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En Ruta.
De seguro has escuchado la famosa frase que dice que si crees que la aventura es peligrosa, entonces trates la rutina; pues esta es mortal. Quienes se adhieren a esta postura ven la rutina como algo invariable, una serie de acciones que se repiten de manera automática y que termina por extinguir toda posibilidad de emoción y creación en nuestra vida. Pero, ¿realmente es tan mala la rutina?
Según la Real Academia de la Lengua Española, la palabra rutina viene del vocablo francés routine, que a su vez se origina del route; que en español es “ruta”. Si nos apegamos a este concepto, entonces podemos ver a la rutina como una senda por la que transitamos en nuestro diario acontecer, y que nos llevará a un determinado lugar o sentimiento. Por ejemplo, nuestra rutina de la mañana nos permite prepararnos para encontrar al día con nuestra mejor cara; pues el haber completado ciertas tareas antes de iniciar con “la tarea” del día, nos permite iniciar esta con mejor semblante. De igual manera, tener una rutina antes de dormir favorece a la higiene del sueño, y nos permite aprovechar mejor nuestro tiempo de descanso.
Por otra parte, tener una rutina nos permite tener algo que esperar, y esa anticipación es en sí ya una causa de alegría. Bien decía el sabio Zorro del Principito; que si este llegaba a las 4 de la tarde, entonces él sería feliz desde las tres. Es Antoine de Saint-Exupéry quien también nos recuerda que son precisamente los ritos los que nos permiten diferenciar un día de otro cualquiera. En una realidad que muchas veces se vuelve demasiado para soportar, y que nos agobia con la impotencia que nos causa; el tener pequeños faros anclados firmemente en nuestras rutinas nos da un lugar al cual dirigirnos en medio de tanta ansiedad e incertidumbre. No por nada existen varios casos de personas con depresión que aseguran que lo único que les mantuve a flote era saber que el próximo jueves podrían ver cómo se resolvía una situación en la serie de televisión que estaban viendo; o que sabían que no podían darse por vencidas porque entonces no habría nadie que alimentara a su mascota.
Ninguna de las cosas que he mencionado hasta ahora podrían considerarse como aventureras, pero no por eso dejan de ser menos emocionantes o creativas. Preparar el desayuno es una actividad de todos los días, pero quizás en uno de ellos podamos probar esa nueva receta que habíamos visto en internet. Escribir este blog es parte de mi rutina, y aunque trato de preparar los temas con antelación, siempre es interesante descubrir cómo quedarán una vez los haya puesto en papel; así como los sentimientos que experimentaré mientras los escribo.
Con lo anterior no quiero decir que no sea bueno y positivo salir de la rutina de vez en cuando, y tener una que otra aventura. Pero debemos recordar que una aventura es un viaje sin un destino establecido; y esto no siempre es lo mejor para nuestro propio bien. Todas las personas necesitamos un cierto grado de estabilidad en nuestras vidas, no solo para lograr un propósito en específico, sino también por nuestra salud mental y física. Diversos estudios han señalado ya las consecuencias negativas que tiene en nuestros cuerpos y mentes el vivir en un estado de constante preocupación o incertidumbre, que siendo sinceras es lo que hace a una aventura, una aventura.
Como siempre lo importante, y complicado, es encontrar un justo punto medio en el que podamos tener una ruta conocida por la cual transitar en el día a día, y a la que podamos volver cuando las cosas se tornen más complejas que de costumbre; pero sin olvidar que existe un mundo de posibilidades más allá de ese camino conocido, y que es bueno explorar algunas de ellas de vez en cuando. Después de todo, una vida con la que nos sintamos satisfechas debe tener recuerdos de todo tipo, desde los que nos provocan un gran entusiasmo, hasta aquellos que nos dan la calidez de un buen fuego y un sillón cómodo.
¿Tú qué ruta sigues?

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Cambio de trama
Recientemente me enteré de que en Colombia, el día del amor y la amistad se celebra en septiembre; el tercer sábado del mes para ser precisa. Esto llamó mucho mi atención, pues hasta donde sabía en la mayor parte del mundo la fecha oficial de tal celebración es el 14 de febrero, en remembranza del día en que San Valentín, patrono de los enamorados, fue decapitado en el lejano año de 270. Pensé que quizás en Colombia podría haber alguna historia nacional (muy posiblemente trágica), que diera lugar a que la fecha de la celebración fuera en dicho mes.
Pero resulta ser que no. Hace escasos 54 años, los colombianos celebraban el amor (y posteriormente la amistad) el mismo día que el resto del mundo. Sin embargo, debido a que la Navidad había pasado recientemente, y que la temporada escolar estaba comenzando; la gente no tenía mucho dinero de sobra, por lo que difícilmente gastaban en regalos y/o detalles relacionados con la fecha. Así pues, y como de pasada no había una celebración especial en septiembre, se decidió trasladar la celebración a la fecha actual. Es decir, el amor no tuvo nada que ver en la decisión; fue puro mercantilismo y mercadotecnia.
Quizás esta anécdota pueda sonar graciosa, pero la realidad es que es algo que se repite en muy diversos ámbitos. Las más de las veces, las personas tomadoras de decisiones en una situación determinada no tienen plena consciencia de cómo sus elecciones afectan a las personas que tiene que vivir con ellas en el día a día, o del significado de la causa por la que se trabaja. Por ejemplo, en el sector salud (de cualquier parte), quienes determinan el presupuesto y la manera de ejercerlo carecen de un conocimiento médico que les ayude a tomar mejores decisiones. Y así es como se termina decidiendo no adquirir un determinado medicamento puesto que la cantidad mínima de compra es más elevada de la óptima en temas de presupuesto; pero se deja a un grupo de personas sin la posibilidad de tener una salud completa por falta del mismo.
O incluso si esas personas cuentan con un conocimiento técnico sobre la situación a mano, el hecho de no experimentarla en carne propia impide que puedan ver todos los ángulos sobre la misma. Por ejemplo, un ingeniero diseñando un nuevo modelo de silla de ruedas podrá tener una idea clara sobre temas de materiales y tracción; pero podría pasar por alto la necesidad de los usuarios de tener un compartimiento en su silla para poder guardar cosas, en lugar de tener que cargar todo en una mochila colocada tras el asiento.
En los casos descritos, lo que se sucede es que las personas dejan de ser el centro de las decisiones, y son reemplazadas por intereses meramente económicos, políticos o técnicos. Por supuesto, es casi imposible que una decisión haga felices a todas las personas involucradas, las más de las veces habrá que hacer concesiones de algún tipo; pero lo importante es que esas decisiones sean tomadas siempre desde la genuina intención de ayudar a las personas que se verán más afectadas por tal decisión, y sin olvidar el propósito original de la causa por la que se está trabajando. En los casos del presupuesto médico y del diseño de la silla de ruedas, el motivo central de las personas trabajando en ellos debe de ser el de garantizar una salud y vida digna para los pacientes y usuarios.
En el caso del día del amor y la amistad en Colombia, se podría argumentar que se tomó una buena decisión puesto que la misma ayuda a los comercios y a la gente que vive de ellos; y que además les da más oportunidad a las personas para expresar su amor mediante regalos. Lo cual inherentemente no es malo, pero si consideramos que, según la tradición, San Valentín obtuvo su santidad por ayudar a las parejas jóvenes a casarse en un tiempo en el que lo tenían prohibido por causa de la guerra (que dicho sea de paso, es un motivo y una herramienta económica y política); resulta un tanto triste como su celebración ahora se centra sólo en lo material. Quizás, e irónicamente sonará muy romántico de mi parte, deberíamos procurar que esa celebración, sea en el día que fuera; realmente se centrará en valorar a nuestros seres queridos, y hacérselo saber con algo tan simple como decirlo en voz alta o darles un abrazo.
De nuevo, lo importante es no dejar que el motivo real de los días de remembranza y de las decisiones diarias sea vea sepultado por capas y capas de materialismo y pragmatismo. Antes bien, usemos esas mismas armas para que los ideales sean siempre recordados, y vividos de la mejor manera en los tiempos que corren, y que correrán.
¿Tu cómo tomas tus decisiones?

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Vivir más.
En días recientes comencé a ver una serie que habla sobre las así llamadas zonas azules. Dichas zonas, nombradas así por Gianni Pes and Michel Poulain; son zonas geográficas en donde sus habitantes tienden a vivir más que el promedio, contando con varias personas que sobrepasan los 100 años de edad. De las cinco zonas azules, hasta ahora el presentador del documental ha visitado tres; y en cada una de ellas ha identificado factores que podrían contribuir a la longevidad de su población.
Algunos factores son, se podría decir, evidentes; como son el tener una dieta balanceada y variada, así como realizar actividad física de manera rutinaria. Punto importante: dicha actividad física no debe confundirse con tener una membresía en un gimnasio y hacer una rutina extenuante, sino más bien en cosas rutinarias como tomar un paseo, atender un jardín, quizás algunos ejercicios de baja intensidad, entre otros. Sin embargo, otros factores de tipo social han surgido también, siendo los principales el tener un sentido de valía personal (tanto para mí como para la comunidad), y además contar con una red social de apoyo. Este último punto no se refiere sólo a dar apoyo a las personas mayores con actividades que por su propia edad ya no les son fáciles de realizar; sino también redes en las que puedan seguir realizando actividades recreativas y estimulantes. Además, dichas redes también se perciben como una forma de promover que las personas sigan teniendo hábitos saludables; pues estas son parte esencial de la identidad del grupo.
Mientras veía la serie, y reflexionando sobre los factores que contribuyen a la longevidad, llegué a la siguiente conclusión. La gente que vive más, es la que tiene tiempo para vivir. Una persona trabajadora promedio, que está apresurada desde temprano para poder llevar a los niños a la escuela, llegar al trabajo, cumplir con su jornada laboral, tener una casa limpia y cumplir con otras variadas obligaciones; difícilmente podrá encontrar el tiempo para tomar un paseo por el parque, o aprender/practicar alguna actividad recreativa. De igual forma, será muy poco probable que esa persona pueda dedicar tiempo a preparar una comida sustanciosa y nutritiva; y por supuesto sería impensable considerar que tendrá el tiempo necesario para cultivar un pequeño jardín.
Malamente pensamos que esas son actividades propias de las personas “retiradas”; y por tanto pensamos que podremos realizarlas cuando lleguemos a cierta edad. Pero cuando finalmente tenemos esa edad, como no cuidamos nuestra salud, nos encontramos sin fuerzas para poder dedicarnos a esas tan anheladas actividades. Si a esto sumamos la precaria situación de los sistemas de pensiones y salud de varios países, la cosa se vuelve aún más compleja: las personas simplemente no pueden retirarse, y por tanto debe encontrar algún trabajo que les permita sobrevivir.
Ante un panorama tal, imagino que nuestros cuerpos y nuestras mentes han de decir “¿de verdad queremos más años de esto?” Dudo que la respuesta sea afirmativa. Pero entonces, dirán ustedes, ¿cómo es que la esperanza de vida es más alta que hace algunos años? La respuesta en parte es porque ahora tenemos la capacidad de curar varias enfermedades que anteriormente acababan con la vida de las personas a una temprana edad. No hace mucho en México aún había campañas intensas para prevenir la deshidratación en niños con enfermedades diarreicas.
Además, considero que es importante diferenciar la posibilidad de vivir más años, y el realmente querer hacerlo. Ciertamente la mayoría de las personas tenemos miedo a la muerte, pero al menos en mi caso eso no implica que quiera vivir hasta una edad muy avanzada. Por otro lado, muchas veces a lo que realmente le teme la gente es a envejecer y la notable caída en la salud física, mental y emocional de las personas mayores; por los factores que ya he comentado. Por eso es que también existen mil y un productos para “frenar el envejecimiento”, lo cual por supuesto es imposible.
Por lo que he podido ver hasta ahora de las personas que viven en las zonas azules, ninguna de estas situaciones es cierta. No digo que esas personas no tengan miedo al futuro y a la incertidumbre, ni tampoco que no tengan problemas, pero su vida no se centra en ello. De la misma manera, no se levantan pensando si irán a llegar o no a los 100 años de edad. Ellas simplemente siguen viviendo su vida, y lo que es más disfrutándola. Viven en el presente, una idea acuñada por culturas milenarias y que ahora está de vuelta con prácticas como el mindfulness.
Quizás ese sea el meollo del asunto. La sociedad actual está tan obsesionada con vivir más años porque se ha creado una realidad en la que no puede disfrutar del presente y de las cosas importantes de la vida; y piensa erróneamente que podría hacerlo si tuviera más tiempo. Lo que hemos olvidado es que el tiempo está ahí, y seguirá estando ahí; ya sea que lo apreciemos o no.
¿Tu vives lo suficiente?

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Cuando las cosas no salen.
De seguro les ha pasado que ustedes hacen todo un plan de qué van a hacer en su fin de semana, o en su día libre; lo han estado planeando un tiempo y tienen todo preparado. Pero entonces, algo pasa, un inconveniente que impide que puedas seguir el plan que tenías. Y de ahí parece un efecto en cadena: más cosas imprevistas suceden, y simplemente terminas perdiendo el paso y no puedes hacer lo que tenías en mente.
O quizás puedas completar algunas cosas, pero como todo era parte de un plan más largo, lo dejas a la mitad; y por tanto no puedes disfrutar lo que has logrado. Lo que es aún peor, sabes que los días siguientes tendrás cosas por hacer relacionadas con el trabajo y otros compromisos sociales, por lo que tu plan se quedará a la mitad por un tiempo. Así que sientes, de alguna manera, que tu fin de semana (y tu día libre) fue un desperdicio.
Si ya tienes un tiempo sintiéndote así, o te ha pasado suficientes veces; es muy probable que en cuanto suceda el primero en una nueva cadena de inconvenientes, te frustres. Algunas personas lo expresamos con lágrimas, otras con enojo, otras con comentarios sarcásticos, y otras variadas reacciones. Para quienes te rodean, podrá parecer un poco exagerado; y si tienen buenos sentimientos hacia ti te dirán que no pasa nada, que reestructures la situación y demás.
Pero, ¿sabes? A veces no necesitas reestructurar, o ver las áreas de oportunidad o lo que sea. A veces, simplemente necesitas aceptar que tienes ese sentimiento de frustración, y sacarlo. No es un sentimiento agradable claro, pero tratar de ocultarlo bajo una capa de positivismo mal encauzado es peor; pues a la larga terminará siendo tan grande que ya no podrás con él, y cuando salga será aún más desagradable.
Con esto no quiero decir que siempre te dejes ganar por la frustración y la aceptes como algo permanente en tu vida. Ninguna emoción, ni siquiera las así llamadas “buenas”, es posible ni recomendable mantenerla indefinidamente. Nuestros días son diversos, y por tanto las emociones que sentimos también. Como dice el Armando Fuentes Aguirre sobre la tristeza: cuando llega de visita a su casa, la acepta; no con el mismo semblante con el que recibe a otras emociones, pero sabe que es una visita necesaria y temporal.
Así mismo con la frustración, a veces solo necesitamos decir que hemos tenido suficiente; porque hay días que así se sienten. Dejemos que esa emoción fluya por nuestro cuerpo y nuestra mente, sin la necesidad imperiosa de encontrarle un lado positivo o de crecimiento. Ya habrá tiempo para ello, para aprender lecciones y filosofar sobre lo acontecido; pero por ahora, por favor, solo déjenme desahogarme.
¿A ti qué te frustra?

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Tiempo de enseñanza.
La vuelta a clases para los estudiantes de nivel elemental es inminente, y por supuesto una buena parte de las conversaciones gira en torno al tema. Desde cómo volverá a haber más tráfico en la ciudad, lo caros que son los útiles escolares; y el tema más reciente relacionado con el contenido y formato de los libros de texto gratuitos repartidos por el gobierno. Justo hablaba de esto último con un par de amigas, una de ellas maestra a nivel primaria, quien nos hizo el comentario adicional de que el programa de cada curso era demasiado extenso para ser cubierto durante el ciclo escolar. Por lo tanto, los maestros y maestras tendrán que enseñar algunos (si no es que todos) temas “por encimita”, y esperar que en la casa se refuercen los mismos con las actividades fuera de clase.
Dejando de lado la poca probabilidad de que esto último suceda, pues es bien sabido que la realidad de la mayoría de las familias impide que se le dé un seguimiento apropiado a la educación de las niñas y niños; lo que a mí me pareció más relevante del comentario es que, independientemente de lo bien o mal que estén diseñados los libros de texto, al final todo va a depender de la persona que esté al frente del aula. Esto no es nada nuevo por supuesto, las más de las veces la diferencia entre un buen y un mal aprendizaje depende de la maestra y su capacidad para transmitir esa emoción por el conocimiento a sus estudiantes. Sin embargo, el tema se vuelve más relevante en el contexto de falta de tiempo para tratar todos los temas marcados en el temario del curso.
Tomemos por caso un maestro que es negacionista del cambio climático, quien es muy probable que prefiera no otorgar tiempo clase a ese tema, y en su lugar lo dedique a cubrir algún tema de otra asignatura. Al hacer esto, no sólo le está negando a sus alumnos la oportunidad de aprender del tema; sino que también les está impidiendo formarse una opinión del mismo. Al contrario, es probable que sus acciones afecten directamente sobre su sentir sobre el tema; pues si para su maestro no fue importante, ¿por qué debería serlo para ellos?
Cómo este puede haber muchos otros casos en los que una decisión personal del docente afecte en el proceso de aprendizaje de los y las estudiantes, y que además puede tener efectos negativos en su desarrollo como miembros de la sociedad. De acuerdo con datos del INEGI, en 2020 en promedio el grado de escolaridad en México era de 9.7 años; lo que equivale a tener al menos la secundaria concluida. Imagino que este dato debe haber cambiado y no precisamente para mejor luego de la pandemia del COVID-19, además de que en algunas entidades del país el nivel de escolaridad es significativamente menor al promedio. Si a esto sumamos que durante esos años de formación los estudiantes no pudieron estudiar los temas necesarios a profundidad, y que incluso algunos de ellos ni siquiera les fueron presentados; es poco probable entonces que se cuente con ciudadanos y ciudadanas que puedan hacer frente apropiadamente a los diferentes retos que nuestra sociedad enfrenta y enfrentará.
Ahora que se habla tanto del nearshoring y de cómo México debe aprovechar esta coyuntura para potenciar su desarrollo, sería un buen momento para replantearnos cómo es que se está preparando a las generaciones que habrá consolidar dicho desarrollo. Desde que puedo recordar se habla sobre la necesidad de replantear el modelo de educación en el país, para poder eliminar acciones y actitudes que juegan en contra del propósito del mismo. Quizás sería prudente que también revisaremos la manera en que se pudieran cubrir todos los temas necesarios para cada curso, en lugar de dejar a criterio de maestros y maestras (que, dicho sea de paso, también están cansados de soportar la ineficiencia del sistema) qué es importante de enseñar y que no. Después de todo, es ilusorio pensar en un futuro mejor si no nos ocupamos de mejorar el presente.
¿Para ti qué es importante que aprendan las niñas y los niños?

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Tiempo de floración.
Por diversos motivos, no había podido ocuparme de mis plantas de la manera en que usualmente lo hago, pues incluso me había saltado uno o dos días en su ciclo de riego. Las había visto un poco al pasar y se veían bien, considerando el clima que habíamos tenido en la semana y demás. Sin embargo, hoy que pude dedicarles un poco más de tiempo, me di cuenta de que realmente no estaban bien.
Aparte de que les faltaba más agua de lo que parecía, una tenía algunos tallos dañados (no sé si por mi gatita o por el viento), otra tenía su maceta sucia, y una más había derramado agua y se había formado un poco de sarro en el piso. Mientras las atendía, recordé que un psicólogo me había dejado alguna vez la tarea de adoptar una planta, y tratarla como una representación de mi bienestar y felicidad, esto para lograr la moraleja de que tienes que dedicar tiempo a atenderte y cuidarte para poder florecer. Creo que esta vez entendí más cosas, y de manera más profunda, de ese ejercicio.
Por un lado, entendí que muchas veces las personas nos vemos como mis plantas: aparentemente todo está bien, nos vemos saludables y pareciera que tenemos lo necesario. Pero si miramos más de cerca, nos damos cuenta de que realmente tenemos algunas hojas marchitas, y que nos falta un poquitín más de agua. En otras palabras, no estamos floreciendo, solo estamos manteniéndonos; y si la situación continúa, es posible que enfermemos.
Lo mismo sucede con las personas: avanzamos en nuestro día a día, cumpliendo con nuestras obligaciones, tomando las vitaminas de la mañana y haciendo un esfuerzo por, ahora sí, agendar la cita con la dentista en la semana. Pero en realidad nos sentimos cansadas, y no solo físicamente, sino también en lo emocional y mental. Buscamos dormir una hora más el fin de semana con la esperanza de que eso nos ayude, cuando en realidad sabemos que se requiere un cambio más profundo para sanar y crecer. Pero en eso suena la alarma del reloj y volvemos a distraernos con llevar la ropa a la tintorería, terminar el reporte semanal, ver el nuevo capítulo de la serie que medio vemos, y demás cosas. En resumen, solo existimos, pero no florecemos.
Otra cuestión sobre la que estuve reflexionando fue que, usualmente, mi madre y yo nos apoyamos con el cuidado de las plantas. Si yo tuve un día acelerado y olvidé regar las plantas que son mías; ella se ocupa de hacerlo. De igual forma, cuando ella tiene algún contratiempo, yo procuro que el jardín esté regado y sin basura que pueda caer de la calle. Pero ahora, por diversas causass, mi mamá tampoco ha podido estar al pendiente de mis plantas; lo que ocasionó que llegáramos a la situación que describí en un principio.
Esto me lleva a pensar que, si bien nuestra felicidad y bienestar son asuntos propiamente personales, no por eso tienen que ser individualistas. Con esto me refiero a que debemos permitir que otras personas nos apoyen, pues puede ser que ya estemos tan acostumbradas a vivir en “automático”, que no veamos los signos de que nos estamos marchitando. Si bien, idealmente, esas personas deberían ser nuestra familia y amistades en primera instancia; también es bueno reconocer que ellas también sus problemas y necesidades, por lo que debemos estar abiertas a recurrir a un profesional de la salud para que nos apoye a mejorar antes de que la situación empeore. Como he dicho antes, lo importante es formar redes de apoyo que nos den seguridad, y también nos atrapen si llegamos a caer.
Mis plantas ya están mejor, pero será necesaria constancia y disciplina de mi parte para que vuelvan a estar saludables. Lo mismo pasa conmigo, lo mismo pasa contigo. Quizás algunas necesidades si tengan una solución rápida (si tienes hambre, come); pero si no analizamos y afrontamos la causa de esa necesidad (¿Por qué no me doy el tiempo para comer?), entonces nos la pasaremos haciendo arreglos rápidos pero que ocultan un problema mayor que puede complicarse con el tiempo. Pero, si estamos dispuestas a ir al meollo del asunto, y corregir en el largo plazo, los beneficios serán duraderos.
En fin, sería bueno que nos demos el tiempo y espacio para atender nuestro proceso de floración, y descubrir cómo luciremos al lograrlo.
¿Cómo están tus plantas hoy?

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Líneas convergentes.
Ayer domingo 12 de agosto fue el Día Internacional de la Juventud, un día señalado por la ONU como una oportunidad para reconocer los desafíos que afrontan las personas jóvenes, así como para buscar acompañarles en su camino de crecimiento y maduración. De acuerdo con el mismo organismo, se considera como jóvenes a aquellas personas entre los 15 y 24 años de edad. Sin embargo, dicho rango de edad difiere en cada país, por ejemplo, el Instituto Mexicano de la Juventud lo establece entre los 12 y 29 años de edad; aunque también es cierto que en el acontecer diario se usan expresiones como adultos jóvenes para identificar al grupo de personas entre los 25 y 30 años. Además, un poco mucho en broma, las personas de más edad suelen decir que aquellas de 30 y tantos años aún son unos jovencitos; para dar a entender que ellas mismas son jóvenes aún.
Esto último es parte de una serie de estereotipos y prejuicios que se conocen como edadismo, que en este caso se manifiesta como una aversión a envejecer, puesto que se considera que las personas mayores ya no pueden aportar nada a su familia ni a la sociedad; al contrario, se les llega a considerar una carga, lo que por supuesto tienen graves consecuencias en temas de salud y seguridad financiera, entre otros. Sin embargo, el edadismo también se manifiesta en acciones y actitudes discriminatorias hacia las personas jóvenes, centradas mayormente minimizar o ignorar sus opiniones en temas generales y aquéllos que les conciernen propiamente; esto contradiciendo el discurso político de “la juventud es el futuro”, pues desde un inicio se les ponen trabas para poder generar condiciones que les sean favorables en su desarrollo.
Cómo podemos observar, dos grupos sociales que por lo general tienden a ubicarse en sentidos opuestos de la línea temporal, realmente cuentan con muchas similitudes. Ambos grupos experimentan cambios físicos y mentales relacionados con su edad, lo que muchas veces provoca angustia y desazón. Por otro lado, a esa edad las personas también se enfrentan a cambios sociales importantes, las jóvenes porque están iniciando su camino hacia el mundo real, en el que eventualmente tendrán que tomar decisiones que impactarán su futuro personal y colectivo; mientras que las personas mayores deben ver como el mundo al que estaban acostumbradas va cambiando como producto de los nuevos avances científicos y tecnológicos, y deben encontrar la manera de adaptarse a dichos cambios. Ambos casos requieren bastante resiliencia, algo en lo que los adultos mayores tienen más experiencia en la mayoría de las ocasiones.
Las comunidades de antaño sabían esto mismo, y por lo mismo procuraban una interacción constante y beneficiosa entre ambos grupos. Los maestros artesanos acogían como aprendices a las personas jóvenes para que pudieran aprender los oficios necesarios para la continuidad de la comunidad. Antes, el ser enseñado por los ancianos y ancianas del grupo era todo un honor, pues se respetaba la experiencia y conocimientos que habían adquirido durante su vida. De igual forma, se ponía especial empeño en preparar a los y las jóvenes del grupo para que llegado el momento pudieran guiar a la comunidad en momentos difíciles. La reestructuración social que trajo el individualismo y la familia nuclear, significó un sesgo a esta convivencia; y las consecuencias son evidentes. Quizás la mayor tragedia derivada de esto es que actualmente contamos con dos grupos que experimentan una alta ansiedad respecto al futuro, pero están tan apartados el uno del otro que no pueden apoyarse mutuamente.
De manera curiosa, en México el Día de los Abuelos se celebra el 28 de agosto, una quincena después de que el mundo celebra a la juventud. Me parece que sería pertinente que, aprovechando esta coincidencia, como comunidad busquemos fomentar espacios de interacción entre las personas jóvenes y las personas mayores; en lugar de hacerlo en días separados que las más de las veces caen en estereotipos que en nada favorecen a ninguno de los grupos ni a la sociedad en general. Quizá algún evento en el que se combinen pruebas físicas con preguntas relacionadas con la historia de la ciudad, o conversatorios sobre temas que afecten a ambos grupos (la inclusión laboral, por ejemplo), o cualquier otra modalidad que fomenten el intercambio de ideas y convivencias. Después de todo, el mundo es bastante complicado de por sí; así que lo mejor que podemos hacer es crear y fortalecer tantas redes de apoyo como sea posible.
¿Tú que tipo de interacción tienes con las personas mayores y las personas jóvenes?

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Productividad, un poco a la izquierda.
La productividad se define como la cantidad de bienes y servicios que han sido producidos en un determinado período de tiempo, utilizando una cantidad de recursos igualmente determinada. Por supuesto, el objetivo es obtener el mayor beneficio usando el menor número de recursos posible; o bien usando dichos recursos de una forma eficiente. Es por ello que las organizaciones, y las personas, desarrollan diferentes indicadores para asegurarse de que están siendo lo más productivas posibles, analizando y midiendo los resultados obtenidos y buscando maneras de mejorarlos.
Ahora bien, para que dichos indicadores sean útiles, una de las primeras cosas a definir sería cuál es, en efecto, el resultado que se busca. Por ejemplo, si el objetivo de una línea de producción es que por cada turno se produzcan 100 artículos A y 100 artículos B; entonces un día en que no se produjo nada de A pero 150 piezas de B podría no considerarse como productivo, aún y cuando se han producido más artículos B. Si esto ha sucedido, entonces habrá que identificar la causa de que no se esté alcanzando el objetivo del producto A, y tomar acciones para corregirlo; o en su defecto plantearse si el objetivo requiere ajustarse.
Considero que esta falta de una definición clara es lo que provoca que muchas personas, en lo individual, sientan que sus días no son productivos. Tendemos a pensar que, si un domingo no lavamos, no planchamos, o no practicamos el francés en nuestra aplicación de idiomas, entonces ese fue un día perdido. Sin embargo, antes de emitir este tipo de juicios, habría que preguntarnos: ¿Qué es un domingo productivo para nosotras? Por ejemplo, en mi caso el domingo es el día en que procuro hacer alguna actividad con mi mamá, escribir este blog, y relajarme para estar lista para la siguiente semana laboral; lo cual logro de muy diversas maneras, que van desde leer un libro hasta tomar una siesta. En otras palabras, mi objetivo del domingo es elevar mis niveles de bienestar; si consigo eso entonces puedo decir que tuve un domingo productivo, puesto que utilicé eficientemente mis recursos para lograr mi meta.
Por supuesto no todos los domingos son iguales, en ocasiones debo hacer ajustes dependiendo tanto de factores internos como externos. Por ejemplo, usualmente los sábados lavo la ropa de cama, pero si ese sábado en particular está lloviendo; muevo la actividad para el domingo y quizás mueva escribir el blog al sábado. ¿Voy a lograr mi objetivo para ambos días? Sí, solo un poco diferente a cómo se había planeado inicialmente. Lo malo hubiera sido simplemente lamentarme de la lluvia del sábado y no haber buscado una solución, pues eso hubiera afectado no solo a mi objetivo de ese día sino los subsecuentes.
Es por ello que la capacidad de adaptación es tan importante, tanto en nuestra vida profesional como personal. En primera instancia es necesario que entendamos que no podemos medirnos usando los parámetros de otros; podemos usarlos como puntos de referencia, pero teniendo muy en claro que debemos adaptarlos a nuestra realidad. Es por eso que no comparto ideas como “el club de las 5am”, porque las más de las veces no están pensadas para el común de la gente, y tienden a ser demasiado puristas en lo que predican.
En segundo lugar, pero no menos importante, nos hará mucho bien entender que no todos los días alcanzaremos la productividad esperada; y esto no por una falta de voluntad o de disciplina, sino porque simplemente así sucede en ocasiones. Incluso las compañías más grandes del mundo, que invierten una buena parte de su presupuesto en tener sus recursos en óptimas condiciones, se encontrarán ante situaciones de baja productividad. Lo esencial aquí es identificar qué fue lo que causó tales circunstancias, y buscar corregirlas y adaptarlas. Por ejemplo, quizás nuestro objetivo de caminar dos horas diarias no será posible por un tiempo puesto que nos han asignado un proyecto importante en nuestro trabajo, y obstinarnos en cumplir ambos objetivos solo nos desgastará. Entonces, quizás lo que haya que hacer sea aceptar que le tendremos que dedicar una hora más a nuestro trabajo, y tener caminatas de solo una hora; y cumplir con esa planeación.
Este último punto me parece también que es primordial que internalicemos. Tal como en el ejemplo que puse al principio, tener 150 de B y cero de A no es la mejor situación posible. Por tanto, aunque cumplamos con todos nuestros objetivos laborales y tengamos una casa impecable; si eso implica que estamos dañando nuestra salud emocional y física, entonces definitivamente algo está mal en el sistema y hay que cambiarlo. Pero de nuevo, esto no será posible hasta que hayamos definido que es lo mejor, o lo más productivo para nosotras, considerando no sólo nuestra realidad actual, sino aquella a la que aspiramos.
¿Para ti qué significa la productividad?

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Contacto de confianza.
Cuando mi abuelo murió, hace casi más de 6 años, no supe que pasó con su celular. Él tenía un celular análogoo, por lo que no tenía guardadas fotos que pudiéramos querer recuperar; y la mayoría de los contactos que tenía guardados estaban almacenados en algún otro lugar. Así pues, de todas las pertenencias que reunimos y clasificamos durante el período del duelo, el celular no fue algo que echáramos en falta.
Pero, la cosa es que en mi celular todavía tengo guardado su contacto. De hecho, es de los primeros que veo cuando quiero hacer una llamada, pues lo tengo marcado como favorito. En ocasiones he estado tentada a marcar el número, pero no estoy segura de saber qué voy a hacer si alguien llegara a contestarme. Quiero decir, si es una persona conocida no sabría cómo preguntarle porqué se quedó con ese celular; y si es alguien desconocido, ¿qué le voy a decir?, ¿qué me equivoqué de número?
Lo único cierto es que, independientemente de cómo resuelva esa disyuntiva; ya he decidido que no voy a borrar ese contacto. Incluso cuando cambié de celular, lo importaré junto con todos los demás contactos. Quizás no tenga mucho sentido, pero tener el número guardado me hace sentir bien. Tengo muchas otras cosas para recordar a mi abuelo, y también muchos recuerdos entrañables; pero tener su celular “a la mano”, se siente como más inmediato, más del diario. Me refiero a que, cuando él vivía, yo sabía que podía marcarle si necesitaba ayuda; y él haría lo que estuviera en sus manos para apoyarme. Creo que tener su número me da una sensación similar de seguridad.
Esto me hizo recordar cómo, durante la infancia, solemos tener algún objeto (lo más estereotípico serían una cobijita o un oso de peluche) que nos hace sentir bien, y al que buscamos aferrarnos en situaciones complicadas. Conforme crecemos, los adultos nos dicen que debemos “madurar” y dejar esos objetos atrás, y en su lugar aprender a afrontar esta difícil vida solos; como si eso fuera un consejo razonable. Sin embargo, la realidad es que incluso en la edad adulta seguimos teniendo objetos materiales, o incluso intangibles, que nos ayudan en diversas situaciones. Una analista que tenga que dar una presentación ante sus jefes, seguramente escuche una canción especial camino de su trabajo ese día; para sentirse relajada y animada al momento de compartir sus ideas. Un chico que va a mudarse a otra ciudad echa sus pertenencias en su mochila de siempre, porque ya está acostumbrado a sus espacios y bolsillos; así que será una cosa menos por la que tenga que preocuparse mientras se adapta a su nueva vida.
Quizás entonces el consejo que debamos dar a las niñas y los niños de nuestro entorno no es que se deshagan de las cosas que les dan confianza; sino apoyarles a que esa confianza nazca de sí mismas, de sus habilidades y esfuerzos, y que los objetos materiales sean solo representaciones palpables que podamos sentir cuando necesitamos ese pequeño apoyo extra. Incluso si el objeto ya no está con nosotros, o la causa de que sea especial ya no está presente en nuestras vidas, como en mi caso del contacto del celular de mi abuelo; su sola evocación será suficiente para ayudarnos a caminar durante un día difícil.
¿Qué tienes en tu vida que te proporcione una sensación de bienestar?

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Memoria artificial.
Al principio de la novela Rebelión en la Granja, de George Orwell, los animales escriben una serie de mandamientos que habrán de regir sus vidas ahora que se han librado del malvado granjero; esto para garantizar una vida más justa y feliz para todos. Sin embargo, una vez que Napoleón y sus secuaces se hacen con el poder, empiezan a hacer pequeñas modificaciones a dichos mandamientos, a manera de que los mismos se ajusten a sus nuevos intereses autoritarios. Algunos animales hacen comentarios respecto a dichos cambios; pero son rápidamente acallados por los portavoces del nuevo régimen, haciéndoles creer que los mandamientos siempre han sido así y que son ellos quien han omitido partes de los mismos durante sus lecturas anteriores, atribuyendo esto a una supuesta falta de inteligencia y/o preparación de los animales en cuestión.
Este detalle de la historia de Orwell me ha estado rondando en la cabeza, derivado de ciertas noticias y/o videos que he visto relacionadas con la inteligencia artificial y la industria del entretenimiento. Cada vez es más común ver encabezados como “inteligencia artificial nos muestra como sonaría una colaboración entre estas cantantes”, o “vea una versión realista de esta caricatura generada por inteligencia artificial”. He de admitir que algunas de esas creaciones son bastante buenas, y para personas como yo que no somos particularmente visuales o auditivas; nos ofrecen nuevas ideas sobre las que ponderar. Sin embargo, no dejo de preguntarme cuándo será que las personas empiecen a usar esta tecnología en una forma similar a los cerdos de Orwell.
Mañana bien podría haber titulares de un supuesto “audio inédito” de una transmisión de los primeros hombres en la luna. O incluso podría filtrarse una “llamada” privada entre dos líderes políticos donde expresan opiniones diametralmente opuestas a lo que declaran en público. El arte de la falsificación existe desde hace tiempo, mejorando a medida que hay más y mejores herramientas para realizarlo. ¿Qué impediría que ahora usen también la inteligencia artificial?
Bueno pero, dirán algunas personas, a diferencia de los animales de la historia de la granja; nuestra sociedad cuenta con métodos que nos permitirían identificar esas creaciones apócrifas y diferenciarlas de las reales. Coincido parcialmente con este punto; pues si bien es cierto que contamos con tales herramientas, no podemos negar que en muchos casos las organizaciones criminales van un paso adelante de varios sistemas de justicia alrededor del mundo. Por otro lado, aunque llegara a demostrarse la falsedad de tales invenciones, siempre habrá una parte de la sociedad que considere que la autoridad nos está haciendo creer tal cosa; y que solo desmeritan a la versión “inédita” por ir en contra de sus intereses. No por nada existen tantas páginas dedicadas a las teorías de la conspiración.
¿Qué nos queda, entonces? Considero que lo más importante es seguir ejerciendo nuestro derecho a la información de manera responsable, esto es, verificando nuestras fuentes, evitando compartir información falsa, y también analizando críticamente nuestras creencias; buscando que las mismas estén adecuadamente sustentadas en lugar de que sean solo opiniones al vapor. Igualmente, pese que sé que este es un camino largo y difícil, debemos demandar que las autoridades se adapten más ágilmente a los nuevos tiempos, y regulen apropiadamente el contenido que se genera y comparte en diferentes medios de comunicación. Esto claro es un arma de doble filo, pues la regulación puede rápidamente convertirse en restricción; pero creo que, si lo combinamos con el derecho a la información que he comentado anteriormente, tendremos mejores bases para garantizar su apropiada aplicación.
La tecnología sigue y seguirá avanzando a pasos agigantados, eso es algo innegable. Así que en lugar de lamentarnos por ello y por los posibles malos usos que las personas den a la misma; debemos ocuparnos de generar un ambiente en que tales actos sean adecuadamente identificados y esclarecidos. Recordemos que un factor cable en el sometimiento de los animales de la granja fue su falta de preparación para reconocer las artimañas de los cerdos; evitemos caer en su mismo error y llegar a un punto en que no podamos distinguir entre cerdos y granjeros.
¿A ti que te preocupa de la inteligencia artificial?
