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¿En qué idioma me estás hablando?
El otro día le explicaba a una persona, cuya lengua materna no es el español, lo que significa la palabra “norteado”; que es cuando una persona está perdida, o que “perdió su norte”. A dicha explicación, que le pareció muy lógica; tuve que agregarle la nota aclaratoria de que esta palabra es un regionalismo, y por tanto podría ser que no la reconocieran en otras partes de México.
Esto no es algo nuevo para mí, en más de una ocasión me ha tocado explicar una palabra que me es cotidiana (reborujado, ¿alguien?), pero que para la otra persona es completamente inusual. Y esto me pasa no solo con gente de otros países, sea hispanohablante o no; sino también con personas de otros estados de México. Esta riqueza del idioma español es una de sus cualidades más fascinantes, pero a la vez una que lo hace difícil de aprender como segunda lengua; y que incluso dificulta la comunicación entre aquellas personas que sí lo tenemos como lengua nativa.
Afortunadamente nos ha tocado vivir en una época un poco más sencilla en ese aspecto, pues recientemente una estudiante de letras comentaba que era particularmente difícil leer textos de la Edad Media, pues en ese entonces la gente escribía “de oídas”. Con esto me refiero a que, al no haber reglas establecidas, las personas escribían de acuerdo a como escuchaban las palabras, y por tanto se daban casos como vaca y baca; o incluso “aogar”. Conforme se fueron estableciendo las reglas gramaticales y de ortografía, fue más fácil la unificación del idioma y el intercambio de ideas. Sin embargo, derivado de incontables factores sociales, económicos, culturales, sociales, e incluso políticos; aún en nuestros días ocurren casos como les que he comentado, en que dos personas hispanohablantes de diferentes latitudes (o generaciones, o grupos sociales, o un largo etcétera) tienen dificultades para comunicarse.
Ahora bien, si en algo aparentemente armonizado y regido por varias reglas comunes, existen este tipo de situaciones, ¿cómo no esperar que surjan conflictos de comunicación en algo tan subjetivo como son los sentimientos? Y no me refiero solo a la connotación romántica de la palabra, sino a la comunicación que se da en torno al sentir de las personas. Por ejemplo, una persona que está otorgando retroalimentación bien intencionada a otra sobre un tema específico, aunque procure ser lo más asertiva posible; puede encontrarse con que su mensaje no está siendo correctamente recibido por la otra persona. Esto puede ser porque las palabras usadas tienen una connotación diferente para el receptor, o bien porque su experiencia en este tipo de situaciones ha sido mala y sin importar el esfuerzo de la persona emisora, el mensaje va a llegar distorsionado luego de atravesar todas esas capas de ruido.
Por supuesto que en este punto el emisor debe hacer una pausa para revisar por qué su mensaje no se está recibiendo apropiadamente; pero también el receptor debe levantar la mano y explicar desde donde está recibiendo el mensaje. Algo tan simple como pedirle a la persona que use el “tu” en lugar del “usted”, o que clarifique que entiende por una palabra en particular (pasa frecuente con “consecuencias”, que por lo general tiene una connotación negativa), puede salvar la conversación y permitir que esta fluya. Pero se necesita que ambas personas estén dispuestas a explicar y a aceptar la explicación recibida, y no tomar una postura rígida en la que no puedan ver más allá de su campo conocido. Quiero decir, no vas a perder un tour durante tus vacaciones en el Caribe solo porque en las indicaciones dice “tomar la guagua” en lugar de “tomar el autobús”.
Entonces, si bien existen guías útiles para la comunicación afectiva, y existen también ciertas generalidades en cuanto a cómo abordar algunos temas difíciles; así como el español, nunca se va a lograr una unificación total. Por ello la importancia de estar dispuestas a escuchar no sólo con el afán de responder o de probar un punto, sino con la intención de llegar a una comprensión con la otra persona. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de crear un reborujo que ya no nos permita encontrar nuestro norte.
¿Tú qué idioma hablas?

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Expandiendo el confort.
Una zona de confort puede ser descrita como aquella situación en la que una persona se siente cómoda; en la que ha comprobado que un nivel determinado de esfuerzo le dará el resultado justo para mantener dicha comodidad. Por tanto, su nivel de estrés y/o ansiedad, podría considerarse como neutro. Sin embargo, esta misma comodidad puede llevar a la persona a evitar cualquier tipo de riesgo que altere dicho equilibrio, por lo que prefiere quedarse dentro de sus límites conocidos.
Es por esto último que la gente considera como conformistas a las personas que se encuentran en dicha zona, y por lo que es muy común que se aliente a salir de la zona de confort, ya sea personal o profesional. Si bien es cierto que no es prudente ni sostenible el querer mantenernos siempre dentro de la misma caja; creo que la forma en que se ha abordado este tema no es la ideal. Pareciera ser como si debieramos evitar ese tipo de zonas a toda costa, que no podemos descansar ni un momento y debemos estar siempre retándonos a hacer cosas diferentes en todos los ámbitos al mismo tiempo.
Y, sinceramente, eso es muy agotador.
¿Qué hacer, entonces? Quizás serviría apreciar esta situación no como una dualidad de confort vs retos; sino más bien una visión integral de remodelación. Imaginamos que la zona de confort es nuestra casa; misma que funciona bien y sirve a nuestras necesidades actuales. Sabemos que si le damos un mantenimiento mínimo y constante, la casa seguirá funcionando y podremos vivir como hasta ahora. Sin embargo, llegará un punto en el que, por más mantenimiento que hagamos; se tendrán que hacer remodelaciones. Después de todo, los electrodomésticos y muebles tienen una vida útil, o nuestros gustos pueden cambiar; o incluso puede ser que veamos que, aunque las cosas funcionan bien ahora, hacer algunos cambios permitirían que nuestro día a día y vida en general fueran mejor.
Digamos entonces, por ejemplo, que nuestra cocina ya no encaja con nuestras necesidades actuales; pero el resto de la casa está bien. ¿Vamos a mudarnos entonces? No, claro que no; pero si tendremos que pasar por un proceso de reestructuración en la cocina. No será algo que quede listo de un día para otro, e implicará ciertos sacrificios como aguantar el polvo y tener que cocinar en una parrilla un tiempo; pero sabemos que todo es para mejor, y entre tanto podemos seguir disfrutando de otras zonas de la casa. E incluso cuando quede terminada la remodelación, nos tomará algo de tiempo adaptarnos a los nuevos espacios, y tendremos que modificar la forma en que hacíamos ciertas cosas (tanto de la cocina como de otras áreas relacionadas, como el comedor). Pero al final del día, todo habrá valido la pena y podremos disfrutar de un espacio que se adapta mejor a nuestras necesidades, y que además nos produce bienestar.
De esta forma, comenzamos con una casa que era confortable y que disfrutábamos, hicimos algunos cambios, y ahora tenemos una casa más confortable que podemos seguir disfrutando. Lo mismo pasa en otras áreas de nuestra vida, como nuestra profesión o el cuidado de nuestra salud. De momento estamos bien, las cosas funcionan, pero podemos hacer cosas distintas que nos permitirán obtener mejores resultados; sin tener que dejar de disfrutar los buenos resultados que ya teníamos.
Lo anterior es mucho mejor a seguir eternamente en una situación que solo está bien, en lugar de estar fantástica. O peor aún, el seguir en una misma situación solo por no querer afrontar los restos iniciales que significarían mejorar; para al final llegar a un punto insostenible en el que ya ni siquiera tenemos los beneficios del principio, y que para poder recuperarnos tendremos que hacer un esfuerzo doble o triple.
Así pues, no debemos ver a nuestra zona de confort como algo inherentemente malo y que debemos evitar. Es necesario que tengamos un espacio/situación al que podamos ir para descansar y recargar energías; lo importante es trabajar constantemente no solo en mantenerla, sino también en expandirla. Después de todo, yo prefiero sentirme cómoda en varios lugares, así tengo más opciones para disfrutar.
¿Tú qué remodelaciones estás haciendo?

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Monumentos.
En la plaza que se encuentra detrás de la Catedral de Parral, existen 2 monumentos. Uno de ellos es en honor al primer obispo de dicha ciudad, nombrado como tal en 1992. El mismo es un busto de dicho personaje, engalanado con la vestimenta y símbolos de su cargo.
El segundo monumento, es más sencillo. Se trata de una columna sobre la que reposa un balón de fútbol, el cual se ve un poco desgastado por el tiempo. Este monumento es en honor a Jesús Valdez, conocido como el Cuadrado; personaje que, entre otras cosas, salvo a varias personas durante la gran inundación de la ciudad (sucedida hace casi 80 años). Como en la mayoría de las historias locales, existen diferentes versiones de lo ocurrido; pero se afirma que gracias a su valor, pudo rescatar al menos a 100 personas.
Es bastante peculiar que estos dos personajes tan dispares compartan una misma plaza como espacio para su memoria. Se podría pensar que el obispo fue el más importante, pues fue el primero de dicha diócesis; pero al menos yo no pude encontrar mucho de su vida y obra. En cambio, el Cuadrado ha permanecido vigente en la memoria colectiva de la población, e incluso es su monumento el que es señalado como punto de interés durante los recorridos turísticos de la ciudad. Además, su acto de heroísmo sigue usándose como ejemplo para las corporaciones de seguridad y apoyo de Parral.
Entonces, ¿cuál de estos personajes fue más importante? Como tantas otras cosas, la respuesta dependerá de a quién le estés preguntando. Pero lo que hay que reconocer es que, independientemente de la respuesta; se decidió darle a cada uno un monumento para recordar el servicio que hicieron a la ciudad.
Posiblemente las personas que tomaron la decisión de erigir ambos monumentos no lo contemplaron, pero su decisión nos da una enseñanza no sólo sobre el agradecimiento, sino también sobre la importancia de juzgar a cada persona y acto dentro de su respectiva proporción. Durante nuestra vida cotidiana es común que tendamos a minimizar (cuando no a menospreciar) logros y acciones, propias y ajenas, pues las vemos como algo simple o que no aporta mucho valor. Esto se da sobre todo cuando comparamos tales acciones con otras que, a nuestro punto de ver, son más encomiables.
Sin embargo, al hacer esto perdemos de vista que es gracias a esas acciones “simples”, que la vida puede continuar con naturalidad; y que las mismas sirven como base para lograr acciones más “grandes”. Meditar media hora al día no nos convertirá en guías espirituales ni mucho menos; pero nos permitirá tener una mente más tranquila para tomar mejores decisiones para nosotras mismas y las persona que nos rodean. Emitir nuestra opinión en los presupuestos participativos de nuestras comunidades quizás no sea el gran acto de presión social, pero sí ayudará a mejorar la vida de varias personas. Regar mis plantas no aportará nada a la sociedad en general, pero a mí me hará feliz, y eso también es importante.
Así pues, en lugar de andar por la vida decidiendo cuál acción importante, y dentro de ese grupo cuál es más importante que las otras, aprendamos la lección que nos da la ciudad de Parral. Cada persona y su obra tiene importancia dentro del gran esquema de las cosas, sea evidente o no; y por tanto merecen ser recordadas y reconocidas. Quizás no todas tengan un monumento físico, pero si lo tienen dentro de nosotras, con eso será suficiente.
¿Tú a qué acción o persona le dedicarías un monumento?

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La misma historia, ¿o no?
Creo que fue en secundaria cuando me tocó leer “Romeo y Julieta” para la clase de Español, y posteriormente hacer un trabajo sobre la obra. A diferencia de otras historias, esa en particular la leí de un tomo de una Enciclopedia que había en mi casa, el cual al principio tenía un prefacio con comentarios sobre dicha obra y otras escritas por Shakespeare. En ese prefacio, se comentaba (palabras más, palabras menos) que todas las heroínas románticas posteriores, se habían basado de una u otra forma en Julieta.
Sinceramente no recuerdo que más comentaba sobre ese respecto, pero en cierta forma era como decir que todas las historias eran variaciones de una misma. Si bien este comentario tiene razón hasta un determinado punto, creo que entonces también debe hacerse la anotación de que una misma historia o tema puede volverse más o menos relevante o interesante, dependiendo de la forma en la que sea contada. Aquí cabría decir que, a diferencia de otras situaciones, la forma tiene más importancia que el fondo.
Por ejemplo, “Fahrenheit 451” y “Un mundo feliz” tratan ambas sobre una realidad distópica en la que las personas han perdido contacto con el arte y consigo mismas, viviendo vidas aceleradas y sin sentido. Podría argumentarse que la obra de Aldous Huxley es más irónica y oscura si cabe, pues en ese mundo ficticio los seres humanos son divididos en clases desde antes de su nacimiento, esto por medio de la manipulación genética; y la segmentación y acondicionamiento sigue durante toda su vida por medio de técnicas bastante cuestionables. El manejo de estos temas hace que sea una novela de reconocerse, tanto así que ocupa el 5º lugar en la lista de Modern Library de las 100 mejores novelas del siglo XX.
Pese a todo lo anterior, he de confesar que cuando estaba tratando de recordar detalles de la trama de esa obra, me quedé en blanco. Tuve que volver a leer las primeras páginas del libro y posteriormente un resumen para recordar más o menos de que iba la historia. Todo lo contrario a “Fahrenheit 451”, pues es un libro del que tengo la historia fresca, aunque lo leí hace aproximadamente 18 años (el de Huxley lo leí hace quizás 10). Puedo decir incluso que las ideas presentadas por Ray Bradbury han hecho eco en varios de mis escritos a lo largo de los años, incluidas entradas de este blog. Además, a diferencia de “Un mundo feliz”, yo si recomiendo puntualmente a “Fahrenheit 451” como un libro que las personas deben leer al menos una vez en la vida.
Así como este hay varios libros que presentan un tema central similar, pero la forma en que es presentado marca la diferencia entre uno y otro. Lo mismo pasa en la vida diaria: la manera en que presentamos las distintas situaciones que vamos atravesando influyen grandemente en la manera en que las vivimos, recordamos y transmitimos. Por ejemplo, una descripción bonita y entusiasta de nuestro parque local puede ser muy agradable de escuchar, mientras que una experiencia aparentemente increíble como conocer el Parque Central de Nueva York puede volverse sosa si la relatamos con desgana. De la misma forma, si una persona vive cualquiera de estas experiencias con intensidad, la misma será mucho más satisfactoria que la vivida por una persona que la vio como algo sin mayor encanto.
De esta forma, procuremos vivir cada una de nuestras historias con entusiasmo, pese a lo trilladas que puedan ser; para que cuando las estemos recordando para nosotras mismas y para los demás, se sientan como una historia fresca y, ahora si, feliz.
¿Tu qué historia has vivido con intensidad?

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Me doy 5 minutos.
Voy a hacerles una confesión: yo pongo mi alarma 5 minutos antes de la hora que realmente necesito levantarme, por el mero placer de poder darle click al botón de “posponer”. Esos 5 minutos extras los disfruto mucho, ya sea con un pequeño estiramiento o aprovechando para dormir un poquitín más; o si época de frío los aprovecho para disfrutar un poco más el calor de mi cama. Pero, además de lo anterior, me da un enorme gusto darme ese pequeño acto de libertad.
Y es que, tan pronto me levanto, mi día está regido por una serie de horarios. Tengo que salir de mi casa a cierta hora para llegar en tiempo a mi trabajo, una vez en la oficina tengo diferentes citas o juntas programadas; así como fechas de entrega que cumplir. En el ámbito personal, también me rijo por diferentes agendas: salir de casa a una hora para alcanzar a llegar a clase de zumba, procurar llegar a recoger la ropa de plancha antes de que cierren, hacer una cita con mi dentista; y así un sinfín de cosas.
No me mal interpreten, a mí me gusta la rutina y me da cierta paz tener mis días estructurados; pero también es cierto que en veces eso se vuelve demasiado. En ocasiones lo que se necesita es tener días en el que el tiempo se sienta infinito, en el que no tengamos la presión de estar corriendo de un lado para otro, y podamos dedicarle tiempo a las cosas, situaciones y personas. Una amiga y yo hemos comentado que ese es un problema de cuando viajas a lugares que no puedes ir muy seguido, pues en tu afán de abarcar lo más posible, terminas muy cansada y saturada.
Eso mismo pasa en la vida diaria; en nuestro afán de sacarle el mayor provecho a cada hora del día, olvidamos sacarle el mejor provecho. Dependiendo de la situación de cada persona puede ser diferente, pero al menos lo que yo he notado (tanto en mi como en otras personas), es que usualmente nos dejamos a nosotras mismas como la última prioridad en esa carrera contra un reloj invisible y omnipresente. Hacemos todas las obligaciones que tenemos, ya sea autoimpuestas o no, y al final del día ya no tenemos ni energía ni tiempo para dedicarnos a nosotras mismas.
Es por eso que fenómenos como “la venganza del desvelo” han cobrado mayor notoriedad en fechas recientes. En este caso, las personas evitan a propósito irse a dormir a una hora conveniente, y usan ese espacio para ellas mismas. Esto les da la sensación de tener nuevamente el control de su vida y su tiempo en medio de la vorágine que es el día a día; aunque esto no sea del todo saludable.
Yo alguna vez he caído en esta práctica; pero realmente nunca me ha dado esa sensación de haber ganado algo. Quizá sea por mi tipo de personalidad, además de factores biológicos, o porque ese tiempo lo pierdo viendo cosas sin sentido en el internet; pero en mi caso siento justamente eso: que fue un tiempo perdido puesto que no lo disfruté, y además al día siguiente me cobra factura el desvelo. Caso contrario a esto es cuando, de una manera consciente, estoy disfrutando tanto una actividad, que decido seguir disfrutando, aunque eso implique develarme. Algunos de mis mejores recuerdos es justo cuando me he desvelado para terminar un muy buen libro.
Tal vez la diferencia radica también en que, en esos casos, no pienso que el develarme sea una venganza contra algo o alguien; sino que es una decisión propia que viene desde la consciencia de querer hacer algo que me hace feliz y que no tendrá malas consecuencias. Eso mismo pasa cuando pongo la alarma 5 minutos antes para luego posponerla; para mí es un regalo que me doy al inicio del día que me hace feliz. No digo que no, si puede ser también un pequeño acto de desafío contra tener que seguir una agenda rigurosa durante el resto del día; pero nace desde una fuente positiva (darme un regalo) en lugar de una negativa (vengarme).
Quizás si buscáramos darnos un pequeño regalo diario, aunque sea solo por 5 minutos, nuestros días se volverían más agradables, y nos sentiríamos menos perdidos en medio de la acelerada vida que nos hemos creado. Quién sabe, con el tiempo incluso podríamos desacelerar un poco.
¿Tu cuántos minutos te das en el día?

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Un altar propio.
Martha Graham, una reconocida bailarina y coreógrafa que incluso creo su propio estilo de danza; dijo alguna vez que una bailarina experimenta dos muertes, y que la primera de ellas se da cuando ya no le es posible bailar. Esta frase puede ser abordada desde la perspectiva física, que invariablemente afecta a todos, pero en un caso más apremiante a los artistas y deportistas; o también desde una perspectiva emocional y psicológica. En este sentido, la cita de Graham se puede referir a cómo una artista muere cuando la pasión que les permitía crear su arte, desaparece.
Si bien para un artista esta primera muerte es mucho más dramática, quizás porque hasta cierto punto puede ser vista por más personas; pienso que esto es algo que puede sucederle a cualquier persona, independientemente de su actividad profesional. Existen muchos casos de personas que en algún punto pierden ese entusiasmo que las hacía levantarse por las mañanas y dedicar su tiempo y energía a una actividad particular. Si bien esta es una situación personal, la más de las veces tiene su origen (al igual que con los artistas) en una realidad y expectativa externa.
Ejemplo de esto son las historias recientes de varios maestros y maestras que han decidido dejar su profesión, porque diariamente usaban su energía para “pelear” contra un sistema (que incluye a los padres de familia) que no les permite ejercer su vocación. Además, en el contexto actual en el que la educación se trata no precisamente de enseñar, sino de alcanzar un cierto número (tanto porcentaje de alumnos graduados, tanto porcentaje de alumnas con un desempeño sobresaliente en los exámenes estandarizados, etc.), es comprensible que varios docentes vean su labor como algo trivial, en lugar de una tarea que efectivamente sirva para mejorar la vida de las personas y las comunidades. Ante estas circunstancias, ciertamente es difícil mantener la pasión que los motivó a ser docentes.
Entonces, si perdemos este entusiasmo, eso que en el contexto japonés se conoce como nuestro ikigai, ¿estamos acabados? Me gusta pensar que no necesariamente, que existen algunas formas en que podemos regresar de la muerte. Es decir, existen varios casos de escritoras o pintores o cantantes que sufren un bloqueo creativo, a veces por un período largo de tiempo; y aun así encuentran una forma de volver. No es un camino fácil, implica un trabajo interno intenso; y es muy posible que el resultado de ese esfuerzo no nos devuelva al mismo lugar del que caímos. Por ejemplo, si una compositora decide volver a su esencia y hacer música que le guste, aunque no sea precisamente lo que el mercado demanda en ese momento; es poco probable que alcance el reconocimiento que tenía cuando se dedicaba a componer música que complacía a otros en lugar de a sí misma. Sin embargo, si su pasión es realmente la música, entonces su vida será plena.
Ahora bien, también puede darse el caso en que podremos no volver a encontrar esa pasión que nos permitía escribir, o pintar, o enseñar, o diseñar casas; y entonces sí efectivamente una parte de nosotras habrá muerto ese día. Será doloroso claro, e implicará también un gran trabajo interno encontrar una nueva razón para levantarnos y seguir disfrutando nuestra vida y contribuyendo a nuestra comunidad. Quién sabe, quizás si tenemos un poco de suerte encontremos una pasión que sea incluso más poderosa que la anterior, o que nos llene de mayores satisfacciones. Pero eso no eliminará el dolor que sentimos por aquella otra pasión, por aquella otra versión de nosotras mismas, que alguna vez tuvimos.
Ahora que la celebración en el centro y sur de México del Día de Muertos está tan cercana, y que esto también da oportunidad da conocer como otras culturas recuerdan y conmemoran a sus difuntos, sería un buen momento para recordar y honrar a esas versiones de nosotras mismas que ya no están más. Recordemos las alegrías que vivimos cuando una motivación diferente nos guiaba, reflexionemos sobre las enseñanzas aprendidas, sintámonos orgullosas de los obstáculos que en su momento superamos, y compartamos todo esto para que pueda servir de inspiración o apoyo a otras personas que están pasando por una situación similar. Y luego de esto, sigamos adelante con la versión apasionada que somos hoy en día.
¿Tú has tenido diferentes pasiones?

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¿Sabes qué es realmente diveritdo?
Jugar un juego de mesa con tu familia.
Arreglarse para una fiesta.
Ver un episodio de 3 horas de un juego de Calabozos y Dragones.
Pintarte las uñas con diseños y/o colores nuevos.
Leer un libro.
Tomar unos tragos con tus amigas.
Arreglar fotos que tenías sin guardar.
Sentarte en la plaza a platicar con tu amiga, mientras comen un helado.
Escuchar música mientras haces tus actividades diarias.
Jugar con tu gatita.
Ver una serie sola.
Ver una serie acompañada.
Colorear.
Ir a un parque de diversiones.
Regar tus plantas.
Salir de viaje.
Quedarse en casa.
La diversión puede darse de muchas maneras para cada persona; y por supuesto también depende de las circunstancias. Lo importante es recordar que la diversión es vital para las personas, en lo individual y en lo colectivo; así como en el área física, mental y espiritual. Por eso debemos procurar encontrar maneras de divertirnos en medio, o más bien durante, nuestras rutinas diarias; y respetar la forma en que cada quién encuentra esos momentos de risa y satisfacciones sin los que la vida, simplemente no sería la misma.
¿Tú cómo te diviertes?

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Empecemos por el principio.
Estos últimos días han sido de retomar. Desde ver un episodio de un programa de YouTube que hacía tiempo no veía, escuchar el episodio de un podcast que me gusta bastante (se llama Buscando Calcuta, ampliamente recomendado), y en temas menos divertidos; acomodar algunas cosas que sea habían quedado pendientes del último reacomodo de mi closet, librero y escritorio.
Esto último es algo que había estado posponiendo por algún tiempo, pues lo que quedaba por acomodar eran cosas que no estaba muy segura de qué hacer con ellas. Ya sabes, blocks de notas que has ido acumulando, pero que están en buen estado; un libro que ya no tengo interés en guardar pero tampoco quiero solo desechar, ciertas fotos y recuerdos que tengo que decidir cómo atesorar; y otras por el estilo. Debido a esto, la tarea de ponerme a revisar, decidir y ejecutar; se me antojaba como gigantesca.
Pero como no hay plazo que no se llegue, hoy me armé de unos aceites esenciales y el podcast que les decía; y comencé. Sorprendentemente, fue más sencillo y rápido de lo que pensaba. He de admitir que algunas cosas aún quedan a la mitad, como el par de relojes que tengo que llevar a arreglar, y el ya mencionado libro que decidí dejar en mi escritorio y liberarlo el próximo 7 de noviembre, como parte de una iniciativa para fomentar la lectura. Pero en general, me siento muy satisfecha no solo con el resultado de un espacio más organizado, sino también por haber dado ese primer paso y haber concluido la tarea en cuestión.
Esto es aplicable a muchas otras actividades, tanto personales como profesionales. En ocasiones las tareas se ven como algo inmenso, que tomará mucho tiempo y esfuerzo completar; lo cual de cierta forma nos intimida y nos hace postergarlas. Sin embargo, entre más las dejamos para después, más grandes se vuelven, pues ahora no solo hay que revisar el archivo de un mes sino el de dos meses; y además nos quitan paz pues ocupan espacio en nuestra mente como algo pendiente por hacer. Ya sea que esta postergación la hagamos por un tema de procastinación o por un tema de disfunción ejecutiva, la realidad es que es un tema que nos resta en todos los sentidos.
Es por ello que ese primer paso, esa determinación de poner manos a la obra, es tan fundamental. Así sea solo identificar las partes de la situación, limpiar la mesa donde hemos de trabajar, o abrir el primero de mil correos electrónicos; la confianza que nos da el completar esa primera tarea es invaluable. En cierta forma, nos permite ver la situación en su justa proporción: como algo alcanzable y realizable, que quizás implique 10 o 100 pasos realizarla; pero que podemos lograrlo puesto que ya completamos el primero de ellos.
Por supuesto, habrá veces en que claudicaremos, y habrán de pasar unos días entre completar el paso 6 e iniciar el 7; pues aunque la tarea sea realizable, también es cierto que requerimos descansar. Lo importante es no dejar que durante ese lapso se pierda la confianza y el entusiasmo que nos provoca ir avanzando y completando tareas, para así usarlos como nuestro impulso para seguir adelante. Como luego dicen, el truco de andar en bicicleta es no dejar de pedalear; para lo cual también es necesario encontrar nuestro propio ritmo.
¿Tú tienes algún primer paso que dar?

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Compromiso een serio, y en serie.
Ver una serie con otra persona no es tan sencillo como parece. En primera, hay que encontrar algo que a ambas personas les agrade, lo cual invariablemente implica acomodarse un poco a los gustos de la otra persona. Importante señalar aquí: si bien hay que tener flexibilidad, también es preciso respetar los gustos de cada quien, y entender que hay ciertos géneros o historias que son un rotundo “no” al momento de elegir.
Una vez seleccionada la serie en cuestión, hay que buscar la manera de empatar horarios para que puedan disfrutar los capítulos en conjunto. Esto en mi caso es particular, pues si bien cuando una historia me gusta me engancho; también es cierto que en ocasiones las circunstancias del día a día hacen que al final no tenga tantas ganas de ver un capítulo, porque sé que no voy a disfrutarlo del todo. Tener a alguien que pueda entender y respetar eso, y sobre todo que no me lo eche en cara, es muy importante.
Ahora, en contra parte, algunas personas con las que veo series les gusta ver 2 o más capítulos por vez. Como generalmente las vemos durante la tarde-noche, eso puede implicar que tal vez me acueste un poco más tarde de lo habitual; que aunque no lo parezca, para mi si es algo importante. Sin embargo, es algo que estoy dispuesta a hacer porque en primer lugar me gusta pasar tiempo con esas personas, y en segundo lugar yo también estoy disfrutando de esa serie; por lo que no es un sacrificio, sino solo un esfuerzo extra.
Volviendo al punto de respetar los gustos de cada quien, eso no acaba con la selección de la serie. Otros puntos a considerar es que, a mí por ejemplo me gusta ver las series en el idioma original con subtítulos; pero otras prefieren escucharlas dobladas pues al final del día están cansada y solo quieren relajarse con las series. Igualmente hay personas que prefieren ver la televisión con las luces apagadas, otras las prefieren encendidas, y finalmente otras depende de la serie (porque algunas tienen tomas demasiado oscuras, la verdad). Así como estos hay varios ejemplos, pero todos implican el adaptarse un poco a lo que la otra persona encuentra como agradable.
Como dije al principio, ver series en conjunto no es solo picar el botón de reproducir y listo; hay cosas que considerar. Pero, ¿sabes?, todo eso no algo malo, y tampoco es un sacrificio como también mencioné ya. Todas esas adaptaciones y flexibilidad las das con gusto, porque más allá de ver una serie, se trata de disfrutar un tiempo con las personas que son importantes para ti. Se trata de crear buenos recuerdos, de tener un tema más de conversación, de tener pequeños chistes que ustedes cachan porque les recuerdan a la serie, y otro sin fin de cosas que alimentan la relación que tienes con esas personas.
De hecho, quizás esta sea una buena forma de examinar tus relaciones. Si una persona no puede ofrecer la adaptabilidad, compromiso y flexibilidad necesarias para compartir una serie contigo, o si tú no puedes ofrecerlas a la otra persona; a lo mejor tampoco va a ser posible compartir otras cosas. Y en ese caso, mejor cambiar de canal.
¿Tú cuál serie estás compartiendo?

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Diferentes colores, diferentes tonos.
De seguro alguna vez has escuchado la expresión “verde de envidia”, que por supuesto se usa para describir a una persona que siente celos de los logros o capacidades de otra persona. Existen varios posibles orígenes para esta expresión, la más común se refiere a que las personas envidiosas generan más bilis; y el color de esta secreción se nota en la piel.
También hay un posible origen que se basa en un juego de palabras y en la siempre conflictiva vida de las cortes de antaño. Al parecer, Isabel de Farnesio, quien fuera reina de España; usó un vestido color verde endivia (una verdura) durante la ceremonia de sucesión al trono de su hijastro, en la que estaba también presente su nuera Bárbara de Braganza. Esta última no era del agrado de Isabel pues perdería su corona una vez Bárbara ascendiera como reina. Del detalle del color de su vestido, más el juego de palabras de endivia y envidia, surgió la expresión que hoy día nos parece tan normal.
Pero, ¿sabes que otra expresión también es muy usual? “Color verde esperanza”; la cual al parecer surge por el simbolismo de renacimiento que se da en la primavera, que es predominantemente verde. ¿No te parece curioso, que un mismo color pueda asociarse a dos emociones tan distintas, e incluso contrarias? Quiero decir, el arcoíris tiene al menos 7 colores; más aparte la amplia gama de tonalidades que se desprenden de cada uno de ellos.
Para mí, esto es una muestra de lo importante que es el contexto cuando estamos interactuando con otras personas. Y que además, es algo que debe funcionar en doble vía. De la misma manera en que cuando nosotros emitimos un mensaje, tenemos que estar seguros de que la persona receptora entiende el contexto en el cuál lo estamos emitiendo; como receptores nos toca asegurarnos de que comprendemos lo que hay alrededor de dicho mensaje, para poder entenderlo en su totalidad y a partir del mismo emitir una respuesta. Si esto fuera una práctica común, estoy segura de que se podrían evitar muchos malentendidos innecesarios.
El problema radica en que, las más de las veces, no estamos dispuestos a entender que pese a que una situación sea la misma, mi contexto y el contexto de la otra persona puede ser diferente. Por ejemplo, cuando estamos organizando un evento con un grupo, y de repente se nos informa que la comida llegará media hora más tarde de lo acordado; una persona puede tomarlo con calma mientras que otra puede tomarlo como un gran inconveniente. A simple vista, el contexto es el mismo y procedemos a juzgar a ambas personas bajo esa óptica; pero quizás no sabemos que la persona que está más afectada por el suceso es quién se encargó de pedir la comida, por lo que siente mayor responsabilidad respecto al retraso mencionado, sobre todo si la personalidad de esa persona tiende a ser perfeccionista. Con esa nueva información, esperaría que nuestro juicio fuera diferente.
¿Esto implica que tenemos que dar/recibir información adicional en todas las interacciones que tenemos? No realmente, pues por un lado no tenemos que compartir toda nuestra información con todas las personas; además de que por cuestión de tiempos sería casi imposible. Lo que si es que podemos ser más conscientes de que como los contextos, tanto evidentes como no evidentes, pueden ser percibidos diferentes por diferentes personas, y buscar que nuestras interacciones sean más gentiles teniendo eso en cuenta.
Así, cuando una persona te mande un mensaje con la imagen de un corazón verde, no pensarás que te está diciendo que eres una persona con un corazón envidioso; sino que de todo corazón te manda esperanza. Y claro, si tu de vuelta contestas con un corazón blanco, que para muchos es el símbolo de la paz; la otra persona debería recibirlo con igual empatía.
¿Tu con qué asocias los colores?
