que tu plan se quedará a la mitad por un tiempo. Así que sientes, de alguna manera, que tu fin de semana (y tu día libre) fue un desperdicio.
Si ya tienes un tiempo sintiéndote así, o te ha pasado suficientes veces; es muy probable que en cuanto suceda el primero en una nueva cadena de inconvenientes, te frustres. Algunas personas lo expresamos con lágrimas, otras con enojo, otras con comentarios sarcásticos, y otras variadas reacciones. Para quienes te rodean, podrá parecer un poco exagerado; y si tienen buenos sentimientos hacia ti te dirán que no pasa nada, que reestructures la situación y demás.
Pero, ¿sabes? A veces no necesitas reestructurar, o ver las áreas de oportunidad o lo que sea. A veces, simplemente necesitas aceptar que tienes ese sentimiento de frustración, y sacarlo. No es un sentimiento agradable claro, pero tratar de ocultarlo bajo una capa de positivismo mal encauzado es peor; pues a la larga terminará siendo tan grande que ya no podrás con él, y cuando salga será aún más desagradable.
Con esto no quiero decir que siempre te dejes ganar por la frustración y la aceptes como algo permanente en tu vida. Ninguna emoción, ni siquiera las así llamadas “buenas”, es posible ni recomendable mantenerla indefinidamente. Nuestros días son diversos, y por tanto las emociones que sentimos también. Como dice el Armando Fuentes Aguirre sobre la tristeza: cuando llega de visita a su casa, la acepta; no con el mismo semblante con el que recibe a otras emociones, pero sabe que es una visita necesaria y temporal.
Así mismo con la frustración, a veces solo necesitamos decir que hemos tenido suficiente; porque hay días que así se sienten. Dejemos que esa emoción fluya por nuestro cuerpo y nuestra mente, sin la necesidad imperiosa de encontrarle un lado positivo o de crecimiento. Ya habrá tiempo para ello, para aprender lecciones y filosofar sobre lo acontecido; pero por ahora, por favor, solo déjenme desahogarme.
¿A ti qué te frustra?

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Tiempo de enseñanza.
La vuelta a clases para los estudiantes de nivel elemental es inminente, y por supuesto una buena parte de las conversaciones gira en torno al tema. Desde cómo volverá a haber más tráfico en la ciudad, lo caros que son los útiles escolares; y el tema más reciente relacionado con el contenido y formato de los libros de texto gratuitos repartidos por el gobierno. Justo hablaba de esto último con un par de amigas, una de ellas maestra a nivel primaria, quien nos hizo el comentario adicional de que el programa de cada curso era demasiado extenso para ser cubierto durante el ciclo escolar. Por lo tanto, los maestros y maestras tendrán que enseñar algunos (si no es que todos) temas “por encimita”, y esperar que en la casa se refuercen los mismos con las actividades fuera de clase.
Dejando de lado la poca probabilidad de que esto último suceda, pues es bien sabido que la realidad de la mayoría de las familias impide que se le dé un seguimiento apropiado a la educación de las niñas y niños; lo que a mí me pareció más relevante del comentario es que, independientemente de lo bien o mal que estén diseñados los libros de texto, al final todo va a depender de la persona que esté al frente del aula. Esto no es nada nuevo por supuesto, las más de las veces la diferencia entre un buen y un mal aprendizaje depende de la maestra y su capacidad para transmitir esa emoción por el conocimiento a sus estudiantes. Sin embargo, el tema se vuelve más relevante en el contexto de falta de tiempo para tratar todos los temas marcados en el temario del curso.
Tomemos por caso un maestro que es negacionista del cambio climático, quien es muy probable que prefiera no otorgar tiempo clase a ese tema, y en su lugar lo dedique a cubrir algún tema de otra asignatura. Al hacer esto, no sólo le está negando a sus alumnos la oportunidad de aprender del tema; sino que también les está impidiendo formarse una opinión del mismo. Al contrario, es probable que sus acciones afecten directamente sobre su sentir sobre el tema; pues si para su maestro no fue importante, ¿por qué debería serlo para ellos?
Cómo este puede haber muchos otros casos en los que una decisión personal del docente afecte en el proceso de aprendizaje de los y las estudiantes, y que además puede tener efectos negativos en su desarrollo como miembros de la sociedad. De acuerdo con datos del INEGI, en 2020 en promedio el grado de escolaridad en México era de 9.7 años; lo que equivale a tener al menos la secundaria concluida. Imagino que este dato debe haber cambiado y no precisamente para mejor luego de la pandemia del COVID-19, además de que en algunas entidades del país el nivel de escolaridad es significativamente menor al promedio. Si a esto sumamos que durante esos años de formación los estudiantes no pudieron estudiar los temas necesarios a profundidad, y que incluso algunos de ellos ni siquiera les fueron presentados; es poco probable entonces que se cuente con ciudadanos y ciudadanas que puedan hacer frente apropiadamente a los diferentes retos que nuestra sociedad enfrenta y enfrentará.
Ahora que se habla tanto del nearshoring y de cómo México debe aprovechar esta coyuntura para potenciar su desarrollo, sería un buen momento para replantearnos cómo es que se está preparando a las generaciones que habrá consolidar dicho desarrollo. Desde que puedo recordar se habla sobre la necesidad de replantear el modelo de educación en el país, para poder eliminar acciones y actitudes que juegan en contra del propósito del mismo. Quizás sería prudente que también revisaremos la manera en que se pudieran cubrir todos los temas necesarios para cada curso, en lugar de dejar a criterio de maestros y maestras (que, dicho sea de paso, también están cansados de soportar la ineficiencia del sistema) qué es importante de enseñar y que no. Después de todo, es ilusorio pensar en un futuro mejor si no nos ocupamos de mejorar el presente.
¿Para ti qué es importante que aprendan las niñas y los niños?

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Tiempo de floración.
Por diversos motivos, no había podido ocuparme de mis plantas de la manera en que usualmente lo hago, pues incluso me había saltado uno o dos días en su ciclo de riego. Las había visto un poco al pasar y se veían bien, considerando el clima que habíamos tenido en la semana y demás. Sin embargo, hoy que pude dedicarles un poco más de tiempo, me di cuenta de que realmente no estaban bien.
Aparte de que les faltaba más agua de lo que parecía, una tenía algunos tallos dañados (no sé si por mi gatita o por el viento), otra tenía su maceta sucia, y una más había derramado agua y se había formado un poco de sarro en el piso. Mientras las atendía, recordé que un psicólogo me había dejado alguna vez la tarea de adoptar una planta, y tratarla como una representación de mi bienestar y felicidad, esto para lograr la moraleja de que tienes que dedicar tiempo a atenderte y cuidarte para poder florecer. Creo que esta vez entendí más cosas, y de manera más profunda, de ese ejercicio.
Por un lado, entendí que muchas veces las personas nos vemos como mis plantas: aparentemente todo está bien, nos vemos saludables y pareciera que tenemos lo necesario. Pero si miramos más de cerca, nos damos cuenta de que realmente tenemos algunas hojas marchitas, y que nos falta un poquitín más de agua. En otras palabras, no estamos floreciendo, solo estamos manteniéndonos; y si la situación continúa, es posible que enfermemos.
Lo mismo sucede con las personas: avanzamos en nuestro día a día, cumpliendo con nuestras obligaciones, tomando las vitaminas de la mañana y haciendo un esfuerzo por, ahora sí, agendar la cita con la dentista en la semana. Pero en realidad nos sentimos cansadas, y no solo físicamente, sino también en lo emocional y mental. Buscamos dormir una hora más el fin de semana con la esperanza de que eso nos ayude, cuando en realidad sabemos que se requiere un cambio más profundo para sanar y crecer. Pero en eso suena la alarma del reloj y volvemos a distraernos con llevar la ropa a la tintorería, terminar el reporte semanal, ver el nuevo capítulo de la serie que medio vemos, y demás cosas. En resumen, solo existimos, pero no florecemos.
Otra cuestión sobre la que estuve reflexionando fue que, usualmente, mi madre y yo nos apoyamos con el cuidado de las plantas. Si yo tuve un día acelerado y olvidé regar las plantas que son mías; ella se ocupa de hacerlo. De igual forma, cuando ella tiene algún contratiempo, yo procuro que el jardín esté regado y sin basura que pueda caer de la calle. Pero ahora, por diversas causass, mi mamá tampoco ha podido estar al pendiente de mis plantas; lo que ocasionó que llegáramos a la situación que describí en un principio.
Esto me lleva a pensar que, si bien nuestra felicidad y bienestar son asuntos propiamente personales, no por eso tienen que ser individualistas. Con esto me refiero a que debemos permitir que otras personas nos apoyen, pues puede ser que ya estemos tan acostumbradas a vivir en “automático”, que no veamos los signos de que nos estamos marchitando. Si bien, idealmente, esas personas deberían ser nuestra familia y amistades en primera instancia; también es bueno reconocer que ellas también sus problemas y necesidades, por lo que debemos estar abiertas a recurrir a un profesional de la salud para que nos apoye a mejorar antes de que la situación empeore. Como he dicho antes, lo importante es formar redes de apoyo que nos den seguridad, y también nos atrapen si llegamos a caer.
Mis plantas ya están mejor, pero será necesaria constancia y disciplina de mi parte para que vuelvan a estar saludables. Lo mismo pasa conmigo, lo mismo pasa contigo. Quizás algunas necesidades si tengan una solución rápida (si tienes hambre, come); pero si no analizamos y afrontamos la causa de esa necesidad (¿Por qué no me doy el tiempo para comer?), entonces nos la pasaremos haciendo arreglos rápidos pero que ocultan un problema mayor que puede complicarse con el tiempo. Pero, si estamos dispuestas a ir al meollo del asunto, y corregir en el largo plazo, los beneficios serán duraderos.
En fin, sería bueno que nos demos el tiempo y espacio para atender nuestro proceso de floración, y descubrir cómo luciremos al lograrlo.
¿Cómo están tus plantas hoy?

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Líneas convergentes.
Ayer domingo 12 de agosto fue el Día Internacional de la Juventud, un día señalado por la ONU como una oportunidad para reconocer los desafíos que afrontan las personas jóvenes, así como para buscar acompañarles en su camino de crecimiento y maduración. De acuerdo con el mismo organismo, se considera como jóvenes a aquellas personas entre los 15 y 24 años de edad. Sin embargo, dicho rango de edad difiere en cada país, por ejemplo, el Instituto Mexicano de la Juventud lo establece entre los 12 y 29 años de edad; aunque también es cierto que en el acontecer diario se usan expresiones como adultos jóvenes para identificar al grupo de personas entre los 25 y 30 años. Además, un poco mucho en broma, las personas de más edad suelen decir que aquellas de 30 y tantos años aún son unos jovencitos; para dar a entender que ellas mismas son jóvenes aún.
Esto último es parte de una serie de estereotipos y prejuicios que se conocen como edadismo, que en este caso se manifiesta como una aversión a envejecer, puesto que se considera que las personas mayores ya no pueden aportar nada a su familia ni a la sociedad; al contrario, se les llega a considerar una carga, lo que por supuesto tienen graves consecuencias en temas de salud y seguridad financiera, entre otros. Sin embargo, el edadismo también se manifiesta en acciones y actitudes discriminatorias hacia las personas jóvenes, centradas mayormente minimizar o ignorar sus opiniones en temas generales y aquéllos que les conciernen propiamente; esto contradiciendo el discurso político de “la juventud es el futuro”, pues desde un inicio se les ponen trabas para poder generar condiciones que les sean favorables en su desarrollo.
Cómo podemos observar, dos grupos sociales que por lo general tienden a ubicarse en sentidos opuestos de la línea temporal, realmente cuentan con muchas similitudes. Ambos grupos experimentan cambios físicos y mentales relacionados con su edad, lo que muchas veces provoca angustia y desazón. Por otro lado, a esa edad las personas también se enfrentan a cambios sociales importantes, las jóvenes porque están iniciando su camino hacia el mundo real, en el que eventualmente tendrán que tomar decisiones que impactarán su futuro personal y colectivo; mientras que las personas mayores deben ver como el mundo al que estaban acostumbradas va cambiando como producto de los nuevos avances científicos y tecnológicos, y deben encontrar la manera de adaptarse a dichos cambios. Ambos casos requieren bastante resiliencia, algo en lo que los adultos mayores tienen más experiencia en la mayoría de las ocasiones.
Las comunidades de antaño sabían esto mismo, y por lo mismo procuraban una interacción constante y beneficiosa entre ambos grupos. Los maestros artesanos acogían como aprendices a las personas jóvenes para que pudieran aprender los oficios necesarios para la continuidad de la comunidad. Antes, el ser enseñado por los ancianos y ancianas del grupo era todo un honor, pues se respetaba la experiencia y conocimientos que habían adquirido durante su vida. De igual forma, se ponía especial empeño en preparar a los y las jóvenes del grupo para que llegado el momento pudieran guiar a la comunidad en momentos difíciles. La reestructuración social que trajo el individualismo y la familia nuclear, significó un sesgo a esta convivencia; y las consecuencias son evidentes. Quizás la mayor tragedia derivada de esto es que actualmente contamos con dos grupos que experimentan una alta ansiedad respecto al futuro, pero están tan apartados el uno del otro que no pueden apoyarse mutuamente.
De manera curiosa, en México el Día de los Abuelos se celebra el 28 de agosto, una quincena después de que el mundo celebra a la juventud. Me parece que sería pertinente que, aprovechando esta coincidencia, como comunidad busquemos fomentar espacios de interacción entre las personas jóvenes y las personas mayores; en lugar de hacerlo en días separados que las más de las veces caen en estereotipos que en nada favorecen a ninguno de los grupos ni a la sociedad en general. Quizá algún evento en el que se combinen pruebas físicas con preguntas relacionadas con la historia de la ciudad, o conversatorios sobre temas que afecten a ambos grupos (la inclusión laboral, por ejemplo), o cualquier otra modalidad que fomenten el intercambio de ideas y convivencias. Después de todo, el mundo es bastante complicado de por sí; así que lo mejor que podemos hacer es crear y fortalecer tantas redes de apoyo como sea posible.
¿Tú que tipo de interacción tienes con las personas mayores y las personas jóvenes?

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Productividad, un poco a la izquierda.
La productividad se define como la cantidad de bienes y servicios que han sido producidos en un determinado período de tiempo, utilizando una cantidad de recursos igualmente determinada. Por supuesto, el objetivo es obtener el mayor beneficio usando el menor número de recursos posible; o bien usando dichos recursos de una forma eficiente. Es por ello que las organizaciones, y las personas, desarrollan diferentes indicadores para asegurarse de que están siendo lo más productivas posibles, analizando y midiendo los resultados obtenidos y buscando maneras de mejorarlos.
Ahora bien, para que dichos indicadores sean útiles, una de las primeras cosas a definir sería cuál es, en efecto, el resultado que se busca. Por ejemplo, si el objetivo de una línea de producción es que por cada turno se produzcan 100 artículos A y 100 artículos B; entonces un día en que no se produjo nada de A pero 150 piezas de B podría no considerarse como productivo, aún y cuando se han producido más artículos B. Si esto ha sucedido, entonces habrá que identificar la causa de que no se esté alcanzando el objetivo del producto A, y tomar acciones para corregirlo; o en su defecto plantearse si el objetivo requiere ajustarse.
Considero que esta falta de una definición clara es lo que provoca que muchas personas, en lo individual, sientan que sus días no son productivos. Tendemos a pensar que, si un domingo no lavamos, no planchamos, o no practicamos el francés en nuestra aplicación de idiomas, entonces ese fue un día perdido. Sin embargo, antes de emitir este tipo de juicios, habría que preguntarnos: ¿Qué es un domingo productivo para nosotras? Por ejemplo, en mi caso el domingo es el día en que procuro hacer alguna actividad con mi mamá, escribir este blog, y relajarme para estar lista para la siguiente semana laboral; lo cual logro de muy diversas maneras, que van desde leer un libro hasta tomar una siesta. En otras palabras, mi objetivo del domingo es elevar mis niveles de bienestar; si consigo eso entonces puedo decir que tuve un domingo productivo, puesto que utilicé eficientemente mis recursos para lograr mi meta.
Por supuesto no todos los domingos son iguales, en ocasiones debo hacer ajustes dependiendo tanto de factores internos como externos. Por ejemplo, usualmente los sábados lavo la ropa de cama, pero si ese sábado en particular está lloviendo; muevo la actividad para el domingo y quizás mueva escribir el blog al sábado. ¿Voy a lograr mi objetivo para ambos días? Sí, solo un poco diferente a cómo se había planeado inicialmente. Lo malo hubiera sido simplemente lamentarme de la lluvia del sábado y no haber buscado una solución, pues eso hubiera afectado no solo a mi objetivo de ese día sino los subsecuentes.
Es por ello que la capacidad de adaptación es tan importante, tanto en nuestra vida profesional como personal. En primera instancia es necesario que entendamos que no podemos medirnos usando los parámetros de otros; podemos usarlos como puntos de referencia, pero teniendo muy en claro que debemos adaptarlos a nuestra realidad. Es por eso que no comparto ideas como “el club de las 5am”, porque las más de las veces no están pensadas para el común de la gente, y tienden a ser demasiado puristas en lo que predican.
En segundo lugar, pero no menos importante, nos hará mucho bien entender que no todos los días alcanzaremos la productividad esperada; y esto no por una falta de voluntad o de disciplina, sino porque simplemente así sucede en ocasiones. Incluso las compañías más grandes del mundo, que invierten una buena parte de su presupuesto en tener sus recursos en óptimas condiciones, se encontrarán ante situaciones de baja productividad. Lo esencial aquí es identificar qué fue lo que causó tales circunstancias, y buscar corregirlas y adaptarlas. Por ejemplo, quizás nuestro objetivo de caminar dos horas diarias no será posible por un tiempo puesto que nos han asignado un proyecto importante en nuestro trabajo, y obstinarnos en cumplir ambos objetivos solo nos desgastará. Entonces, quizás lo que haya que hacer sea aceptar que le tendremos que dedicar una hora más a nuestro trabajo, y tener caminatas de solo una hora; y cumplir con esa planeación.
Este último punto me parece también que es primordial que internalicemos. Tal como en el ejemplo que puse al principio, tener 150 de B y cero de A no es la mejor situación posible. Por tanto, aunque cumplamos con todos nuestros objetivos laborales y tengamos una casa impecable; si eso implica que estamos dañando nuestra salud emocional y física, entonces definitivamente algo está mal en el sistema y hay que cambiarlo. Pero de nuevo, esto no será posible hasta que hayamos definido que es lo mejor, o lo más productivo para nosotras, considerando no sólo nuestra realidad actual, sino aquella a la que aspiramos.
¿Para ti qué significa la productividad?

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Contacto de confianza.
Cuando mi abuelo murió, hace casi más de 6 años, no supe que pasó con su celular. Él tenía un celular análogoo, por lo que no tenía guardadas fotos que pudiéramos querer recuperar; y la mayoría de los contactos que tenía guardados estaban almacenados en algún otro lugar. Así pues, de todas las pertenencias que reunimos y clasificamos durante el período del duelo, el celular no fue algo que echáramos en falta.
Pero, la cosa es que en mi celular todavía tengo guardado su contacto. De hecho, es de los primeros que veo cuando quiero hacer una llamada, pues lo tengo marcado como favorito. En ocasiones he estado tentada a marcar el número, pero no estoy segura de saber qué voy a hacer si alguien llegara a contestarme. Quiero decir, si es una persona conocida no sabría cómo preguntarle porqué se quedó con ese celular; y si es alguien desconocido, ¿qué le voy a decir?, ¿qué me equivoqué de número?
Lo único cierto es que, independientemente de cómo resuelva esa disyuntiva; ya he decidido que no voy a borrar ese contacto. Incluso cuando cambié de celular, lo importaré junto con todos los demás contactos. Quizás no tenga mucho sentido, pero tener el número guardado me hace sentir bien. Tengo muchas otras cosas para recordar a mi abuelo, y también muchos recuerdos entrañables; pero tener su celular “a la mano”, se siente como más inmediato, más del diario. Me refiero a que, cuando él vivía, yo sabía que podía marcarle si necesitaba ayuda; y él haría lo que estuviera en sus manos para apoyarme. Creo que tener su número me da una sensación similar de seguridad.
Esto me hizo recordar cómo, durante la infancia, solemos tener algún objeto (lo más estereotípico serían una cobijita o un oso de peluche) que nos hace sentir bien, y al que buscamos aferrarnos en situaciones complicadas. Conforme crecemos, los adultos nos dicen que debemos “madurar” y dejar esos objetos atrás, y en su lugar aprender a afrontar esta difícil vida solos; como si eso fuera un consejo razonable. Sin embargo, la realidad es que incluso en la edad adulta seguimos teniendo objetos materiales, o incluso intangibles, que nos ayudan en diversas situaciones. Una analista que tenga que dar una presentación ante sus jefes, seguramente escuche una canción especial camino de su trabajo ese día; para sentirse relajada y animada al momento de compartir sus ideas. Un chico que va a mudarse a otra ciudad echa sus pertenencias en su mochila de siempre, porque ya está acostumbrado a sus espacios y bolsillos; así que será una cosa menos por la que tenga que preocuparse mientras se adapta a su nueva vida.
Quizás entonces el consejo que debamos dar a las niñas y los niños de nuestro entorno no es que se deshagan de las cosas que les dan confianza; sino apoyarles a que esa confianza nazca de sí mismas, de sus habilidades y esfuerzos, y que los objetos materiales sean solo representaciones palpables que podamos sentir cuando necesitamos ese pequeño apoyo extra. Incluso si el objeto ya no está con nosotros, o la causa de que sea especial ya no está presente en nuestras vidas, como en mi caso del contacto del celular de mi abuelo; su sola evocación será suficiente para ayudarnos a caminar durante un día difícil.
¿Qué tienes en tu vida que te proporcione una sensación de bienestar?

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Memoria artificial.
Al principio de la novela Rebelión en la Granja, de George Orwell, los animales escriben una serie de mandamientos que habrán de regir sus vidas ahora que se han librado del malvado granjero; esto para garantizar una vida más justa y feliz para todos. Sin embargo, una vez que Napoleón y sus secuaces se hacen con el poder, empiezan a hacer pequeñas modificaciones a dichos mandamientos, a manera de que los mismos se ajusten a sus nuevos intereses autoritarios. Algunos animales hacen comentarios respecto a dichos cambios; pero son rápidamente acallados por los portavoces del nuevo régimen, haciéndoles creer que los mandamientos siempre han sido así y que son ellos quien han omitido partes de los mismos durante sus lecturas anteriores, atribuyendo esto a una supuesta falta de inteligencia y/o preparación de los animales en cuestión.
Este detalle de la historia de Orwell me ha estado rondando en la cabeza, derivado de ciertas noticias y/o videos que he visto relacionadas con la inteligencia artificial y la industria del entretenimiento. Cada vez es más común ver encabezados como “inteligencia artificial nos muestra como sonaría una colaboración entre estas cantantes”, o “vea una versión realista de esta caricatura generada por inteligencia artificial”. He de admitir que algunas de esas creaciones son bastante buenas, y para personas como yo que no somos particularmente visuales o auditivas; nos ofrecen nuevas ideas sobre las que ponderar. Sin embargo, no dejo de preguntarme cuándo será que las personas empiecen a usar esta tecnología en una forma similar a los cerdos de Orwell.
Mañana bien podría haber titulares de un supuesto “audio inédito” de una transmisión de los primeros hombres en la luna. O incluso podría filtrarse una “llamada” privada entre dos líderes políticos donde expresan opiniones diametralmente opuestas a lo que declaran en público. El arte de la falsificación existe desde hace tiempo, mejorando a medida que hay más y mejores herramientas para realizarlo. ¿Qué impediría que ahora usen también la inteligencia artificial?
Bueno pero, dirán algunas personas, a diferencia de los animales de la historia de la granja; nuestra sociedad cuenta con métodos que nos permitirían identificar esas creaciones apócrifas y diferenciarlas de las reales. Coincido parcialmente con este punto; pues si bien es cierto que contamos con tales herramientas, no podemos negar que en muchos casos las organizaciones criminales van un paso adelante de varios sistemas de justicia alrededor del mundo. Por otro lado, aunque llegara a demostrarse la falsedad de tales invenciones, siempre habrá una parte de la sociedad que considere que la autoridad nos está haciendo creer tal cosa; y que solo desmeritan a la versión “inédita” por ir en contra de sus intereses. No por nada existen tantas páginas dedicadas a las teorías de la conspiración.
¿Qué nos queda, entonces? Considero que lo más importante es seguir ejerciendo nuestro derecho a la información de manera responsable, esto es, verificando nuestras fuentes, evitando compartir información falsa, y también analizando críticamente nuestras creencias; buscando que las mismas estén adecuadamente sustentadas en lugar de que sean solo opiniones al vapor. Igualmente, pese que sé que este es un camino largo y difícil, debemos demandar que las autoridades se adapten más ágilmente a los nuevos tiempos, y regulen apropiadamente el contenido que se genera y comparte en diferentes medios de comunicación. Esto claro es un arma de doble filo, pues la regulación puede rápidamente convertirse en restricción; pero creo que, si lo combinamos con el derecho a la información que he comentado anteriormente, tendremos mejores bases para garantizar su apropiada aplicación.
La tecnología sigue y seguirá avanzando a pasos agigantados, eso es algo innegable. Así que en lugar de lamentarnos por ello y por los posibles malos usos que las personas den a la misma; debemos ocuparnos de generar un ambiente en que tales actos sean adecuadamente identificados y esclarecidos. Recordemos que un factor cable en el sometimiento de los animales de la granja fue su falta de preparación para reconocer las artimañas de los cerdos; evitemos caer en su mismo error y llegar a un punto en que no podamos distinguir entre cerdos y granjeros.
¿A ti que te preocupa de la inteligencia artificial?

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Tarde de caricaturas.
El día de ayer me preguntaron, ya con la perspectiva del tiempo, cuál consideraba que era la mejor caricatura de mi infancia. Una pregunta algo difícil, puesto que en mi opinión crecí en el periodo con mejores opciones para el público infantil; donde las caricaturas y programas eran graciosas sin caer en lo grosero y absurdo, y que tocaban temas importantes sin por ello volverse aburridas. Creo que recién hace quizás unos 10 años volvieron a realizarse series que lograban lo anterior, y que pueden disfrutarse sin un límite de edad.
Pero volviendo a la pregunta, si bien había de donde escoger, mis recuerdos se fueron a aquellas caricaturas que ya pude compartir con mi hermano y mi hermana; así como aquellas que pasaron a ser parte de la cultura de mi familia. Aún hoy en día cuando alguien de la familia no ve un letrero bastante obvio decimos “¿un letrero como ese?”, recordando un capítulo de Las Aventuras de Timón y Pumba. O bien, si por cualquier causa acabamos en un lugar no particularmente agradable, nos referimos al mismo como “una ruina de torre”, como diría el búho Arquímedes de La espada en la piedra.
Quizás al leer esto pienses que estoy cayendo en una contradicción con mi respuesta, pues a lo mejor las caricaturas que menciono y otras tantas no son realmente buenas, sino que están “maquilladas” por la carga emocional que me provocan. Puedo decir que en este caso no es así, pues la mayoría de ellas las he vuelto a ver ya de adulta, y me siguen divirtiendo igual; a diferencia de otras series o películas más modernas que la verdad con una vez fue suficiente (estoy hablando de ti, Grinch versión 2018). Lo que no puedo negar es que, si lo hubiera pensado más detenidamente, podría haber nombrado algunas caricaturas con más contenido o quizás menos comerciales (Kathy la oruga es un excelente ejemplo); pero las que tengo más presentes son justamente las que, como ya dije, tienen un elemento emocional importante.
Así pues, como tantas otras cosas, lo que convierte a una experiencia o cosa en algo especial, es la oportunidad de compartirlo con las personas que amas. Una simple comida en la cafetería de la escuela la recuerdas con cariño por la conversación que tuviste con tu hermano. Y tu segunda visita al Museo Metropolitano de Nueva York se vuelve aún mejor que la primera al ver la expresión de sorpresa de tu hermana en la sala egipcia.
Como dije, con los años he visto excelentes ejemplos de animación dirigidos al público infantil; varios de ellos han influido incluso en las historias que cuento. Pero la verdad es que ninguno de ellos podrá superar aquellas que vi en la casa de mi infancia, y que de un modo u otro forman parte de mis relaciones intrafamiliares.
¿Cuál es tu caricatura favorita de la infancia?

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Empatía ordenada.
Entre los diferentes hechizos que los jugadores de Calabozos y Dragones pueden usar, se encuentra el conocido como “comando”. Este es un hechizo en el que, con una sola palabra, puedes obligar a otra persona a hacer lo que tú quieras, como huir, detenerse o atacar. En general el “comando” se usa para acciones físicas como las que ya he mencionado, pero en el capítulo final de la segunda campaña de Critical Role, el clérigo Caduceus lo utiliza de una manera bastante peculiar, pues su orden va orientada a las emociones de la otra persona. Dicha persona es un mago que le ha causado un gran dolor al clérigo, pero por la misma naturaleza de su adversario, Caduceus no está seguro de que pueda siquiera comprender su dolor; así que le ordena que empatice con él.
Dentro del juego esta estrategia resultó bastante interesante, pero a su vez nos permite examinar este sentimiento desde otra perspectiva. En general, cuando hablamos de la empatía lo hacemos en un enfoque positivo, como cuando pedimos al público que empatice con los sobrevivientes de un accidente y busque apoyarles. En otras palabras, le pedimos a las personas que comprendan como deben sentirse dichas víctimas, evocando emociones como desesperanza y miedo; para luego internalizarlas y actuar de una manera que consideramos nos ayudaría a aliviarlas. De la misma manera, cuando una persona le hace daño a otra, le pedimos que tenga empatía hacia como las propias acciones repercuten en el ánimo del otro; esperando que con esto recapacite, pida disculpas, y finalmente cambie su comportamiento.
Todo lo anterior está muy bien, pero, si como en el juego pudiéramos emplear la empatía como una forma de reprimenda, ¿lo haríamos? Pongamos por caso a un asesino serial, quien no solo causa la muerte de sus víctimas, pero además lo hace de manera tal que las despoja de su dignidad. Según la información disponible, es verdaderamente raro que este tipo de asesinos sienta remordimiento por lo que han hecho; y aunque se les impongan condenas como cadena perpetua o la pena de muerte, la mayoría de las veces sentimos que eso es muy poco castigo comparado con todo el mal y dolor que han causado. Por tanto, ¿qué pasaría si pudiéramos ordenarle que empatizara con sus víctimas?, ¿que por un par de minutos sintiera el dolor y el miedo que causó a sus víctimas? Estoy segura de que eso les afectaría más que los 30 años que pasarán en prisión, viendo como hacen series televisivas sobre su vida; y a la vez esto proporcionaría algún tipo de cierre a las víctimas y/o a sus familias.
Pero, ¿no estaríamos entonces fomentando la venganza? Considero que no, pues usualmente se pide a las víctimas que sean las “personas maduras” de la situación, y otorguen el perdón y suelten sin más. Si bien este es un sentimiento noble que debe ser fomentado por el bienestar de las personas afectadas; también es cierto que este tipo de casos y otros similares se convierten en juegos de poder en el que las víctimas la llevan de perder. Quizás el ver que su perpetrador sintió brevemente lo que ellas tendrán que soportar por el resto de sus vidas, les ayude para quitarle un poco de poder, y usarlo para rehacer sus vidas. Además, según la evidencia, este tipo de agresores son capaces de comentar tales atrocidades precisamente porque carecen de la capacidad para reconocer a las demás personas como similares. El obligarlos a tener esa habilidad y por tanto dimensionar sus acciones desde una perspectiva más humana, podría ayudarles a tratar de reformarse.
En fin, afortunadamente este es solo un caso hipotético; pero creo que es interesante el analizar conceptos tradicionalmente positivos desde una perspectiva diferente, y cuestionarnos de qué seríamos capaces si las condiciones fueran distintas Por lo pronto, sigamos fomentando la empatía como una habilidad humana para crear comunidad, no por el miedo de que algún día puedan usarla en nuestra contra; sino como un deseo genuino de conectar con las demás personas.
¿Qué otras emociones positivas crees que sería interesante analizar desde una perspectiva diferente?

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Antihéroes y anti villanos.
En estos días he estado leyendo la saga del Blasón del Círculo, de Alex F. Wong; una historia de fantasía contada desde la perspectiva de diferentes personajes. En uno de los CAPÍTULOS, Samantha, la protagonista, le pregunta a su tía si tal persona es mala, a lo cual la tía le contesta que debe recordar que todas las personas son el hijo, el hermano, el amigo, etc. de alguien; dándole a entender que las personas no son ni totalmente malas ni totalmente buenas. Un poco más adelante, otro de los personajes del libro, el periodista Carut Efrén, está hablando sobre sus estrategias para recolectar y presentar información que vincula al villano de la historia con varios crímenes aparentemente aislados. En esta plática, el periodista hace énfasis en querer dejar en claro que el sujeto en cuestión es malo, a manera de que con el paso de los años la gente no quiera perdonarlo o justificarlo diciendo que tenía sus motivos para hacer lo que hizo.
En unas cuántas páginas, la autora nos ha presentado uno de los dilemas éticos y filosóficos más grandes de la historia: ¿la naturaleza del ser humano, es buena o mala? Mucho se ha debatido sobre la cuestión, siendo quizás la conclusión más aceptada la que considera que tenemos tanto bondad como maldad en nuestra esencia. Lo cual estaría muy bien, si eso no nos llevara después a una ambigüedad e hipocresía que pueden resultar peligrosas. Con esto quiero decir que, tal como temía el periodista creado por Wong; con el paso del tiempo la gente tiende a minimizar las malas acciones de una persona e incluso llega a justificarlas. Esto va desde la esfera privada, en la que se excusa al bisabuelo misógino que golpeaba a su esposa sin motivo, porque “así era antes”; hasta la esfera pública en la que se acepta que un presidente se “brinque” las reglas y permita el uso desmedido de la fuerza durante las redadas, pues al fin y al cabo lo que el país necesita es mano dura para salir adelante.
El problema en ambos casos radica en que, muy raras veces, las cosas terminan ahí. En el caso del bisabuelo, si durante las reuniones familiares escuchamos como se le alaba por haber sido un hombre que siempre trabajó para que su familia tuviera comida en la mesa y para que sus hijos pudieran estudiar, pero nunca se discute abiertamente la violencia que a la vez ejercía contra su esposa y cómo esto afectó a la familia; entonces los niños crecerán pensado que ese tipo de cosas pueden excusarse, verse como un pequeño defecto de carácter, y continuar repitiendo los mismos patrones de comportamiento. Después de todo, por lo que se les va a recordar es por lo bueno que hicieron, y lo demás se dirá que fue “producto del pensamiento de ese tiempo”; que sin embargo sigue siendo el nuestro.
En el caso del gobernante, el que la sociedad le permita desestimar las leyes como medio para lograr el bien común, es el camino más fácil para que se convierta en un dictador. Si las leyes son solo un estorbo para lograr el cambio que la sociedad necesita, entonces deshagámonos de ellas y en su lugar dictemos unas que vayan más acorde al pensamiento del líder; o mejor aún, dejemos que el decida sobre todos los aspectos. Todavía no conozco un caso en el que, al tener semejante poder y nadie a quien rendir cuentas, la persona en cuestión no se corrompa.
¿A dónde quiero llegar con esto? La ambigüedad es parte misma de la esencia humana, ninguna persona puede ser catalogada como totalmente buena o totalmente mala; pero sí puede ser o mayormente buena o mayormente mala. Sin importar cuánta prosperidad económica fomente un gobernante, si lo hace a costa de permitir el racismo, la discriminación o la explotación; entonces esa persona debe ser catalogada como mayormente mala. La excusa de que el fin justifica los medios ni siquiera debe considerarse; siempre habrá una manera más humana de conseguir las cosas, aunque quizás eso implique un mayor esfuerzo.
Por otra parte, aunque una persona sea mayormente buena, no debemos cegarnos al hecho de que algunas de sus acciones fueron/son incorrectas. Esto es particularmente importante en la escena personal y familiar, en donde nos cuesta mucho aceptar que las personas que amamos no son heroínas o héroes sin mancha. Volviendo al caso del bisabuelo, el admitir que su compartimento hacia la bisabuela fue incorrecto y reprobable, no demerita sus otras acciones en favor de su familia. El poder hablar de ello sin apologías nos permitirá entenderle mejor, incluso perdonarle en caso de ser necesario; pero también dar un paso hacia adelante para evitar que los patrones de violencia sigan repitiéndose, y así ampliar el bien que hizo a su familia, ya que su historia servirá como punto de partida hacia relaciones más sanas.
Así pues, como ya he dicho en otras ocasiones y sobre otros temas, lo importante es encontrar un punto medio que nos permita reconocer tanto lo bueno como lo malo de las personas, y actuar en consecuencia. Quizás en este caso, y siguiendo con el tema literario, el punto sea reconocer que la mayoría de las personas encajamos más en el arquetipo de antihéroe; en donde la bondad sigue siendo nuestra parte medular, pero que aun así cometemos errores y malas acciones. Y por último, reconocer que aunque haya también anti villanos en la vida real, esto no debe ser un atenuante para el daño intencional que han causado. Parafraseando a Isaac Asimov en su novela “La Fundación”, no permitamos que un falso sentido de la moral nos impida hacer aquello que es lo correcto.
¿Tu consideras tus acciones como correctas?
