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Casa propia, comunidad compartida.
Últimamente he pensado mucho en casas, en varios sentidos. Uno de ellos se derivó de una publicación de Pictoline, denominada “Una casa propia”, que según entiendo está relacionada al libro “Una casa en la calle Mango”, de Sandra Cisneros; un libro que tengo pendiente de leer. Pero volviendo a las casas, en esa publicación se habla de la necesidad de tener una casa propia, pero no desde el punto de vista práctico; sino más bien como una necesidad para ser libre, para sentirse segura y a la vez poder ser una misma y expresarlo.
Creo que esto tiene un poco que ver con la necesidad de tener esa transición a la adultez, que en varias culturas implicaba que la persona se separara de su familia y viviera un período de tiempo por su cuenta, pero siempre apoyado por su comunidad. Por ejemplo, un niño que pasaba a la edad adulta se iba con el grupo de guerreros de su tribu; o bien los y las adolescentes judíos que luego de su bar/ bat mitzvá pasan a ser miembros activos y responsables en la comunidad, haciendo actividades “alejados” de lo que en su momento hacían con su familia inmediata. En la actualidad, cuando varios de esos rituales han desaparecido o bien han perdido algo de su trascendencia; se ha mantenido la idea de dejar el hogar familiar y vivir por cuenta propia. Lo malo es que en la ecuación se nos ha olvidado la parte del apoyo de la comunidad para estos nuevos adultos.
En un esquema macro, el acceso a la vivienda cada vez es más precario, pues el costo de las mismas es muy superior a lo que una persona joven, que recién empieza en el mundo laboral, puede pagar. Por ello muchos jóvenes viven en espacios sumamente pequeños que deben compartir con varias personas, y además enfrentan varias carencias o dificultades dentro de dichos espacios. De seguro hay que gente que dirá, “bueno, pero eso forja el carácter”; pero sinceramente creo que más que crearlo lo destruye. Después de todo, ha de ser excesivamente frustrante ver que aún y con todo el esfuerzo que se hace, no se puede vivir en un lugar confortable; y en casos extremos ni siquiera digno. Además, el vivir con la incertidumbre de si se seguirá teniendo la solvencia para costear una vivienda, genera un nivel de estrés que tiene afectaciones graves en la saluda física y mental de las personas; que incluso deja secuelas de por vida.
Pasando a un esquema más cercano, si bien usualmente la familia y algunas amistades de la persona que recién inicia su vida independiente buscan ayudarle de alguna forma, la realidad es que estás personas deben enfrentar solas lo que hasta hace poco tiempo se hacía con apoyo. Yo he vivido sola, y puedo dar testimonio de que atender un empleo o una educación de tiempo completo (jamás entenderé como sobreviven las personas que conjuga las 2 al mismo tiempo), más aparte ocuparte de preparar tu comida, limpiar tu casa y mantenerla en buen estado, es una tarea que demanda demasiada energía. Muchas veces ni siquiera los fines de semana alcanzan para ponerte al día; por lo que se vive con una sensación de no terminar nunca, más el cansancio físico y mental que esto conlleva.
Volviendo a mis ejemplos iniciales, aquél niño que pasaba a formar parte de los guerreros sabía que mientras él estaba aprendiendo a cazar, otros de sus compañeros y compañeras estaban aprendiendo a sembrar, a cocinar, a tejer, a curar enfermedades y otras tantas cosas que en su momento harían los unos por los otros. Es decir, se sabía que su comunidad les proporcionaba una zona segura, en la que cada quien hacía su parte para el bien común. Con esto no quiero caer en el cliché de que todo tiempo pasado fue mejor, estoy consciente de que en el pasado la vida también tenía sus dificultades y que muchas veces se sacrificaban al individuo por la comunidad; pero yo hubiera pensado que al avanzar como sociedad hubiéramos buscado un punto medio en lugar de dar un giro de 180º y ahora estar en un punto donde una sola persona tiene que hacer lo que antes se hacía en grupo.
En fin, creo que como en tantas de mis publicaciones, estoy abogando por la creación de comunidad, de que entendamos que el pedir apoyo es no solo necesario sino también bueno, para la persona individual y para esa comunidad que pretendemos crear. Si sabemos que tenemos una red de apoyo a la que podemos acudir cuando tenemos dudas o dificultades, entonces será que podamos disfrutar realmente esa transición a la vida adulta, el disfrutar de un espacio propio y poder encontrarnos y crecer como personas. Después de todo, según Maslow, para poder justamente satisfacer nuestras necesidades de crecimiento, primero tenemos que cubrir las que se relacionan a con la seguridad.
¿Tú tienes un espacio propio?

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Intentando con intención.
Muchas veces hemos escuchado el dicho, “la intención es lo que cuenta”, dando a entender que, aunque no hayamos realizado la acción como tal, o esta no haya tenido el resultado esperado; lo importante es que se tuvo el propósito de hacerla. Un poco como decir, bueno, al menos lo intentaste. Sin embargo, y esta es la pregunta interesante, ¿realmente lo intentamos?
Esta pregunta no va encaminada al resultado concreto de la acción, pues como dije, este puede o no darse; sino más bien pretende analizar nuestra voluntad para lograrlo. Por ejemplo, si a una persona no se le dan las matemáticas, pero estudia con ahínco antes de un examen para poderlo pasar, aún y cuando su calificación final sea de 6; podemos decir que realmente lo intentó. Por otra parte, si a una persona le mandan una dieta blanda para aliviar su gastritis, pero se la pasa poniendo excusas como “es en que en el trabajo iban a pedir hamburguesas y por educación acepté”, o “es que llegué muy tarde del trabajo y lo más sencillo era comprarme una pizza”; podemos ver claramente que su intención nunca fue seguir las indicaciones que tenía.
En los ejemplos anteriores resulta sencillo ver quién tuvo la razón; pues el resultado en un caso fue bueno (o tan bueno como pudo ser), y en el otro fue desfavorable. El problema estriba en los casos en que las cosas salen bien pese a la falta de intención de las personas. Por ejemplo, digamos que en un trabajo se está haciendo una colecta para apoyar a una compañera que tuvo algún percance, y una persona dice “contribuí solo para no quedar mal, pero realmente no me interesa su causa”. En esta situación, pese a que la persona contribuyó sólo por obligación, la compañera recibirá la aportación que haya hecho; y de una manera u otra le servirá para solventar sus problemas. Lo cual está muy bien claro, y es preferible a que no hubiera recibido tal contribución; pero, ¿qué pasa con la persona que contribuyó sin intención? Esa persona se privó de sentir la satisfacción de haber hecho algo bueno por una compañera; y en su momento, cuando la misma compañera cuente que pudo superar sus dificultades y agradezca por el apoyo, esta persona no podrá experimentar la alegría de otras que sí contribuyeron con entusiasmo y desde la intención genuina de ayudar.
De esta forma, podemos ver que, efectivamente, la intención es lo que cuenta. Más allá de un resultado visible, lo importante es que nos enfoquemos en hacer las cosas conscientemente, para poder sentirnos bien con nosotras mismas. Hago énfasis en la parte de la consciencia, pues se puede caer también en una falsa intención de decir “ok voy a hacerlo, aunque no estoy convencida, pero quiero sentir que hice lo correcto”. Esta idea no difiere del hacer las cosas solo por obligación o para no quedar mal; a la vez que tampoco se aleja mucho de hacer las cosas “a medias”. Por tanto, el sentimiento de bienestar que podamos obtener, también será solo pasajero y en mucha menor medida que el sentimiento genuino.
Lo ideal es poder decir “tengo la intención de hacer esto, daré el mejor esfuerzo en ello, y esperaré que el resultado sea positivo tanto para mí como para los demás”. Si aplicásemos esta idea en las diferentes esferas de nuestra vida, que diferencia veríamos no solo en nuestro nivel de bienestar por haber hecho el intento con propósito; sino que también con el tiempo veríamos como los resultados tangibles serían cada vez mejores para nosotras mismas y las personas que nos rodean. Así pues, les invito a que vayamos más allá de la intención o el intento, y en su lugar podamos conjugarlos para, efectivamente, lograr.
¿Cuáles son tus intenciones?
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Creando comunidad.
Ahora estoy leyendo “Wolfy, una historia de amor poco convencional”, título en español de la novela escrita por Kate Spicer; en la narra como consiguió a su perro Wolfy, y cómo este le cambió la vida para mejor. Varias de las anécdotas de la historia tienen que ver en cómo Wolfy le permitió a la autora conectar con diferentes personas; desde su novio hasta personas con las que va entablando una relación derivada de pasear a sus perros por los mismos rumbos.
En una sociedad en la que es difícil generar relaciones personales distintas a las utilitarias, y en las que muchas veces se fomenta de forma desmedida el individualismo; me entusiasma saber de historias en las que personas de diferentes realidades encuentran temas en común. En este caso se trata de animales de compañía, pero igualmente importantes son los clubes de lectura, o los espacios para los amantes de las plantas, o cursos de cocina, o un largo etcétera. El punto es justamente fomentar espacios donde las personas puedan crear comunidad, espacios que no estén delimitados por estratos sociales o afiliaciones particulares; pero sobre todo que sirvan para construir más que para criticar.
Además, me parece que estos espacios (tanto formales como informales), son también un buen remedio contra la obsesión con la productividad que nos aqueja a tantas personas. El tener un lugar en el que puedas hablar de temas o realizar actividades que te gustan, sin que éstos se liguen ni remotamente con “avanzar profesionalmente”, sino que tengan que ver con un disfrute personal; es verdaderamente invaluable. Por supuesto, estas oportunidades de convivencia permiten que suban nuestros niveles de paz y energía, lo que conlleva un mejor desempeño en nuestras actividades diarias; pero ese no debería ser el fin de dichas oportunidades. El mero hecho de pasar un rato agradable con otras personas es más que suficiente.
Cómo he dicho ya, estas válvulas de escape y a la vez generadoras de energía, pueden surgir de muy diversas formas, y de muy diversas actividades. Lo importante es darnos la oportunidad de encontrarlas; superando nuestra fijación con la soledad y la productividad. Y también superando esa molesta noción del “qué dirán”. Al fin y al cabo, es mucho mejor dedicar nuestra tarde del domingo a pasear nuestro perro o asistir a una reunión local sobre poesía, que quedarnos en nuestra casa a rumiar la terrible situación del mundo. Todo tiene un momento y un lugar, y definitivamente debe haber lugares para conectar con personas que, como nosotras, solo buscan crear momentos de felicidad.
¿Tú a qué comunidades perteneces?
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Independencia impuesta.
Recientemente leí el libro “Este dolor no es mío” de Mark Wolynn; bastante recomendable, pero si es un libro al que se le tiene que dedicar tiempo. La premisa del mismo es muchos de los traumas o comportamientos que tenemos no son propiamente nuestros, sino que son patrones que han estado en nuestra familia por generaciones; y nosotras solo nos dedicamos a repetirlos. Dichos patrones se iniciaron al ocurrir un hecho importante o significativo en nuestra familia. El autor señala varios de estos incidentes, entre ellos el rompimiento del vínculo con la madre cuando el niño o la niña está aún en su primera infancia.
Dicha ruptura puede darse por diversos motivos, desde que la bebé nazca prematuramente y deba pasar un tiempo en una incubadora, que la madre sea quien debe hospitalizarse y por ende no pueda cuidar a su familia, e incluso que está salga de viaje y deje a la niña; la cual podrá sentirse abandonada aún y cuando alguien más la cuide en su ausencia. Mientras leía esta descripción, pensé en todas aquellas madres que deben volver a su trabajo luego de su periodo de incapacidad por maternidad (que en el caso de México es de 3 meses), y se ven precisadas a dejar a sus hijos en guarderías. Por muy capacitadas que estén las cuidadoras de esas guarderías, la realidad es que tienen que atender a varios niños a la vez; por lo que es imposible que le dediquen a cada uno la misma atención que les daría su madre.
¿Imaginas lo que sentirá el niño o la niña al ver que su mamá, quien hasta entonces había sido una presencia constante, de repente les deja en un lugar extraño, con personas extrañas? Además, estas personas no solo no serán capaces de dedicarle la misma atención y cariño que su madre; sino que le obligarán a ceñirse a un horario y rutina que le resulta extraño y que no respeta sus necesidades individuales. No es de sorprender entonces que la niñez y juventud de las generaciones recientes sufran niveles de estrés tan altos; si desde tan temprana edad se les quita su principal fuente de amor y seguridad, y por tanto se les obliga a madurar a un ritmo acelerado. A la vez, se les enseña a ajustar sus necesidades a una rutina pensada en el grupo y no en el individuo.
De acuerdo con lo expresado con Wolynn, es posible reparar el vínculo tras una separación; pero esto implica dedicar una gran atención al niño o niña, para hacerle ver que su mamá ha vuelto y no tiene porque sentirse sola o desprotegido. Sin embargo, en el mundo actual, eso es casi imposible; pues como he dicho la madre ya ha vuelto a un trabajo en el que también debe de cumplir, más aparte las obligaciones domésticas (compartidas o no con su pareja) y sociales. Por otra parte, debido al mundo híper competitivo que hemos creado, los niños ahora deben de empezar a la brevedad posible a aprender aquellas habilidades que creemos les darán una ventaja en el futuro; por lo que ocupan sus tardes entre las tareas escolares, cursos de danza, inglés, matemáticas y un sinfín de cosas más. Entre tanta actividad, el tiempo para recuperar el vínculo del que hemos hablado, es prácticamente inexistente. Más bien ocurre lo opuesto, pues se siguen propiciando circunstancias en las que el niño o niña debe aprender a avanzar por sí mismo.
Con todo lo anterior no quiero decir que debamos dar un giro de 180º (como suele pasar en temas de cuidado infantil) y criar ahora a una generación que no sepa valerse por si misma ya que sus padres están constantemente sobre ellos. Tampoco quiero sugerir que las mujeres deban sin más dejar el campo laborar, pues además de no ser justo para ellas, no resolvería el problema raíz de toda esta cuestión. Con esto quiero decir que el problema radica en que, como ya lo he dicho antes en este espacio, nos hemos empeñado en crear un mundo que no tiene en cuenta nuestra humanidad. En un afán de querer lograr más y más rápido, nos hemos olvidado de que nosotras también somos parte de la naturaleza, y que como tal tenemos ciertos ciclos que cumplen una función vital en nuestro desarrollo; por lo que alterarlos o pasarlos por alto sin más, irremediablemente nos limitarán al momento de tener una vida plena. Como señala el autor del libro que suscitó esta reflexión, el problema no se originó con nosotros; pero espero que si seamos quienes puedan iniciar a reparar el daño.
¿Cuáles otros vínculos crees que hemos roto?

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No es miedo, es precaución.
Esta semana vi una escena que me pareció de película. Iba manejando de vuelta del trabajo, era un día con bastante sol, pero sin sentirse excesivamente caluroso. Al detenerme en un semáforo, volteo y veo la escena. Una chica iba en su carro azul descapotable, con el toldo abajo por supuesto; con lentes de sol, su cabello suelto, y con audífonos, me parece que rosas. No pude ver mucho su cara, pero algo me dice que estaba realmente disfrutando ese momento, que como les digo al menos a mí me pareció de película.
Cuando me repuse de la impresión, mi primer pensamiento fue: que padre, pero que riesgoso. Y me puse a pensar que, por ejemplo, podía pasar alguien ya fuera caminando o en motocicleta, tomar sus audífonos y salir corriendo; sin que ella pudiera hacer mucho. O que también podrían tomar su bolsa y otras pertenencias que, me imagino, traía en el asiento del copiloto. O incluso, y admito que esto ya es más algo que podría pasar en las películas; que alguien se subiera a su auto y la amenazara para que condujera a un lugar para robarle el carro o algo peor.
No sé si todos estos pensamientos fueron en parte influidos porque me acababan de contar el caso de una señora a la que le rompieron el vidrio de su auto en un semáforo y robaron su bolsa. Pero no pude evitar pensar que, así como este, hay muchos casos en los que el miedo nos impide disfrutar o probar ciertas experiencias. Algunas veces puede ser un miedo muy real, como el de nos asalten; y en otras puede ser algo más bien producto de la ansiedad u otras situaciones. Después de todo, ¿qué tan factible es que las barras de protección del Empire State se caigan precisamente cuando yo estoy ahí? La realidad es que es muy poco probable que eso ocurra, pero no por eso dejo de sentir miedo y caminar lo más cerca posible de la pared.
Sin embargo, también estoy consciente de que hay ciertas cosas que yo he hecho, y que para otras personas fueron altamente riesgosas. Por ejemplo, en alguna ocasión he paseado yo sola por mi cuenta, hasta muy entrada la noche; en ciudades que es la primera vez que visitaba y sin conocer el idioma. O incluso aquí mismo en el país, he ido con mi hermana o con mis amigas a lugares donde podrían habernos asaltado o estafado, y dejarnos en medio de la nada. Pero, en todos esos casos, yo evalué las posibilidades de que algo pudiera salir mal y tomé precauciones en consecuencia por si acaso sucedía algo, como traer mi ubicación prendida y pasarle a mi familia datos de con quién y en dónde estaba.
Todo eso a mí me hizo sentir segura y disfrutar la experiencia. Volviendo a la chica con la que empecé esta entrada; es muy probable que ella haya tomado también precauciones para viajar segura en su auto; como el traer su bolsa sujeta con alguna protección o algo similar. Eso a ella la hacía sentir segura y libre de vivir la experiencia de viajar en su automóvil de la manera que lo hacía. Quizás para mí no hubiera sido suficiente, y quizás ella no consideraría suficiente lo que yo hice en mis viajes; pero a las dos nos funcionó y tuvimos esos pequeños momentos de felicidad.
A lo que quiero llegar es que, ninguna situación o experiencia es cien por ciento segura. Claro, hay algunas más riesgosas que otras tan sólo por la misma naturaleza de las mismas, digo no es lo mismo tirarse del bungee que pasar el fin de semana con tus amistades en una ciudad a una hora de distancia de tu casa; pero aún así pueden suceder cosas no contempladas que cambian la situación de un momento a otro. Lo importante es ser consciente de esos riesgos, evaluarlos con objetividad, definir con cuáles sí y con cuáles no podemos convivir, tomar precauciones hasta donde sea posible, y lanzarnos a vivir la aventura con la mejor disposición y en nuestros propios términos. Puede que esos términos impliquen cortar la experiencia si de repente se presenta uno de los riesgos que no estás dispuesta a correr, y es perfectamente válido e incluso maduro que lo hagas. Lo importante es que no dejemos que ese primer miedo, que en ocasiones puede ser infundado; nos limite a vivir la vida que queremos. Quién sabe, a lo mejor un día me animo a rentar un descapotable y pasear por la ciudad; aunque sin bolsa.
¿Tú que miedos has superado para vivir experiencias?
Foto propia de mis paseos en otras ciudades.

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Pequeñas grandezas.
El otro día estaba contestando una encuesta de corte profesional, en la que preguntaban detalles como escolaridad, puesto de trabajo, etc. También había una sección digamos de “logros”, con preguntas como si habías publicado un libro, participado en conferencias nacionales o internacionales, si habías creado alguna empresa; y otras tantas en ese mismo tenor. He de decir que en todas tuvo que contestar que no.
Quizás en años pasados me hubiera sentido mal conmigo misma por este hecho, pues hubiera pensado que me estaba quedando atrás y que mis esfuerzos no significaban mucho. Ahora, gracias a los diversos procesos por los que he atravesado, puedo ver que sí tengo logros, y que son igual de importantes que cualquiera de los que mencionaban en la encuesta.
Por ejemplo, quizás no he sido ponente en conferencias, pero en estos años he tenido la oportunidad de ser mentora de 3 chicas que estaban por graduarse; y me da gusto ver que lo poco o mucho que pude compartirles les ha servido en su vida. De igual forma, no he publicado un libro, pero semanalmente publico este blog que varias personas leen y disfrutan. Tampoco he formado una empresa, pero he contribuido al desarrollo de una gracias a mi esfuerzo; y en el camino me ha tocado formar parte de un equipo de gente increíble.
Pero, lo más importante, es que tengo también logros que van más allá de los que puedo poner en mi currículum. Como mencioné, en los últimos años he iniciado y terminado varios procesos que hoy me hacen sentirme más a gusto y feliz conmigo mismo y con mi día a día. También me he atrevido a intentar cosas nuevas, que en su momento solo eran ideas o sueños sin un plan fijo. Y así podría nombrar otras muchas cosas que no dan para poner en un cuadro de honor, pero de las cuales me siento muy orgullosa y contenta. Quizás no haya vivido una vida grandiosa en el sentido tradicional de la palabra, pero sí una vida satisfactoria.
¿Tú que logros tienes?
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Derechos y obligaciones, una repartición pendiente.
El tema de los derechos de las mujeres siempre genera diversas controversias, entre ellas el de sí realmente ha habido un avance sustancial en el mismo. Personalmente creo que sí ha habido tal avance, quizás no en las proporciones que nos gustaría, pero creo que ya se está gestando un avance de fondo más que de forma. Sin embargo, considero también que, en este camino, la mujer ha ganado más obligaciones que derechos.
Con esto quiero decir que, por ejemplo, ahora que la mayoría de las mujeres somos libres de tener un empleo formal, tenemos la responsabilidad de cumplir en ese campo: ponernos la camiseta del lugar donde trabajamos, hacer sacrificios personales en pro de avanzar laboralmente, seguir preparándonos y capacitándonos, etc. Lo cual, por supuesto no está mal, al final del día cada derecho trae una obligación; el problema es que el ganar estas nuevas dualidades, no ha significado una mejor distribución de las responsabilidades que ya teníamos. En la mayoría de los casos, se sigue considerando que es obligación de la mujer atender las necesidades domésticas y de crianza de la familia, y se espera que las cumpla con honores; a la vez que se espera o se le demanda que demuestre su valía como trabajadora. Todo esto como el mínimo indispensable a cumplir.
No pretendo insinuar entonces que la liberación laboral femenina haya sido un error o un fracaso, pero en ocasiones pareciera que así quisieran hacerlo sentir. Porque la verdad es que muchas mujeres, ante la presión imposible de ser perfectas en ambos ámbitos, han terminando con problemas de salud de consideración (física, mental y emocional); o bien que muy a su pesar han tenido que dejar de lado o de plano negar alguna de estas esferas de su vida. Y lo peor es que sin importar cuál de ellas escojan, siempre serán criticadas; quizás un poco más por elegir una carrera sobre una familia, pero al final siempre queda este sin sabor de no dar el ancho.
Como este, existen otros casos en que la obtención de derechos no ha implicado para la mujer una mejor distribución de obligaciones, nuevas y pasadas. El problema central está en que muchos de estos cambios no implicado un cambio estructural, ni en las instituciones formales ni en la opinión pública. Repito, considero que a últimas fechas esto ha ido mejorando; en parte porque las personas tomadoras de decisiones cuentan ya con una base más estable sobre la consolidar estos cambios de paradigma; pero ciertamente falta mucho por hacer.
Para bien o para mal, ese trabajo pendiente seguirá recayendo en buena parte en nosotras mismas como mujeres; empezando con ser conscientes de estas realidades y exigiendo que cambien, en lugar de seguir aguantando para demostrar que si podemos. Porque claro que se puede con eso y más, pero el costo que hay pagar por esa inalcanzable perfección, tanto en lo individual como en lo colectivo, considero, es demasiado alto.
¿En qué otros ámbitos crees que hace falta una redistribución de las obligaciones?
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Gustos sin culpa.
¿No les ha pasado que, por azares del destino, empiezan a ver publicidad de algún programa, y que malamente sin conocerlo; lo juzgan como “ese no es mi estilo” y pasan de largo? Pero, como el algoritmo de internet trabaja de formas misteriosas, sigue saliendo publicidad de este contenido; y en una ocasión quizás por no ponerle saltar o similar, terminas viendo el anuncio o el corto del programa. Sigues pensando que no es tu estilo, pero en el video te dejan a la mitad de algo que te interesó; luego de mucho pensarlo decides buscar el video original para enterarte del contenido completo y pasar el rato. Lo empiezas a ver desde tu posición de ese no es mi estilo sólo lo estoy viendo para no quedarme con la duda, etc. Pero, empiezas a disfrutarlo; las ideas que comentan se te hacen interesantes, e incluso te empiezas a identificar con alguna de las conductoras. Y así, sin más, pese a que a primera vista no es algo que tu misma u otras personas pudieran señalar como “tu estilo”, te das cuenta que te gusta y quieres seguirlo viendo.
Comúnmente a este tipo de gustos les ponemos el mote de “culposos”, pues nos da cierta pena decir que los disfrutamos; precisamente porque no es algo que vaya con la imagen que nosotras u otras personas tenemos/tienen de nosotras. Entonces, por guardar las apariencias, prefieres no hacer muy público que te gusta tal o cual cosa, y la disfrutas digamos a escondidas. Pero, sinceramente, esto le quita sabor a ese disfrutar; principalmente porque cuando pasa algo interesante o emocionante en ese nicho de tus gustos, no puedes compartirlo con tus amistades o familia por miedo a que te juzguen. Ese, creo, es realmente el motivo por el que le se les dice gustos culposos: porque la culpa nos impide disfrutarlos completamente.
Pero, hablando con la verdad, si algo te produce felicidad, ¿porqué tendrías que sentirte culpable por ello?, o más aún ¿porqué tendrías que avergonzarte de ese gusto? Mientras sea algo que no atente contra la dignidad de nadie, y se disfrute de manera sana sin llegar a ser una obsesión; lo ideal sería poder disfrutar de ello abiertamente y también compartirlo con aquellas personas que disfrutan verte feliz. La vida ya nos presenta bastantes complicaciones a diario como para que encima de todo nos neguemos momentos de alegría solo por el qué dirán, o para conservar una imagen construida sobre nosotras que a lo mejor ya no es válida con la realidad que estamos viviendo.
Además, el permitirnos conocer o probar cosas nuevas amplia nuestra experiencia de vida, y nos permite crecer nuestra tolerancia y aceptación de aquellas cosas que son distintas a las que acostumbramos. No todo tiene que gustarnos, y tampoco tiene que gustarnos el todo de algo, pero ciertamente todo contribuye a nuestro crecimiento personal y a lo que podemos aportar a nuestras comunidades. Así pues, démonos el permiso de disfrutar nuestros gustos sin culpa, y demos ese mismo regalo a las personas que nos rodean.
¿Tú tienes algún gusto que te cueste compartir?
PD. Por si se quedaron con la duda, el programa que motivó esta entrada es el de Envinadas.
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Generaciones.
Hasta hace no mucho, yo solía ser de la generación de jóvenes de mi de los grupos a los que pertenezco. Con esto no quiero decir que fuera la novata, solo que era del rango de edad más bajo. Pero desde hace un tiempo eso ha cambiado; ahora hay un nuevo grupo de jóvenes a quienes les llevo hasta 10 años en algunos casos.
Usualmente no es algo que tenga presente en el día a día, pero de pronto pasan cosas o surgen conversaciones en las que cobro consciencia de esa realidad. Lo que es más, me doy cuenta de que ahora me toca a mí ser la persona que de alguna forma mentoré a este nuevo grupo. Esto no significa que yo sepa más que ellas y ellos, al contrario, muchas veces son ellos y ellas quienes me enseñan a mí en todos los aspectos. Pero, de alguna manera, ya tengo más experiencia o he vivido cosas que ellos y ellas aún no.
¿Cómo, entonces, apoyarles? Creo que lo esencial es compartir con humildad lo que ya has vivido; compartiendo también aquellas veces que las cosas no han ido del todo bien o que te has sentido inadecuada o agobiada. De esta manera podrán ver que, pese a las malas rachas y los errores cometidos, la vida sigue; y no solo sigue sino que mejora.
De igual forma, creo que es importante compartir que no todos vivimos las mismas experiencias, y eso está bien. No hablo solo de temas relacionados con los privilegios, sino de cosas como que no hiciste tu primer vuelo en avión hasta tal edad, o quizás que no tuviste una relación sentimental en la preparatoria; o incluso que en tu edad actual aún no has hecho cosas que la sociedad considera como norma. De esta forma quizás tengamos nuevas generaciones que no vean la vida como una carrera o competencia eterna, que como ya he dicho en otras ocasiones, no es sano ni en lo individual ni en lo comunitario.
En fin, creo que lo que esto podría resumirse en una frase que leí hace tiempo: “sé la persona que tú hubieras querido tener/necesitaste cuándo eras joven”. Si hacemos esto, no solo ayudaremos a las nuevas generaciones, sino que también podremos cobijar a nuestras yo mismas más jóvenes, que de alguna manera tuvieron necesidades no atendidas. Quien sabe, tal vez en este proceso podamos encontrar la paz que tanta falta nos hace.
¿Tu a qué generación perteneces en tus grupos?
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Tipos de amor.
¿Qué es el amor? El amor es…
Cuando tu abuelo te compraba un Gatorade cuando estabas enferma de gripe.
El abrazo tan fuerte que te dio tu abuelo cuando te fuiste a ir a estudiar al extranjero.
Cuando tu abuela te decía que rezaría para que se resolviera el problema que tenías en el trabajo.
Los juegos que jugabas con tu abuela, aunque tu ya estuvieras grande.
Los libros que has leído con tu mamá, y que luego pueden recordar juntas.
El mensaje de buenos días que le mandas a tu hermana que vive lejos.
Cuando tu hermano te ayuda a buscar un hotel para tu próximo viaje.
Decirles a tus amigas que tienes miedo, y que ellas te reconforten con sus palabras y acciones.
Que tu gatita se suba a tu cama a dormir contigo, pues sabe que ahí está segura.
Cuando tu perrito se sentó a tu lado mientras llorabas.
La terapia que iniciaste, y sigues, para poder sanar y sentirte mejor.
Cuando lees una carta que alguien te escribió hace tiempo, y aún te hace sonreír.
Que tu sobrina te tenga la confianza de contarte sobre su vida.
Cuando tu familia celebra tus logros.
Cuando tus compañeros y compañeras de trabajo te tienen confianza, más allá de lo laboral.
Que tu sobrinito se emocione al verte.
Cuando tu amiga te compra un chocolate luego de que te caíste, para que te sientas mejor.
Cuando tu mamá te dice que puede disfrutar irse de viaje, porque sabe que tú te quedas a cargo de la casa.
La alegría que sientes por los logros de tu familia y tus amistades.
Cuando creas recuerdos con las personas que amas.
Todo esto y mucho más es el amor, en sus diferentes formas y expresiones. Si vives esperando solo por el amor romántico que sale en las películas, te estás perdiendo de mucho.
¿Para ti qué es el amor?